20 #2
Bebí y bailé canciones que odiaba. Por primera vez no me resistí, e imité con diversión los movimientos de mi amiga.
Quizá había dentro de mí la intención de borrar aquella imagen que tenía Adam de mí, de mujer inalcanzable.
Yo, que amaba mis rarezas, a veces hubiera deseado desprenderme de ellas.
Hasta que vi a Gabriel entre la gente y me asaltó la certeza de que mi magia era lo que le retenía.
Que sin ella, los dos no seríamos nada. Todos teníamos algo escondido y no se trataba de querer enseñarlo, sino de la disposición del otro por buscarlo.
—Cielo, ¿no habíamos quedado en casa? —Se reía.
Lo besé tan fuerte que se me pasó inadvertido el gesto de fastidio de Roy.
—¡No me jodas! —se quejó—. ¡Hoy era nuestra noche!
—Te juro que no estaba planeado —se excusó Gabriel.
Laura observaba la escena conmovida, con el convencimiento de que el destino nos había llevado hasta allí.
—Tú aún me debes cincuenta euros —le recordó a Roy, y lo cogió del brazo—. ¡Y me los pienso cobrar esta noche!
Los estuvimos observando un buen rato, bailando al ritmo de la música que los retaba a acercarse. La coquetería de Laura se había puesto en marcha. Se movía con lentitud, reproduciendo cada gesto con el propósito de llegar a ese fin, y su cuerpo lánguido y esbelto se retozaba contra él.
—A ver si se va a enamorar —le decía preocupada a Gabriel.
—No creo, pelirroja, a Roy le va a costar olvidar a Sonia.
Lo miré sorprendida porque yo no había pensado ni por un momento en él.
En cambio, mi amiga, expuesta como estaba a los encantos del amor, era una presa fácil.
A él lo veía como a una persona dispuesta a dejarse querer por el placer de alimentar su ego.
No entendía aquella animadversión que sentía hacia Roy.
Unas veces lo toleraba y hasta me reía de sus bromas y otras me parecía de lo más estúpido.
Tampoco comprendía cómo Gabriel, siendo tan sensato, podía sentir esa estima por él.
Roy aún tenía que demostrarme muchas cosas.
Después nos marchamos a su casa, donde pasé todo el fin de semana.
Pisar la casa de mis padres me daba una tremenda pereza.
Mi madre seguía allí, esperando que le pidiéramos explicaciones o le suplicáramos que se quedara.
Retrasaba su marcha sin dejar claras sus intenciones.
Pero ni yo ni mi padre queríamos ser los culpables de su vuelta.
Aquella casa tenía más pinta de hotel que de hogar.
Yo iba a buscar ropa o a matar el tiempo cuando no estaba con Gabriel.
Era como un sitio de paso. Por eso mi padre no estaba satisfecho con ninguna de las dos. Nos daba miedo la palabra definitivo .
Mi caos había cambiado, estaba cubierto de una extraña excitación, como de incitación al desastre.
Percibía en la tristeza connotaciones fascinantes, me revolcaba en mi miseria enumerando mis preocupaciones.
Mi paciencia había llegado al límite y deseaba acabar con todo lo que me estaba haciendo daño, fueran cuales fuesen las consecuencias.
En eso pensaba cuando cerraba los ojos y las pesadillas se apoderaban de mí.
Ni siquiera sé cómo saqué aquellas notas en los exámenes.
Estábamos sentados a una mesa del bar. Cris y Mire, orgullosas de sus resultados, no tenían ningún reparo en enseñarlas. Roy las miraba con cierto recelo y Gabriel, aprobado por los pelos, observaba desde la distancia como si le importara poco.
—¿Cómo te ha ido a ti, Leire? —me preguntó Cris.
Todos daban por hecho que el primer año era duro y no se podía esperar demasiado. Yo había estudiado sin preocuparme mucho, con un sentimiento anticipado de derrota, con la cabeza puesta allí y en otros mundos.
—No lo he mirado —contesté encogiéndome de hombros.
Gabriel se echó a reír, mientras yo las consultaba con total indiferencia.
—Pues parece que bien —murmuré incrédula.
La mayoría de las asignaturas rozaban el excelente.
—Joder, pelirroja, nunca dejarás de sorprenderme.
Sonreí alegre, viéndome por una vez recompensado por tanto esfuerzo.
—¡Te odio profundamente! —exclamó Roy cuando se enteró.
Lo último que deseaba era crear envidias, así que no volví a comentar nada sobre el tema, aunque por dentro explotara de dicha.
Me centré en hablar de la exposición de Gabriel y los preparativos para que fuera perfecto.
Ya habíamos colgado carteles cerca del Atlanta y en la universidad, y yo tenía preparado mi discurso.
Gabriel guardaba silencio en esos momentos, y sabíamos que el nerviosismo y las dudas no le dejarían disfrutar hasta el final.
Más tarde, Laura tuvo la idea de volver a salir aquella noche para ir a celebrar nuestras notas. Era una excusa estúpida con el fin de estar juntos. Seguía deseando a Roy, lo suyo era cabezonería acercándose peligrosamente a la obsesión.
—Tu amiga me da un poco de miedo —se reía Roy.
—Laura va en serio, deberías pararle los pies si no te gusta.
Pero seguía riéndose y yo cada vez me enfurruñaba más.
Se nos antojó el pub más pijo de la ciudad.
La música estaba tan alta que apenas se podía hablar, hacía calor y el sudor de los cuerpos se condensaba en el aire produciendo un hedor a ratos molesto.
Laura enviaba señales inequívocas hacia Roy.
Yo me sobresaltaba por cada gesto que hacía mi amiga, como si de repente me convirtiera en la más mojigata de las dos.
Una mano demasiado cerca de su trasero, una caricia lenta soportada en el silencio que deja una mirada entre dos que se buscan, aunque uno de ellos no espere encontrar nada.
Roy me miraba a mí y subía los hombros con desidia, con ese punto de chulería que me ponía tan nerviosa.
«¿Qué te pasa?», me preguntaban sus ojos desde la distancia y yo movía la cabeza negando, escenificando mi disconformidad con lo que estaba ocurriendo.
Gabriel, ajeno a tanto dramatismo, hablaba con un amigo cerca de la barra.
En el fondo era infeliz por un sufrimiento que aún no había llegado y que estaba en mi imaginación, unida a la desconfianza que me provocaba Roy.
Rabiosa conmigo misma por mi extrema sensibilidad, me fui hacia otro lado del bar para no verlos.
Y así de simple se orquestó todo para el infierno final.
Me bebí la cerveza de un trago y la estampé contra una mesa cercana.
Una pareja que iba de la mano invadió mi espacio, me aparté para que no me arrollaran y los maldije, sin que se percataran de ello.
En una fracción de segundo, como si algo llamara su atención, el chico se dio la vuelta hacia mí y nuestros ojos colisionaron.
Su acompañante no perdía el tiempo, apretó sus labios contra los suyos y le sonrió, instándole a seguir hacia la salida.
Iba borracho, como muchas veces que lo había visto y me dedicaba su sonrisa asquerosa.
—Cerdo —le escupí a la cara.
Valen soltó un bufido y se acercó a mí.
—Vamos, sobrinita, no te vas a enfadar por un beso, ¿no?
—No, ya sabía que no querías a mi tía, a ver si así se le cae la venda de los ojos.
—Ella no se va a enterar de nada —afirmó convencido.
Roy apareció a mi lado de repente, desorientado por el espectáculo que estábamos armando. No hacía falta escuchar la conversación para notar la tensión que brotaba de nuestros cuerpos. Valen siempre se agazapaba, como dispuesto a atacar, sin importarle quién estuviera delante.
—Se enterará —le dije yo.
—¿Me estás amenazando, zorra?
—No le hables así —bramó Roy.
Su cuerpo se interpuso ligeramente entre nosotros dos, yo le cogí de la camiseta para evitar que se acercara más a él. No me fiaba de su facilidad para dar tortazos.
—¿Pero cuántos novios tienes? —se rio Valen.
—Lo que sea para ella no te importa.
—Eres una guarra, como todas —seguía insultándome.
—No vale la pena, Roy —le susurré al oído—. Está nervioso porque la ha cagado.
Valen se comportaba con su habitual agresividad, pero sus gestos delataban una indecisión que lo carcomía por dentro. Estaba acorralado, y las personas como él en esa situación eran peligrosas.
—¿Qué pasa aquí?
Yo estaba pendiente de Roy, procurando que no saltara hacia Valen y apenas tuve tiempo de contener a Gabriel cuando se abalanzó contra él y lo cogió del cuello. Valen forcejeó con torpeza, corto de reflejos a causa de la borrachera, y no pudo más que empujarlo con las pocas fuerzas que le quedaban.
—¡No quiero que te acerques a ella! —gritaba Gabriel.
Roy me abrazaba rodeándome de los hombros, protegiéndome del hombre que, a pesar de hacer daño a mi tía, nunca me había inspirado un temor real.
Era como si perteneciera a una vida de ficción, contenida en la oscuridad, lejos de los ojos de los demás, y ahora que se había destapado, me negara a creerla.
—Esto es muy fuerte —murmuraba Roy para él mismo.
Sin embargo, el resto lo escuchábamos y yo le miraba, pareciéndome exagerado.
—Deberías denunciarle. Gabi, eso que ha dicho…
—Lo sé —contestó muy serio.
—¿Qué te ha dicho, Gabriel?
—Que desaparezcas o te hará desaparecer.
En su boca esas palabras me sonaron a sentencia final. Después esbocé una sonrisa incrédula.
—Ya sabemos lo fantasma que puede llegar a ser.
Gabriel me miró con la misma preocupación que Roy.
—Estamos jugando con fuego. Y nos vamos a quemar.
A esas alturas, yo aún no olía el miedo.
Me sorprendía pensando que Valen era un individuo asustadizo que solo sabía protegerse a fuerza de amenazas que no llegaban a materializarse.
Tan cegada estaba, que debía contener la risa cuando veía el temor de Gabriel reflejado en sus ojos, diciéndome, casi avergonzado, que no sabía qué hacer, que no quería perderme.
Se enfadaba conmigo cuando afirmaba muy segura de mí misma que bastaba con ir a hablar con Ainhoa y explicarle lo sucedido.
Y entonces el curso de los acontecimientos desencadenaría el ansiado final.
Pero él solo lo veía como una provocación que empeoraría las cosas.
Decidí mentirle, por primera vez desde que le conocí.
Nada deseaba yo tanto que apartar a Ainhoa de ese hombre, de su vida desquiciada.
Aunque en el camino descuidara mi propia seguridad y la relación que mantenía con los demás.
Sin darme cuenta, llevaba tiempo anteponiendo su felicidad a la mía.
Así de ingenua era, que obviaba la huella inefable que había dejado ese desgraciado en ella. Ainhoa apenas quiso escuchar lo que tenía que contarle, convencida de que me equivocaba.
—¿Seguro que era él? —me insistía.
Me había ahorrado la sarta de insultos y amenazas que llevaba coleccionando, para que no pareciera una invención que usara yo como último recurso.
—Era él, con otra.
La vi caer tan hondo que me asusté por la imposibilidad de volver a sacarla del agujero. La abracé fuerte y me contagié aún más de su tristeza, a pesar de que la mía estuviera impregnada de una rabia demencial.
—Yo no me merezco esto. Soy tan buena con él… y así me lo paga. No me merezco esto… —repetía constantemente.
—Puedes arreglarlo.
—Nada tiene arreglo ya. —Y con la mano en el pecho, parecía buscar el aire que le faltaba para seguir hablando—. Estoy perdida. ¿Por qué has venido, Leire? ¿Por qué?
Entonces me sentí la recadera de las malas noticias, una agorera, la culpable del llanto que la sobrecogía y la retorcía como un ovillo en la cama.
—Yo… tenía que decírtelo.