La libertad de los seres efímeros 20
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Pasaba mucho tiempo en su casa, ya la sentía como mía y empecé a entender que no eran los lugares mis refugios, sino las personas de las que me envolvía y me hacían sentir extraordinaria.

La Catedral me parecía entonces demasiado lúgubre, huía de aquella oscura soledad.

Me hubiera valido cualquier sitio donde estuvieran mis amigos, pero sobre todo él.

Nos comportábamos con una naturalidad que nos sorprendía a los dos.

Nunca habíamos hablado sobre la posibilidad de hacer de aquella rutina algo estable y nos parecía que mencionarlo rompía la magia de lo impredecible.

Comíamos, hacíamos el amor, nos esperábamos en los días en que cada uno iba a otro lugar, dormíamos juntos.

Gabriel barajaba la posibilidad de comprar una cama más grande en las noches en que mis sueños tempestuosos lo aplastaban contra la pared.

Ya me sentía parte inevitable de las reuniones diarias con Cris, Mire y Roy. Sabía que sin quererlo habían acabado por conocer parte de mi vida y cuando yo no estaba hablaban de Ainhoa, que era lo que en esas semanas me ocupaba. Los oía comentar (sin saber que yo estaba escuchando):

—¿Cómo pueden pasar estas cosas aún?

Y se iniciaba una pequeña discusión —que no era más que una tanda de lamentaciones y buenos propósitos muy lejos de realizarse por simples mortales— casi siempre interrumpida por Gabriel, que no soportaba que se hablara de ello a mis espaldas.

Pero yo ya divagaba en silencio sobre el mundo, sobre el pesimismo que me asaltaba por las muchas cosas que estaban por cambiar.

Como la sensación de opresión en el pecho en situaciones que no deberían ocurrir en nuestro tiempo y seguían llenándome de impotencia.

Y qué días aquellos en el Atlanta, en los que navegábamos entre apuntes y nos ahogábamos entre risas y enormes tazas de café.

Me hubiera quedado en esos instantes, dueña del tiempo, de nuestras ganas por hacerlo bien y la enorme certeza de que lo nuestro había de ser especial.

Aún era demasiado ingenua para comprender que Gabriel no podía darme mi ansiada felicidad, solo me correspondía a mí otorgarme esa tregua.

Y yo seguía ligada irremediablemente a los sucesos de los demás.

Iba todos los días a ver a Ainhoa, cumpliendo mi promesa. Y era ella la única que se atrevía a cuestionar mi estado de ánimo.

—Cariño, ¿tú estás bien? —me decía—. Te noto triste.

—No puedo ser feliz, Ainhoa. No puedo, si tú no me acompañas.

Apenas le llegaba la sonrisa a los ojos cuando me respondía.

—Soy feliz, voy a ser mamá.

—No, cielo. No me refiero solo a eso. Hace tiempo que no me entiendes. Ya no estás, ya me parece que te he perdido.

Sin embargo, todo era aparentemente normal, sin discusiones, sin malas caras ni malas palabras.

Solo cuando a Ainhoa se le escapaba algún comentario, me percataba de que seguía por el camino equivocado.

Valen bebía demasiado y ya no le importaba en absoluto guardar las formas.

La vecina lo veía tambaleándose por las escaleras, atenta a aquella historia que desde el principio supo que no acabaría bien.

—¿No tienes la sensación de que somos como un espejo? —me preguntaba Ainhoa—. ¿De que vivimos las mismas cosas en diferentes vidas?

Pero mi padre no se parecía en nada a Valen. Él intentaba paliar el daño que había ocasionado y seguía esforzándose por cambiar, por devolverme el hogar que tanto había añorado.

Me sorprendía mirándolos con resentimiento.

Era extraño, como un mal sueño donde el único consuelo residía en que los personajes eran demasiado ficticios para convivir con la realidad.

No obstante, Valen existía y ya no me trataba con pereza y pasividad.

Lo veía atento a mis movimientos, como si esperara mover una pieza para sacarme del tablero.

Sin que los dos lo supiéramos, habíamos iniciado un juego perverso.

Sabía que Valen no podía cambiar de la noche a la mañana, que aquello olía raro.

Ainhoa estaba cambiando y las dos ignorábamos ese hecho para que no afectara a nuestra relación.

Fueron suficientes unas semanas para darme cuenta de que ella se desintegraba.

Que, o hacía algo, o se la llevaría tan lejos que no volvería jamás.

Nunca me atrevía a ir a casa después de salir de allí, esperaba a que pasara el primer trance.

A veces me daba por ir al antiguo barrio de mi abuela.

No sabía muy bien por qué, ya no me apetecía preguntarme la razón de mis desvaríos.

Siempre encontraba allí algo fuera de lugar.

Me parecía aquella vida demasiado lejana, como si no hubiera existido.

La calle solitaria, adornada por las moreras que ensuciaban el suelo y se enganchaban en los zapatos, la plaza donde jugaba de niña, sucia y abandonada entre hierbajos.

El edificio de pisos, con sus pequeños balcones entoldados, cada uno de un color distinto, me evocaban una ligera nostalgia de veranos angustiados entre el calor pegajoso y el ruido de las juergas rumberas a través de la ventana.

Me asomé entonces a la vieja escalera, desgastada por los años, con los peldaños desconchados y alguna que otra cucaracha despistada.

No echaba de menos ese lugar, yo buscaba desesperadamente los recuerdos que albergaba y la persona que habitaba en ellos.

Aún esperaba que mi abuela saliera de ese balcón rojo, mal pintado, a saludarme con su gracia habitual, a encender su maldito tocadiscos y a borrarme a fuerza de pasodobles mi amarga tristeza.

Gabriel notaba enseguida mis decadencias, cada vez más habituales, y las acogía con suma delicadeza una vez volvía de las visitas, a las que apenas hacíamos referencia. A veces le preguntaba cómo era capaz de adivinar las razones de mis cambios de humor.

—Porque cuando vas a verla, te apagas.

Yo sonreía entristecida y pensaba en la facilidad que tenía Gabriel de mirarme tal como lo hacía Ainhoa.

Me desarmaban, hurgaban en mi interior, rompían mi coraza.

Él había conseguido desgranar mis sentimientos hasta lograr entenderme y ser parte de mi propia liberación.

Gabriel acabaría siendo parte de mi catarsis.

Porque aun compartiendo mi caos y mis desastres, la inacción seguía provocándome una tremenda infelicidad. Aún estaba lejos de ordenar mi vida.

Una tarde, sin yo preverlo, Sonia y José me asombraron con su vuelta.

Estaba repasando mis apuntes en el Atlanta, con la ayuda de Adam, que últimamente rebosaba amabilidad.

Ellos entraron de la mano, muy felices, haciendo aún más evidente lo que había ocurrido.

Aquella desmesurada atención que se dedicaban no era normal, no solían comportarse así antes de la crisis.

José la besó con efusividad delante de nosotros, que los observábamos embobados e incrédulos.

Después Sonia le pidió que la acompañara al despacho para hacerle compañía, algo que en su día hacía Roy.

Ella estaba exaltada, como una niña con su juguete nuevo.

A mí me seguían pareciendo inadecuadas sus formas.

Sin embargo, pasada la sorpresa, me alegré de que todo volviera donde estaba.

—¿Has visto a estos dos? —decía Adam—. Lo que nos queda por soportar.

—A mí no me molesta —contesté indiferente.

—Porque te comportas igual con tu pintor.

Se me escapó la risa y me puse encarnada, pensando en la imagen que debería de tener enfrente de los demás, expuesta a los magnetismos de Gabriel.

—Ya te llegará.

—Qué va, el amor no es para mí. Y tú estás cegada porque el otro te dibuja y te hace sentir especial.

—No es eso. Pero no te voy a dar razones, no las entenderías.

Él me miró fijamente, como si le hubieran dolido mis palabras.

—Tú no me dejaste entenderte.

Se me encendió una luz de pronto, algo que había estado allí antes sin que yo notara su presencia.

Aquella horrible sensación de verse consecuencia de la decepción de los demás, de ser derrota, un fracaso en la vida de alguien que para nosotros no había significado nada.

Éramos efectos colaterales sin querer serlo, como mechas encendidas esperando prender fuego sin preocuparse por el incendio.

Todos estábamos unidos de alguna manera a las acciones del otro, hasta el gesto más estúpido podía desencadenar el caos.

Así lo comprendí, cuando quedándome a solas con José, no oculté mis dudas respecto a su vuelta.

—Debes de quererla mucho —le dije yo.

—Todo es cuestión de empatía, niña. ¿Recuerdas cuando viniste a verme? En ese instante de cercanía que tuvimos, ahí, Leire, yo te hubiera besado. Confundir sentimientos es más fácil de lo que parece. Lo único que puedo reprocharle a Sonia es no haberlo tenido claro antes de hacerlo.

A eso se reducía la vida al final: un mismo camino, las mismas posibilidades y nuestra capacidad de elegir como la única diferencia posible.

No dije nada y José debió de notar mi incomodidad. Yo le seguía mirando muy atenta, buscando en él una razón a la debilidad que me suscitaba.

—¿Tú estás bien? —me preguntó.

—Sí, liados con los exámenes.

Le respondí en plural, incluyendo a Gabriel. Como me ocurría al principio, él estaba conmigo, aunque no estuviera, pero no ocupaba solo mi mente, también mi vida.

Para frenar nuestro apego decidimos salir una noche cada uno por nuestra cuenta.

Disfruté de la compañía de Laura mientras ella exageraba mi historia de amor.

La escuchaba con interés, narrando sucesos que no parecían de mi propia vida, ni los personajes jóvenes corrientes como nosotros, confundidos en sus palabras, por individuos destinados a salvarse.

Había aprendido a apreciar esa manera que tenía ella de agrandar las cosas y convertirlas en algo fuera de lo común.

Aunque la creyera ingenua por momentos, ¿qué sabía yo de la vida?

Solo era una chiquilla que se había topado con su crudeza demasiado pronto.