La libertad de los seres efímeros 24
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El recuerdo aún seguía muy vívido en mi mente.

—Bueno, dime…, ¿te gusta?

Bajé la mirada y me metí una cucharada de helado en la boca. Estaba ganando tiempo. Algo me había perturbado. Algo que no podía explicar.

—Es… majo. Pero apenas lo conoces, ¿no?

—Nos conocimos hace unos días mientras abría la tienda. La maldita cerradura se había encallado y decidió ayudarme. Resulta que ya me había visto antes, de camino al trabajo. Desde entonces quedamos para tomar un café todas las mañanas.

Estaba ilusionada. A mí me había parecido como cualquier otro, aunque la profundidad de sus ojos me asustaba.

Era como si pudiera aplastarte con la mirada.

Como si un error pudiera condenarte al fuego que parecía dominarlo.

Su voz atronadora era como una nube amenazando tormenta, pero Ainhoa estaba feliz por primera vez en meses, desde que la abuela nos había dejado.

Sus ojos brillaban con la misma inocencia que recordaba y sus mejillas volvían a sonrojarse al confesarme sus sentimientos más ocultos.

—Me gusta. Valen es lo que llevo buscando hace mucho tiempo. Alguien que me entienda, que me escuche.

—Para eso ya me tienes a mí.

—Lo sé, cariño, no pienses que me olvido de ti. Pero cuando te hagas mayor entenderás que a veces la amistad no es suficiente. Necesitas algo más. Un compañero de vida. Alguien que sepa compartir tu dolor.

Quizá ese fuera el problema de ese chico que había aparecido de improviso en nuestras vidas, que no pretendía curar el dolor de Ainhoa, sino alimentarse de él.

Yo no quise darle importancia al principio.

El tiempo fue pasando y, casi sin darme cuenta, Valen ya era una presencia diaria en nuestras vidas, y su marcha un imposible.

Por ello cuando Sonia me dijo que Valen se había tirado por el balcón, yo no quise creerla.

Tampoco pregunté por Ainhoa ni por su bebé y seguí durmiendo, sucumbiendo a aquella paz eterna que me impedía abrir los ojos.

Desperté varias veces más, sobresaltada de nuevo por la repetición del golpe final, y empecé a tiritar de frío.

Siempre había alguien a mi lado. Yo no los identificaba, pero escuchaba sus voces revolotear a mi alrededor.

De vez en cuando, una mano grande y suave me acariciaba el pelo y mis sueños se dulcificaban llevándome muy lejos de allí, hacia mi infancia.

Llegué a recordar un osito con el que dormía siempre, de un blanco amarillento y desgastado que evidenciaba las veces que mi madre lo había metido en la lavadora para quitarle el olor de leche derramada.

Solía llevarlo de la mano, arrastrado por el suelo, ocupando el lugar de aquel hermano que pedía insistentemente y que nunca llegaba, ni siquiera por Navidad.

En algunos momentos me parecía estar durmiendo en mi cuarto de entonces, de un aspecto más infantil e inocente, sin las preocupaciones de mi vida adulta acechándome como los monstruos de debajo de mi cama que temía de niña.

Me hubiera parecido todo más apacible, más amable, y no hubiera sentido ese peso aplastante en el pecho cuando por fin abrí los ojos y me encontré en aquella habitación de hospital.

Me sentí confusa los primeros días, apenas podía articular palabra. El cansancio me dominaba la mayor parte del tiempo, pero todos se mostraban pacientes a pesar de llevar grabadas miles de preguntas en el rostro.

Gabriel fue una presencia constante, además de mis padres.

Sonia solía aparecer al final de la tarde y José aprovechaba la hora de la comida para visitarme fugazmente.

Roy, junto con Laura y las chicas, también lograba arrancarme una sonrisa poniéndome al día de su rutina en la universidad.

Pero nada era lo mismo. Todos fingían un papel delante de mí, evitando preguntar lo que nadie quería oír.

Me resultaba complejo explicar lo que había ocurrido, aunque lo que me inquietaba era aquella conversación que se me había quedado a medias con Gabriel en los pasillos de la universidad.

—Tenemos que hablar —me atreví a decirle, aprovechando que esa noche se quedaba a dormir conmigo. Estaba apoltronado en el incómodo sillón del hospital y dejó ir un ligero suspiro.

—Sí, de lo que te hizo ese malnacido, pero ya me lo contarás cuando estés preparada.

Yo me acobardé y no quise contradecirle.

No me sentía valiente para afrontar ninguno de los dos asuntos.

Pero al día siguiente la policía me obligaría a romper el silencio.

Me sorprendí de lo poco que recordaba, de cómo se había sucedido todo hasta que quedé derrotada en el suelo; pero tras sobrevivir al interrogatorio y una vez estuve a solas con mi familia, solté las palabras que me desgarraban las entrañas:

—Yo le tiré.

—Imposible, te dejó inconsciente —susurró Gabriel con el rostro taciturno.

Mi padre se giró hacia la ventana, pero su reflejo me devolvió la misma expresión. No soportaban verme postrada en aquella cama.

—Le dije que no volvería. Le di un motivo.

Mi madre me apretó la mano con fuerza, no la había retirado en ningún momento desde que empecé a relatar la fatídica tarde. Quizá pretendía insuflarme esa fortaleza, pero yo no era Lola. Hacía semanas que me había rendido y no me apetecía luchar.

—No hubiera cambiado nada —volvió a hablar Gabriel.

—Pero ella no ha venido a verme.

Allí estaba otra vez, la culpa. Valen no seguía entre nosotras, pero Ainhoa seguía sin aparecer y yo no podía olvidar que le había destrozado su mundo mucho antes de que se hubiera producido el desenlace.

—El eje de toda su vida ha desaparecido, cariño —intervino mi madre—.

Ella decidió abandonarlo, pero siempre existía la oportunidad de volver, de reconocer que se había equivocado.

Ahora ya no. Él ya no está y cree que se ha quedado sola.

Tienes que darle tiempo. Quizá no esté preparada para hablar contigo, pero hazle saber que estás allí para ella…

—Cuando tú estés lista, Leire —la interrumpió Gabriel—. Las dos estáis pasando un momento difícil, pero primero tienes que sanar tú. No importa lo que tardes. Por una vez en la vida piensa en ti misma, por favor.

Eso hice el resto de la semana que estuve allí.

Solo dormía, comía lo justo, intentaba levantarme con dificultad, caminar siendo consciente del dolor que me aquejaba todo el cuerpo.

Pero yo no desistía. Descubrí que mientras me mantenía ocupada soportando el sufrimiento físico, se silenciaba mi mente; aquella vieja compañera que me había estado atormentando tanto tiempo.

Solo quería rendirme un poco más, aun sabiendo que tarde o temprano me tocaría enfrentarme a todo.

A la certeza de que se había ido, aunque siguiera sin entender cómo.

Intentaba recuperar su recuerdo. Su última imagen antes de que el horizonte negro se me viniera encima. Sin embargo, no hallé nada en mi maltrecha memoria, ni un solo rastro de su soberbia figura precipitándose al vacío. Y sin pruebas fehacientes, aquel relato parecía un producto de su imaginación.

—Quizá se fue sin más —me decía en voz alta.

Gabriel fue muy escueto al respecto:

—Hubo un funeral.

Y ni él ni nadie volvió a decir una palabra sobre ello. Ni siquiera cuando en mis sueños agitados no dejaba de preguntar incansablemente sobre el paradero de aquel hombre al que no me atrevía a mencionar, como si su nombre pesara más que su sola presencia.

A la salida del hospital tenía la certeza de que mi vida permanecería partida en dos: el pasado oscurecido por la presencia de Valen y un futuro donde aún me sobresaltaba al confundirlo con las figuras deambulantes de la Rambla.

La vuelta a casa fue extraña, como si siguiera metida en ese sueño profundo que me mantuvo en un estado letárgico en el hospital.

Mis padres apenas habían querido saber más detalles de lo que ocurrió, tan solo se preocupaban de mantenerme distraída y atendida en todo momento.

Aquello era una costumbre muy nuestra, obviar los problemas hasta que acabaran por resolverse solos, por diluirse en la memoria o reventándonos en la cara.

A veces, cuando cerraba los ojos, seguía sentada en aquella cama de hospital, estática en el tiempo.

Si yo no hubiera despertado, él seguiría vivo en mi presente.

Sería ese recuerdo inalterable, ese peligro latente a punto de explotar que me mantenía en alerta.

Pero al despertar, el peso de los acontecimientos había cambiado mi vida de tal forma, que me parecía estar soñando todavía dormida.

Era extraño dudar de tu propia existencia a la vez que luchabas por recuperar parte de lo que se había perdido. Como mi relación con Gabriel.

A pesar de los estragos que había causado, él se comportaba como si nada hubiera sucedido.

Como si las últimas semanas no las hubiéramos pasado alejados el uno del otro estando tan cerca.

La importancia que le otorgábamos a los sucesos era muy relativa.

Cualquier hecho de mayor magnitud era capaz de dilapidar rencores y reproches.

Gabriel me había visto caer en el abismo y la sola amenaza de la pérdida le había servido para tomar otra perspectiva.

Yo, que ya creía haberle perdido antes del incidente, me daba miedo volver a ilusionarme y sentirlo otra vez tan mío.

Solo cuando su mano rozaba la mía, casi con la misma timidez que las primeras veces, me permitía hundirme en aquella calidez, en aquel refugio que me había salvado de ahogarme innumerables ocasiones.

Sin embargo, se mostraba cauteloso, rehuía de demasiada intimidad y parecía querer contenerse, como si aún no hubiera rebasado el límite de nuestra amistad.

En algún momento en que nos habíamos quedado solos, rememoraba aquella conversación en el hospital que me había dejado totalmente confusa.