La libertad de los seres efímeros 17 #2
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—Te quiero mucho, Leire. Soy muy feliz cuando estoy contigo —murmuró.

—Me encanta que me digas esas cosas. Me vuelven boba, pero me encantan.

—Creo que los dos nos ponemos muy tontos últimamente. —Se echó a reír.

Volví a besarlo otra vez en el cuello. Deslicé mi lengua hacia abajo trazando mi propio mapa en su piel. Su respiración se agitó y emitió un leve gemido, como un ronroneo de gozo que se le escapaba de la garganta hasta llenarme la boca. Me revolví por dentro, desatando mi propio fuego.

De pronto me invadió la prisa. Me quité el jersey y lo tiré al suelo, quedándome en ropa interior.

Esperé unos segundos, impaciente, a que él hiciera lo mismo.

Sin embargo, se limitó a observar aparentemente tranquilo cada centímetro de aquella zona de mi cuerpo hasta ahora desconocida.

Me entró el pánico, nadie me había mirado nunca con esa pasmosa lentitud, como venerando mis formas, como quien mira un cuadro intentando descifrar su simbolismo.

Volví a tomar la iniciativa y le insté a desvestirse.

Estiré de su jersey hacia arriba con fuerza.

Gabriel se reía mientras me ayudaba. Lo abracé notando su piel caliente sobre la mía.

Sus dedos dibujaban un camino ascendente hacia mi sujetador.

—Aún no —le pedí.

—¿No?

Se incorporó un poco para dejar un beso suave sobre mis labios.

No entendía por qué de repente me sentía tan indecisa, como si no supiera qué hacer o qué esperar.

La extrañeza me retenía las ganas. Era tan nuevo todo aquello.

El tiempo que dedicaba Gabriel a besarme la frente, la nariz, los párpados, para después mordisquearme la barbilla, y me confundía en un juego de niños para luego deslizarse por mi cuello y yo volvía a sentir que me abrasaba.

Sus piernas me balanceaban encima de él para que nos rozáramos, en un baile que nos excitaba cada vez más.

Sus manos se posaron sobre mis pechos y me volvió a quemar el fuego.

Le desabroché los pantalones de un tirón e inicié una lucha encarnizada con su cremallera.

—¿Por qué corres tanto? —Esbozó una sonrisa traviesa.

Hice un mohín apenas imperceptible. Yo estaba acostumbrada a controlar la situación y hoy parecía una idiota.

Entonces sentimos el ruido de unas llaves en la puerta, casi al mismo tiempo que la figura de su madre cruzaba el umbral.

—¡Mierda! —exclamó Gabriel y me bajó de su regazo para levantarse.

Me dejé caer al suelo y busqué mi jersey con desesperación. Consuelo tenía el rostro descompuesto, sus ojos pasaban del torso desnudo de su hijo al mío, ratificando lo que acababa de suceder.

—¿Te has vuelto loca? —gritaba Gabriel—. ¿Es que no puedo tener un mínimo de intimidad?

—No me grites, siempre he entrado a mi antojo y nunca te has puesto así.

—¡Porque nunca me habías pillado con nadie, joder!

Gabriel me miró de reojo un breve segundo. ¿Dónde demonios estaba mi ropa? Me tapé con un cojín, recuperando algo de dignidad. Consuelo no parecía dispuesta a marcharse aún.

—¿Y yo qué iba a saber? Mira de qué forma me he enterado de que tienes novia.

—No evadas la culpa, aquí lo que falla es tu sentido común.

—¡Y el tuyo también! —se encabritó ella—. Si no fuera por mí tendrías todo esto como una pocilga y así me lo agradeces. Pues voy a dejar de preocuparme por tus cosas. ¡A ver cómo te va a partir de ahora!

—¡Genial! Es lo que quiero. Guarda tus malditas llaves para situaciones de emergencia y llama a la puerta como todo el mundo.

—Muy bien. —Esbozó una sonrisa de triunfo. Por primera vez en la vida, me cayó bien—. Ya vendrás a buscarme cuando no sepas poner la lavadora.

Consuelo salió de la casa rebotando la puerta contra la pared, con la plena seguridad de que su hijo volvería a buscarla.

A mí esa situación me había parecido surrealista desde el principio.

Siempre creí patético que aquella mujer siguiera haciéndole todo el trabajo sucio.

La cruda realidad era que Gabriel estaba demasiado acostumbrado a los cuidados de su madre y no pude evitar reírme cuando fue consciente de lo que había provocado y me miró con preocupación.

—¿Sabes poner una lavadora? —Me miró con el ceño fruncido.

—Ay, Gabriel, tu madre te está haciendo un gran favor…

Para nuestra incredulidad, Roy, Cristina y Mireia aparecieron después. Los dos habíamos olvidado que aquella noche se organizaba una fiesta para celebrar el inicio de las vacaciones de Navidad.

—¿Qué hacéis con la puerta abierta? —preguntó Cristina cargada con una caja de cervezas.

Luego se dio cuenta de que íbamos sin camiseta y Gabriel seguía con el pantalón desabrochado.

—¡Eh! ¡Tienes a una pelirroja semidesnuda en tu comedor! —exclamó Roy—. ¿Qué coño estabais haciendo?

Gabriel dejó ir un bufido de frustración. Daba la sensación de que todo estaba orquestado para fracasar. Volví a vestirme, con mi ropa y con mi escudo, y mi recobrada seguridad.

—Jugábamos a las cartas, ¿a ti qué te parece? —le solté a Roy.

—Pues los dos tenéis cara de haber perdido.

—No, hemos ganado mucho —le dije.

Realmente lo creía así. Aunque mis dudas se mantuvieran intactas, aunque estuviéramos un poco abocados al desastre.

Resultaba paradójico pensar que era esa indecisión y ese aturdimiento en los momentos de más intensidad lo que me demostraba el amor que sentía por Gabriel.

Así que me acerqué a él, y delante de todos, lo besé en los labios.

Así empezamos a ser, aunque ya hubiéramos sido desde hacía tiempo.

Más tarde, en el Atlanta, me arreglaba para la fiesta.

Me sentía agotada de emociones y del intenso trabajo que no me había permitido recobrar el aliento.

Sonia se maquillaba a mi lado en la barra, con un espejo de mano que las dos compartíamos, porque el lavabo era tan pequeño que daba la sensación de ahogarse allí dentro.

Yo había supuesto que venía conmigo, aunque no me dijera nada —me veía obligada a hacer teatro, a convencer a José de que aquello había sido idea de las dos, cuando la realidad es que había sido idea de Roy—, y andaba nerviosa por todo; por lo mío y por lo suyo.

Me temblaban las manos y, en un descuido, me desquicié la raya del ojo con el lápiz.

—¡Soy una inútil! —vociferé dando un golpe en la barra.

—Ven aquí, anda —me dijo Sonia con voz suave.

—Te oigo berrear desde el lavabo. —Se rio José, subiéndose la bragueta a la vez que caminaba hacia mí.

—Hoy no tengo el día —lloriqueé.

—No seas dramática, ¿se puede saber qué te pasa?

—Es Gabriel…

—Os habéis vuelto a meter mano —intervino Sonia.

—¡Se lo ha tirado! —exclamó José.

Adam, que estaba a punto de marcharse, se giró para prestarnos atención.

—¡No! —respondí yo, molesta. No soportaba que le otorgaran tanta vulgaridad a nuestra relación—. No nos hemos acostado, pero casi. Y aunque lo hubiera hecho sería como una primera vez. Por eso me da tanto miedo.

—Estás enamorada —afirmó José.

Y su sentencia cayó sobre mí como otro peso invisible.

Después nos fuimos hacia la fiesta, muy indiferentes las dos, simulando que la situación era de lo más normal, que nada especial nos esperaba allí. Sonia se liberaba de sus propias cargas cuando salíamos las dos juntas. Antes de que todo empezara a complicarse, yo le decía:

—Gracias a mí no te oxidas encerrada en casa.

Y me reía de ella porque odiaba que la llamara vieja. Conmigo recuperaba esa parte de nosotros mismos que se apaga con la edad: la dulce inocencia. El saberse un iluso sin pensar en las consecuencias.

El ambiente en la casa era distinto al de otras veces.

Lo sentía recargado y eufórico, lleno de ruido y de personas que aglutinaban el espacio haciendo la casa mucho más pequeña.

Hacía un calor sofocante. Nos quitamos el abrigo y lo dejamos en el montón que se acumulaba en la entrada.

Cristina me había abierto sin demasiada ceremonia.

Ella siempre era alegre y hoy estaba extraña.

—¿Dónde está Gabriel? —le pregunté.

Se encogió de hombros y volvió a sentarse a la mesa, donde estaban jugando a las cartas. Mireia me saludó con un movimiento de cabeza. Había chicos de la universidad y gente que no conocía de nada, mayores que nosotros.

—Ahí está Roy —me avisó Sonia.

Se acercó contento de vernos. Podía predecirle cierta expectativa. Los dos se miraron callados, casi con vergüenza. Yo esperaba que alguien hablara, un saludo para romper la incómoda tensión de dos personas que no saben qué camino tomar.

—Ha venido el primo de Gabi, es un poco liante. Ha traído a unos cuantos amigos y esto se ha desmadrado un poco. Bueno, esto y tu no-novio. Date una vuelta a ver si lo encuentras.

Sonia sonrió encantada por la idea. Yo sonreí con indulgencia porque la quería. A José también, pero era complicado ser crítica cuando sentías lealtad infinita hacia las dos partes.

Deambulé por la casa como una sombra, arrastrándome con premura entre los rincones, escuchando las conversaciones ajenas sin estar interesada por ninguna. Lo busqué en el segundo piso.

Tras la puerta de su estudio oí una voz femenina.

—Qué bonito dibujas —decía.

—¿Quieres que te dibuje a ti? —Una voz de hombre desconocida.

—¿Ahora?

—Gabi, dibújala. Venga, ven.

La puerta entreabierta me permitía observar escondida la actitud de Gabriel. Estaba tumbado en el suelo, desmadejado y desidioso. Se incorporó para sentarse y se pasó las manos por el pelo.

—Venga, primo. Mírala, qué belleza, ¿verdad que es guapa?

—Mucho —contestó él, pero no se movió.

—Me parece que no está en condiciones. —Se rio su primo.