La libertad de los seres efímeros 17 #3
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Tenían cierto parecido. Su primo era mayor, de la misma altura, con el pelo corto y la barba descuidada.

Los mismos ojos relucientes de inocencia, de pesado convencimiento, capaz de revertir cualquier duda.

Ahora me daba por pensar que aquellos ojos siempre fueron su mejor aliciente, el anzuelo que se enganchó a mi boca y me arrastró al dulce desastre.

Y me veía en sus ojos, mi pequeño reflejo, mi otra yo inventada que se diluía, un renacer nuevo, casi con miedo, pero limpio y despojado de armaduras.

Sus ojos, aquella estúpida pero necesaria inocencia para abrir las alas y echar a volar.

—Pues vamos a bailar.

La chica cogió a su primo de la mano para acercarlo, balanceándose con gracia. Tenía un cuerpo hermoso y sus tacones repiqueteaban fundiéndose con el eco de la música que llegaba del piso de abajo.

—Gabi, tú también —insistió ella.

—¿No tienes suficiente conmigo? ¿También te gusta él?

—¡Es que es muy majo! —Se rio con malicia y se abrazó a su primo.

—¡Gabi levántate, coño! Mira lo que te pierdes. —La cogió de la cara y le dio un beso sonoro en los labios.

Gabriel seguía observando desde el suelo, entre aburrido e incómodo.

—Qué va, yo paso.

Entonces perdí el equilibrio y la puerta se abrió más, dejándome al descubierto.

—Anda, pero si es la chica de los cuadros.

—Leire. —Gabriel me sonrió con una emoción contenida.

Intenté aparentar normalidad, aunque por dentro me notara compungida por la escena y la propia decepción de verme convertida en una cotilla.

¿No podía traducirse esa oscura curiosidad en una falta de confianza?

Él no había sucumbido y yo me sentía ahora la mala del cuento.

Me acerqué a él y lo ayudé a levantarse.

Tenía el pelo revuelto y los ojos brillantes.

—Estoy bien, pelirroja, es que el loco de mi primo carga demasiado los cubatas.

—Me llamo Dani, ya que no nos presenta. —Me dio dos besos—. No lo mires así, que se ha portado bien.

Me guiñó un ojo y caí en la cuenta de que había forzado la situación sabiendo que yo miraba. Me puse colorada y quise defenderme.

—Es libre de hacer lo que quiera.

—Sí, ya me ha contado que tenéis una relación muy rara.

Gabriel se echó a reír y me cogió de la mano.

—Vamos, que estoy harto de aguantarles la vela.

Una pareja se besaba con desesperación en el pasillo, avanzaban con intención de meterse en su cuarto. Los detuve a tiempo, increpándolos, mientras Gabriel se apoyaba en la pared y apuraba la copa.

—Qué os pensáis que es esto, ¿un hotel? —grité indignada.

Gabriel no hacía más que mirarme con una sonrisa estúpida.

La pareja, sin ánimos de rebelarse, se escapó escaleras abajo.

Su primo quizá estuviera haciendo del estudio otro sitio perfecto para aparearse y aquella casa donde yo siempre encontraba paz y tranquilidad era hoy un hervidero de hormonas alcoholizadas.

—¿Cómo se te ha ido tanto de las manos? —le recriminé.

Luego bajé las escaleras con él detrás, aferrado a la baranda. Leiva cantaba «te quiero reventar la boca» y Gabriel me absorbía con sus ojos como si quisiera hacer realidad esas palabras.

—Estás tremenda, pelirroja.

Puse los ojos en blanco y busqué un hueco donde acomodarlo en el sofá. Lo empujé con delicadeza a la vez que me agarraba y me tiraba encima de su regazo.

—Estos pantalones deberían estar prohibidos —insistió, tocándome el trasero.

La tela de mis pantalones de cuero rechinó entre sus dedos y lo frené, sintiendo la atención indiscriminada que estábamos generando a nuestro alrededor.

—¿Qué haces? —le pregunté.

No era una pregunta real. Solo una parada, un suspiro, el corazón ralentizándose para no salir disparado por la boca.

—Me gusta tocarte, ¿no quieres que lo haga?

—No lo sé.

Él me sonrió con ternura y me apretó entre sus brazos. A Gabriel le hacía mucha gracia verme así de vulnerable, tan diferente de aquellos primeros encuentros donde mi coraza me protegía y me sentía un alma indestructible.

—Cielo, eres tan adorable cuando te quitas la armadura, y yo aquí intentando meterte mano. No soy nada romántico, ¿eh?

—No quiero que lo seas, solo que sientas de verdad.

—Ya lo hago, ¿aún lo dudas?

Nos besamos fugazmente en los labios. Me sentí como otras veces, sobrepasada, y decidí marcar distancia.

—Voy a buscar algo de beber.

—Trae algo para mí. —Yo le reprobé con la mirada—. Lo bueno de estar en casa es que puedo caer inconsciente en mi propia cama.

Gabriel… ¿por qué me desbordaba? ¿Por qué seguía tragándose el aire que respiraba? Y aun así qué dulce asfixia.

Cogí dos cervezas de la nevera y descubrí las siluetas de Roy y Sonia apoyados en el mármol de la cocina. Había algo en ellos que se había resquebrajado, la armonía de una amistad de por sí extraña. Me acerqué despacio y reconocí la marca del pintalabios de Sonia en la boca de él.

—¿Os habéis besado?

Roy me rodeó el cuello con el brazo y juntó su cabeza contra la mía, en un gesto muy cercano y muy suyo.

—Te vas a reír. Yo le dije: «Te voy a besar»; y ella respondió: «Nadie me besa si yo no quiero». Entonces me lo tomé como una provocación (ya sabes lo gallito que me pongo), así que exclamé: «¡Pues te apartarás si no quieres que lo haga!». Y no tuvo tiempo de reaccionar cuando le estampé la boca.

—Ha sido una tontería —se justificó Sonia.

Lo decía ausente, como si estuviera lejos de allí, lejos de sí misma y de mí. No lograba entenderla.

—Me resultas patética cuando mientes —le dije, dolida.

—No hagas de esto una tragedia. No ha sido nada, ¿vale?

—Nada —repitió Roy y había resentimiento en su voz.

—Nada —repetí yo—. Solo has jugado con los sentimientos de los dos.

—Lo mismo que haces tú con Gabi. —No contesté—. Somos iguales, unas cobardes.

Sonia se fue al comedor. La vimos rebuscar entre las montañas de ropa para coger su abrigo.

Le temblaban las manos, se estaba desmoronando y no soportaba que nadie la viera.

A las dos nos avergonzaba mostrarnos indefensas.

«No —me dije—, tú no eres como ella. Tú no harías daño a Gabriel. Tú le quieres».

—Leire… —me llamó Roy—. Vamos a hablar un momento.

Observé a Gabriel desde la distancia. Se reía escandalosamente con un amigo.

Su sonrisa llevada al límite, la alegría convertida en una melodía pegadiza y estridente.

Ahí quería estar, aun sin ser yo completamente libre, esperando convertirme en la persona capaz de arrancarle aquella risa.

Le di a Roy las dos cervezas y me acerqué veloz a Gabriel, sin pensar en nada más que en mis ganas de sentarme encima de él y hundir mi boca en la suya hasta ahogarnos.

Lengua y saliva, sin romanticismo alguno.

El deseo carnal ligado a las emociones más desbordantes.

Y me frenó él, cogiendo aire como si acabara de salir del agua, entre los silbidos apremiantes de sus amigos y la risa incrédula de Roy.

—Empiezo a hacerme a la idea de cómo va a ser esto contigo —me dijo con una sonrisa espléndida.