19 #2
Había en esas frases cierto doble sentido o era yo la que interpretaba en las palabras de la gente el conocimiento de mi aflicción, el verdadero causante del sufrimiento de Ainhoa.
—Verás como todo va bien, pelirroja.
Me besó en la nuca y sintió mi necesidad de parar la conversación y dirigir su cauce lejos de mi vida personal.
Entonces Gabriel me contó el ritual que llevaban siguiendo desde el primer año de universidad cuando, poco a poco y acostumbrándose a la mutua compañía, se hicieron inseparables y pasaron a celebrarlo todo juntos: apuntaban sus nombres en papeles y cada uno elegía al azar el protagonista de su regalo.
Roy aprovechó para lanzarme un paquete al regazo, envuelto en papel de diario.
—Yo no te he comprado nada —le dije, un poco abochornada.
—Ya sé que en esta relación quien quiere más soy yo.
Lo abrí sin demasiada emoción, esperando una intención distinta a la que realmente era.
Un momento para hacerse brillar como era previsible, y aunque el cartón de tabaco que él me regalaba no tenía nada de particular, había en su sonrisa amable la ternura de alguien que intentaba mostrar lo que no se atrevía a decir en voz alta.
—Así no me robarás los míos. —Me guiñó el ojo.
Le di las gracias sosteniéndole la mirada, como en un juego de telepatías que nadie más que nosotros podíamos descifrar.
Tuve un ligero cambio de humor y decidí darle mi regalo a Gabriel, aunque la expectación de nuestros amigos nos robara la intimidad.
Rasgó el papel con lentitud, alargando la incógnita, y le bastó reconocer la caja para que me sonriera con complicidad.
Llevaba ya unos meses queriendo cambiar sus pinceles de dibujo.
Fue un riesgo que acabó por salirme muy caro.
La chica de la tienda se aprovechó de mi ignorancia para venderme lo mejor del mercado.
Gabriel no cabía en sí de gozo. Luego llegó su turno, sorprendiéndome con unas botas preciosas llenas de tachuelas y calaveras bordadas, al más puro estilo roquero.
—¿Te gustan? —me preguntaban, impacientes.
—¡Me encantan!
Todos dejaron escapar un suspiro de alivio y se sonrieron.
—¿Qué os pasa?
—Bah, nada. Tu novio nos tuvo dos semanas buscando los zapatos por toda Girona… —dijo Roy, irónico.
Cuando entrabas en el mundo de Gabriel, las preocupaciones, las ilusiones y cualquier sueño por inalcanzable que fuera, pasaba a ser de todos. Y aquello, indudablemente, me hacía sentir mejor.
El sueño que Gabriel había mantenido apartado, lo sentía ya como mío. Le observaba emocionarse con cada progreso, convirtiendo un lienzo en blanco en una imagen viva de sus pensamientos. Aunque a veces me daba miedo estar abocándolo a un sueño irrealizable.
—Voy a hacer maravillas con esto —decía, haciendo bailar un pincel entre los dedos.
—Espero que al menos notes la diferencia.
—Claro que se nota. ¿Por qué no lo pruebas?
—Yo no sé dibujar. —Me reí.
—El arte también es una forma de protesta. Cierra los ojos y busca dentro de ti.
A veces temía cerrar los ojos, mi mente iba y venía a su voluntad y resultaba imposible pararla. Gabriel me abrazó por la espalda y me susurró que me relajara.
—¿Qué ves?
—Oscuridad —contesté yo.
—La oscuridad no es absoluta, debe de haber algo más.
Era cierto, si me esforzaba lo suficiente podía ver puntos de luz, se iban multiplicando a medida que me acostumbraba a ellos. Dejé caer mi cuerpo ligeramente contra su pecho. Los puntos de luz se habían unido hasta convertirse en una especie de agujero, en una salida.
—Hay una puerta —dije sintiéndome un poco estúpida, pero ya no podía parar de imaginar.
—¿Dónde te lleva?
—A un campo, está lleno de flores. Huele a primavera. Hay amapolas, campanillas, dientes de león —de niña me gustaba soplarlos y pedir un deseo—, y esas flores lilas tan vívidas, de las que nunca recuerdo el nombre.
—¿Desde cuándo te gustan tanto las flores?
—Desde siempre, están llenas de vida y de color. Aunque a mí siempre se me mueren.
Nos echamos a reír y me dio la vuelta para besarme.
—Tú también estás llena de vida, no lo olvides.
Me abrazó, su mano recorrió mi espalda hasta acabar acomodada en mi nuca, enredada entre mis cabellos rojizos, dispuesta a empezar el intercambio de caricias.
Siempre descubría en ellas algo más profundo, un sentimiento más complejo que iba más allá del placer.
Yo supe, con el tiempo, que Gabriel encontraba en el acto de hacer el amor otra expresión artística.
Una inspiración que luego volcaba en sus cuadros.
Éramos una coreografía improvisada, nos confundían las ganas y nos veíamos con intención de quitarnos la ropa el uno al otro a la misma vez, complicando el proceso.
A veces mis prisas lo exasperaban y yo me reía de él a carcajada limpia, dejándolo tan sorprendido que no le quedaba más remedio que unirse, aunque aquello nos llevara al principio de nuevo.
Y entonces claudicaba y empezábamos más lento, dejaba que él me guiara, que sin decirle una palabra reconociera el momento y me penetrara con más fuerza para llegar al orgasmo.
Después, tras la explosión, tampoco decíamos nada.
Yo me quedaba como muerta, absorbida hacia dentro por el placer.
Gabriel entendía ese silencio, ese saber estar sin más, como la necesidad de volver a tomar el control sobre mi propio cuerpo.
Y me sonreía, adorándome entre furtivas miradas, susurrando bajito, como si hablara consigo mismo: «Te he encontrado, no te vayas aún».
Pero no, yo seguía empecinada en desaparecer.
Aquel día, Gabriel pintó un campo de flores bajo un cielo nublado, casi negro. Yo tenía amapolas rojas entre las manos. No era un cuadro alegre, sin embargo, me transmitía una calma inmensa.
Dos días más tarde, Sonia fue a verme a casa de Gabriel, supuso que estaría allí.
Fue muy inesperado, no solo para mí. Tenía la sensación de que ella no esperaba encontrarme, que había urdido un plan sin convencimiento para acabar improvisando después.
Me miraba desde la distancia, dolida por las palabras que nos dijimos.
Era la primera vez que discutíamos y no sabíamos cómo comportarnos, parecíamos dos extrañas.
—Puedes entrar —le sugerí.
—No me quedaré mucho rato.
—Bueno.
Ni siquiera se quitó la chaqueta. Me dedicó una mirada profunda, la sostuve algo desafiante hasta que noté su arrepentimiento.
—No he sido justa contigo, quizá fue la envidia —me confesó—. Te desvives por los demás. Aunque a veces sea exasperante, es toda una virtud. A veces parece que huyes de ti misma, pero entonces te sobreviene la valentía. Y ahí es cuando me digo: quiero ser como ella.
No contesté. Sonia era para mí la mujer fuerte que no se amedrentaba ante nada, lejos quedaba yo de esa imagen.
De todas formas, ser o no valiente estaba sobrevalorado.
¿De qué me servían a mí tantas agallas si no podía abrirle los ojos a Ainhoa?
¿Si me sentía lejos de mis padres, lejos del propio Gabriel?
—Te he traído algo.
—¿Un regalo? —pregunté incrédula.
—Es una tontería. ¿Recuerdas aquel vestido que viste tan bonito? Pensé que te gustaría llevarlo para Fin de Año.
Nunca nos regalábamos nada. Yo celebraba las fiestas navideñas con cierto aire rencoroso, por recordarme la época de mi infancia a la que no podía volver.
Creíamos, además, que los detalles debían ser consecuentes con los sentimientos, no una imposición de la sociedad capitalista donde vivíamos.
Y, aun así, cuando rompí el papel y desenvolví el regalo no pude disimular una emoción infantil y esbozar una sonrisa bobalicona.
Quizá estábamos hechas de contradicciones.
Quizá la vida misma lo era y bastaba aceptarlo para no ser rivales en nuestro propio juego.
—Gracias. —La abracé.
—Ya me voy, no quiero molestar.
—Gabriel está dibujando.
—¿Y tú, Leire? ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes.
Pero se preocupaba, lo llevaba grabado en su expresión. Por mí y por José. Por ella, por la vida que había llevado hasta ahora y de la que parecía dudar todavía.
—Si vuelves, Sonia, que sea de verdad. Nunca había visto a José tan derrotado.
Ella asintió, sin añadir nada más. Se me hacía impropio ese silencio, cuando había tantas cosas por decir.
Fui en busca de Gabriel, que seguía dando pinceladas al lienzo, tan concentrado que mi presencia no le estorbó lo más mínimo.
Yo disfrutaba viéndole crear y me fascinaba que fuera capaz de dar forma a los sentimientos, que le atribuyera emociones a una imagen.
Quizá lo admiraba porque podía escapar un poco de ese terrible devenir.
En sus dibujos lo plasmaba todo. Lejos de parecerse a una fotografía, en sus obras existía parte de lo que había sentido; su propia visión de la realidad.
Bastaba contemplarlas para verse a sí mismo a través del tiempo.
—¿Qué se cuenta Sonia? —me preguntó, distraído aún en su trabajo.
—Sigue tomándose su tiempo.
—Lo arreglarán, seguro.
—Me preocupa que sufra… —pensé en voz alta.
—¿Sonia o José?
Esta vez se giró para mirarme, tenía una media sonrisa bailando en los labios.
—Ella es fuerte.
—Y por él sientes más debilidad, lo sé. Es recíproco, te mira como si fueras de otro mundo. Antes creía que era curiosidad, pero no, es algo más.
—No es lo que piensas —me apresuré a decir.
De repente, la última imagen de José cerca de mí, invadiendo mi espacio, me aceleró el corazón.
—¿Y quién ha dicho que esté pensando mal? —soltó ofendido—. Me sorprende que tengáis una amistad tan especial, nada más.
Volvió a girarse hacia el lienzo, pasándose las manos sucias por el pelo. Después encontraría algún mechón de su flequillo manchado de pintura. Y sus dedos, antes impregnados de carboncillo, ahora eran una mezcla de toda la paleta de colores.
—¿Me pasas un pincel del número tres? Ahí, en el cajón.