Capítulo 2. El cliente misterioso
Durante las semanas siguientes, la librería de Russell Street fue imponiendo a Abigail un ritmo de vida tan constante como imprevisible.
Ningún día transcurría exactamente igual al anterior y, sin embargo, todos parecían formar parte de una misma melodía pausada en la que cada cliente ocupaba un compás perfectamente reconocible.
Los lunes llegaban los profesores del cercano colegio universitario para consultar las últimas publicaciones de historia y filosofía clásica; los martes aparecían jóvenes estudiantes que fingían buscar tratados académicos mientras escondían discretamente novelas de aventuras bajo el brazo; los jueves pertenecían casi por completo a la señora Ellwood y a otras viudas que convertían la poesía en una conversación sobre la memoria; los viernes, poco antes del anochecer, los abogados del barrio adquirían gruesos volúmenes destinados a decorar despachos donde rara vez serían abiertos.
Arthur Holloway afirmaba que las personas no solo revelaban quiénes eran por los libros que compraban, sino también por el momento del día en que elegían hacerlo, teoría que defendía con una convicción casi científica mientras ordenaba las estanterías con una precisión solo aparente, pues únicamente él parecía comprender la lógica secreta que gobernaba aquella organización.
Abigail empezaba a conocer los pequeños rituales que mantenían viva la librería.
Había descubierto que la vieja cafetera de cobre necesitaba exactamente siete minutos sobre la estufa para producir un café aceptable; que la madera del suelo crujía de manera distinta según la humedad del ambiente; que algunos clientes jamás compraban un libro sin antes acariciar el lomo con el pulgar, mientras otros abrían cualquier volumen por una página al azar como si esperaran recibir un presagio.
También aprendió que el silencio nunca era realmente silencio en aquel lugar.
Siempre existía el roce de una página al pasar, el leve chirrido de la escalera móvil, el repiqueteo distante de la lluvia contra los cristales o el discreto carraspeo de Arthur cuando encontraba una errata en alguna edición reciente y murmuraba comentarios poco amables hacia los impresores modernos.
La adaptación fue tan natural que, al cumplirse el primer mes desde su llegada a Londres, comenzaba a costarle recordar la vida anterior que había llevado en Bath.
Allí sus días habían estado cuidadosamente organizados alrededor de las lecciones de francés, geografía y piano que impartía a las hijas de una familia acomodada, una existencia respetable pero desprovista de esa sensación de descubrimiento continuo que ahora acompañaba cada jornada.
Por primera vez en muchos años sentía que no administraba únicamente su tiempo, sino también una parte del destino intelectual de quienes cruzaban aquella puerta buscando consuelo, inspiración o simple compañía entre los libros.
Fue Arthur quien llamó su atención sobre un detalle que hasta entonces había pasado inadvertido.
—¿Ha reparado en nuestro caballero de los miércoles? —preguntó una tarde mientras desempolvaba cuidadosamente una colección de ensayos de Montaigne.
Abigail levantó la vista del libro de cuentas.
—¿Caballero de los miércoles?
—Llega siempre entre las cuatro y las cuatro y diez. Nunca antes. Nunca después. Compra un solo libro, paga en efectivo, agradece con una leve inclinación de cabeza y desaparece exactamente igual que ha llegado.
Ella sonrió.
—Debe de tratarse de un hombre muy puntual.
Arthur dejó escapar una risita.
—No. Se trata de un hombre extraordinariamente disciplinado. Hay una diferencia importante.
—¿Lo conoce?
—Lleva viniendo casi cinco años.
—Entonces sabrá su nombre.
El anciano negó lentamente con la cabeza.
—Jamás lo ha dicho.
Aquella respuesta despertó inmediatamente la curiosidad de Abigail.
—¿Y mi tío nunca preguntó?
—Nathaniel consideraba que una librería debía ofrecer libros, no interrogatorios.
El comentario quedó suspendido en el aire cuando el pequeño reloj situado sobre la puerta marcó las cuatro menos cinco. Arthur sonrió con una expresión divertida y señaló discretamente el cristal del escaparate.
—Observe la esquina.
Abigail dirigió la mirada hacia Russell Street.
Entre la niebla apareció la figura de un caballero alto que caminaba con un paraguas negro perfectamente vertical, sin apresurarse pese a que una lluvia fina comenzaba nuevamente a caer sobre Londres.
Había algo llamativamente sereno en su manera de avanzar, como si cada paso hubiera sido meditado con antelación.
Vestía un abrigo de excelente paño gris oscuro, guantes negros y un sombrero cuya ala ocultaba parcialmente el rostro.
No llamaba la atención por extravagancia alguna, sino precisamente por la elegancia discreta con que parecía evitar cualquier gesto innecesario.
Al entrar en la librería se quitó lentamente los guantes y saludó con una ligera inclinación de cabeza.
—Buenas tardes.
La voz poseía una gravedad tranquila, perfectamente modulada, con ese acento propio de los hombres educados en los mejores colegios ingleses.
Abigail respondió al saludo mientras lo observaba con discreción.
Tendría alrededor de treinta y cinco años.
Su rostro era atractivo sin resultar ostensiblemente hermoso; los rasgos firmes, la nariz recta y una mandíbula bien definida transmitían una impresión de voluntad constante.
El cabello castaño oscuro aparecía cuidadosamente peinado hacia atrás, aunque algunos mechones húmedos comenzaban a rebelarse por efecto de la lluvia.
Sus ojos, de un gris claro sorprendentemente luminoso, parecían detenerse en cada estantería con una intensidad impropia de quien simplemente busca una compra rápida.
Eran ojos acostumbrados a leer mucho más allá de las palabras.
Sin intercambiar conversación alguna, comenzó a recorrer lentamente la sección de poesía.
No tocaba los libros al azar. Parecía conocer exactamente la ubicación de cada autor.
Tras unos minutos tomó un volumen de poemas de Wordsworth, hojeó varias páginas con evidente familiaridad y se dirigió al mostrador.
—Me llevaré este, si es tan amable.
Abigail envolvió cuidadosamente el ejemplar.
—Es una edición especialmente cuidada.
Él observó brevemente el libro antes de responder.
—Las buenas ediciones obligan al lector a respetar las palabras.
Aquella frase le sorprendió por su precisión.
—No todo el mundo aprecia esa diferencia.
Una leve sonrisa apenas perceptible apareció durante un instante en los labios del caballero.
—No todo el mundo compra libros para leerlos.
Pagó con varias monedas perfectamente alineadas sobre el mostrador, agradeció el paquete con otra inclinación de cabeza y abandonó la librería sin añadir una sola palabra más.
Abigail permaneció observándolo hasta verlo desaparecer entre la niebla.
—Tiene razón —admitió mirando a Arthur—. Resulta... peculiar.
—Espere unas semanas.
—¿Por qué?
—Entonces comprenderá lo verdaderamente extraño.
El anciano se negó a ofrecer explicación alguna.
Tres días más tarde, mientras Abigail ordenaba las devoluciones de varios clientes, encontró sobre una pequeña mesa auxiliar el volumen de Wordsworth que aquel hombre había comprado.
Durante un segundo creyó que alguien lo habría olvidado, pero el paquete había sido abierto cuidadosamente y, entre las páginas, sobresalía una estrecha cinta de seda azul utilizada como marcador.
Lo abrió con la intención de identificar al propietario.
En el margen inferior de uno de los poemas aparecía una anotación escrita con una caligrafía extraordinariamente elegante.
"El verdadero paisaje nunca pertenece a la naturaleza, sino al lector que consigue recordar aquello que el poeta jamás escribió."
Abigail leyó la frase dos veces.
No parecía un simple comentario. Aquellas palabras poseían una belleza serena, una profundidad nacida de quien llevaba muchos años reflexionando sobre la literatura. Continuó pasando páginas.
Encontró otra anotación.
"Todo poema digno de permanecer vivo termina escribiéndose por segunda vez en la memoria de quien lo comprende."
Y otra más.
"Las grandes historias nunca envejecen; únicamente esperan lectores que todavía no han nacido."
Las observaciones no corregían al autor ni pretendían demostrar erudición. Dialogaban con el texto de una manera tan natural que casi parecía que Wordsworth hubiera dejado deliberadamente aquellos espacios vacíos para recibirlas.
Arthur levantó la vista desde el almacén.
—Ya lo ha descubierto.
—¿Lo sabía?
—Claro.
—¿Devuelve todos los libros?
—Cada semana.
—¿Con anotaciones?
Arthur asintió.
—Desde hace cinco años.
Abigail pasó lentamente la mano sobre aquellas líneas escritas con tinta negra.
—Pero... esto cambia completamente el libro.
—Exactamente.
—¿Y ningún cliente se ha quejado?
El anciano sonrió.
—Al contrario.
Abrió un cajón del mostrador y extrajo varios volúmenes antiguos. Todos contenían anotaciones similares.
—Algunos clientes vienen preguntando si ha regresado alguno de "esos libros", como los llaman ellos. Hay quien compra una edición solo por la esperanza de encontrar una de esas notas.
Abigail hojeó otro ejemplar de Shakespeare.
"Los personajes inmortales no sobreviven porque sean perfectos, sino porque nunca terminan de comprenderse a sí mismos."
En una novela de Jane Austen leyó otra.
"El amor rara vez cambia a las personas; normalmente revela con una claridad insoportable quiénes eran desde el principio."
Cada frase parecía escrita por un autor distinto y, sin embargo, todas compartían una misma inteligencia elegante, una misma sensibilidad contenida que evitaba cualquier exceso retórico. No había afán de exhibirse. Solo el deseo de conversar silenciosamente con un lector desconocido.
Mientras volvía a cerrar el volumen, Abigail experimentó una curiosidad que rozaba la fascinación.
No sabía quién era aquel caballero reservado que aparecía cada miércoles para comprar un libro destinado a regresar días después enriquecido por unas palabras capaces de transformar la lectura.
Ignoraba cuál era su profesión, dónde vivía o por qué prefería permanecer en el anonimato.
Sin embargo, comprendió que detrás de aquella caligrafía impecable se escondía una mente excepcional y una sensibilidad literaria fuera de lo común.
Sin proponérselo, comenzó a esperar el siguiente miércoles con una impaciencia que no se debía únicamente a la llegada de un cliente habitual, sino al deseo creciente de descubrir quién podía escribir comentarios tan bellos y, aun así, elegir permanecer completamente invisible.