La libertad de los seres efímeros 19
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La comida, como yo había predicho, fue una combinación de entusiasmo y desconcierto.

Mis padres hablaban entre ellos como si fueran desconocidos.

Por un lado, creía que aquello era un nuevo comienzo, dos personas que habían cambiado tanto que podían permitirse volver a empezar.

Por otro, los recuerdos seguían siendo un lastre.

Yo los miraba con desgana, deseosa de acabar con esa patraña.

Quise coger una cerveza de la nevera y cuál fue mi sorpresa al comprobar que habían desaparecido.

Miré la basura, asustada en un primer momento de que las intenciones de mi padre no fueran más que aquella utopía que se creaba en su mente —demasiadas decepciones, demasiadas veces quise mantener la esperanza para caer una y otra vez haciendo la herida más profunda—.

Solo me quedaba un sarcasmo voraz, dispuesto a cebarse de todos sus fracasos.

No, la basura estaba vacía de latas, los armarios acogían el hueco donde antes había estado la bebida, siempre dispuesta y accesible.

—No hay nada —dije a la figura que se me acercaba.

—Ya ves que esta vez ha querido hacerlo bien —dijo mi madre—. Vamos a mantenerlo así, al menos hasta que consiga recuperar algo de fortaleza.

—Todo irá mejor a partir de ahora —añadió mi padre—. Ya no hay motivos para huir.

Sonaba a futuro, a súplica mal encubierta, a un «no te vayas», a un «no vuelvas a irte, volvamos a hacer de esta casa el hogar que fue, perdonemos para olvidar, si es que puede borrarse aquello que nos marchitó en su día».

¿Podía olvidarse una infidelidad? No, yo creo que no.

Pero mi madre era de pensamientos muy complejos.

El cauce normal de la situación hubiera requerido de un gran esfuerzo psicológico para no caer en el error de permitir a esa infidelidad incidir en su autoestima.

Lola era mucha Lola. No dejaba que el pasado se interpusiera, era un hecho que conseguía aceptar como cualquier otra relación consumada antes de ella.

Se convertía en una más de la lista de experiencias amorosas, pero mi madre se imponía sobre todas las demás.

Solo ella, siempre, de entre todas las mujeres, ella.

A mí esa idea me ponía enferma, era como si le estuviera dando las gracias por volver, a pesar de haber encontrado a otra.

Lo que Lola conseguía transformar en triunfo, yo lo veía como caridad, costumbre, conformismo.

Mi madre distaba mucho de ser lo que yo hubiera esperado.

No, nada iba a mejor. Mi padre no se había acordado de Ainhoa.

Ni siquiera cuando llamó Valen, interpretando el papel de marido preocupado, avisándonos de su visita al hospital por un posible aborto.

Él le agradeció el gesto de haber llamado a regañadientes y no quiso acompañarme cuando fui a visitarla.

De ese modo era imposible que las cosas fueran bien.

Valen me abrió la puerta, sorprendido de verme sola.

Sonrió con suficiencia sin pronunciar una palabra.

Seguía con su apariencia desidiosa y repugnante.

La barba descuidada, los pantalones rotos y el jersey rojo a cuadros, a conjunto con la decoración navideña del piso.

Ainhoa se había esmerado aquel año, empujada por la ilusión de ese pequeño que estaba por venir.

—Todo está bien, falsa alarma —masculló metiéndose un mazapán entero en la boca.

—Apestas a alcohol —dije arrugando la nariz.

—Estaba celebrando la Navidad.

—Son las cuatro de la tarde.

—¡Salud! —dijo levantando el vaso.

Crucé el comedor en dirección al pasillo, Valen interpuso su brazo en mi camino.

—Hoy no tienes a tu novio para que te defienda.

—No lo necesito.

—Pues el otro día parecías asustada. Se te da bien hacerte pasar por inocente, no creas que no lo sé. ¿Le gustas así de tontita?

—Déjame pasar. —Lo empujé sin mirarlo.

—A mí me pone más la Leire rebelde. Quién eres de verdad, ¿eh? ¿Quién coño eres?

No me gustaba aquella confianza que se acababa convirtiendo en agresividad, en ese odio que le robaba la poca humanidad que tenía. Le di un codazo en las costillas que le obligó a doblegarse lo justo para que pudiera pasar.

—Tú no llegarás a conocerme nunca —le escupí antes de entrar en la habitación.

No parecía enferma. Ainhoa restaba tumbada en la cama, como ausente, con la mirada perdida en el techo y su mente divagando, quizá, sobre la imposibilidad de que todo fuera tan simple como se esperaba.

Dejé el bolso en el suelo y me tumbé a su lado en silencio, adoptando su misma postura.

Las dos suspiramos a la vez, en un saludo extraño.

—A veces creo que mi cuerpo no está preparado para albergarlo dentro.

Su voz sonaba floja, sin fuerza, le ocurría cuando hablaba de situaciones que la avergonzaban.

—Pero si sigue ahí.

—Por poco, Leire. Empecé a sangrar de repente, me asusté muchísimo.

—No te preocupes más, ahora tienes que descansar.

—Yo que llevaba días pensando nombres…, como cuando tú estabas por nacer. Me costó mucho encontrar uno que me pareciera especial.

—Será especial para ti si quieres que lo sea, cielo.

—Ya hablas como Gabi. —Se rio.

Después calló y sentimos la voz de Valen desde el salón hablando por teléfono: «Está bien, tiene que hacer reposo, nada más…».

—¿Él y tú…? —preguntó Ainhoa.

—Sí.

Mezclar la voz de Valen con el recuerdo de Gabriel y nuestro comienzo me producía arcadas.

—Ya era hora. La última vez que vinisteis se le veía desesperado contigo, como si fuera a rendirse.

—¿Ah, sí?

—Bueno, no —se corrigió enseguida—. Seguro que es de los que no cesan hasta verlo todo perdido. Debía de ser impaciencia.

Valen empezó a golpear la puerta mientras gritaba, más contenido que de costumbre: «¿Vais a salir algún día de ahí?».

—Debería irme. —Cogí una caja pequeña del bolso y se la tendí, emocionada—. Mira lo que he traído.

—¿Ya le has comprado ropita?

Desenvolvió el fino papel que cubría el conjunto, una camiseta y un gorrito de color blanco que me recordaba a la vestimenta de una muñeca que había tenido de niña. Al final todos acabábamos arrastrados por los recuerdos.

—¡Es tan pequeño! —exclamó con ojos brillantes.

—Me dará miedo cogerlo, parece que vayan a romperse.

—Qué tontería. Te acostumbrarás, como todo. Vas a ser una madrina estupenda.

—¿Yo?

—¿Quién si no?

No supe por qué me sorprendí. La intensidad en los ojos de Ainhoa me hizo agachar la cabeza.

Noté el peso de su mirada mucho después, caía sobre mí en forma de súplica, como una contradicción en sí misma.

Ella me veía allí fiel al afecto que le profesaba y a la vez sentía aquel cariño tan evidente que se sentía con derecho a maltratarlo.

—¿Vendrás a verme todos los días? No me dejan hacer nada, estoy muy aburrida.

—Claro.

Asintió nerviosa y me indicó que saliera del cuarto.

—Vete ya, Leire, se va a poner nervioso.

Se me emborronaba la alegría al pensar en ser alguien influyente para ese bebé.

¿Valen habría logrado apartarme del todo para cuando naciera?

Ainhoa ya me trataba distante y menos afectuosa.

Nuestra relación se basaba, ahora, en costumbres aprendidas que mantenían el reflejo de lo que fuimos tiempo atrás.

En hacer acto de presencia en horas convenidas, para no perturbar la paz que aparentemente reinaba en aquella casa.

Casi me sentía como si el conflicto fuera yo.

Me encontré a la vecina antes de salir del portal y le pregunté por el ruido que solía sobresaltarla a altas horas de la noche.

—No oigo ya mucho, niña. Pero él llega muy tarde y se tropieza siempre con los escalones. Ella no sale casi nunca.

Me fui con la misma incertidumbre de antes. Con el pecho lleno de una sensación de angustia, como de pálpito, de bomba a punto de estallar.

No llegué a casa de Gabriel demasiado dispuesta a celebrar nada.

Por el camino se habían puesto sobre mí nubarrones negros, así de repente, que empezaron a descargar agua despacio, gotas finas que mojaban sutilmente y apenas me dejaban darme cuenta de lo que estaba cayendo.

Acabé con toda la ropa humedecida y helada hasta los huesos.

Había en la casa un ambiente de fiesta poco usual, que sentí interrumpido con mi llegada.

Ya se habían repartido regalos y bebido lo suficiente para que Mireia y Cristina olvidaran sus reticencias.

Gabriel me saludó con un beso que parecía escueto, pero llevaba consigo una desesperación convertida en alivio por tenerme allí cerca.

—¿De dónde sales tú?

Ese era el saludo habitual de Roy, al que complací con dos besos.

—En estos casos se dice Feliz Navidad —añadió.

—Deja que te diga que hoy es un día como cualquier otro para que pasen cosas malas…

—¿Qué tienes, cielo?

Gabriel me sentó en su regazo y me abrazó con fuerza, hundiendo la cabeza en mi espalda. El contraste de temperatura me hizo estremecer.

—Estás empapada, pelirroja.

Le indicó a Roy que acercara una estufa pequeña y me apoyé en su pecho mientras el aire caliente me removía el pelo.

—Tu vida es un culebrón de los buenos —dijo Roy con una sonrisa de medio lado.

—Sonia se ha largado de casa —murmuré con voz amarga, mirándolo fijamente.

Lo hice para que le doliera, porque me fastidiaba que hubiera sido el causante de todo y porque, egoístamente, prefería a José.

Lo prefería para ella y para mí, por cómo nos cuidaba a las dos con su inconfundible ternura.

¿Cómo podía dudar por aquel niño que se pasaba el día divirtiéndose a costa de los demás?

—Ya lo sé —contestó él, impasible—, pero no es por eso. Habla, mujer, que aquí todos somos familia.

Gabriel me apretó con más fuerza. Yo supe que aquel gesto era una invitación para desahogarme. Y lo hice, aunque a medias.

—Ainhoa por poco pierde al bebé.

Después de un grave silencio, Cristina fue la primera en hablar.

—Los tres primeros meses son complicados. Tiene que cuidarse mucho y descansar.

—El estrés tampoco ayuda —comentó Mire.