La libertad de los seres efímeros 19 #3
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Cogí lo que me pedía y, antes de cerrar el cajón, me fijé en un medallón de plata que restaba abandonado entre los materiales de pintura. Una imagen de la virgen con el niño en brazos envuelto de inscripciones en latín que parecía muy antiguo.

—¿Y este medallón?

Me dedicó una mirada fugaz, cogió el pincel y se encogió de hombros. Yo sabía que había algo que lo estaba alejando de mí en aquel momento.

—Era de mi abuelo.

—¿No te lo pones?

—No es de mi estilo —contestó como si le estuviera preguntando una estupidez.

—Pues es precioso.

—Voy a empezar a pensar que eres creyente y no lo dices por vergüenza.

—Esto también es arte. Donde tú ves religión, yo veo las manos que crearon esta maravilla e hicieron de ella algo especial.

—A él también le gustaba mucho.

Me miró con seriedad. Acarició mi mejilla, aunque su mente no estaba allí, quizá en los recuerdos del abuelo. Había ausencias que pesaban tanto que lo llenaban todo, el tiempo y el espacio.

—Quédatelo, Leire. Te lo regalo.

—¿Por qué?

—Está claro que tú sabes apreciarlo y a él le daba tanta suerte…

—Pero era de tu abuelo.

—Y ahora quiero que lo tengas tú.

Lo cogí entre mis manos casi con miedo, como si fuera un objeto extremadamente delicado. Gabriel lo sostuvo y abrió el broche de seguridad para ponérmelo. Me llegaba a la altura del corazón, justo donde debía estar.

—Oye, cielo, me gustaría que vinieras con mi familia a celebrar el Fin de Año.

Gabriel me miró profundamente, mi actitud de pasmo requería de cierta paciencia.

—Creía que habíamos quedado con Roy y las chicas.

—Luego. Lo de las uvas es una tradición que nunca me pierdo con ellos, significaría mucho para mí que me acompañaras.

Contuvo la respiración mientras esperaba mi respuesta.

—Sí, claro.

Después pensé que con ese gesto pretendía hacer más real nuestra relación.

Gabriel decía que llevaba mucho tiempo hablándoles de mí a su familia, que sus padres me conocieran no evitaba que algunos lo tomaran a la ligera y bromearan con la posibilidad de que yo no existiera.

A veces me daba la sensación de que me idealizaba un poco, y me asustaba que fuera así, sabiendo que llegaría el día en que pudiera decepcionarle.

El treinta y uno me llegó con un nerviosismo asfixiante.

No había pensado más que en el momento en que me vi sumergida de lleno.

El Atlanta abrió sus puertas como cada sábado, envuelto en un aura de excepcionalidad que daban los días señalados.

Estábamos todos alegres y expectantes, aunque esa fecha no tuviera más de especial que reunirse con la familia y amigos y comerse un puñado de uvas.

Algo que, a fin de cuentas, podía hacerse en cualquier momento.

Lo sentía como el acto de darse un regalo en el instante preciso que dicta la sociedad.

Todo correspondía a la rebeldía típica de mi edad, a ese deseo irrefrenable de ir contra el mundo y contra el sistema.

Y de nuevo me contradecía observando ensimismada las calles adornadas de luces, el ajetreo constante por las horas restantes que pasaban más veloces que de costumbre y las gentes engalanadas con sus mejores trajes.

Yo con el vestido que me había regalado Sonia, por supuesto, que, probado a última hora, me había puesto al borde de la histeria por culpa de un escote que no correspondía a lo que era mi talla.

Mi madre quiso ayudarme dándole unos retoques para hacerlo menos provocativo.

Mientras la veía coser en mi escritorio, yo luchaba por no quedarme dormida en la cama, con su vocecilla entusiasmada, contándome las primeras juergas que vivió con mi padre.

Ignoraba si sabía que evocar recuerdos a veces provocaba el efecto contrario al deseado, y acababas por echar de menos a la persona que tenías al lado y que distaba mucho de ser a la que amaste.

Pero no me sentía con fuerzas de reprocharle nada.

Me enfrenté, por fin, a la noche helada, a las calles silenciosas que acogían los ecos del barullo de las casas, a las personas que buscaban excusas para volver a reencontrarse, a las conversaciones animadas —las que sentaban bien por ser escasas en el tiempo— y el inicio de fiesta al descorchar un buen vino.

Y la imposibilidad de tragar el nudo de mi garganta y espantar las dudas que revoloteaban en mi cabeza.

Tan concentrada iba en mí misma, que el sonido del móvil me asustó y miré hacia atrás por puro instinto.

Fue la primera vez que busqué consuelo en el medallón, apretándolo contra mi pecho, como si pudiera salir de él la valentía que me faltaba.

Tras el sobresalto, contesté a la llamada y bastó el llanto de Ainhoa para cambiar el rumbo.

Me abrió la puerta Valen. Iba borracho como una cuba, tambaleándose con un cigarro en la boca.

En el piso hacía un calor insoportable, mezclado con el olor a tabaco.

La mesa estaba a medio poner y había varios papeles por el suelo, como si hubiera venido una ventolera arrasándolo todo.

Dejé la chaqueta a un lado del sofá, recogiendo con pasos torpes todo el estropicio.

—¿Has visto cómo va tu sobrina? Luego pasan cosas…

Busqué a Ainhoa, pero no estaba. Me parecía percibir su llanto en algún lugar apartado de la casa.

—¿Qué le has hecho?

—¿Yo? —Me sonrió, prepotente—. Nada. Desde el embarazo está muy susceptible.

—¡Ainhoa! —la llamé.

Oí cómo se abría la puerta de su cuarto, sus pasos arrastrándose por el suelo, avanzando y retrocediendo en un baile indeciso. Llegó hasta mí descompuesta, con el pijama de invierno que le iba demasiado grande y el cabello sin peinar. Los dos tenían un aspecto descuidado y desidioso.

—¿Estás bien? —le pregunté rodeándola con el brazo, ella no me contestaba—. Debería llamar a la policía.

Miré a Valen de reojo, que no parecía sentirse amenazado por ello.

—Claro, hombre, no tienen otra cosa que hacer que venir aquí por una riña sentimental.

—Qué asco que me das —le solté con rabia.

—¿La has oído? Después soy yo el que provoca. Ya me habéis jodido la noche.

Valen se acercó a la puerta con intención de marcharse.

No miró a Ainhoa, pero ella si lo miraba a él, quizá esperando que se arrepintiera en el último momento, pero cogió la chaqueta y de espaldas a nosotras murmuraba cosas que no entendíamos.

Yo prefería que fuera así, de todas formas, él mañana lo olvidaría, ella guardaría el recuerdo muy adentro.

Y no todas las heridas se sanaban pidiendo perdón.

Cuando la puerta se cerró de un portazo había en la mirada de Ainhoa una furia inaudita.

—Es mejor así —le dije.

Pretendía ser un consuelo, el paso previo para apaciguar el fuego que tenía encendido.

—Vete, Leire, quiero estar sola.

Me lo decía entre dientes, casi con desprecio. No había tenido ese trato conmigo jamás y empecé a asustarme con la idea de que pudiera echarme para siempre. El pánico se apoderó de mí y no pude hacer otra cosa que ponerme a la defensiva.

—¿Ahora quieres que me vaya? —grité.

—No te pongas a gritar tú también, por favor.

—¡Es que me has llamado para nada! ¡La familia de Gabriel me está esperando!

—Creía que podía contar contigo…

—¡Claro que puedes! Es que ya no sé qué hacer para que veas que no te quiere, que no estás bien.

—Tú no le conoces como yo. Te has empeñado en ver lo malo, te agarras a esa crisis que tuvimos porque eres incapaz de darme más razones para convencerme. Sé que nunca fue de tu agrado, pero podrías hacer un esfuerzo por mí, ¿sabes?

Ella hablaba de la crisis en pasado, como si ahora todo estuviera bien, como si yo exagerara mis preocupaciones y me convirtiera en un obstáculo.

—Te hace daño —susurré, ya sin ánimos de convencer a nadie—. Lo sé, lo vi en tu muñeca.

—No fue él, Leire. Deja de ver fantasmas donde no los hay. Le quiero, nos queremos. Voy a seguir a su lado y tendrás que aceptarlo o nos alejaremos. Y eso sí que va a dolerme.

Me fui sin despedirme. Tal como había hecho Valen, pegando el mismo portazo.

Quizá Ainhoa se hubiera quedado mirando la puerta, pasmada, viendo cómo las dos personas más importantes de su vida la abandonaban esa noche.

Me sentí ruin y egoísta. Culpable, como me ocurría la mayor parte del tiempo, en cuanto mis sentimientos me derribaban y actuaba con impulsividad.

Ainhoa pasaría el Fin de Año sola y desquiciada, y yo solo pensaba en llegar a tiempo a la cena que, con seguridad, me habría perdido.

Cuando piqué a la puerta, ni siquiera tenía una buena disculpa preparada por si el que me abría no era Gabriel. Sin embargo, no me hizo falta.

—¡Pelirroja! —Me besó con desasosiego, después su cara reflejó un gran alivio.

Gabriel vestía con camisa y pajarita, su pelo se había resistido a bailar libremente sobre su cabeza, engominado a consciencia, y parecía que esa rebeldía iba reflejada en los tejanos desgastados y sus deportivas de siempre.

—Lo siento mucho —dije encogiéndome de hombros.

—Tus razones tendrás, cielo. Pero te mentiría si te dijera que no me lo esperaba.

—No estaba indecisa —me defendí—. Ainhoa me llamó llorando y fui a verla.

—No importa, ahora estás aquí.

Me miró emocionado, sin disimular su impaciencia.

—Ven, cielo. Te están esperando. —Y abrió la puerta.

Me vi como un alma perdida a punto de ser rescatada.

Gabriel me había hablado de su familia. Aunque tantas veces se quejara de tener a unos parientes muy singulares, se enorgullecía de ellos y estaba convencido de que si los conocía y entraba de lleno en su mundo, no querría marcharme. Yo seguía resistiéndome.

—No sé si será un buen comienzo…

—Sí, están deseando conocerte.

—He llegado tan tarde…

—Inventaremos una excusa.

Me ofreció la mano con aquella sonrisa que adoraba y que empequeñecían mis malos momentos.

Agradecí que aquel enredo durara poco. Del encuentro social me llevaba una sensación insatisfecha de no haber alcanzado las expectativas que todos esperaban.

Un deje de culpabilidad por querer mantenerme en el anonimato, bajo el paraguas de un silencio que solo rompía con monosílabos o sonrisas de pura cortesía.

Ya no era la Leire inventada, pero tampoco la verdadera.