La Librería de Bloomsbury Capítulo 21. La última novela
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Capítulo 21. La última novela

La revelación del nombre de Reginald Blackwood no produjo una reacción inmediata.

No hubo exclamaciones, ni gestos bruscos, ni decisiones precipitadas.

Solo un silencio denso, casi administrativo, como si cada uno de los presentes necesitara reorganizar mentalmente los hechos antes de permitir que la emoción interfiriera en el razonamiento.

La librería, con sus estanterías ordenadas y su aroma constante a papel antiguo, parecía ajena a la tensión que se había instalado en el pequeño despacho.

Afuera, la vida continuaba con una normalidad casi insultante.

Un vendedor ambulante anunciaba pan recién horneado, un niño corría tras un aro metálico y un carruaje atravesaba la calle levantando un sonido rítmico de ruedas sobre el adoquín mojado.

Arthur fue el primero en moverse. Se acercó lentamente al registro notarial y lo cerró con cuidado, como si el contacto excesivo pudiera alterar su contenido.

—Esto cambia el equilibrio del problema —murmuró.

Mercer no apartó la mirada del documento.

—No lo cambia.

El inspector habló con una calma meticulosa, casi quirúrgica.

—Lo confirma.

Abigail sintió cómo esa frase desplazaba el centro de gravedad de todo lo que creían saber.

Ya no estaban ante hipótesis ni insinuaciones.

Había una estructura, un sistema, una organización que llevaba décadas influyendo en el mundo editorial sin exponerse jamás directamente.

El Ateneo de San Jerónimo no era una reliquia del pasado; era una red todavía activa.

—Si Blackwood es miembro —dijo Abigail lentamente—, entonces fue él quien filtró la información al periódico.

Arthur negó con suavidad.

—O permitió que alguien más lo hiciera.

Mercer cerró el registro.

—En ambos casos, está jugando un papel.

La palabra juego sonó fuera de lugar, demasiado ligera para lo que estaba en marcha.

Sin embargo, el inspector no la había elegido por casualidad.

Para él, toda investigación consistía en identificar reglas ocultas, movimientos calculados y motivaciones que rara vez coincidían con lo que se mostraba en la superficie.

—Necesito hablar con William —añadió.

Abigail intervino de inmediato.

—Está en casa de su padre.

—Entonces iré allí.

Arthur lo detuvo con un gesto leve.

—No sin mí.

El inspector lo miró con atención.

—¿Cree que es prudente?

Arthur respondió sin vacilar.

—Creo que es inevitable.

Eleanor, que había permanecido en silencio durante los últimos minutos, se incorporó también.

—Entonces voy con ustedes.

Abigail no necesitó pronunciar su intención. Nadie dudaba de que su presencia era ya parte inseparable de aquel entramado.

La residencia de lord Fairfax se alzaba en una de las calles más discretas del oeste de Londres, rodeada por un jardín sobrio que parecía diseñado más para preservar la privacidad que para exhibir riqueza.

Las ventanas, altas y estrechas, filtraban una luz tenue que otorgaba al interior una atmósfera contenida, casi introspectiva.

Cuando llegaron, fueron recibidos por un mayordomo de rostro impasible que, tras reconocer a Arthur, les condujo sin preguntas hasta el despacho principal.

William los esperaba de pie frente a la chimenea apagada.

No pareció sorprendido al verlos juntos.

—Ya lo han descubierto.

No era una pregunta.

Mercer asintió.

—Parcialmente.

William cruzó lentamente la habitación.

—Blackwood.

La forma en que pronunció el nombre no contenía sorpresa, sino una mezcla de decepción y cansancio.

Arthur observó a su hijo con detenimiento.

—¿Lo sabía?

William negó.

—Lo sospechaba.

Se acercó a la mesa y apoyó las manos sobre la madera pulida.

—Pero ahora ya no importa.

Eleanor frunció el ceño.

—Sí importa. Él está detrás del escándalo.

William levantó la vista lentamente.

—Lo sé.

Un silencio breve siguió a esa afirmación. Abigail sintió un ligero desconcierto.

—Si lo sabe… ¿por qué no ha hecho nada?

William tardó unos segundos en responder.

—Porque Blackwood no está intentando destruirme.

El comentario generó un murmullo inmediato. Mercer fue el primero en reaccionar.

—Explíquese.

William caminó hasta la ventana y observó el jardín en silencio.

—Está preparando algo más grande.

Se volvió lentamente hacia ellos.

—La publicación de la última novela de Edmund Ashford.

Arthur reaccionó de inmediato.

—Eso es imposible. El manuscrito está desaparecido.

William sostuvo su mirada.

—No todo.

Esa única respuesta alteró de nuevo el equilibrio de la conversación.

Abigail dio un paso adelante.

—¿Qué quiere decir con “no todo”?

William regresó a la mesa y abrió un cajón. Extrajo varias hojas sueltas.

—Cuando el manuscrito desapareció, faltaban capítulos completos.

Los colocó sobre la superficie.

—Pero no todos.

Mercer se inclinó.

—¿Cuántos?

William respondió con una precisión inquietante.

—Suficientes para reconstruir la historia.

Arthur cerró los ojos durante un instante.

—Dios mío…

Eleanor comprendió primero.

—Puede publicarlo sin usted.

William asintió.

—Y sin Nathaniel.

Abigail sintió cómo la frase adquiría un significado más profundo de lo que parecía.

No se trataba únicamente de un fraude editorial.

Era una apropiación total de una identidad literaria construida durante décadas, una sustitución completa del origen de una obra. Mercer apretó lentamente los labios.

—Si lo publica así, el mundo creerá una versión falsa de la historia.

William respondió sin elevar la voz.

—Eso es exactamente lo que buscan.

Arthur lo miró fijamente.

—Entonces ¿qué propone?

William tardó unos segundos en contestar. Cuando lo hizo, su voz ya no pertenecía únicamente al escritor ni al aristócrata, sino a alguien que había comprendido el alcance real de su situación.

—Publicar antes que ellos.

Abigail lo miró con incredulidad.

—¿La novela completa?

—Sí.

Arthur negó lentamente.

—Eso nos expone a todos.

William sostuvo su mirada.

—Ya estamos expuestos.

El silencio que siguió no fue de duda, sino de comprensión. La verdadera batalla ya no era por la identidad de un autor. Era por el control del relato final. Y alguien, en algún lugar de Londres, ya estaba escribiendo su versión de esa historia.