La libertad de los seres efímeros 18
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Fuimos a su habitación un rato después. Hablábamos un poco, estirados en la cama.

Empezaba a desesperarme que convirtiera cualquier conversación en algo cómico.

Yo no había bebido suficiente para ver el mundo con tanta ligereza.

Luego nos besábamos, sin intención de traspasar otros límites.

Dentro de aquella casa no existían las prisas ni las despedidas.

A veces, me parecía que el bullicio de abajo se apagaba y viajábamos a otra parte, un universo apartado del resto.

Quizá por eso conseguía relajarme y cerrar los ojos.

Tenía que hacer esfuerzos para no quedarme dormida y me sobresaltaba cuando su boca volvía a reclamarme.

Era muy tarde cuando vi aparecer a Roy tras la puerta. Primero la cabeza, tímidamente, temeroso de estorbar nuestra intimidad.

—Parejita, nos vamos. —Miró a Gabriel y negó con la cabeza—. Eres un capullo, menuda manera de fastidiarte la noche. ¿Te llevo, Leire?

—Sí, danos unos minutos.

—¡Pero si está inservible! —Se rio y lo oímos bajar por las escaleras.

—A mí unos minutos no me valen, cielo, por muy borracho que esté.

Me entró la risa tonta y me levanté para ponerme las botas. Gabriel se incorporó quejándose de que todo le daba vueltas.

—Duerme un poco.

—Quédate conmigo.

Me mordí el labio, pensativa, aunque ya sabía que iba a negarme.

—¿Por qué no te dejas ir? —me preguntó, sabiendo qué iba a contestar.

—Aún tengo miedo.

—¿De qué?

—De que podamos abandonarnos algún día. De que todo desaparezca.

—¿A qué te refieres?

—A este momento nuestro, por ejemplo. Mañana lo recordarás y te parecerá mágico, pero dentro de un mes ya habrá perdido su encanto. El tiempo lo destruye todo. Todo se acaba olvidando.

Y pensé en Sonia. En José.

—Pero habrás vivido.

Me senté a su lado. Gabriel le dio un sorbo a su cerveza. Aproveché para liarme un cigarro, tenía ganas de fumar y sentir el frío de la noche en la cara.

—Tienes que olvidar ese miedo absurdo a quedarte sola, cielo —seguía—. A mí me dolería igual que a ti, ¿sabes? Eres lo más bonito que me ha pasado en la vida.

—Ahora va a resultar que te vuelves romántico cuando vas borracho. —Le sonreí.

—Te estoy hablando en serio.

Suspiré. Huir de la soledad era un problema común.

Huía de ella temerosa de encontrarme a mí misma, como si al tropezar con mi propio yo, fuera a desencadenar una catástrofe.

Comprendí entonces, en una revelación que por ser tan obvia llegaba a ser estúpida, que despojándome del miedo a sentir podía ser libre.

Y no solo debía entender aquello en su parte positiva —el amor por los míos sin estar sometida a su dependencia—, también en su parte más sombría, en la aceptación de situaciones ajenas a nuestro control: los terribles finales, etapas que terminaban y sacudían nuestra entereza, hechos inevitables que podían dolernos hasta lo más hondo.

Solo abrazándome al amor de igual manera que al sufrimiento, sería fiel a mis propios sentimientos.

Solo aceptando de una vez por todas que no era culpable de la vida de los demás, que el tiempo no destruía, sino que transformaba, podría ser feliz.

—Leire…, di algo.

—Estoy enamorada de ti.

Gabriel se atragantó con la bebida y cuando quiso dejar el vaso encima de la mesita se le escapó de las manos, cayendo al suelo en un estallido de cristales minúsculos.

—Ya me he puesto nervioso. —Se rio.

—Voy a buscar una fregona.

Me sentía tan indefensa que fue la excusa perfecta para salir de allí.

La casa estaba muy quieta, cada paso retumbaba perturbando el silencio.

Solo había una pregunta capaz de asaltarme a aquellas horas.

La intriga de una continuación, nueva y desconocida para mí.

«¿Y ahora qué?», me decía a mí misma. «¿Y ahora qué viene?

». Se acabaría el ser no-novios y actuaríamos despojados ya de toda duda.

Él no había contestado, y aunque lo hiciera, ¿luego qué?

Quizá fuéramos especiales un tiempo y luego la amenaza de rompernos podría acecharnos de repente, como aquellos cristales rotos.

Me convertiría en una más entre la gente, dejaría de ser única y no me miraría con los ojos llenos de adoración y me diría que el mundo no era un lugar tan malo.

Respiré hondo y me abracé al miedo, lo asumí como algo mío, lo miré a los ojos por primera vez.

Tenía la determinación de repetir las mismas palabras.

«Estoy enamorada de ti, Gabriel, lo estoy».

Le dije a Roy que me quedaba. Nos fumamos un cigarrillo sentados en el escalón de la puerta.

Envueltos de humo, estábamos acurrucados tan cerca el uno del otro que sentí su estremecimiento.

—Voy a alejarme de Sonia. —Él también sonaba determinante y me alegré—. Qué alivio, ¿eh?

—Tenéis aspiraciones diferentes.

—No es un gran consuelo, pero ¿qué más da? Nunca me gustaron los dramas.

Apagó el cigarro en el tiesto que tenía al lado. El pequeño arbusto que lo adornaba estaba mustio desde que lo usábamos de cenicero. Roy se levantó y esbozó una sonrisa de medio lado.

—Me aposté con Laura que lo vuestro acabaría mal. He perdido cincuenta euros, pero estoy muy contento.

Cuando volví a la habitación, Gabriel ya se había dormido y emitía un ligero ronquido. Tenía su brazo derecho extendido con la palma caída hacia arriba. A mí me pareció que su cuerpo me llamaba. Limpié el estropicio y no pude hacer más que acurrucarme en su pecho y quedarme dormida.

Desperté agarrada a su brazo, con la cabeza apoyada en su hombro y una sensación extraña en el estómago. Soltó un sonoro bostezo que me obligó a abrir los ojos y liberarle para que pudiera recuperar el movimiento.

—Qué dulce tortura… —murmuró con sarcasmo, crujiendo los huesos de la espalda—. ¿Cómo has llegado hasta aquí, guapa?

—¿No te acuerdas?

—Sí, dijiste que te ibas.

—Cambié de opinión. Quería volver a decirte que estoy enamorada de ti, por si no me habías escuchado bien.

Gabriel se echó a reír, escupiendo la exaltación desmesurada que le hacía mover la pierna con nerviosismo.

—¿De verdad necesitas que te lo diga con todas las letras?

—Pues sí.

—Cielo, yo había estado enamorado antes, pero esto nuestro no se le parece.

Así que no sé si en realidad no lo estuve nunca o existe algo más grande que el propio enamoramiento.

Yo no me atrevería a ponerle nombre. —Abrí los ojos con indignación, ¡con lo que a mí me había costado confesarlo!

—. No me mires así, Leire, ¿no ves que me vuelves loco?

Adoro todo de ti. Tu devoción por los demás, tu inteligencia, esa lucha encarnizada contigo misma por ganar una libertad que se te escurre entre los dedos.

La repentina inseguridad cuando te quitas la armadura y me sonríes mostrándome todo lo que llevas dentro.

Todo, Leire, todo, hasta el olor a humo que se te impregna en el pelo cuando fumas.

Se me escapó una risotada.

—Yo quiero una vida a tu lado, pelirroja. Todo contigo.

—Yo también quiero.

—Y hoy no tiemblas al decirlo, ¡qué bien! —Se rio.

Le di un manotazo certero en el pecho que le arrancó un quejido.

Él me lo devolvió mordiéndome en el cuello.

Luego un abrazo, un beso largo, sostenido en el tiempo, perdido en las muchas cosas que nos habíamos dicho y que olvidaríamos enseguida, porque al final lo que prevalecía eran los besos, las sensaciones, el calor placentero de un cuerpo arropado por un alma parecida a la nuestra. Después se levantó de un salto.

—¿Dónde vas?

—A la ducha. Apesto a alcohol y a sustancias ilegales que no fumé.

Esperé unos minutos hasta oír el agua caer.

Entré en el lavabo a hacer pis. Ya habíamos compartido esa clase de intimidades antes.

Quería lavarme los dientes. Y tras aquella necesidad me asaltó una evidencia que resultaba irrefutable.

«Si cojo un cepillo y lo dejo aquí —me dije—, estoy reivindicando mi presencia en esta casa, haciendo de este lugar algo mío, casi como si viviera aquí.

Entonces lo nuestro se agranda, se clarifica, y poco a poco vamos cediendo terreno».

Me miré furibunda en el espejo. ¿Qué necesidad tenía de buscarle el sentido a cualquier nimiedad?

¿No debería estar yo abrazándome al miedo?

—Gabriel, te cojo un cepillo de dientes —dije con parsimonia.

Limpió el vaho que se acumulaba en la mampara con la mano y me miró, curioso.

—Lo dejaré aquí, para las veces que me quede a dormir.

—Me parece bien, cielo. —Sonrió—. Voy a salir de la ducha.

Era en ese momento cuando yo salía del baño y esperaba a que se pusiera los calzoncillos Calvin Klein que me hacían perder la consciencia de todo. Y ya solo quería arrancarle la ropa. No había nada más perverso que esconder lo que el otro deseaba ver.

—Vale. —Me encogí de hombros y no me moví.

Salió de la ducha y se secó con la toalla. Primero el cuerpo, después el pelo. Se lo peinó con los dedos, distraído, ya sin toalla que lo cubriera. Lo observaba, tan impertérrita que parecía una estatua de cera.

—Tienes unos ojos para morirse en ellos —me dijo haciéndome pestañear.

—No es eso lo que querías decirme.

Gabriel frunció los labios conteniendo una sonrisa.

—No, es verdad. Estaba pensando en otra cosa.

Se acercó desnudo, y su desnudez me pareció cálida y apremiante, una verdad arropada por capas de tela que ahora se descubría, impaciente y extática.

—Ven. —Me empujó hacia él, rodeándome con los brazos—. Quítate la ropa, quiero verte desnuda.

—Quítamela tú.

Había algo distinto en él, una clara iniciativa. Me sacaba cada pieza de ropa con decisión, con un portento seguro y entrenado. Gabriel me desató el sujetador con un simple movimiento de dedos. No había inocencia en sus ojos, eran fuego. Me tocaba con manos expertas, ávidas, ansiosas.

—¿Tienes frío, cielo? Vamos a la cama.