Capítulo 3. Un nombre inexistente
El miércoles siguiente amaneció con un cielo de un gris uniforme que parecía fundirse con las chimeneas de Londres hasta borrar la línea que separaba la ciudad del horizonte.
Una lluvia fina, casi imperceptible, descendía con la paciencia de quien sabe que dispone de todo el día para empapar lentamente las calles, oscureciendo los adoquines de Russell Street y obligando a los transeúntes a caminar con el cuello ligeramente encogido bajo paraguas negros y sombreros de ala ancha.
Desde el interior de la librería, aquella humedad adquiría una cualidad distinta.
El aire olía a madera antigua, a cuero envejecido y a papel que había aprendido durante décadas a convivir con los inviernos londinenses sin perder su dignidad.
El crepitar de la estufa llenaba los silencios con un rumor tranquilizador, mientras la llama proyectaba reflejos anaranjados sobre las encuadernaciones doradas de las estanterías más cercanas.
Abigail Turner fingía concentrarse en la clasificación de un lote de nuevas adquisiciones procedentes de una biblioteca privada recientemente subastada en Kensington, pero la atención regresaba una y otra vez hacia el reloj colocado sobre la puerta.
No le agradaba reconocerlo ni siquiera ante sí misma.
Siempre había considerado la curiosidad una virtud cuando conducía al conocimiento, aunque podía convertirse en un defecto si comenzaba a girar alrededor de una sola persona.
Sin embargo, desde que había descubierto las anotaciones dejadas por el desconocido cliente de los miércoles, una parte de su imaginación trabajaba de manera obstinada intentando completar el retrato de aquel hombre mediante las pocas piezas de información que poseía.
Era un ejercicio tan improductivo como irresistible.
¿Sería profesor universitario? ¿Poeta? ¿Crítico literario?
¿Un abogado con una pasión secreta por las letras?
Las posibilidades parecían infinitas precisamente porque ninguna encontraba apoyo suficiente en los hechos.
Arthur Holloway, que llevaba observándola desde hacía varios minutos mientras fingía reparar el lomo deteriorado de una edición de Paradise Lost , terminó por sonreír con indulgencia.
—Si continúa mirando el reloj con esa frecuencia, conseguirá que avance más despacio.
Abigail levantó la vista con expresión inocente.
—No estaba mirando el reloj.
—Naturalmente que no.
—Estaba comprobando la luz que entra por el escaparate.
—Por séptima vez en diez minutos.
Ella dejó escapar una breve risa antes de volver al trabajo.
—Es usted un observador insoportablemente atento.
—Los libreros terminamos desarrollando esa enfermedad. Si no observáramos a las personas, nunca sabríamos qué libro necesitan antes de que ellas mismas lo descubran.
Aquella afirmación era coherente con la filosofía que Arthur parecía aplicar a todos los aspectos de su oficio.
No concebía la librería como un comercio, sino como un lugar donde cada lector establecía una relación profundamente personal con los libros.
Más de una vez Abigail lo había visto recomendar una obra completamente distinta de la que el cliente solicitaba inicialmente, y el resultado era casi siempre una expresión de gratitud sorprendida semanas después.
Arthur aseguraba que vender un libro equivocado era una forma de descortesía intelectual.
Cuando el reloj marcó las cuatro y seis minutos, la campanilla de la puerta emitió su característico tintineo.
El caballero volvió a entrar exactamente igual que la semana anterior, con el abrigo impecablemente cepillado pese a la lluvia y el sombrero todavía salpicado de diminutas gotas que brillaban bajo la luz del establecimiento.
Saludó con la misma inclinación de cabeza, depositó cuidadosamente un volumen envuelto en papel sobre el mostrador y comenzó a recorrer la sección de literatura inglesa con una serenidad que parecía inmune al paso del tiempo.
Abigail esperó a que se alejara unos pasos antes de desenvolver el paquete.
Era una edición de Coleridge adquirida siete días atrás.
Abrió el libro casi con cautela.
Las anotaciones ocupaban los márgenes con la misma caligrafía elegante que ya comenzaba a resultarle familiar.
"Hay escritores que describen el mundo y otros que lo inventan. Los verdaderamente grandes consiguen que olvidemos dónde termina una tarea y comienza la otra."
Pasó otra página.
"La imaginación no consiste en escapar de la realidad, sino en descubrir cuánto de ella permanece invisible."
Sintió nuevamente aquella impresión extraña que había experimentado días atrás. No estaba leyendo simples observaciones críticas. Aquellas frases poseían la cadencia de alguien acostumbrado a escribir para un público, aunque nadie firmara las palabras.
El caballero regresó al mostrador sosteniendo un volumen encuadernado en piel azul.
—Me llevaré este ejemplar de ensayos.
Mientras envolvía el libro, Abigail decidió abandonar la prudencia.
—Espero que no considere indiscreta una observación.
Él levantó ligeramente la mirada.
—Dependerá de la observación.
—Sus anotaciones son extraordinarias.
Durante un instante creyó percibir una sombra de incomodidad en aquellos ojos grises.
—No esperaba que alguien las leyera.
Arthur carraspeó desde el fondo de la librería con un gesto apenas perceptible.
El desconocido comprendió inmediatamente la situación.
—De modo que Holloway no las ha destruido.
—Jamás me lo pidió.
Arthur respondió sin levantar la vista del libro que reparaba.
—Además, habría sido un crimen contra la literatura.
El caballero dejó escapar una sonrisa tan leve que casi pasó inadvertida.
—No son más que pensamientos sin importancia.
Abigail negó suavemente.
—No estoy de acuerdo.
Aquellas tres palabras quedaron suspendidas entre ambos con una naturalidad sorprendente. Él pareció buscar una respuesta durante unos segundos, pero finalmente se limitó a pagar el libro y marcharse con la misma discreción habitual.
Solo cuando la puerta volvió a cerrarse Arthur habló.
—Ha conseguido hacerlo sonreír.
—Apenas un instante.
—Créame. Es más de lo que suele conceder al mundo.
Aquella conversación permaneció dando vueltas en la cabeza de Abigail durante el resto de la tarde.
Al cerrar la librería decidió dedicar un rato a ordenar el pequeño despacho que había pertenecido a Nathaniel Turner.
Era una estancia estrecha situada detrás del almacén, iluminada por una única ventana desde la que apenas podía verse un patio interior cubierto de hiedra.
Allí se acumulaban libros de contabilidad, correspondencia comercial, recibos, contratos con editoriales y varias cajas que todavía no había tenido tiempo de revisar.
Mientras clasificaba documentos encontró un viejo cuaderno donde su tío anotaba las peticiones especiales de algunos clientes.
Muchas páginas estaban llenas de referencias bibliográficas, direcciones de anticuarios y títulos difíciles de localizar.
Sin embargo, varias entradas llamaron especialmente su atención.
"Reservar cualquier nueva edición de Edmund Ashford."
La anotación aparecía repetida en distintos años.
Abigail frunció ligeramente el ceño.
Conocía bastante bien la literatura contemporánea inglesa y, sin embargo, aquel nombre apenas le resultaba familiar.
Buscó en la sección correspondiente.
Encontró cuatro novelas firmadas por Edmund Ashford.
Las encuadernaciones mostraban un diseño elegante y sobrio. Las críticas impresas en las cubiertas elogiaban el refinamiento psicológico de los personajes, la profundidad de los diálogos y la extraordinaria sensibilidad literaria del autor. Todas las reseñas parecían unánimes.
Abrió la primera página esperando encontrar una breve biografía.
No había ninguna.
Solo una línea.
"Edmund Ashford prefiere que su obra hable por él."
Le pareció una decisión poco habitual, aunque no imposible.
Continuó revisando las demás ediciones.
Ninguna incluía retrato del escritor.
Ni fecha de nacimiento.
Ni referencias personales.
Ni entrevistas.
Aquello comenzó a despertar su interés profesional.
A la mañana siguiente visitó una de las bibliotecas públicas más importantes de Bloomsbury con el propósito de consultar varios repertorios biográficos de escritores contemporáneos.
El edificio, silencioso y solemne, albergaba cientos de volúmenes organizados con una precisión casi militar.
Tras casi dos horas de búsqueda, la sorpresa fue en aumento.
No existía ninguna entrada dedicada a Edmund Ashford.
Consultó diccionarios literarios.
Catálogos editoriales.
Revistas especializadas.
Periódicos de los últimos diez años.
Nada.
Finalmente se acercó al bibliotecario jefe, un hombre delgado llamado Percival Grant cuya memoria bibliográfica gozaba de cierta fama entre los investigadores.
—Disculpe —preguntó Abigail mostrando una de las novelas—. Estoy intentando localizar información sobre este autor.
Grant observó detenidamente la cubierta.
Una expresión de desconcierto cruzó fugazmente su rostro.
—Curioso.
—¿Lo conoce?
—Conozco sus libros.
—¿Y al escritor?
El bibliotecario permaneció unos segundos en silencio antes de responder con absoluta seriedad.
—Ese es precisamente el problema, señorita Turner.
Abigail sintió cómo aumentaba su curiosidad.
—¿Qué quiere decir?
Grant cerró lentamente el libro.
—Llevo más de treinta años trabajando entre libros y jamás he encontrado una prueba de que Edmund Ashford exista realmente.
Ningún retrato, ninguna conferencia, ninguna firma pública, ningún registro biográfico verificable.
Sus novelas aparecen, reciben excelentes críticas y se venden admirablemente bien, pero el hombre permanece completamente ausente.
Algunos creen que se trata de un aristócrata oculto tras un seudónimo; otros hablan de un grupo de escritores que firman bajo el mismo nombre.
Incluso hay quienes sostienen que el editor inventó toda una identidad para crear misterio alrededor de las obras.
Abigail bajó lentamente la mirada hacia el volumen que sostenía entre las manos.
Por alguna razón que todavía no alcanzaba a comprender, recordó inmediatamente la caligrafía impecable del misterioso cliente de los miércoles, la elegancia de sus anotaciones y aquella manera tan singular de dialogar con los libros.
Era solo una intuición, demasiado débil para recibir el nombre de sospecha, pero comenzó a percibir que dos enigmas aparentemente independientes quizá no lo fueran tanto.
Y mientras abandonaba la biblioteca bajo una lluvia que parecía haber oscurecido todavía más las calles de Bloomsbury, una idea empezó a abrirse paso lentamente en su pensamiento con la persistencia de una historia que se resiste a permanecer sin contar: tal vez el escritor más admirado de los últimos años llevaba demasiado tiempo escondido a plena vista.