La libertad de los seres efímeros 16
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No podría haber imaginado un despertar así. Ocurría a veces que el tiempo se encargaba de apaciguar nuestro estado de ánimo y, transcurridas las horas, aquello que nos afligía nos parecía de lo más absurdo. Ya no recordábamos ni cómo ni por qué nos enfadamos.

Gabriel estaba en mi cuarto. Lo notaba sentado en el borde de la cama, observándome.

Sabía que lo hacía porque sentía la fuerza de su mirada encima de mí, tan sincera e insistente como siempre.

Notaba cómo enredaba sus dedos en mi pelo y yo fingía estar dormida para no poner fin a sus caricias, hasta que mis movimientos me delataron y él me besó en la frente soltando una risita.

—Estás despierta, pelirroja. —Me rendí abriendo los ojos—. Buenos días, guapa.

Me desperecé mientras iba acostumbrándome a la luz que entraba por el pasillo. Gabriel tenía una sonrisa aún más bonita cuando la miraba de cerca.

—¿Cómo has entrado? —le pregunté.

—Me ha abierto tu padre. Me ha hecho jurar que me portaría bien contigo. No ha sido complicado convencerle.

—Tienes cara de bueno, eso te da ventaja.

Se puso serio de repente. Yo no me había reído hasta ahora.

—Leire…, siento haberme comportado como un imbécil.

—A lo mejor exageré un poco… —dije en tono conciliador.

—No importa. Ya he borrado la foto de la discordia y te he traído el desayuno. ¿Crees que será suficiente para perdonarme?

—Ven aquí, anda.

Levanté el nórdico invitándole a entrar en la cama. Tiró las deportivas en el suelo y se estiró a mi lado. Su cara reflejaba una ilusión traviesa e infantil.

—Pelirroja, ¿siempre duermes así?

Miró con descaro mis piernas desnudas y mi camiseta dada de sí que apenas me cubría el ombligo. A pesar de lo bien que me sentaba provocarle y despertar su deseo, me contuve en la respuesta.

—Es mucho más cómodo. Me molesta la ropa cuando duermo.

—Joder, pues la próxima vez que te quedes en mi casa no tengas vergüenza. —Se rio.

Me acabé contagiando de su risa y lo abracé alegre. Lo había echado mucho de menos. No por el hecho de no estar, sino por el vacío que suponía tener que alejarme de él por una tontería.

—No quiero volver a enfadarme contigo —le confesé.

Gabriel soltó un gemido placentero. No eran muchas mis muestras de cariño. Se regodeó en ellas y acercó su cara a la mía para besarme en la mejilla.

—Ni yo, con lo mucho que te quiero… —murmuró apretándome con fuerza contra él.

Aquel abrazo se convirtió en la excusa para no separarnos.

Volvió a besarme mucho más despacio, como si intentara acariciarme con los labios.

Su boca trazó un camino hasta mi nariz, la besó, y después fue su nariz la que se rozó con la mía.

Lo que podría parecer un juego de niños, era una clara invitación a acabar estampado contra mi boca.

Aspiré su aliento a la vez que tomaba consciencia de mi propio cuerpo.

De mis piernas enredadas en las suyas, de su mano caliente trepando por mi espalda.

Todo empezó a tomar un cáliz erótico. Me sentía tremendamente acalorada y solo deseaba sentirlo en toda su plenitud.

Desnudo, piel con piel, solo dos cuerpos.

Me apetecía sentirlo, por primera vez, solo físicamente.

Sin la incongruencia de mis sentimientos.

—¿Puedo tocarte? —me susurró en la oreja.

Me removí tan fuerte por dentro que me sobresalté.

Asentí sin pensar. Yo lo quería ya como algo tan propio, que cuando sus manos empezaron a bajar por mis hombros no sentí esa cercanía como algo extraño.

Y no por sentirlo tan mío, sino por ser tan libre y tan capaz de colarse dentro y llegar a rincones que no conocía.

Ni siquiera me importaba que no me estuviera besando.

La única emoción válida en aquel momento era el descubrimiento de la parte del otro que no conocíamos.

No decíamos nada. Los dos estábamos poseídos por el deseo de nuestros cuerpos.

Su mano subió por mi estómago, por encima de la ropa, con una lentitud abrumadora.

A mí nunca me habían hecho el amor de verdad, y tenía la certeza de que Gabriel era de los que lo hacían despacio, sin prisa, saboreando cada pedacito de desnudez.

Decidí imitarlo y puse una mano por debajo de su jersey; se estremeció ante mi contacto.

No tenía un abdomen fuerte, pero el tacto suave de su piel me provocaba sensaciones completamente nuevas.

Noté el latido de su corazón acelerado mientras me acariciaba los pechos.

Se me ocurrió pensar si no se habría decepcionado al comprobar que eran mucho más pequeños a como los había dibujado.

Yo necesitaba más de él e, impaciente, recorrí el camino descendente hasta hacerme un hueco por debajo de sus pantalones.

Gabriel se desabrochó el primer botón de los tejanos con premura.

Acaricié su pene erecto sin ninguna intención de masturbarle, como un reconocimiento exhaustivo donde fui recibida de muy buena gana.

Él serpenteaba por el interior de mis muslos y yo me abría a él rendida a mis más puros instintos.

Y seguía preguntándome por qué no nos besábamos.

Los besos escondían nuestro lado más tierno, nuestra intimidad mejor guardada.

Era como si a los dos nos diera miedo traspasar ese límite.

Solo éramos cuerpos, carne y juventud en plena lujuria bajo los caprichos del sexo.

Ese pensamiento me perturbó y me hizo sentir sucia.

De pronto me traumatizaba creyendo que Gabriel pudiera sentirme como todas las demás, como algo pasajero.

Como yo había hecho con Adam y todos los que llegaron antes que él.

Retiré la mano y le pedí que parara. Me senté en la cama y cerré los ojos. Gabriel hizo lo mismo. Cuando lo miré tenía la misma expresión desconcertada que yo.

Aquella amistad ya no se sostenía.

Cuando llegué a la universidad decidí contárselo a Laura. La última conversación que habíamos tenido me había ablandado un poco y quise propiciar un acercamiento. No recibí mucha comprensión por su parte.

—¡Lo has estropeado!

—¿Por qué? —La miré estupefacta.

—Vuestra historia de amor es demasiado perfecta para arruinarla por un calentón.

—Algún día tenía que pasar, ¿no?

Éramos humanos con instintos primarios, algunos más incontenibles que otros.

—¡Pero en su momento!

¿Cómo podía saber qué momento era el adecuado?

A mí me parecía correcto si los dos lo sentíamos así, aunque tras las ganas viniera la incertidumbre.

Pero Laura se refería al momento en que los que tenían su papel de espectador miraban con ojos críticos reprobando la situación.

Sin embargo, ¿qué más daba sucumbir ahora o después si iba a ocurrir de todos modos?

En un análisis moral, «antes» me otorgaba el papel de mujer fatal y «después» era lo que se esperaba de mí tras comprometerme con la relación.

Resultaba obvio imaginar que en un mundo verdaderamente libre y tolerante, Laura jamás me hubiera expuesto tal reflexión, pero las mujeres siempre éramos susceptibles a ser juzgadas.

La hora del desayuno no fue mucho mejor. Gabriel y yo permanecíamos distantes a todo lo que nos rodeaba, absortos en nuestro propio mundo.

—¿Seguís enfadados? —nos preguntó Roy.

—No —contestamos a la vez y nos miramos de reojo.

Gabriel se mordió el labio. Luego lo soltó despacio mientras arrugaba el entrecejo.

Ese gesto inconsciente me atacó al estómago y sentí ganas de besarlo.

Yo creía que divagaba sobre el mismo dilema y se debatía entre girarse hacia mí y abandonarse de nuevo o seguir fingiendo que no estaba a su lado.

—Mire, ¿te importa si te dibujo?

Ella lo miró sobresaltada, sin saber qué contestar.

—Me centraré en tus manos. Solo vuelve a coger la taza de café.

Mireia obedeció y todos observamos en silencio cómo esbozaba los primeros trazos.

El séquito de admiradores de Gabriel le había brindado la oportunidad de que sus amigos se sorprendieran de su talento.

Había empezado a buscar nuevas ideas para su colección de cuadros: paisajes, animales u objetos que le llamaban la atención por su peculiaridad.

No obstante, seguía obsesionado por retratar a personas, cuya esencia captaba con suma facilidad.

Yo sabía, sin conocer del todo la opinión que tenía de Mireia, que sus manos, delicadas, suaves y perfectamente cuidadas, le inspiraban pureza e inocencia.

Que tras la aparente fragilidad que denotaban sus actos, había una mujer con suficiente entereza.

Ahora la veía y la comprendía. Mireia no necesitaba un lugar donde refugiarse.

No sentía el deseo de acallar sus pensamientos con la música ni de intentar huir a través del arte.

Ella era feliz y amaba su vida, aunque fuera simple y vulgar como la de cualquier otro.

Comprendí que ella era mi antagonismo y que él se sentía atraído por la parte que menos le convenía.

¿Qué tenía yo que no tuviera ella? ¿Qué influía en nosotros para elegir una persona u otra?

De repente sentía la necesidad irrefrenable de encontrarle sentido al amor.

Necesitaba creer que el destino de mi vida no estaba en manos de un sentimiento tan incoherente como traicionero.

Solo escuchaba el zumbido de mis pensamientos. Solo ruido. El miedo haciéndose hueco en mis entrañas. Solo una voz que hacía tiempo que se debilitaba. ¿Desde cuándo era yo tan cobarde?

—Eh, Leire —me llamó Gabriel—. ¿Estás aquí?

—Sí, sí. —Le sonreí.

El recuerdo de su mano subiendo por mi muslo me sonrojó. A mí que siempre me había resultado fácil manejar a los hombres, no dejaba de dar pasos inseguros.

—¿Quieres venir a comer a mi casa?

—No puedo. Ainhoa quiere verme.