22 #2
Era desolador ver cómo aquellas pocas semanas nos habían separado tanto.
Ya no sabíamos de qué hablar o cómo comportarnos.
Ellos esperaban que fuera yo la que iniciara la charla, mientras el silencio me aplastaba en la silla.
Ya no era como antes, ni las bromas de Roy aparecían en el momento justo para darle un aire cómico a la situación.
—¿Por qué no pides algo? —me sugirió Laura, al fin.
—Será mejor —acepté.
Me pareció sensato darle la razón, a fin de cuentas, había ido allí por algo, aunque ahora no recordara para qué.
Gabriel se había quitado los auriculares, garabateaba distraído en una hoja de papel.
El sonido del lápiz sonaba incómodo, dando vueltas incongruentes, rasgando con pesadumbre mi presencia, como echando en falta a la parte de mí que había perdido.
Luego me trajeron el café y el sonido de mi cucharilla se unió al concierto.
Quizá no hubiéramos soportado la tensión, pero entonces una chica se acercó a nosotros.
Yo la recordaba en los pasillos de la universidad encaramada al brazo de Gabriel, susurrándole demasiado cerca.
Empezó a hablar de un viaje a Punta Cana que organizaban para celebrar el fin de carrera.
Todos parecieron animarse de pronto, evocando paisajes caribeños de playas blancas y agua cristalina.
Otro detalle de la vida de Gabriel que ignoraba.
Tan desgastados estábamos, que nuestra amistad amenazaba con resentirse.
Miré sus manos, deseando llegar hasta ellas para cobijarme en su calor, como tiempo atrás.
—Te apuntas, ¿verdad, Gabi? —le preguntó la chica.
Me enteré de que se llamaba Lorena y que intentaba llamar su atención por encima del resto. Yo levanté la cabeza, atenta, los ojos de él y los míos se encontraron un instante.
—No, yo no voy.
—¿Por qué? Si estabas muy ilusionado…
No pude evitar cierto alivio. Gabriel soltó un suspiro apenas imperceptible y bajó la cabeza, jugueteando con el lápiz entre los dedos.
—Vamos, Gabi, no puedes perdértelo —le insistió de nuevo Lorena.
—¿Qué coño no entiendes? —alzó la voz.
Aquella tensión volvió a resonar en el aire, temblaba en nuestras manos como esperando una catástrofe inminente. Lorena la recibió de repente, y casi me pareció atisbar que su cuerpo se encogía para volver, segundos más tarde, a erguirse con intención de vengarse.
—El otro día tenías mucho interés en conocer lo que había preparado para el viaje, ¿te acuerdas? Roy tuvo que pararte los pies, no dejabas de ligar conmigo.
—No te equivoques. Contigo no ligaría ni borracho.
No sonaba él, tan forzado y extraño, tan distante del verdadero Gabriel.
—Qué diferente eres cuando está tu novia delante, con lo majo que parecías…
Se fue convencida de que había ganado.
Roy me miraba apiadándose de mí. Y Laura. Incluso Mireia parecía feliz de no estar en mi lugar. Me sentía estúpida y humillada. No se me ocurrió otra cosa que balbucear lo primero que se me pasó por la cabeza.
—Deberías ir. Tiene razón, no te lo puedes perder.
—¿En serio, Leire? —contestó fulminándome con la mirada.
Esta vez fui yo la que emprendió la huida, completamente derrotada.
Llegué a bajar por el camino que me llevaba a la parada del autobús, y retrocedí, di unos pasos e, impelida por mi propia indecisión, me quedé allí, fumando como si cada calada me devolviera algo de cordura.
Después enfilé otra vez la cuesta, y así entre idas y venidas, de luchar contra mi propia contradicción, no fui más lejos.
Gabriel vino a mi encuentro con la misma expresión estoica e impasible.
—Vamos a hablar.
Se sentó encima de la hierba de los jardines que bordeaban la universidad. No sé si fue por el carácter imperativo de sus palabras que empecé a narrarle lo que pensaba sin que tuviera que sonsacármelo.
—Es muy guapa —le dije—. Cuando nos estábamos conociendo no hacía más que espiarte. —Y yo ahí me sonrojé, como una tonta—. Un día te vi con ella en el pasillo, parecíais dos adolescentes.
—No ha pasado nada —me interrumpió con brusquedad.
Pero yo seguía como desbordada de pronto por mi deseo de dar sentido a mi comportamiento.
—Me dio mucha envidia la facilidad que tenía de tocarte. Siempre he creído que nos separaba una barrera infranqueable que querías destruir y que yo volvía a armar con rapidez, antes de que te diera tiempo de vencerme.
—No es verdad, para mí eras transparente y ahora, cielo, no te reconozco.
—Nadie se digna a entenderme.
—Vas en contra del mundo. —Se levantó, exaltado—. ¿Dónde está la chica que ansiaba ser libre? No me hice este tatuaje para impresionarte, ¡yo creo en él!
—Yo también.
A Gabriel le entró la risa floja, pero se reía sin ganas, como si le costara un gran esfuerzo esbozar aquella sonrisa fingida.
—Nunca has sido libre, ¡nunca! —exclamó.
Se dio media vuelta, lejos de mi mirada de incomprensión y de aquel presentimiento que iba creciendo en mi interior.
—¡Vive tu vida, joder! ¡Deja de encadenarte a las mierdas de los demás! Te he dejado entrar en mi casa, en mi vida, en cada rincón de mi alma…, ¿acaso me quieres, Leire?
—Yo… ¿Cómo no te voy a querer? —contesté confundida.
No fue una respuesta demasiado acertada.
No entendía cómo había manejado la conversación para que tomara una dirección tan equivocada, ni cómo Gabriel parecía de repente tan enfadado y decepcionado conmigo.
Solo quería que dejara de mirarme como si hubiera menospreciado sus sueños, como si yo fuera algo muerto.
—No lo sé, siento que ya no estás —seguía—. Te estás dejando caer al abismo, y ya no quiero quedarme aquí para verlo.
—¿Estamos rompiendo? —balbuceé.
Asintió con una lágrima que amenazaba con dejarse caer tras un ligero pestañeo. Yo me quedé como alelada, con los ojos muy abiertos, con la incredulidad dirigiendo mis emociones.
—¿No vas a decir nada? —se indignó Gabriel.
¿Qué podría haber dicho una vez entregada al fracaso?
Yo ya llevaba mucho tiempo rota, los tres pilares fundamentales de mi vida habían caído: mis padres, Ainhoa y ahora Gabriel.
Ya no me quedaba nada. Él se fue, negando con la cabeza ante lo que estaba ocurriendo.
Él, que siempre intentaba salvarme de aquella caída inexorable, relevado al fin de ese cometido, me pareció que marchaba más ligero.
Empecé a ver mi estampa desde fuera, como un personaje irreal atrapado en una historia que no había elegido.
Yo ahora iría caminando con pasos lentos y angustiados, sintiendo crecer un dolor casi palpable en el pecho y miraría al cielo, tal vez más gris, con sus pájaros de siempre en su particular locura, haciendo malabares en las alturas.
Yo, cubierta de un escepticismo que abarcaría la pérdida de mi corazón roto, pensaría en la absurdidad del momento y hasta me reiría en un último esfuerzo por salir del atolladero.
De nuevo el peso de la congoja me despertó de mi ensimismamiento.
Observé a mi alrededor, cansada. Me ocurría con frecuencia que miraba a la vida con la amargura de aquellos que se sienten estafados.
Allí hundida en mi calamidad, me daba cuenta de que nunca había dejado de ser, en la lejanía, aquel punto que se disuelve en el horizonte.
Entonces corrí sin dirección alguna, para estamparme con la realidad que me quebraba en dos.