21 #2
—Bienvenidos a todos a la primera exposición de arte del Atlanta —dije iniciando mi discurso—.
Esta iniciativa nació de improviso, con la ilusión de dar visibilidad y mayor difusión a nuevos talentos.
Muchos de los que estáis aquí ya conocéis a Gabriel.
—Le miré y sonreí—. Pero pocos tuvisteis la oportunidad de descubrir sus obras.
Yo lo hice de casualidad, como suele ocurrir con las cosas buenas, nos acaban encontrando en el momento que más las necesitamos.
Me llamó la atención el deseo de libertad, ese grito silenciado que busca un hueco para estallar.
Evolucionó hasta convertirse en la sinceridad arrolladora que lo caracteriza, dejando crecer un talento que guardaba escondido.
Creo que me enamoré de él mientras me dibujaba y me envolvía con su magia.
Lo que veis aquí no son simples cuadros, es Gabriel en toda su esencia.
Son pedazos de su vida en pleno éxtasis.
Sentimientos cotidianos llevados al límite.
Sumergirse en ellos es un viaje hacia la libertad que estoy segura que no os dejará indiferentes.
Sonia y José abrieron el aplauso tras escuchar mis últimas palabras. Le pasé el micrófono a Gabriel. Le temblaban las manos y parecía emocionado.
—Pedazo de discurso, pelirroja —me susurró.
—Tómate tu tiempo, Gabriel. No hay prisa —lo tranquilicé.
—Estoy bien.
Bebió un poco de agua y cogió aire. Miró detenidamente a la gente que se agolpaba a su alrededor. Por un momento creímos que se derrumbaba y que no podría hablar.
—No tengo mucho más que añadir —empezó con voz enérgica—.
Solo daros las gracias por prestarme un poco de vuestro tiempo, y en especial a los que me habéis apoyado: a Sonia por prestarme el Atlanta; a José por la organización y sus sabios consejos; a Roy, Mire y Cris por la promoción y por estar siempre ahí; y a la chica más maravillosa que he conocido y que ha hecho posible todo esto.
Te quiero, Leire. Ha sido un trabajo duro pero increíble, ahora es todo vuestro. Dadle el cariño que se merece.
Sus amigos lo aplaudieron tan sorprendidos como yo de que hubiera recuperado de repente aquella seguridad que le faltaba.
—¡Lo has hecho genial, cielo! —exclamé—. Estoy muy orgullosa de ti.
—Te quiero. —Me besó eufórico.
Sus padres, intentando abrirse paso entre la gente, lo llamaban para que se acercara.
—Ve con ellos, voy a fumarme un cigarro.
—¿A descargar tensión? —Esbozó una media sonrisa.
—Me hiciste creer que eras tú el que tenía dificultades para hablar en público.
—No me reconozco. —Se encogió de hombros.
Yo avisé a Roy para que me acompañara a la salida.
—Te invito —le ofrecí tendiéndole el paquete de tabaco.
—¿No es el que te regalé por Navidad? —Se reía—. Salgo enseguida.
El ambiente se había relajado un poco y aun así me sentía agobiada por momentos.
Desde fuera observé el Atlanta como un lugar desconocido.
No se respiraba el ambiente común de los demás días a través de los ventanales.
Lo había mirado cientos de veces desde la misma perspectiva, imaginando la vida de aquellas personas que descansaban en su interior, haciéndome eco de sus problemas, sin evitar compararlos con los míos, creando un mundo paralelo de vidas imaginarias atribuidas a individuos singulares que me habían llamado la atención.
Pero hoy me era demasiado familiar y quizá la magia que yo había encontrado siempre era la oportunidad de ver caras nuevas y no ser nada para nadie.
Volverme invisible y desaparecer. No obstante, el sitio que me había salvado de mi terrible monotonía también era susceptible de caer en ella.
Supe que se avecinaban complicaciones cuando vi llegar a Valen. Había invitado a Ainhoa sabiendo que no vendría, a él no lo esperaba.
—¿Dónde está Ainhoa? —le pregunté casi sin mirarlo.
—No se encuentra bien.
Le dio una honda calada a su cigarrillo y me miró con condescendencia.
—Eres una estúpida niñata —me dijo entre dientes—. Desde que te vi la primera vez lo supe. Tú siempre te mostrabas tan arisca…
Me giré hacia él y le sostuve la mirada.
—Porque sabía cómo eras.
—Sí, ¿eh? Tú lo sabes todo. Eres muy lista.
—Ella también lo sabe.
—Claro, ¿si no por qué crees que estoy aquí? ¿Quieres que hablemos sin tapujos? Veamos quién es el más chulito de los dos.
Me cogió del brazo con fuerza y me arrastró lejos de los ventanales, lejos de la gente que no se percataba de nada. Me empujó contra una pared y apoyó su cuerpo a mi lado, evitando que pudiera salir del callejón.
—Ainhoa está muy enfadada contigo, una cosa es insultarme y otra inventar mentiras sobre mí.
—¡No es mentira! —le grité con rabia—. Te vi con mis propios ojos, vi cómo la besabas.
—Bah, zorra, ¿y ella por qué te iba a creer? Ya no quiere ni verte.
—No es verdad.
—Llámala, a ver si te lo coge. Y si te atreves a venir por casa no te abrirá la puerta.
—No es verdad —repetí.
—Haz la prueba. —Acercó su cara a la mía—. No voy a perder más el tiempo contigo. Bastante daño nos has hecho.
Por primera vez sentí que caía delante de él, que derrocaba mis defensas y una lágrima amenazaba con destrozar la apariencia imperturbable que me había construido. Valen entendió que debía darme la estocada final. Me cogió de la barbilla, apretó con rabia y sus ojos se clavaron en los míos.
—No quiero que vuelvas a verla, ¿te enteras?
Me ahogué en su cielo gris, centelleante de triunfo.
—Suéltame —le pedí con voz queda.
—¡Suéltala!
Gabriel sustituyó mi voz quebrantada, corrió hacia mí acompañado de Roy para ayudarme.
—Te lo advertí —le recordó Valen a Gabriel—. Ya no voy a aguantar más tonterías.
Después me soltó y yo me agarré a Roy por puro instinto, muerta de miedo.
—Vamos a ir a la policía —decía Gabriel.
Ya lo había repetido varias veces desde que Valen se había marchado. Se movía de un lado a otro, con una mano enredada en el tupé totalmente despeinado. De vez en cuando, observaba la puerta del Atlanta, vigilando de no llamar la atención.
Hasta ahora, no había caído en la cuenta de lo que podía significar aquello. Pensaba en la posibilidad de que Valen no se equivocara y Ainhoa ya no quisiera verme, y en lo poco que me ayudaría meter a su novio en problemas.
—No, no vamos a ir a ningún sitio —decidí finalmente.
—Leire, pero ¿qué le has hecho? —me preguntó Roy.
—Le conté la verdad a Ainhoa.
—Perfecto —replicó Gabriel, enfadado.
—¡Solo intento ayudarla!
—¿Y no se te ocurre otra cosa que decírselo sin más? ¡Mierda, Leire!
—Era necesario. —Lo afirmé intentando convencerme a mí misma.
—Para ponerte en peligro, ¡bravo!
Las personas que pasaban por delante de nosotros caminando nos observaron con curiosidad. Miré a Gabriel desafiante.
—Deja de gritarme.
—Me has mentido —me acusó señalándome con el dedo.
—No, simplemente no te lo conté.
—¡Excusas! Si omito información no es mentir, venga ya… Estamos juntos en esto, ¡joder!
—No tengo por qué hacerte partícipe de todas mis decisiones ni tú tienes derecho a reprochármelo. Ese no es el tipo de relación a la que yo aspiro.
Gabriel se paró de golpe, sorprendido. Miró a Roy, que permanecía sentado como único espectador, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas sobre las rodillas.
—No me jodas, Leire… —Y me dedicó un gesto de resentimiento.
Luego volvió al local, cerrando la puerta más fuerte de la cuenta. Saqué dos cigarrillos del bolsillo con dedos temblorosos y le ofrecí uno a Roy.
—Te queremos demasiado para perderte —me confesó tras varios minutos en silencio.
—Pues tú no sueles estar mucho por aquí.
No sé por qué se lo dije, ni por qué mi voz se tiñó de una amargura difícil de soportar.
—Bueno, es que pretendía olvidar a Sonia y no lo consigo.
Le observé dejando atrás mis prejuicios contra él. Le miré de verdad, como un chico sin coraza al que no le importaba parecer vulnerable.
—No soy tan capullo como aparento —siguió, leyéndome el pensamiento—. De todas formas, si quieres tenerme cerca, solo tienes que pedirlo. Pero no le hagas daño a Gabi, no se lo merece.
Volvimos a la fiesta, que se había desinflado un poco, como si todos se hubieran hecho eco de lo ocurrido.
Gabriel estaba sentado en la barra, sin poder disimular su preocupación.
Me envolvió un sentimiento de culpa, tan común en esas situaciones en las que no era capaz de asumir mis errores y acababa por avergonzarme de mí misma.
Mi madre se acercó a mí para hablarme.
—Cariño, ¿por qué no vas con él? Parece alterado.
—Ya se le pasará.
—Hazme caso, aunque no sepas qué decirle, te agradecerá que estés a su lado.
La miré con cierto fastidio. No me acostumbraba a tenerla cerca fisgoneando en mis confidencias.
No me adaptaba a esa repentina manía que tenían todos de cuidar de mí.
Y sin embargo, fui hacia él sin saber cómo debía comportarme.
Sin pensar tampoco que bastaba un «lo siento» y un abrazo para volver donde estábamos.
Antes de que me sentara a su lado, un hombre entrado en años me abordó, cogiéndome del brazo.
—¿Eres tú la modelo del pintor?
Asentí un poco dudosa y aprovechó para enzarzarme en una conversación sobre un hijo al que también le gustaba el arte, pero desgraciadamente no le había sonreído la suerte.
—Con lo bien que se le da…
Yo le contestaba con monosílabos, deseando marcharme y sin dejar de observar a Gabriel, que ya se le escapaba una sonrisa de medio lado. Más tarde nos enteramos de que había comprado tres de los cuadros de la exposición.
Por fin estaba junto a él, intentando vocalizar algo coherente.
—Perdóname, soy un desastre —le dije con una ligera sonrisa.
El incidente del viejo nos había endulzado el ánimo.
—Lo sé —me contestó con voz melosa—. Lo supe antes de conocerte, cuando te observaba en el autobús.
Siempre intentabas disimular que algo te afligía, pero no te dabas cuenta de lo mucho que transmitía tu mirada.
Me parecías fascinante. Te mentiría si te dijera que solo pretendía ser tu amigo entonces.
Te quiero desde el principio, con tus misterios, tus locuras y ese empeño por resistirte a lo inevitable.
Me cogió de la mano. Yo permanecía desconcertada ante su total sinceridad y esa forma tan poética de describirme.
—Siento haberme enfadado tanto, Leire. No podía soportar que te hicieran daño.
¿Acaso podía negarle el peligro que se hacía cada vez más evidente?