La Librería de Bloomsbury Capítulo 1. La librería de Russell Street
4%
La Librería de Bloomsbury

La Librería de Bloomsbury

Por Charlotte Ellington

© inepub.com

Capítulo 1. La librería de Russell Street

La niebla de aquella mañana londinense parecía haberse instalado sobre Bloomsbury con la obstinación de un huésped antiguo que conocía demasiado bien cada esquina del barrio y se negaba a abandonarla antes de tiempo.

No era una bruma uniforme, sino un velo de tonos perlados que se deslizaba entre las fachadas de ladrillo oscuro, envolvía las farolas de hierro forjado y difuminaba las ventanas altas de las elegantes casas georgianas hasta convertirlas en manchas de luz cálida suspendidas en el aire.

Los primeros carruajes avanzaban lentamente por Russell Street levantando un rumor constante de ruedas sobre los adoquines húmedos, mientras algunos vendedores ambulantes comenzaban a instalar sus pequeños puestos, protegidos con lonas enceradas que despedían el inconfundible olor de la lluvia reciente mezclado con cuero, carbón y madera mojada.

Londres despertaba con esa solemne parsimonia que solo poseen las ciudades demasiado viejas para dejarse impresionar por el paso de un nuevo día, como si cada amanecer no fuera más que una repetición ligeramente distinta de los miles que ya habían contemplado sus edificios centenarios.

En mitad de aquella calle discreta, lejos del bullicio comercial de otras avenidas más concurridas, se encontraba una pequeña librería cuya fachada verde oscuro parecía resistirse al paso del tiempo con la misma dignidad silenciosa de los volúmenes que custodiaba.

El letrero, pintado a mano varias décadas atrás, mostraba unas letras doradas ya parcialmente desgastadas por la lluvia y el humo de las chimeneas: Turner's Booksellers.

El escaparate, dividido en dos grandes cristales ligeramente ondulados por la antigüedad del vidrio, exhibía una selección de clásicos ingleses, colecciones de poesía encuadernadas en piel y algunas primeras ediciones cuya simple presencia bastaba para atraer a los lectores más apasionados.

Ninguna decoración excesiva competía con los libros; apenas unas ramas secas de eucalipto dentro de un jarrón de cerámica y una lámpara de aceite cuya luz cálida parecía prometer refugio frente al gris permanente del exterior.

Abigail Turner permanecía inmóvil frente a la puerta cerrada, sosteniendo entre las manos un pesado llavero de bronce que acababa de recibir del abogado encargado de ejecutar el testamento de su difunto tío, el señor Nathaniel Turner.

Durante varios segundos no introdujo la llave en la cerradura.

Se limitó a observar aquella fachada que desde la infancia había asociado con el aroma de las historias y el murmullo pausado de las conversaciones entre lectores.

Recordaba perfectamente la primera vez que había cruzado aquel umbral siendo apenas una niña de nueve años, cuando su padre la llevó de visita durante unas vacaciones de verano y el tío Nathaniel le permitió escoger cualquier libro del establecimiento con la única condición de que regresara algún día para contarle qué había aprendido de él.

Había elegido un volumen de cuentos de los hermanos Grimm cuya cubierta azul todavía conservaba en su biblioteca personal, aunque ya apenas resistía unida por el lomo.

A sus veintisiete años, Abigail poseía una belleza serena que rara vez llamaba la atención de quienes solo apreciaban la elegancia ostentosa propia de los salones aristocráticos, pero resultaba inolvidable para cualquiera que conversara con ella más de unos minutos.

Su cabello castaño, abundante y ligeramente ondulado, escapaba con facilidad de los recogidos sencillos que prefería llevar, formando mechones rebeldes alrededor de un rostro de rasgos delicados donde destacaban unos ojos color avellana capaces de expresar curiosidad antes incluso de formular una pregunta.

Su figura era esbelta sin fragilidad, acostumbrada a largos paseos y a cargar cajas de libros durante los últimos años en la escuela donde había trabajado como institutriz.

Vestía con sobriedad elegante, no porque despreciara la moda, sino porque jamás había encontrado placer alguno en convertir la apariencia en una conversación permanente.

Su verdadero atractivo residía en la inteligencia tranquila con la que observaba el mundo, en la costumbre de escuchar antes de emitir un juicio y en una sensibilidad que la llevaba a descubrir belleza allí donde otros solo apreciaban rutina.

Respiró profundamente antes de girar la llave.

La cerradura respondió con un chasquido metálico que pareció romper el silencio de la calle, y la puerta cedió lentamente dejando escapar un aire impregnado de papel envejecido, madera encerada y tinta seca.

No existía perfume comparable para ella.

Siempre había pensado que las librerías poseían un olor distinto al de cualquier biblioteca porque, además de conservar libros, guardaban expectativas; cada ejemplar esperaba todavía encontrar al lector que cambiaría su destino.

El interior permanecía exactamente como lo recordaba.

Altas estanterías de roble recorrían las paredes hasta casi rozar el techo, obligando a utilizar una escalera móvil cuyos raíles metálicos emitían un leve chirrido al desplazarse.

El suelo de madera crujía con discreción bajo cada paso, no como señal de deterioro, sino como si saludara respetuosamente a quien entraba.

Una gran mesa central reunía las novedades editoriales junto a varios manuscritos encuadernados artesanalmente, mientras que al fondo una pequeña estufa de hierro aún conservaba cenizas de la noche anterior.

Sobre el mostrador descansaba un viejo libro de cuentas cuidadosamente cerrado, un tintero de cristal y unas gafas redondas que nadie volvería a utilizar.

Aquellas gafas consiguieron lo que la muerte de su tío todavía no había logrado del todo.

Abigail sintió que la ausencia adquiría una forma tangible.

Hasta ese instante había afrontado el duelo mediante ocupaciones prácticas: organizar el viaje desde Bath, resolver asuntos legales, vender algunos muebles heredados y aceptar la responsabilidad de dirigir la librería.

Sin embargo, contemplar aquellos objetos cotidianos abandonados exactamente donde Nathaniel los había dejado produjo en ella una punzada de melancolía mucho más intensa que cualquier ceremonia funeraria.

—Espero estar a la altura —murmuró para sí misma mientras recorría lentamente el establecimiento con la yema de los dedos rozando los lomos de los libros.

No esperaba respuesta alguna, pero la obtuvo igualmente.

—Si le habla a los libros, terminarán respondiéndole. Aunque normalmente tardan algunos años.

La voz, grave y ligeramente ronca, provenía del fondo del local. Abigail dio un pequeño respingo antes de descubrir a un anciano que salía de una estrecha puerta situada tras el almacén llevando una caja repleta de ejemplares encuadernados en tela verde.

El hombre rondaría los setenta años, aunque mantenía la espalda sorprendentemente erguida.

Su rostro estaba profundamente surcado por arrugas nacidas más del hábito de sonreír que del sufrimiento, y una espesa barba blanca perfectamente recortada contrastaba con unos ojos azules extraordinariamente vivos.

Vestía un chaleco marrón cubierto de diminutas manchas de tinta, camisa arremangada y un reloj de bolsillo cuya cadena parecía tan antigua como él mismo.

—Debe de ser el señor Holloway —dijo Abigail con una sonrisa.

El anciano dejó cuidadosamente la caja sobre la mesa.

—Arthur Holloway. Librero, encuadernador ocasional, reparador de estanterías cuando hace falta y, según decía su tío, el único hombre de Londres capaz de encontrar un libro perdido incluso antes de saber que alguien lo ha extraviado.

Ella estrechó su mano con cordialidad.

—Mi tío hablaba mucho de usted en sus cartas.

—Y yo de usted, aunque nunca tuve el placer de conocerla. Nathaniel estaba convencido de que algún día terminaría aquí. Lo decía con una seguridad irritante.

Abigail arqueó ligeramente una ceja.

—¿Irritante?

—Porque casi siempre tenía razón.

Los dos rieron suavemente, disipando parte de la tensión que había acompañado el comienzo de aquella jornada.

Arthur comenzó entonces a mostrarle cada rincón de la librería con el orgullo silencioso de quien presenta una casa querida.

Explicó qué estanterías correspondían a literatura clásica, cuáles reunían poesía contemporánea, dónde se guardaban las primeras ediciones y qué clientes mantenían cuentas abiertas desde hacía más de veinte años.

Hablaba de los libros como si describiera personas de carne y hueso, atribuyéndoles temperamentos, caprichos y destinos propios.

—Nunca intente ordenar demasiado este lugar —advirtió mientras señalaba una sección aparentemente caótica dedicada a poesía—.

Los lectores creen que buscan un libro concreto, pero muchas veces encuentran el que necesitaban precisamente porque estaba donde no debía.

Las librerías poseen un cierto desorden inteligente.

Abigail sonrió con auténtico interés.

—Jamás había oído esa expresión.

—Porque la acabo de inventar. Pero no deja de ser cierta.

Mientras recorrían los pasillos comenzaron a aparecer los primeros clientes habituales.

Una anciana diminuta llamada Beatrice Ellwood, envuelta en un abrigo color ciruela pese a que el verano apenas comenzaba, acudía todos los jueves para adquirir un volumen de poesía y conversar exactamente quince minutos antes de regresar a cuidar de sus rosales.

Hablaba con voz pausada y escogía cada palabra con el mismo cuidado con que elegía los libros.

—Así que usted es la sobrina —dijo observando a Abigail por encima de unas pequeñas gafas doradas—. Tiene los ojos de su madre.

Abigail parpadeó sorprendida.

—¿Conoció a mi madre?

—Le vendí su primer libro de poemas hace treinta años. Lloró al terminarlo. Después volvió para comprar otro. Ahí comprendí que ya no tendría remedio.

Aquella frase hizo reír a Arthur.

—Aquí consideramos que la literatura es una enfermedad incurable.

—Y bastante agradable —añadió la señora Ellwood antes de marcharse abrazando un ejemplar de poemas de Keats como quien protege un pequeño tesoro.

Las horas fueron sucediéndose con una naturalidad inesperada.

Abigail atendió consultas, buscó ediciones concretas, envolvió libros en papel marrón atado con cordel y escuchó historias de clientes que parecían acudir tanto por las conversaciones como por las compras.

Descubrió que la librería funcionaba casi como un discreto salón intelectual donde profesores universitarios, abogados, jóvenes estudiantes, viudas aficionadas a las novelas y poetas desconocidos compartían un mismo territorio neutral.

Nadie levantaba demasiado la voz. Incluso las discrepancias literarias parecían desarrollarse bajo un código tácito de elegancia.

Cuando el reloj marcó las cuatro de la tarde y la lluvia comenzó nuevamente a golpear los cristales, Abigail comprendió que aquella pequeña librería era mucho más que un negocio heredado.

Era un organismo vivo construido durante décadas mediante la confianza de personas que encontraban allí algo difícil de nombrar y aún más difícil de sustituir.

Mientras observaba la calle desde el escaparate, sintió por primera vez desde la muerte de su tío que el futuro dejaba de parecer un territorio amenazador para convertirse en una página todavía en blanco.

Ignoraba entonces que, entre los innumerables visitantes que cruzarían aquella puerta durante los meses siguientes, uno de ellos alteraría para siempre el rumbo de su existencia y demostraría que, a veces, las historias más extraordinarias no esperan en los libros colocados sobre las estanterías, sino en las personas que entran buscando uno de ellos sin sospechar que terminarán encontrando algo infinitamente más difícil de cerrar que cualquier volumen: el comienzo de una vida completamente distinta.