La libertad de los seres efímeros 17
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Tal excitación llevaba encima que las horas en el Atlanta pasaron entre ensoñaciones y vagas reproducciones de lo que había sido besar a Gabriel.

¿Dónde había estado mientras mi boca le daba paso y mi lengua le acariciaba?

Era otra yo, mi parte valiente y libre vagando sin remordimientos.

El recuerdo burbujeaba en mi estómago y solo me quedaba su olor impregnado en mi ropa, el tacto de sus manos, su risa casi infantil, sus ojos ávidos por conocerme de cerca y ese mechón de pelo que se le escapaba del flequillo.

El beso me evocaba sensaciones tan desconocidas que era incapaz de proyectarlo, de acordarme de los detalles.

Del beso solo tenía la sensación de haberme resucitado por dentro, como en un estallido de luces, cegándome por completo.

Llegó la noche y me tumbé en la cama ansiosa de seguir imaginando. Sentía deseos más fuertes de cerrar los ojos para verlo, como hasta ahora había tomado por costumbre, y, temerosa de romper ese hechizo que me permitía vivirlo con intensidad, postergaba el momento de hacerlo real.

No debía de ser más de medianoche cuando desperté de un sueño ligero, de esos que dan la sensación de no haber dormido nada.

Se oían gritos en el salón. Mi padre golpeaba muebles de nuevo, aunque lo hacía con tanta torpeza que no me cupo duda de que iba borracho.

Salí como una sombra deambulante de mi cuarto, atraída hacia los desastres para alimentar mi propio caos.

—¡Leire! ¿Tú también te has ido? —gritaba sin verme.

—Estoy aquí —le dije al fin, apareciendo a su lado.

—No fui un mal marido. Tú lo sabes, chiqui, ¿verdad? Y ahora soy un mal padre…

—No, papá, solo estás triste. Tienes que centrarte, ¿vale?

Se dejó caer en el sofá. Bajo la tenue luz de la única bombilla que quedaba en la lámpara, me pareció destartalado. Demasiados embistes había aguantado, demasiadas veces había acogido a cuerpos derrotados que buscaban un hueco donde empequeñecerse.

—Me ha destrozado, Leire. Me ha matado por dentro. Nunca te enamores, chiqui, el amor es una calamidad.

De repente me asusté. Fue un sobrecogimiento esperado. Mi padre tenía el mismo miedo que yo, y él ya había sufrido las consecuencias. Hasta ahora todo había sido menos intenso, insípido pero indoloro. El querer a Gabriel se me hacía una trampa.

—Papá —le llamé con voz temblorosa—. Estoy aquí.

Me cogió de la mano y cerró los ojos. Poco después se quedó dormido. Yo no dejaba de cavilar en lo que nos estaba ocurriendo. En esa horrible sensación de estar acompañado y sentirse tremendamente solo.

Gabriel me llevaba de la mano. Era un día extraño, un jueves en vísperas del puente de diciembre.

El preludio a las vacaciones de Navidad.

Yo miraba nuestras manos entrelazadas y no podía hacer otra cosa que sonreír e hinchar el pecho como una idiota.

Y, sin embargo, la sombra del recuerdo de la noche anterior se cernía sobre mi ilusión para hacer brotar las dudas.

—¿Por qué no te quedas conmigo? —me insistía Gabriel, indignado por el último capítulo que había protagonizado mi padre—. No te hace falta marcharte a ningún sitio. No tienes por qué seguir soportando esto.

Miré a Gabriel atónita. Mientras, dentro de mí chocaban emociones contrapuestas: lo que quedaba de mi fortaleza y esa parte resignada y dispuesta a que la salvaran.

—¿Te estás oyendo? ¿Cómo me voy a ir a vivir contigo? Así no se solucionan las cosas.

—¿Y huyendo a Barcelona sí? —me recordó.

—¡No voy a irme! Solo estaba desesperada.

Me pareció que suspiraba de alivio. Se paró a tres pasos de la puerta del bar del campus. Sus ojos castaños me miraban amables y comprensivos.

—Lo que intento decirte es que tienes un lugar donde ir si algún día vuelves a perder la fe.

—Lo sé, es que… últimamente hacemos demasiadas cosas de pareja —solté de repente.

—¿Qué gilipollez es esa?

Yo no contesté. Me mordí el labio y jugueteé con sus dedos.

—Pero a ver, pelirroja —esbozó una sonrisa traviesa—, ¿me quieres explicar qué diferencia hay entre ser amigos o novios? Con nosotros ninguna, está claro, nuestra relación no es muy normal. Estamos en boca de todo el mundo.

Le solté de la mano y adopté una actitud defensiva.

—Joder, Gabriel, si lo llego a saber no te beso.

Lejos de molestarse, se rio escandalosamente.

—No mientas —me contestó—. Tenías muchas ganas de besarme.

—Y tú te has vuelto muy gallito desde entonces.

Apareció Roy, como si hubiera estado esperando el momento oportuno para ayudar a su amigo.

Había algo en él que me resultaba despreciable últimamente.

Sentía un rechazo involuntario cuando le miraba y le recordaba observando a Sonia.

José fingía no saber nada, y todos lo sabíamos, pero tampoco decíamos nada.

De alguna manera, sentía que me convertía en espectadora, que mi desacuerdo se transformaba en inmovilismo, y así con todo: Ainhoa, Valen, Sonia, José, Roy…

Y Gabriel también, quien, comprendiéndome como lo hacía él, conociéndome mejor que yo misma, inventaba mil formas de hacerme reaccionar.

—¿Ya estáis discutiendo otra vez? —preguntó Roy.

—Estaba comparando puntos de vista con mi no-novia.

—Coño ¿eso qué es? ¿La fase previa antes de besaros en público?

—¿Qué insinúas? —Caí en su provocación.

—Pues eso, que te escondes.

Esbozó una sonrisa de superioridad y entró sin esperar a que lo siguiéramos.

No era más que puro teatro. Gabriel tenía una necesidad urgente de ponerle nombre a aquello nuestro.

Una negativa rotunda por quedarse en el limbo, a medio camino de lo que habíamos estado evitando sin demasiado éxito.

Debió de parecerles a todos un reto muy interesante.

Yo no soportaba ese afán conspiratorio, de continua confidencia, de cuchicheos a mis espaldas, de sonrisas inocentes al cazarnos en plena faena cuando era bien sabido que una relación —amorosa o no— era solo cosa de dos.

El Atlanta y la universidad se volvieron aliados para un Gabriel dispuesto a sacarme de mi cabezonería.

José y Sonia esperaban nuestros progresos como un nuevo capítulo de su serie favorita; y Roy y Laura nos presionaban continuamente para que nos besáramos con su singular socarronería.

Eran tan iguales que daba la sensación de estar hechos a conciencia para encajar en situaciones como aquella, donde no había nada premeditado.

Empecé a pensar, en mis imaginaciones más esperanzadoras, que quizá entre bromas y risas pudiera nacer algo entre ellos.

Que pudiera volver todo a su lugar, y dejar de parecerme mi vida y la de los demás tan desordenada.

No obstante, había alguien que nadie estaba teniendo en cuenta y que me producía resquemor: Mireia.

Había cierta incomprensión entre nosotras, una mentira que nos creímos desde el principio y que se estaba rompiendo.

Lo único que nos unía eran nuestros sentimientos hacia Gabriel y por eso me sentía intrusa por momentos.

Un día no pude más y fui a esperarla después de las clases. Hacía semanas que me fijaba en ella. Quería verla reaccionar, que levantara la cabeza y se le encendieran las mejillas despertando alguna emoción. Pero nada. Mireia no perdía el control, contenía una marea interior que solo conocía ella.

—Quiero que hablemos de Gabriel —le dije sin miramientos—. Tú le quieres.

Mireia miró a Cristina con la inseguridad que la caracterizaba. Se aclaró la voz antes de contestarme y aun así no pudo disimular la turbación que le provocaba. Creo que ella nunca había dejado de verme como una amenaza.

—Bueno, fue mi primer amor. Pero ya lo tengo superado.

—¿De verdad?

—Oye, Leire —intervino Cristina—. Si lo que pretendes es quitarte a Mire de en medio…

—¿Qué os hace pensar eso? Sé que es su amiga y es importante para él. Solo quiero dejar las cosas claras y que ninguna de nosotras se sienta herida.

—Haced lo que tengáis que hacer —me respondió Mireia con aire despechado.

Se fueron las dos indignadas, como si mi acercamiento hubiera constituido un ataque. No había hecho más que estropearlo y cuando se lo conté a Gabriel aquella sensación se acrecentó.

—¿Por qué has hecho esa tontería? —me recriminó.

—No lo sé, desde que te conocí he sentido que estaba invadiendo un espacio que no me corresponde. Que he acabado de romper algo vuestro…

—¡No hay nada nuestro! Una bonita amistad y un cariño enorme, solo eso. Al menos por mi parte.

Me preocupaba profundamente que mi intromisión pudiera afectar al grupo. Suspiré dejándome caer en el sofá. Gabriel creyó que mi inquietud se debía a un ataque de celos.

—De verdad, cielo, Mireia es como un libro cerrado.

Nunca he sabido ver dentro de ella como puedo hacerlo contigo.

Ni siquiera con Roy consigo tener una conexión tan fuerte.

—Me miró súbitamente emocionado, como si hubiera descubierto la razón de todo—.

Tú me entiendes, compartes mis dudas y mis mismos miedos.

Puedes ser amiga y compañera. ¿Sabes esa sensación de estar rodeado de gente y sentir que no encajas, que estás completamente solo?

Contigo no me ocurre nunca, contigo puedo ser yo.

—Vaya.

Soltó una risa avergonzada.

—Me he puesto demasiado intenso. No quiero que te asustes.

—Ya no me asustas, Gabriel.

Me incorporé y me senté encima de él, a horcajadas.

Le pasé la mano por el pelo. Siempre tiraba la cabeza hacia atrás, entrecerrando los ojos de placer.

Cuando tuve su boca a mi altura, lo besé.

Nuestras lenguas se buscaron sin preguntar, ya empezábamos a conocer nuestros rincones.

Sabía que, al rozar su boca, Gabriel me apretaba contra él como si quisiera hacer de nosotros uno solo, y su mano acariciaba mi espalda hasta enredarse en mi cabello.

—Me encanta besarte —susurró en mi oreja, su aliento me hacía cosquillas—. Desde que lo hicimos la primera vez no pienso en otra cosa.

—Yo tampoco. —Lo besé en el cuello.