16 #2
Fingí indiferencia, aunque la llamada de mi tía me había extrañado.
Sentía una curiosidad mezclada con el desasosiego que me producían sus buenas noticias.
Acompañada, sin embargo, de cierta esperanza que se resistía a abandonarme.
Creía que algún día acabaría por reconocer que aquella relación no le convenía.
—¿Todo bien? —me susurró, sin que los demás lo oyeran.
—No lo sé, ¿me acompañas?
—Claro.
Fuimos al terminar las clases. Me bastó mirarla a la cara para saber que algo le había ocurrido.
Ainhoa brillaba por encima de todas las cosas.
La casa parecía más gris, sucia y vieja en contraste con su alegría.
Gabriel también la miraba con asombro, y entendí su expresión como un esfuerzo por determinar lo que había cambiado.
Era algo que alteraba mucho más que su físico, pero aún no lo sabíamos.
La imaginación ganaba espacio por encima de una realidad que resultaba obvia.
Tuvimos que esperar a los postres. Hoy la comida transcurría especialmente tranquila, aunque se palpaba expectación en el ambiente. Si yo no conociera a Valen, casi me hubiera parecido un buen hombre, con la mano encima del muslo de su mujer, haciéndole arrumacos de vez en cuando.
—¿Lo decimos ya? —se preguntaron en tono confidente.
Gabriel empezaba a impacientarse. No dejaba de mirarme a mí y luego a ellos, como si estuviera previendo cuál de las dos partes iba a estallar primero.
—¡Estoy embarazada! —gritó Ainhoa, descubriendo el misterio.
No hubo celebración por nuestra parte. Mi apesadumbrado silencio y un leve carraspeo de Gabriel que, finalmente, dijo en tono lúgubre:
—Felicidades. A los dos.
—¿No vas a decir nada, Leire? Sé que ha sido algo inesperado…
Negué con la cabeza con energía y sonreí forzadamente.
—Me alegro mucho por ti, Ainhoa.
Y lo hacía con sinceridad, porque ella adoraba a los niños y estaba cumpliendo parte de sus expectativas.
—¿Y a mí no me felicitas? —preguntó Valen con seriedad.
—No, sé con seguridad que jamás serás un buen padre.
Valen golpeó la mesa con la mano abierta provocando un gran estruendo. Todos nos sobresaltamos. Intenté no perder mi entereza y lo miré de nuevo, en actitud desafiante.
—No vuelvas a faltarme al respeto, niñata —me dijo lentamente, como si quisiera saborear su amenaza y en cada palabra creciera de tamaño hasta convertirse en un conflicto insalvable.
Sus ojos estaban teñidos de una ira encubierta, un dique que se había ido desgastando con el tiempo y acababa de romperse.
Valen creía que me había hecho un favor otorgándome tanta paciencia y ahora se sentía humillado y maltratado.
Así funcionaba su mente, y así, desde el egocentrismo, imponía sus deseos a los demás.
—¡¿Crees que puedes venir a mi casa a darme lecciones morales?!
Se levantó con la intención de venir hacia mí, pero Gabriel se interpuso entre los dos.
—¡Apártate, gilipollas! —bramó empujándolo.
Gabriel se agarró a su brazo para atraerlo hacia él y forcejearon unos segundos.
—¡Valen! —gritó Ainhoa, parecía que acababa de despertar de una pesadilla—. ¡Suéltalo! ¡Basta!
Cubría su vientre con las manos, acunando la pequeña semilla que crecía en su interior.
Me acerqué a ellos sin saber muy bien qué hacer.
Sentía el corazón en la garganta y me temblaban las manos.
Gabriel fue quien puso fin a aquel contacto.
Tenía la cara roja —como congestionada— y estaba muy alterado.
—¡Estás loco, joder!
—¡La loca es tu novia! ¡Llévatela de aquí! ¡No vuelvas a pisar mi puta casa!
Tenía las palabras enredadas en la lengua.
Insultos y reproches que deseaban herirlo hasta lo más hondo, y aun así no dije nada.
Gabriel me cogió del brazo y me sacó del piso.
Tenías ganas de pegar puñetazos, llorar, abrazarme a Ainhoa y suplicarle que se alejara conmigo. Pero seguía sin decir nada.
—Leire…
Me tapé los ojos con las dos manos y me apoyé en la fría pared del rellano.
Los ecos de mi respiración agitada resonaban como murmullos fantasmales.
Quizá si no hubiera explotado de aquella manera, pensaba ilusa, aún cabría la posibilidad de convencerla para que se marchara.
Pero llevaba a su hijo dentro, ya no podría desligarse.
Su recuerdo, su presencia, la seguiría allá donde fuera.
Golpeé la pared con todas mis fuerzas, pataleé, gruñí de pura impotencia.
Las manos de Gabriel me cogieron por detrás, aprisionándome entre sus brazos.
—Para, por favor.
Yo rompí el silencio con un sollozo que escapó de las profundidades de mi garganta.
De los que se dejan salir con el dolor rasgando el alma.
Quise resistirme aunque menguaran mis fuerzas, pero la exaltación inicial fue sustituida por un abatimiento extremo.
Gabriel me sujetaba y yo solo quería caer.
Era el paso previo a la rendición, aquella que ya había saboreado —semanas antes había pedido ayuda a mi madre, creyendo estúpidamente que prescindir de esa responsabilidad me quitaría un peso de encima, no obstante, me seguía aplastando—, rendirse me aportaba una calma pasajera, una sensación irreal de triunfo.
Ainhoa salió de repente por la puerta. La entrecerró con cuidado y dejó ir un suspiro, fatigada.
La tranquilidad que me transmitió me recordó a los viejos tiempos, cuando ahogaba mis locuras en la sensatez de sus sermones.
Su imagen de hermana mayor quedaba relegada por la de madre, y ese cambio apenas inadvertido por el resto, parecían sumarle diez años.
—No estoy enfadada, Leire —me dijo con voz queda—. Me preocupa tu actitud. Ya no se trata solo de Valen. —Se puso la mano encima del vientre—. Vamos a formar una familia y necesito que seas parte de ella.
—Ainhoa —intervino Gabriel, arqueando las cejas en un gesto de indignación—. No voy a permitir que se ponga así de agresivo con ella. Empecemos por ahí.
—Está bien —admitió, y hasta me sorprendí por su respuesta—. Ya he hablado de ese asunto con él, no volverá a ocurrir. Ahora déjame decirte una cosa…
Me miró seriamente, como otras tantas veces en las que intentaba disimular su decepción, pero no lo conseguía.
—Empiezas a alejarte de la Leire que conozco. —Me mordí el labio y tan solo fui capaz de articular un sí, carente de vida—. Vive tu vida, por favor.
Quizá por las palabras de Ainhoa acabé caminando hasta allí.
Ella guardaba los pedazos de mí que se habían ido perdiendo por el camino.
Quizá reconstruirlos no sería tan complicado.
Gabriel caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos.
Me gustaba que supiera respetar mis silencios.
Admiraba la capacidad que tenía para entenderlos.
Subimos las escaleras de la Catedral sin pararnos en un solo escalón.
Sentía las piernas entumecidas cuando abrí la puerta de madera despacio y nos colamos en su interior.
Los imponentes muros de piedra me recibieron sobrecogidos por el mismo silencio que reinaba sobre mí.
Allí se respiraba una quietud que pesaba como los años de historia que albergaba.
Una quietud quebrada, tan solo, por los pasos irreverentes de aquellos que no sabían más que mirar aquello que no conocían.
Veía en la caótica afluencia de formas, colores y piedras de distintos tamaños que compartían espacio en perfecta armonía, una semejanza con mi propia vida, solo que yo aún era incapaz de hacerlas convivir en paz.
—No debería haberte pedido que vinieras —le susurré a Gabriel—. No debería meterte en esto…
Mi voz quebrada parecía entonar una oración, mientras que, con la cabeza gacha, fijaba la vista en las inscripciones en latín grabadas en el suelo.
—Me he metido porque he querido —susurró también—. Deja de cargarte la culpa por todo, Leire. Ainhoa ya forma parte de mi vida. Yo también sufro por ella.
Hice un esfuerzo por sincerarme. Fui valiente y le miré a los ojos, sin sentirme frágil y herida por parecer tan vulnerable.
—Estoy intentando ser fuerte, pero… —suspiré y me tragué la congoja. Ya había llorado demasiado.
Gabriel me cogió la cara entre las manos y apoyó su frente contra la mía.
—Ojalá estuviera en mi mano hacerte feliz, cielo, pero no bastaría con eso. Tienes que poner de tu parte, ¿me oyes? —Volvió a mirarme, sus finos dedos acariciaban mi mejilla—. Te quiero muchísimo.
—Yo también —dije con énfasis.
—No puedes olvidarte de ti misma. El tiempo pasa y no vas a poder volver atrás para recuperarte.
Cuando salimos, el cielo se había nublado lo suficiente para que amenazara lluvia. Me dio la sensación de haber entrado en un nuevo escenario, muy alejado del que acababa de dejar atrás.
—Nunca había apreciado tanto este sitio hasta que me lo descubriste. ¿Lo recuerdas? —me preguntó—. El día que me perseguiste hasta la muralla.
—Yo no te perseguí. —Me encarné.
—Me encanta cuando me mientes así. —Me sonrió—. Pareces tan adorable…
Algo me sobresaltó por dentro. De repente las palabras de Gabriel me parecieron una clara evidencia de su amor por mí.
—Ainhoa también cree que soy adorable —me asombré, como si aquello fuera la prueba irrefutable para lo que acababa de descubrir.
—Ella te sabe ver como yo.
Le cogí de la mano y la puse encima de mi corazón. Ya no me daba vergüenza admitir que me latía más fuerte estando junto a él.
—Mira qué me haces. —Me reí nerviosa—. ¿Estás aquí de verdad, Gabriel? A veces creo que eres un espejismo.
—Estoy aquí y no voy a desaparecer —me dijo dándole énfasis a sus palabras con un leve asentimiento.
Ahora me daba cuenta de que era precisamente esa elocuencia en sus gestos y en su forma de expresarse lo que adoraba de él, lo que me permitía alejarme de mi pesimismo. Gabriel era la alegría que añoraba de mis buenos tiempos, la despreocupada certeza de que el mundo nos pertenecía.
Entonces miré su boca como si se tratara de mi refugio.
Cerca de la comisura de sus labios perdí todos mis miedos.
El roce de mis labios desgastados por el frío le provocó un leve temblor.
Una sonrisa se escapó de su boca acogiendo mi anhelo.
Me apreté contra su cuerpo mientras me fundía en sus labios.
Mi boca ya no me pertenecía, y mis manos recorriendo su pelo tampoco.
Cuerpo y mente huían en direcciones opuestas para encontrarse más tarde, exaltadas, confusas y dispuestas a volver a traicionarse.
Así debía de sentirse la libertad, quizá, con esa emoción que, a pesar de ser conocida, llegaba como recién estrenada.
Me gustaban sus besos y las caricias que reseguían mis formas, descubriéndome mi propio camino.
Gabriel besaba lento, como si un segundo durara una vida.
Como si no hubiera más prisa que la de descuidar nuestras bocas al ritmo sinuoso que marcaba nuestro deseo.
Como si nuestras lenguas despertaran de un tortuoso letargo.
Yo había estado dormida de emociones. Yo no había besado de verdad hasta ahora, y me aventuraba a creer que todo lo demás que había hecho tampoco era nada.
Y como dos niños que jugaban a encontrarse, perdimos la noción del tiempo.