La libertad de los seres efímeros 23 #2
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Ese planteamiento llegó a obsesionarme, y pensé mucho y llegué a juntar ideas con otras, a entretejer hilos invisibles hacia cavilaciones más profundas para ir a parar, como una verdad insoldable, a aquella lejanía que imponía como mi propia penitencia a las personas que amaba.

Y no fue hasta la mañana siguiente que concluí que eran las personas quienes ponían distancias al amor y no las circunstancias, cuando mi padre, removido por uno de sus arrebatos, me abrazó con ese sigilo avergonzado, como si se hubiera arrepentido en la inmediatez de aquella cercanía poco habitual.

—Eres feliz, ¿verdad, chiqui?

A mí, verle tan esperanzado me ablandó el alma, se me encajó algo por dentro y me quedé pasmada delante de él, intentando balbucear una respuesta.

—Pues no sé… —logré decir.

—Ya no hay motivos para marcharse. Todo está volviendo a su lugar.

Y quizá tuviera algo de razón. Miré sus ojos azules sintiendo el mismo amor infinito que había sentido desde niña. Mi padre, que tanto me había decepcionado, seguía siendo parte indispensable en mi vida, sin que nada hubiera cambiado entre nosotros.

Luego recibí el wasap de Sonia anunciando el inminente cambio de rumbo de una vida demasiado exasperante. «Ven a verme mañana —me escribió—. Está a punto de suceder algo». Y yo sonreí con cierta incredulidad, imaginando qué sucesos serían esos y cómo podrían devolverme la esperanza.

Me parecía estar viviendo en un contexto surrealista.

Aquella mañana antes de ir a la universidad fui a ver a Ainhoa.

Había en aquellas sucias escaleras un callado saludo parecido a una reverencia, por las muchas veces que habían acogido mi cuerpo tembloroso.

Sin embargo, esta vez no me senté. Esperé a que los sonidos del interior se apagasen con la lentitud de una vela que se va quedando sin oxígeno y, en su última agonía, percibí que ella se encaramaba a la puerta, con la cabeza apoyada y muy atenta.

—He recordado a la abuela —dije con la voz convertida en un rumor destinado a ahogarse en el silencio—.

En ese estado de eterna vigilia, que ni dormida cerraba los ojos, como si permaneciera al acecho de alguien que viniera reclamando su ayuda.

Todos buscábamos su hombro para llorar, ella conocía nuestros secretos y nuestros miedos.

Con ella se fue una parte de nosotros que no volverá nunca.

¿Sabes que creo, Ainhoa? Que desde entonces andamos buscando esa parte, ansiosos y desesperados, incapaces de vivir con ese hueco vacío, huérfanos de confidentes.

Ella poseía una capacidad innata para comprender a los demás, hubiera sabido aconsejarte.

Yo no, Ainhoa. Yo he fracasado y por eso me rindo.

Ojalá algún día vuelvas a ser dueña de tu vida.

No hubo réplica, pero sí un leve asentimiento hacia mí misma, convencida del nuevo camino al que todos aludían. Todos excepto Gabriel, al que llevaba días sin hablarle.

Qué cómica resultaba yo, buscándolo entre la gente en los largos pasillos de la universidad, donde el barullo de los estudiantes rompía con demasiado estrépito el silencio que se había instalado en mí después de que mis acciones me sumieran en un remanso de paz.

Caminaba como una sonámbula, asomando la cabeza con disimulo tras las puertas entreabiertas de las clases.

Como si deseara toparme con él, fingiendo una casualidad, y de improviso poder contarle que empezaba a poner fin a tanta majadería.

Le necesitaba desesperadamente, porque con él había descubierto otra Leire, mucho más sentimental y más humana.

Y esa versión de mí se había esfumado con él —como ocurrió entonces con la abuela, me arrebataban esa parte que había nacido con ellos— y deseaba recuperarme.

Debía recuperarnos a los dos. Luego su imagen llegó de repente, en un sobresalto, echando por tierra tanta premeditación.

—Estoy aquí —avisó a mis espaldas.

Me di la vuelta y nos miramos indecisos. Su presencia me desarmó por completo. Gabriel escondía las manos en los bolsillos de la chaqueta, ojeroso y meditabundo. «¿Y ahora qué, Leire?». Levantó las cejas y frunció los labios en un gesto de impaciencia. «¿Y ahora qué?». Y yo no sabía cómo empezar.

—¿Así vamos a acabar? —se lamentó.

Me pareció vislumbrar un amago de marcharse y reconocer su derrota. Yo era su lucha continua, el eterno dilema, la pieza que no encajaba por más que se la quisiera remendar.

—Yo no quiero acabar contigo —me oí decir.

Aunque se quebró mi voz, trastabilló para caer ininteligible en las últimas sílabas. Sin embargo, me recompuse y continué:

—Tenías razón, debo seguir con mi vida.

Ahora era él quien no decía nada, mirándome con un escepticismo que nunca le había conocido. Pensé que era el momento de ser sincera, quizá fuera lo que estaba esperando, le debía al menos ese esfuerzo por mi parte.

—No quiero acabar contigo, Gabriel —repetí—. Yo te quiero…, aunque te mereces saber que ayer besé a Adam, y no me siento orgullosa de ello.

—¿Por qué hiciste eso? —preguntó desalentado, y se apartó un poco de mí.

Se agarró el tupé con la mano, mechones de pelo castaño resistiendo a la rabiosa pataleta que Gabriel luchaba por contener. Sacudió la cabeza y me dirigió unas palabras teñidas de cierto desdén.

—De verdad que no te entiendo, Leire. Me buscas, te haces la sorprendida cuando me ves y ni siquiera sabes qué decir.

Cuando creo que vas a volver, de nuevo te alejas.

Parece que vas dando tumbos por la vida…

—Quise defenderme, pero me detuvo—. Yo no quería dejarte, ¡estaba desesperado!

Te comportabas como una loca, no reaccionabas…

, ya no sabía qué hacer. Y me arrepiento mucho, cielo.

Quizá te haya hecho creer que no es así, pero yo solo quiero estar contigo.

Y me gustaría que tuvieras claro qué quieres de mí.

—No quiero perderte.

—¿De verdad? —Arqueó las cejas, de nuevo dubitativo.

Yo quise acercarme para deshacer la tensión, pero tuve que volver sobre mis pasos.

—Tengo que volver a clase. —Miró hacia la puerta, nada convencido.

—Quizá después podríamos continuar la conversación.

—Solo depende de ti.

Asentí con pesadumbre. Lo sentía demasiado lejos, justo en el mismo lugar donde lo dejamos, con la misma oscura obsesión que le instaba a salvarme.

Y yo ya no sabía de qué estaba huyendo, ni si había dejado de hacerlo, ni cuánto me duraría la paz que acogía como una tregua.

Solo me importaba recuperar a Gabriel. Y lo esperé impaciente y hasta con cierto temor, como quien espera un tren que amenaza con pasarse de largo.

Era curioso cómo la vida podía concentrarse en un instante y acabar siendo solo eso por encima de todo lo demás, superfluo e insignificante.

¿Así debía ser entonces? Experiencias que no llegaban a ser vitales, pero que culminaban en algo más grande, dando sentido a la existencia.

Llegados a este punto ya me sentía maestra del desastre, dispuesta para manejar las más variopintas situaciones.

Me senté y me disolví, sin pensar en nada por primera vez.

En aquel momento de deserción, de perderme en mi propia ausencia, Ainhoa me llamó dos veces.

Pasó desapercibida entre el griterío y el normal alborozo de un día de universidad.

Y yo tan absorta, no creía en la posibilidad de que por fin me hubiera levantado el veto.

Le devolví la llamada y esperé paciente cada tono como un paso que se acercaba a aquello que habíamos sido.

Sin embargo, no hubo respuesta y de la emoción salí corriendo hacia su casa.

El frío era doloroso ese día, me rozaba la cara devolviéndome a una realidad que no quería asumir. Si Ainhoa había cedido, algo grave ocurría, y ese hecho aumentaba mi desesperación por llegar hasta ella. Cada pensamiento, por muy ligero que fuera, me ahogaba en mi tremendismo.

Al llegar al edificio de pisos de aspecto sucio y deprimente, detuve la carrera y me agarré el pecho.

El aire helado entraba a grandes bocanadas y me arañaba la garganta.

Algunas veces había observado, como hoy, desde la ventajosa lejanía, la vida en plena ebullición a través de las ventanas.

Se escuchaba el trajinar de una jornada cotidiana, el zumbido de la televisión como una letanía y la humareda de las chimeneas disolviéndose en el cielo.

Ahora me acompañaba el peso de algo inacabado, que ya muerto, lanzaba su último suspiro en forma de premonición.

Como aquel silencio hiriente que guardaba el rellano y se rompió con la voz asustada de la vecina, acallada entre susurros y como un déjà vu :

—¡Qué de gritos! ¡Qué de golpes! Y ella se…

Yo no la dejé acabar y subí corriendo los peldaños que me faltaban.

—¡Llame de una vez a la policía! —le grité llegando a mi destino.

Luego toqué la puerta entreabierta, la misma que había velado mi espera durante semanas, como un muro impenetrable que me separaba de un mundo ajeno al mío.

—¡Qué bien me vienes! —exclamó Valen al verme.

Me cogió del brazo y me obligó a entrar.

La casa tenía un desorden inusual y mostraba huecos llenos de polvo que evidenciaban la falta del objeto que lo había ocupado.

—¿Dónde está Ainhoa? —pregunté en un susurro.

—Creía que tú sabrías decirme dónde piensa ir. Ha salido por esa puerta no hace mucho.

«Se ha ido», afirmé para mis adentros. Recordé las palabras de Sonia, aquel suceso inminente que me había impregnado de impaciencia. Y por fin pude comprenderlo todo.

—Yo no sé nada. —Me encogí de hombros.

Aparté la mirada. «No dejes que se dé cuenta…». Suspiré mostrándome indiferente. Adopté la postura estudiada de siempre, un tanto desafiante, manteniendo las distancias.

—Con todo lo que he hecho por ella y así me lo paga, la muy zorra.

Olía a alcohol y se tambaleó al acercarse a mí.

Yo no decía nada, intentando recomponer la escena en mi mente.

Sonia lo sabía, quizá la hubiera llamado para contárselo.

Puede que aún estuviera demasiado enfadada conmigo o avergonzada por haberse alejado de mí.

Tal vez mi última visita sirvió para que acabara de decidirse y se había marchado, por fin, no sin antes discutir con Valen por última vez.

Tras la euforia inicial me asoló una última duda: ¿por qué me había llamado hacía un momento si aún seguía allí?

De repente sentí el miedo recorriéndome el cuerpo como un latigazo.

Ya daba pasos hacia atrás con disimulo en dirección a la puerta. Lo conocía lo suficiente para saber que su actitud había cambiado, empezaba a impacientarse. La mandíbula en tensión le temblaba ligeramente, como si intentara apaciguar una fuerza incontrolable.

—¡Tanto que la he querido! Me desviví por ella, la cuidé… ¡Yo soy su familia!

Siguió con su retahíla de reproches contra Ainhoa, contra su familia, contra el mundo.

Yo no decía nada y pensé que mientras estuviera despotricando no se percataría de mi marcha hacia la puerta, hacia la misma libertad que tanto le había costado a mi tía.

De repente, volvió a acordarse de mí. Me miró airado y se acercó, acusándome con el dedo.

—¡Tú! —gritó e hizo un amago de cogerme por los hombros para zarandearme—.

¡Siempre fuiste tú! Desde el principio, desde el mismo día que nos conocimos.

Conspirabas a mis espaldas para echarme de su lado, inventabas mentiras para ponerla en mi contra, ¡maldita hija de puta!

No tendrías que habérselo dicho, es culpa tuya. Es culpa tuya…

—Le dije la verdad —balbuceé sin demasiada seguridad, casi pareció que estaba expresando un interrogante.

Aquel suceso había sido el causante de todo, el que me alejó de Ainhoa. En las noches en las que me zambullía en los turbios pensamientos de mi mente, me llegué a plantear si no había estado equivocada, si realmente no había imaginado ese beso fatídico.

—Tu verdad, lo que querías que pasara, ¡zorra mentirosa! —Y me soltó un bofetón en la cara.

Nadie podría haberme advertido de la fuerza que saqué yo entonces.

Ni que aquella historia concluyera con un final tan apoteósico.

Junté la rabia y la desesperación, el miedo, el orgullo de haberle ganado la batalla y lo empujé apretando los dientes y explotando todas las emociones en su pecho.

Valen tardó en reaccionar, como si no esperara mi revancha e, inmerso aún en el desconcierto, me agarró de los hombros con fuerza y me levantó ligeramente del suelo.

—¡Me prometió que nunca me abandonaría!

—Hay promesas que no pueden cumplirse —le escupí en la cara.

Sus ojos grises se agrandaron.

—Tú sabes dónde está.

—Aunque lo supiera, no te lo diría.

—¡¿Dónde está?! —Me zarandeaba sin cesar—. ¡¿Dónde?!

—Se ha ido. —Y luego, para vengarme—: Para siempre.

Sentí cómo sus manos me cogían con más fuerza, buscando el impulso para lanzarme hacia un lado, yo tropecé intentando frenar la inercia que seguía empujándome más lejos.

Me arrinconó cerca de la mesa y volvió a golpearme en la cara, pero esta vez su fuerza logró lanzarme al suelo.

La cabeza empezó a darme vueltas y los sonidos se amortiguaron en mis oídos, como si me hubiera zambullido en el agua.

No pude prepararme para la siguiente. Noté el gusto metálico de la sangre en la boca, una presión terrible en el pecho que me dejó sin respiración durante unos segundos.

Valen me golpeaba con los pies como si fuera un saco inerte, sin vida.

El dolor me recorrió el cuerpo y levanté la cabeza sin fuerzas para protegerme.

Solo necesitaba coger aire, aliviar los aguijonazos que se clavaban en mis pulmones.

Intenté mirarlo, me agarré a la pata de la mesa y lo enfoqué a través de las lágrimas.

Valen se paró en seco, como si le hubiera asaltado otra idea.

Miró el balcón dominado por una determinación enérgica y enfermiza y atisbé su intención.

Me agarré de nuevo a la mesa, dejándome caer hacia el suelo mientras le suplicaba en mi interior.

«No, no…, eso no», pero me arrancó de allí con fuerza, liberándome, luchando conmigo hasta que me golpeé contra la estantería del comedor y la cristalera cedió bajo mi espalda.

Se oyó un fuerte golpe que resonó en mi interior, parecido a una campanada cuyo sonido se va repitiendo en un eco hasta que la engulle la siguiente.

Me llovieron libros, cristales y las baldas de madera que iban perdiendo su sujeción.

Percibí un reguero de sangre y, a través de mi visión borrosa, me pareció ver una figura envuelta en un horrible batín de flores.

Poco a poco se me fueron cerrando los ojos.

En mi pequeño descanso aún fui capaz de sentir otro golpe, un ¡pum! inesperado. El final donde acaba todo.