21
Contábamos los días restantes para la exposición, cada uno enzarzado en sus cosas.
Yo, como había sacado algún que otro sobresaliente, me permitía el lujo de no estudiar demasiado, siguiendo la ley del mínimo esfuerzo.
Me tumbaba en el sofá a escuchar música y reflexionaba.
Aunque más que pensar, soñaba en una vida apacible e insípida.
Aburrida, como la del resto de la gente.
Deseaba quejarme de la monotonía y planear escaparme por placer, no por desesperación.
Gabriel pintaba y pintaba. Era como si su pasión hubiera estado adormecida y ahora despertara como un monstruo hambriento.
No solía molestarle, la inspiración debía aprovecharse porque ¿quién sabía cuánto podría durar?
Pasaba el tiempo leyendo un libro, escuchando música y saliendo al jardín a fumar, aunque el frío me entumeciera las manos.
Me tumbaba en la hamaca, humedecida por el rocío de la mañana que aún no se había secado y dejaba que el cielo, muchas veces encapotado, me engullera en su inmensidad.
Era en esos días nublados cuando el ambiente invernal más me maravillaba, y deseaba fervientemente que empezara a nevar.
Había visto la ciudad emblanquecida en contadas ocasiones, interrumpida la normalidad y sumergida en caos a causa de cuatro copos que solían enloquecer a todo el mundo.
Un día Consuelo me llamó, estando yo en plena reflexión.
—Leire, ¿puedes ayudarme un momento?
Me extrañó tanto que me hablara, que me acerqué corriendo por pura curiosidad.
—Hija, deberías dejar ese vicio, es caro y te destroza la salud —me dijo al verme con el cigarrillo.
La ayudé a cargar con las bolsas de la compra.
Era la segunda vez que entraba en la casa de los padres de Gabriel.
Como en la cena de Fin de Año, me pareció un poco fría y ordenada a consciencia.
Consuelo hubiera sabido enseguida que había tocado algo si me atreviera a hacerlo.
Después me pidió que me sentara en el sofá.
Yo no me había quitado la chaqueta y me invadían escalofríos por la espalda.
—No le digas que te lo he enseñado —me pidió con una sonrisa de pilla que no le pegaba nada.
Llevaba un álbum de fotos en las manos, que apoyó en mi regazo. Ella misma pasaba las hojas, exponiéndome los primeros años del pequeño Gabriel.
—Aquí tenía cinco años. Aquí montaba en bici. Aquí lo llevamos a Port Aventura. ¿Has visto qué guapa era entonces?
Luego hacía una mueca de resignación, como si el tiempo fuera el culpable de su estado actual.
—¿Te gustan los niños? —me preguntó como si tal cosa.
—No mucho.
—Uy, pues mi Gabi es muy niñero. Tendrías que verlo con el hijo de la vecina…
Lo único que no perdía yo de vista era la puerta de la entrada, para escapar de aquella encerrona en la que me había metido.
—Mira mi padre. —Su voz cambió de repente—. El abuelo de Gabriel. Aquí llevaba el medallón. Sí, ese que te regaló…
Creí reconocer cierta amargura en su voz, pero cuando la miré sonreía.
—Leire, no sé qué ha visto mi niño en ti, pero yo voy a respetar lo que él decida.
Tienes que entender que a veces las madres nos creamos expectativas.
Planeamos el futuro de nuestros hijos, quizá porque no lo supimos hacer bien con el nuestro.
Y luego se hacen mayores y se empeñan en escoger todo lo contrario.
Creía que estaba pasando por una etapa rebelde…
Me cogió de la mano y me estremecí. Era suave y guardaba las delicadas líneas de la juventud. Sus ojos vidriosos me miraban con la misma sinceridad que me demostraba Gabriel.
—Ayer le pedí que me enseñara sus cuadros —me confesó—. Me emocioné, Leire. Yo no sabía que dibujaba tan bien. Y te estoy agradecida. Tú le has ayudado a creer en su talento.
Esa fue una de las muchas sorpresas que me esperaban.
El día de la exposición fue un cúmulo de sensaciones contrapuestas.
Había invitado a mis padres tras la insistencia de Gabriel, a pesar de que su presencia no me produjera verdadera alegría.
Los veía como a dos personas inestables y no sabía a qué atenerme.
Mi madre —de la que dependí siempre— empezaba a avergonzarme por esa manera que tenía de vivir la vida, despreocupada de todo.
Era inevitable hacerles un mal juicio con lo poco que habían procurado entenderme.
Quizá por ese apego tan precipitado que tuve con Gabriel no viví en primera persona lo que fue el segundo enamoramiento de mis padres.
De repente nos los encontramos tan apasionados como una pareja nueva.
Tan ilusionados y felices que, de la envidia, nació una rabia incontrolable por no hacerse eco del sufrimiento de Ainhoa.
Por aquel entonces ya andaba en contra del mundo, ya me sentía una pobre víctima en un juego que no había elegido y que por más que quería evitar, me perseguía ensombreciendo todo lo demás.
Sonia y Laura intentaban que entrara en razón, temerosas de que empañara el día de Gabriel, mientras acabábamos de ultimar algunos detalles.
El Atlanta parecía otro, adornado con la magia de sus pinturas, con la mezcla de colores que ya era el sello de su diseño.
Los tonos rojizos que usaba para remarcar los rasgos más destacados, el tono azulado del cielo de sus paisajes, que era el mismo que el color de mis ojos en uno de sus cuadros.
Gabriel se había esforzado en explicarme esa semejanza; decía que yo era su mejor inspiración y que, cuando pintaba, miraba el mundo a través de mí.
Quizá por eso estaban sus creaciones tan impregnadas de melancolía.
Solo me sentía libre allí, dentro de sus dibujos, en aquellos segundos que captaba y duraban toda una eternidad.
Podía encontrarme en ellas como una parte ineludible de su vida.
Como una pieza que yo sentía que encajábamos a martillazos.
Tal vez el amor fuera así, intenso y precipitado, y se ensanchara el pecho como si buscara estallar para liberarse.
Nunca me había enamorado y me veía hacer cosas de loca.
Me asaltaban unos arrebatos que lo pillaban sorprendido cuando lo agarraba del cuello y saltaba a sus brazos, y le comía la boca hambrienta de deseo.
Y él, tan enamorado como yo, se reía y me complacía con más besos.
Otras veces nos prendíamos fuego y ardíamos enredados en nuestros cuerpos.
Pero todo aquello ocurría ajeno al resto del mundo.
Después volvía —me tocaba vivir la realidad—, suspiraba de resignación, permanecía inalterable a que mi contrincante moviera ficha.
Pero Valen no decía nada. Ainhoa apenas decía nada.
La familia de Gabriel no quiso perderse el acontecimiento, amigos de la universidad y seguidores de sus redes acabaron de completar el aforo.
Recuerdo que él estaba radiante, sonriendo a todo el mundo, a pesar de que por dentro lo carcomiera la ansiedad.
La noche anterior me había catapultado al rincón, aplastada contra la pared, viviendo en mis propias carnes lo que era compartir cama con un cuerpo inquieto.
Por la mañana rechazó el café, apenas comió al mediodía y confió sus nervios a los poderes de la valeriana, que no había sido capaz de apaciguar sus nervios.
Hubiera preferido lanzar su discurso, respirar tranquilo y disfrutar de la fiesta, pero no lo habíamos planeado así.
Los invitados entraban, se les servía una copa de champán y admiraban las obras mientras picaban algún canapé.
Algunos se acercaban a él para hacerle preguntas, para descubrir la historia detrás de cada dibujo, el porqué que justificara aquel fin.
Pocos entendían que la creatividad nace, precisamente, de la ausencia de razonamiento.
La mente que crea es susceptible de ser dominada por los sentimientos que, a su vez, quedan rendidos por la escurridiza inspiración.
No hay explicación posible para un acto tan involuntario, y ahí es donde reside el secreto: la plena libertad de las emociones para liberarse.
Por eso Gabriel se sentía frustrado al no poder responder con total sinceridad, hubiera supuesto abrir su alma a un puñado de desconocidos.
Le observaba silenciosa alejada lo suficiente para no entorpecer sus charlas.
Él se daba cuenta, y luego con una sonrisa llena de adoración me invitaba a acercarme y me cogía de la cintura.
—Ella es la respuesta a todo —decía para que dejaran de preguntar.
Y sonreían complacidos. Ah, sí, el amor lo es todo.
Aunque nosotros supiéramos que no, que era más complicado, que no bastaba con amar, ¿quiénes éramos para quitarles la ilusión?
El romanticismo también gozaba de cierta ingenuidad.
Laura era bien conocedora de ella y nadie le reprochaba su terquedad a la hora de conquistar a Roy.
A pesar de que el ambiente era animado y el acto iba tal y como lo habíamos dispuesto, Gabriel estaba exaltado. Respetaba su espacio para no agobiarle y solo iba a su encuentro si él me lo pedía.
—¿Qué le pasa a Gabi? —me preguntaba Roy.
—Ha bebido demasiado champán.
—Pues si además de nervioso empieza a estar borracho, la vamos a liar.
—Ve a buscarlo.
Me acerqué a Adam para que me preparara el micrófono.
Desde nuestra última conversación habíamos adoptado posturas diferentes.
Él se mostraba más amable y pacífico. A pesar de ello, no abandonaba su actitud prepotente, se sentía con cierta ventaja hacia mí al escenificar el papel de víctima.
Yo me atribuía parte de la culpa, si no ¿por qué le había permitido llegar tan lejos al principio?
Adam jugaba con ese remordimiento y, aun sabiéndome manipulada injustamente, prefería no discutir para mantener la paz.
Hice algunas pruebas de sonido mientras conseguía captar la atención de todo el mundo y Gabriel aparecía a mi lado, intentando mantener la calma.