La libertad de los seres efímeros 18 #2
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Yo no decía nada. Me dejaba guiar y empecé a sentirme algo acobardada estirada entre las sábanas, mientras sus caricias me invitaban a jugar.

Yo le tocaba despacio, le sentía estremecerse bajo mis dedos, entre gemidos amortiguados por besos que ya sabían a sexo.

Sin la prisa que me había invadido el día anterior, una que representaba mi fogosidad y que sujetaba con todas mis fuerzas.

—No eres tú, pelirroja… —susurró encima de mi pecho.

—Solo estoy nerviosa.

—Yo también estoy nervioso.

—Pues no lo parece.

—Me estoy dejando llevar. Seamos libres por esta vez.

Libre para arquearme debajo de él, rozarnos, acariciarle el pelo, morderle los labios.

Libre para arañarle el pecho, descender, masturbarle y tomar el control, acoplarme a sus formas y él a las mías.

Libre para dejarle hurgar en mi sexo mis necesidades y mis deseos.

Y hacer el amor: «Despacio, despacio —me suplicaba—, ¿para qué tanta prisa?

». Él había dicho toda una vida y eso era mucho tiempo para dedicarnos de lleno a eso del amor. Al sexo con amor, qué descubrimiento.

«Te acojo en mi interior por primera vez —le decía para mis adentros— y es como si me hubieras pertenecido siempre.

Nuestros jadeos se unen en consonancia con nuestros cuerpos, como un todo, un eco interminable que rezuma placer.

No se le parece a nada. Tus manos me tocan y es como si me dieran vida, florezco de repente, aleteo furiosa, cierro los ojos, me aferro a aquella sensación etérea, tus ojos me reclaman engullidos por una desesperación casi palpable, cabalgamos juntos, deseosos de encontrarnos hasta que confluimos en un mismo punto y nos envuelve la magia.

Te contienes, intentas sujetar lo que está a punto de desbordarte, lo alargas hasta el infinito y yo vuelo.

Vuelo, me dejo ir, rompo las cadenas. Y no se le parece a nada.

Me deshago entre alaridos y caigo, pero el golpe es dulce, suave, maravilloso.

Y sigo recogiendo mis pedazos entre embestidas insistentes que me golpean con el fervor que precede al clímax.

Jadeamos, yo me bebo tu aliento, decimos cosas sin sentido, extasiados, borrachos de placer.

¿Lo ves, Leire? Sí puedes ser libre. Me agarras de las caderas y estallas, te derramas, tu vacío es mi plenitud y así nos sentimos completos y satisfechos».

La sustancia blanca y viscosa surcaba mis pliegues y descendía peligrosamente hacia abajo.

Seguía tumbada. Gabriel, sentado a mi lado, me liaba un cigarrillo.

Mientras, su semen recorría el interior de mis muslos y manchaba las sábanas.

Lo observé curiosa y fascinada a la vez.

Todo empezaba y acababa en un segundo, en una caída en picado hacia la nada más absoluta.

La fragilidad de la vida, la negación de esta, aunque no hubiera existido, ¿no era una muerte?

Me sobrecogió la idea, no como un deseo maternal —que no lo tenía— sino como la imposibilidad de escoger ese camino ahora y dejarlo a merced del tiempo, que lo desgastaba todo.

«Todo cambia, nada permanece», cantaba, mientras empujaba hacia afuera a esa parte efímera de Gabriel que iba perdiendo consistencia.

—Nunca se me habían corrido dentro —le dije.

—¿No? Bueno, también es mi primera vez.

—Me estoy trastocando un poco, creo que es por Ainhoa. Tuvo un aborto hace un tiempo, se puso muy triste. Y ahora yo los estoy tirando…

Gabriel me miró estupefacto para luego echarse a reír en un estallido.

—Joder, pelirroja, ¡qué cosas dices! No me vayas a asustar ahora…

—Solo era una apreciación.

—Muy oportuna, sí, señora, que yo no soy de hacer estas cosas. ¿Ves cómo me vuelves loco?

—No me culpes de tus irresponsabilidades. Yo tampoco hago estas cosas. ¿Qué te crees? Anda, dame el cigarro.

Me lo tendió. Miró mis muslos y luego me miró a mí.

—¿Cómo vamos a arreglarlo?

—Tomo anticonceptivos.

Volvió a tumbarse en la cama, feliz de nuevo. Revisé de cerca mi triste cigarrillo en forma de trompeta.

—Pero ¿qué me has hecho aquí, Gabriel?

—Se me dan mejor los desayunos, verás.

Me di una ducha antes de bajar al salón. Mi padre me había llamado —un poco malhumorado porque no me había encontrado en casa— anunciándome que mamá había venido a verme. «A veros a los dos», recalcó ella detrás del teléfono.

—Está rara, chiqui —susurraba mi padre—. Ven rápido.

Al día siguiente celebraríamos la Navidad y todo me parecía más desordenado que nunca.

Entonces cuando bajé al salón y me encontré a aquel hombre en la cocina, que era la viva imagen de Gabriel con treinta años más, me quedé estática en la puerta, sin moverme, escuchando la conversación distendida y relajada que mantenían.

Había entre ellos una conexión peculiar, un entendimiento mutuo que se palpaba en el aire.

Una armonía que yo intuía truncada por la presencia de Consuelo, por una personalidad arrolladora e inquisitiva.

—Leire, él es mi padre, Félix —me dijo Gabriel.

Me vi obligada a entrar en esa atmósfera que habían creado, en la que los dos me escudriñaban para descifrar mi silencio.

—La famosa Leire. Tenía ganas de saber cómo es la chica que ha revolucionado a mi hijo.

—Normal y corriente —dije yo.

Gabriel soltó un bufido y sonrió a su padre.

—Está claro que él no piensa lo mismo. Mi hijo iba a explicarme qué va a hacer a partir de ahora.

—¿Además de cambiar la cerradura? —contestó Gabriel con sarcasmo.

—Que tu madre ha invadido tu intimidad ya lo sabemos, pero tú tampoco has sabido marcar los límites. Ahora que Leire pasa tanto tiempo aquí, sería hora de que lo hicieras.

—Es justo lo que he hecho.

—No, Gabi. Siéntate a hablar con ella y trátala como se merece. Nunca le habías faltado al respeto y estamos preocupados.

—No fue para tanto, pero si te quedas más tranquilo…

Su padre asintió, solemne. Compartimos el café y me escabullí antes de que empezara a interesarse por mi vida. Con Félix podría llevarme bien, Consuelo era otra liga.

Llegué a casa con la cabeza llena de posibles conversaciones infinitas en las que se usaban sentimientos desgastados como escudo.

Las discusiones de mis padres habían sido así en sus últimos momentos.

En el final que no era, que nunca sería, por ser yo la pieza que unía las dos partes.

No obstante, eran otros tiempos, ninguno de los dos creyó que pudiera suceder y aquello permitía ser menos cuidadoso a la hora de atacarse.

Aunque entre tanto reproche jamás vi una dura descalificación entre ellos.

Era fatiga. Quizá los días y los meses transcurridos habían sosegado los ánimos.

Mi madre tenía la intención de quedarse todas las Navidades con nosotros.

Me lo contó con una súbita alegría que no encajé muy bien.

Lo que se había descosido podía volverse a zurcir, pero ya no quedaba igual, siempre sería esa parte desgarrada, susceptible de romperse.

Aunque no era esa la auténtica razón. Yo miraba a mi padre y esperaba que despotricara de ella, que la odiara, sin tener ningún derecho a hacerlo.

Y en su expresión no aparecía ni un ápice de emoción, seguía siendo un muñeco sin vida.

Sobrio, pero sin vida. Era como si tuviera dos personalidades y se desdoblara, dejando paso a la otra.

El Juan de antes, ahora el de después, y así a intervalos, a ráfagas de caracteres mal fingidos.

Una bipolaridad que tenía la esperanza de sobrellevar con ese nuevo intento de apartarse de la bebida.

—Esta vez es de verdad —me decía.

Mamá lo miraba orgullosa, como si ya lo hubiera conseguido. Eso no se lo podíamos negar, era de confianza ciega.

Por la noche los escuchaba hablar bajito, indecisos, atropellándose continuamente, rememorando vivencias del pasado. No entendía aquella estúpida manía de mirar hacia atrás y recapitular, buscando hacer autocrítica de cosas que ya estaban finalizadas.

—Todo sería más fácil si solo mirásemos hacia delante —le dije a Gabriel a la mañana siguiente.

—Pero el pasado arrastra demasiadas condenas. Hasta los recuerdos más felices nos influyen, ¿si no por qué estás tú tan melancólica?

—¿A qué te refieres?

—Pues que vas a pasar las Navidades con tus padres, juntos, y sé que los echabas de menos.

—Sí, tienes razón. Aunque no sé qué pretende mi madre.

Me parecía que había algo oculto en su exagerada amabilidad. No me gustaba desconfiar de ella, pero la pérdida de su trabajo y la distancia que nos separaba la hacía infeliz. A eso se reducía después de tantos años, a una relación sujeta por el interés.

Me propuse ir a ver a Sonia antes de la comida familiar —el temido reencuentro—, por eso de tragar orgullo y ver las cosas con perspectiva.

Después de dos días esperaba que fuéramos capaces de entendernos sin hacernos daño y, sin embargo, no podría haberme imaginado el punto de no retorno que había supuesto el beso de Roy.

Sonia se había marchado el día anterior a casa de sus padres.

José me repitió varias veces —evitando toparse con mis ojos— que era pasajero.

Sonia se había tildado de cobarde y nada más verlo le había contado lo que había ocurrido con Roy.

Y relatar los sucesos no era una hazaña.

Lo destacable era abrirse en canal y confesar lo que ella misma no comprendía, convertir en crisis la estabilidad que gobernaba su mundo.

—Sé que no es un final, pero me jode. Estábamos tan bien…

«Estabas bien», pensé yo. Los conflictos se sucedían por atribuir a los demás tu propia felicidad.

—Es la primera vez que pasamos unas Navidades por separado. Ni siquiera tengo ganas de ir a casa de mis padres —se lamentó, una vez nos sentamos en el sofá.

—Pues no vayas. Puedes venirte conmigo. Mi madre ha vuelto y hasta parece dispuesta a quedarse.

—¿Y qué pinto yo ahí, niña?

—Todos estaremos extraños, intentando recuperar nuestro sitio. No destacarás tanto. —Me reí.

José me sonrió sin ganas.

—Ahora no soy muy buena compañía. ¿Dónde está Gabi?

—Padres, tíos, primos, abuelos…; dice que es algo así como el apocalipsis.

—Pobrecito.

—Lo iré a rescatar más tarde. —Me encaramé a su hombro y lo miré, quizá demasiado cerca—. Dime algo que pueda hacer, lo que sea. Tú siempre has estado ahí. Yo no puedo fallarte.

José me devolvió la mirada con una expresión reconcentrada, como si no me estuviera mirando a mí realmente. Luego me acarició la mejilla y arqueó sus dos cejas pobladas. Hoy me parecía mucho mayor. Nunca lo había observado tan cerca.

—Tú siempre salvando a los demás, ¿y quién te salva a ti?

Yo no contesté. Quise apartarme, pero me cogió de la barbilla.

—¿Sabes que tienes unos ojazos preciosos, niña?

—No me digas esas cosas —susurré.

—¿Por qué no? Hoy puedo. La otra se pone celosa si me pongo cariñoso contigo, menuda es. —Se rio triste.

¿Quién me salvaría a mí? ¿Acaso podía salvarse una de su propia vida? De nuevo las circunstancias ajenas a mi control urdían mi destino, como si fuera una simple marioneta.