22
Al día siguiente fui a ver a Ainhoa, acompañada de Sonia, para hacerla entrar en razón.
Aunque Valen saliera tras la puerta, no se hubiera atrevido a desafiarme tan abiertamente.
Me sentía un poco cobarde, pero a ese sentimiento le sustituyó la frustración de no poder tenerla delante para suplicarle que no me echara de su lado.
—Deberías darle espacio —me decía Sonia—. Está dolida y quizá necesite un tiempo.
Habíamos insistido largo rato para que saliera, hasta que la vecina se asomó al rellano.
—Chiquilla, está en casa, pero no te quiere abrir.
La hubiera querido empujar para que se metiera en el piso a seguir mirando telenovelas. Yo me resistía a irme. Sonia acabó por arrastrarme escaleras abajo.
—Necesito saber que está bien…
—Lo está, Leire. No te montes películas.
—¿Cómo puedes decir eso sabiendo…?
—Hablé con ella —me cortó—. Me aseguró que había meditado su decisión y que lo mejor era que te alejaras para calmar las cosas.
Me quedé atónita.
—Lo siento mucho, cariño. Ojalá pudiera hacer más.
Yo iba todos los días a verla, no me rendía.
Llamaba a la puerta con la misma esperanza del día anterior.
La oía dirigirse a la puerta, arrastrando los pies como de costumbre, con sus zapatillas de pelo y los calcetines gordos de invierno.
Así me la imaginaba, como las últimas veces, despeinada y hecha un desastre, pero con la sonrisa bailando en los labios.
Ella miraba por la mirilla, yo no decía nada.
Ya sabía qué iba a buscar, ¿para qué repetirlo?
Esperaba con el corazón acelerado a que se abriera la puerta y, cuando la sentía marcharse, me sentaba en las escaleras con la cabeza apoyada en la pared y los ojos cerrados.
Le hablaba en silencio, le decía todo aquello que echaba en falta.
En mis conversaciones, Ainhoa era la Ainhoa que apenas recordaba.
La que no se sentía incómoda al darme un abrazo, aunque se los rechazara entonces.
Se me pasaba el tiempo como en un golpe de aire.
Abría los ojos despertando de un largo letargo, sobresaltada, y bajaba las escaleras de dos en dos como si de repente algo me persiguiera.
Era el pasado, enfurecido por lo que habíamos dejado morir.
Yo sabía que el siguiente paso era enterrarlo, pero me negaba a apartarme de su camino.
A duras penas conservaba mi buen humor. Gabriel me hacía compañía en el Atlanta, junto a Roy, al que habíamos convertido en nuestro mediador.
Discutíamos mucho, por cualquier tontería.
La razón no era otra que mi actitud. Gabriel se frustraba porque cada día parecía más hundida y, aunque quisiera salvarme, yo no ponía de mi parte.
La crispación solo nos daba tregua cuando nos metíamos en la cama y en la total oscuridad acababa de derrumbarme y lloraba todo lo que no podía expresar con palabras.
Él me abrazaba fuerte, como si intentara sujetarme para que no me rompiera a pedazos.
Ya no me reunía con ellos en el bar, perdí el apetito y prefería quedarme fuera, fumando tumbada sobre la hierba.
Gabriel, tras tratar de convencerme, se resignaba a acompañarme.
Hasta que un día le pedí que me dejara sola y entonces la hora del descanso se convirtió en algo mío, y nadie se atrevió a discutirme.
Estaba creando un cerco a mi alrededor que se iba haciendo cada vez más estrecho.
Si no me soportaba a mí misma, ¿cómo podía soportar a los demás?
No me di cuenta de ello hasta el día en que rechacé a Gabriel. Se acercó a mí serpenteando entre las sábanas, con esa mirada apasionada que antes me había enternecido tanto, y me besó en los labios. Yo lo aparté con delicadeza, sin fingir mi desagrado.
—¿Ya no puedo besarte?
Yo no le contesté, me daba un miedo atroz hacerle daño, aunque sin quererlo ya se lo estuviera haciendo.
—¿Qué demonios te pasa? —me reprochó—. Últimamente te comportas como si ya no estuviéramos juntos, como si fueras a alejarte.
—No tengo ganas de conversaciones profundas, estoy cansada.
—Siempre estás cansada.
—Nada te obliga a estar conmigo, Gabriel.
Se levantó de la cama apartando la ropa con brusquedad.
—Sí, el amor que siento por ti —me replicó—. Así que deja de herirme. Deja de preferirla a ella por encima de todas las cosas.
Me senté en la cama y se me escapó una sonrisa de medio lado.
—¿Estás celoso de mi tía?
—¡Estoy dolido! Actúas como si te importara una mierda lo demás, incluido yo. Mira con qué desprecio me hablas, ni siquiera te preocupa hacerme daño.
Me tapé la cara con las manos y volví a mirarlo, me atravesó con sus ojos sinceros, derrumbó mi resistencia.
—No, solo estoy… —intenté explicarme.
—Estás triste, ya lo sé. Pero debes sobreponerte. Ella volverá, no te atormentes continuamente por ello.
Recordaba con tristeza los primeros días de miradas curiosas, de hablar en silencio, de descubrir pedazos de la vida del otro, de rendirnos a la música y dejarnos llevar.
Del miedo a dejarme enamorar. De la estúpida manía de creer que nada era para mí, ni el destino ni las casualidades.
Y luego se me desvanecieron los temores y las dudas.
El amor venía sin que fuera llamado. El amor era, precisamente, un sentimiento carente de preguntas y respuestas.
Y, aun así, qué lejos me parecía estar de todo aquello.
Me sentía caminando hacia atrás, recapitulando los días, hasta los inicios de mi melancólica existencia.
La vez que volví de nuevo allí, el cielo grisáceo ensombrecía sus formas, como si formara parte de un cuadro terrorífico.
El aire de la tarde venía cargado de olor a lluvia, de hojas podridas que se acumulaban en las alcantarillas.
Llevaba tres días lloviendo, y todo estaba más oscuro y lúgubre de lo normal.
Yo no podía más que mirarla con cierto rencor, por no proporcionarme la paz que buscaba.
La Catedral parecía llorar ausencias por todos los rincones.
Tantas veces se convirtió en mi refugio, que se había contagiado de mis miedos, echándomelos a la cara sin piedad alguna.
Tendría que haber imaginado que allí no encontraría respuestas.
Nada que me recordara a lo que fui con Gabriel durante aquellos meses que me creí con más suerte que el resto.
Había repudiado ese lugar entonces, sintiéndome ridícula por esconderme, tan cobarde por no saber enfrentarme a mis problemas como debiera —yo, que no dejaba de ser una niña demasiado inmadura aún—, para acabar mirándola de nuevo con ese resentimiento, ese regodeo malvado hacia mí misma.
«¿Qué haces otra vez aquí? —me decía—, como si fueras a encontrar respuestas, pequeña ilusa. Estás así por orgullo. Él tenía razón, nunca debió enterarse. No de esa forma. Y ahora la has perdido para siempre…».
Seguía aturdida, absorta en mis propios pensamientos cuando regresaba a casa y Gabriel me hablaba sin que yo fuera capaz de contestar algo coherente. Me topaba con su mirada, casi desconocida ahora, envuelta de asquerosa compasión.
—¡Basta! —le pedía cerrando los ojos con fuerza—. No soporto que me mires con lástima, como si fuera una desgraciada…
—Te echo tanto de menos, pelirroja…
Yo distaba mucho de ser aquella Leire deseosa de saborear su libertad. Me daba miedo preguntar si seguíamos siendo algo más que amigos. Hacíamos poco el amor, no toleraba con frecuencia sus acercamientos.
Un día Roy me esperó al salir de clase para hablarme.
—Laura y yo vamos a ir al cine. No sé por qué no quieres venir con nosotros…
Lo miré extrañada, tenía la sensación de haberme perdido algo.
—Gabi dijo que no te apetecía —me explicó.
En otra ocasión, hubiera sido capaz de disimular mi desconcierto.
Al contrario, mi asombro no hizo más que delatar la mentira de Gabriel.
Quizá me lo mereciera por apartarlo de mi lado.
Nuestra relación se mantenía por pura inercia.
Aquel golpetazo no me dejó sonreír, al ver hecho realidad el sueño de mi amiga.
Roy la había besado a mitad de la película y ella me llamó después, exultante.
Me llegaba el desaliento de Gabriel por boca de los demás. Junto a mí se mantenía hermético, sin desbordarse lo más mínimo, fingiendo una fortaleza que los dos habíamos dejado perder.
—Lo estás arrastrando, Leire —me sermoneaba Sonia—. Ya parece otro, ya se ha empapado de tu tristeza. Por favor, si no lo quieres hacer por ti, hazlo por él.
Y ocurría que me estaba acostumbrando a permanecer en ese estado de congoja permanente y se me hacía difícil volver.
Se me abrió un claro de esperanza al ver a José y a Sonia, como si se hubieran reencontrado después de mucho tiempo.
Con esa emoción por mostrar su vida al otro, sacando a pasear ilusiones viejas.
Me enteré casi de casualidad que Sonia volvía a plantearse el ser madre.
Quizá su secreto fue romperse para darse cuenta de lo que habían sido.
A veces las soluciones drásticas constituían la única salida.
En aquello pensé mucho en los últimos días de mi decadencia.
Yo quería arreglarlo, aun así, me sorprendía pensando en él como alguien que deseaba tener a mi lado, allí esperando, como mi único consuelo.
Como si fuera yo su universo. Pensándolo fríamente, no estaba en mis cabales y actuaba en consecuencia.
Hacía esfuerzos inútiles para que todo volviera a la normalidad.
Un día volví al bar. Llevaba tanto tiempo metida en mi propio mundo que, al levantar la vista, sentí todos aquellos ojos puestos en mí, juzgándome.
—¿Puedo sentarme? —pregunté con voz queda.
—¿Desde cuándo preguntas, mujer? —contestó Roy.