23
Mamá rondaba mi cuarto continuamente. Sentía su presencia cerca de la puerta, agazapada y atenta, esperando algún indicio de vida.
Llevaba más de doce horas encerrada —a mí, que siempre me había pinchado la cama y me despertaba con la ansiedad de salir al mundo exterior—, no me movía de allí, tapada hasta arriba con las sábanas.
Había sentido la necesidad de huir y comprendía de repente que no podía escapar de mí misma.
Me había convertido en una víctima, en un cuerpo autómata que respondía de forma mecánica a los embistes de la vida. Ya ni siquiera lloraba. Ahí fue cuando comprendí la razón por la que Gabriel se había ido: porque yo me había rendido.
Moría por dentro de forma lenta y sinuosa, y por fuera solo era una sombra de un cuerpo deambulante.
La tosca intención que se dibujaba en forma de sonrisa no era suficiente para abrigarme con el calor que necesitaba.
Me di cuenta de que no había caído de pronto, sino que llevaba tiempo desplomándome estrepitosamente de una forma tan silenciosa que los demás ni siquiera se habían percatado.
Yo no quería estar triste, pero ya no sabía cómo no estarlo. Cómo debía sanar lo que estaba roto.
No fue hasta el mediodía que mi madre presintió que algo no marchaba bien y decidió pisar la intimidad que siempre me había respetado.
Sabía que en ella había un sentimiento predispuesto a la rebelión.
Un revolverse contra todo que chocaba muchas veces con la responsabilidad de ser madre, pero que le otorgaba una fortaleza inaudita, indestructible a la vista de los demás.
Esa imagen que me había forjado de mi madre no me permitía conocerla del todo, me resultaba un enigma en demasiadas ocasiones.
Quizá yo no concebía a nadie que no tuviera partes oscuras que ensombrecieran su existencia y la veía como alguien incapaz de entenderme.
Por eso me avergonzaba delante de ella cuando dejaba en evidencia mi dramatismo.
—¿Qué ocurre, acaso estás enferma? —me preguntó.
Me incorporé en la cama para recuperar algo de dignidad. Tenía el cuerpo entumecido y ausente, como si no me pertenecieran las extremidades ni fuera dueña de sus movimientos.
—Me ha dejado…
El hilo de voz que se escurrió de mi boca se parecía al sonido sibilante del viento en un día de lluvia. Casi me parecía estar despojándome de la humedad que me hacía chirriar los huesos.
—¿Hablas de Gabi? ¿Qué ha pasado?
Se lo conté con un tono de intriga impregnado en la voz, ojeando el pasado como quien busca respuestas a un presente que se desvanece, sin ánimos de encontrar alivio, solo refutando los hechos que hubieron de llevarme hasta allí.
El nombre de Ainhoa sobresalía por todas partes, invadiendo una relación que había gozado de plena armonía.
Yo que creía que entre nosotros no podría ir mal, después de haberme expuesto a él sin ningún pudor.
Pero entonces nada me importaba más que Ainhoa, olvidándome de Gabriel y de mí misma.
—Tu padre y tú tenéis una manera muy sutil de hundiros, cuando me quiero dar cuenta ya os estáis ahogando en el lodo. ¿Por qué no pedís ayuda?
Lola la Fuerte. Lola la Todopoderosa, cabalgando entre nosotros sin el mayor resquicio de duda.
—Ainhoa debe darse cuenta de quién es el hombre con el que duerme —seguía convencida—. Ya no hay nada que puedas hacer. Solo cabe esperar.
—¿Y ya está?
—No, soluciona tu vida. No soporto verte así.
Luego apartó ligeramente la mirada, como si le hubiera sobrecogido una nostalgia inesperada.
Se tumbó en la cama conmigo. La recordé vívida y cercana, casi como si no se hubiera ido nunca, haciendo de ese breve lapso un paréntesis.
Sin que el rencor que me había consumido devorara mis intenciones de acabar acurrucada en su pecho.
—Has vuelto —afirmé.
—Sí, Leire. Aunque nunca me fui. Quizá ese fue vuestro mayor error, creer que me habíais perdido cuando solo estaba tratando de volver a encontrar mi lugar.
Salí de mi encierro, aunque no me gustara esa forma que tenía mi madre de gobernarme.
Quizá aún quedara en mí algo de rebeldía, o puede que no estuviera tan perdida.
Me duché, desprendiéndome de esa molesta letanía que llevaba semanas acompañándome, dejé que mi mente torturada divagara en los actos más cotidianos.
Así sobreviví a la tarde, y luego por la noche, mientras deambulaba en las calles casi desiertas, decidí que me arrastraría con soberana inercia por la vida, sin ningún objetivo concreto que pudiera malograr mi debilitada felicidad.
El Atlanta como refugio se deshacía entre multitud de recuerdos.
Gabriel me andaba persiguiendo en cada melodía que sonaba enfática, como reclamando un espacio que era suyo.
No podía encontrar en Sonia ningún consuelo, hastiada como estaba por mi desidia.
Ni siquiera en José, que prefería marcar distancias —me parecía que aquella escena protagonizada por los dos ya había sobrepasado los límites de nuestra intimidad y condicionaba nuestra manera de tratarnos—.
A Laura no me atrevía a darle explicaciones ni anunciarle un final que tal vez hubiera imaginado y, sin embargo, no podría soportar.
Ahora me parece un tanto descabellada la idea que tuve de confiar mi congoja al oportunista de Adam, que olió la suerte que se le echaba encima.
Fue ese cigarrillo fumado a deshoras, mi pesado silencio y mi quejumbroso caminar; toda yo destilaba resignación, como si la vida se hubiera convertido en una mera cuestión de supervivencia.
La ausencia de Gabriel, siempre dispuesto a compartir mi jornada, respondía por sí sola las sospechas.
—No hay nadie que merezca tanto la pena, Leire —me dijo sentándose a mi lado.
Nos gustaba acomodarnos en el alféizar de la ventana cuando no había clientes, y cruzábamos las piernas apoyando la espalda en el cristal, que desprendía calor fuera invierno o verano.
—No es solo él —murmuré sin mirarle.
—Claro que sí. Te ha abandonado en el peor momento, para no verte así. Y en esto se tiene que estar en lo bueno y en lo malo. Dime tú si no tengo razón.
¡Ay, Adam! Qué facilidad tenía para manejarme en mi estado de catatonia.
Lo miré dubitativa, temiendo no poder salir airosa de aquella dura reflexión.
Con Adam sentía una sensación de asfixia, de pisar fuerte hasta dejarme arrodillada en el suelo con el alma suplicante de misericordia.
Luego me abría los brazos y me salvaba del abismo al que me había abocado él mismo.
—Oye, Adam, ¿qué fue de esa chica que venía a verte?
Sonrió con desdén, evidenciando mi clara intención de rehusar el camino por donde quería llevarme.
—Bah, no fue nada especial. Ya ves, a mí no me gusta que me enjaulen, nena. Quizá sea también tu problema.
Se levantó de un salto, muy ligero, como si se hubiera deshecho de una verdad inconfesable.
Me cogió de la mano y me empujó contra su cuerpo, con esa predisposición de liberar un deseo que no le correspondía a él.
Había cierta agresividad en sus gestos que me turbaban y me dejaban perpleja.
Entonces no quise apartarme cuando me besó.
Recordé el grito que ahogaba en mi boca al llegar al orgasmo, con la misma fiereza con la que besaba, asaltando mis defensas y revolviendo mi caos.
Me aparté de él como si quemara. Los dos respirábamos agitadamente, preguntándonos en silencio qué era lo que no nos permitía encajar.
—No vuelvas a tocarme —le advertí.
—Pero si has sido tú, nena.
No, él no encajaba allí, en mi vida destartalada. ¿Podría ser que hubiera encontrado cierto orden en todos los desastres que constituían mi vida?
Roy apareció fugazmente al final de la tarde, daba la impresión de que se había dejado caer como de casualidad, llamado por una fuerza superior o guiado por un poder adivinatorio susceptible a las desgracias ajenas.
Me confié a él, olvidando que tal vez fuera ahora más afín a su fiel amigo que a mí, que no dejaba de ser una historia más a la que apenas lograba conocer.
—Eres una calamidad.
Así se presentó, lanzándome la culpa sin esperar que respondiera por ella.
—¿Para qué has venido, Roy?
—Porque te quiero mucho.
Yo le sonreí con sinceridad y él me correspondió y me pareció que nos hablábamos en silencio de todo lo que había ocurrido estos días, sin decirlo en voz alta, como si así pudiera doler menos.
—No es verdad, siempre te ríes de mí.
—¿Cómo no te voy a querer, mujer? Eres mi amiga. ¿No te he demostrado ya que sé ponerme serio cuando la ocasión lo requiere? Verás, voy a ir a hablar con Gabi ahora mismo.
—No, no —le supliqué—. Lo he estropeado tanto…
—Seguro que puede arreglarse.
—No lo sé…
Yo me toqué los labios, en un gesto del que se traducía duda, aunque no fuera más que el recuerdo del fatídico beso.
—Tú no sabes lo mucho que te quiere. Desde el primer momento, yo se lo notaba. Él intuía que iba a enamorarse de ti. «Mira a mi pelirroja», me decía, «esa chica tiene magia dentro y no lo sabe».
Negué con la cabeza y cerré los ojos.
—Mi chico del autobús.
—Qué de vueltas que da la vida, ¿eh, Leire? Uno vive envuelto en un caos incomprensible y de pronto se da cuenta que entre tanto desorden hay cierto equilibrio que da sentido a toda la existencia. ¿No lo has pensado nunca, qué sería de ti sin tanto revuelo?
Nada. Yo comprendía, al fin, que de las calamidades también nacían cosas buenas. Que yo era lo que era, también, gracias a mis desastres.