La libertad de los seres efímeros 15 #2
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Sonia le había sonreído con sinceridad, cogiéndolo de la mano, pero sin mirarlo a los ojos.

No quería que se percatara de que la que no estaba preparada ahora era ella.

Esta vez corría hacia el lado contrario.

Su juventud se agarraba con fuerza. Las bajas pasiones, aquellas que se escondían en la exaltación casi frenética de verse deseada en ojos desconocidos.

¿Cómo iba a pensar en ser madre? ¿Qué sería del Atlanta y todo lo que su mundo abarcaba?

Ella había hecho que brotara vida de sus polvorientas paredes.

Y José, tan cínico a veces, se alegraba por sus logros sin poder disimular lo que le disgustaba que pasara tanto tiempo en el local.

Él, que la había respetado como merecía una mujer, le pedía que sacrificara sus proyectos para traer un hijo al mundo.

Y, sin embargo, nadie podría asegurarle que siguieran esperándola cuando volviera.

Yo había estado el resto de la noche en estricto silencio.

No le dirigía la palabra a Adam desde que nos peleamos.

Fue él, quien, arrastrado por el arrepentimiento, se acercó mientras acabábamos de recoger.

Gabriel me esperaba fuera. Ya había cerrado una de las persianas para que no entrara nadie más.

—Leire, espera —llamó mi atención—. Creo que deberíamos darnos una tregua, por el bien de nuestro trabajo.

—Estoy de acuerdo —le contesté con sequedad.

Sacó una crema del bolsillo y me la tendió.

—Ponte esto en el golpe, te irá bien.

Lo miré incrédula e hice esfuerzos por no sonreír cuando le contesté.

—A lo mejor deberías ponértela en la cara.

Mis arañazos se habían convertido en costras. Tenía un aspecto horrible.

—Qué va, me hacen más interesante.

Se me escapó la risa.

—Siento mucho haberme metido contigo —se disculpó.

—Yo no debí arañarte…

—Me lo busqué, nena, de verdad.

Volví a ver aquella ternura que resurgía cuando entornaba sus ojos azules.

—Somos patéticos —dije apartando la mirada, nerviosa.

Adam asintió e hizo una mueca de disgusto.

—Hace tiempo que nos comportamos como críos. No estoy acostumbrado a que me rechacen.

—Creo que podré perdonártelo.

—A ver si al final nos vamos a llevar bien…

Nos echamos a reír y lo empujé en un gesto amistoso.

Gabriel nos observaba a través de la puerta de cristal y supe reconocerle la misma inquietud que sentí yo al encontrarlo con aquella chica en la universidad.

La misma desesperación, la misma rabia irrefrenable que nublaba los sentidos y nos volvía idiotas.

Los celos en su punto más álgido amenazando el curso de nuestra bonita historia.

Así de repugnante lo veía, porque lo había vivido en mis carnes y comprendía los sentimientos que despertaba.

Sus miedos se confabulaban en una mueca imperceptible.

Pero yo ya lo conocía. Ya intuía el preludio de lo que habría de ser el fin de nuestra amistad hacia algo más profundo.

Quizá el aclamado amor. No me sentía tentada a abrazarme a aquel destino y en mi situación gozaba de la ventaja de verme halagada sin correr ningún riesgo. O eso creía.

—¿Estás con él otra vez? —preguntó casi afirmándolo con seguridad.

Observé los andares despreocupados de Adam mientras se adentraba en la oscuridad de la calle. Él nunca me había querido, no me había mirado con ese miedo que brillaba en los ojos de Gabriel. Y aun así ese comportamiento en él me provocaba repulsa.

—¿A qué viene esa pregunta?

—Nunca te había visto hablarle de esa manera.

—Nos hemos dado una tregua. —Me encogí de hombros como solía hacer él, restando importancia.

—Eso no contesta a mi pregunta.

—Joder, Gabriel, no puedo con tu insistencia a estas horas. No. No me acuesto con él, ¿contento? —me encaré.

—No sé por qué te enfadas.

—¡Yo no te pregunto con quién te metes en la cama!

—Pues si me lo preguntas, te diré que solo lo hago contigo —contestó con fingida serenidad.

—¿Qué demonios te pasa?

—Que no sé a qué viene ese cambio de actitud, cuando sabes que es un capullo.

Yo me callé como si quisiera otorgarle parte de razón y volvió a hablarme más calmado, con voz queda y entristecida.

—Estoy preocupado. Primero me dices que te vas y ahora parece que se te ha olvidado lo que te hizo Adam.

—Con Adam ya sabes que me convenía mejorar las cosas. Lo otro está por ver… —Suavicé el tono y le sonreí un poco—. Esta ciudad alberga muchas de las cosas que yo quiero.

—¿Soy una de ellas?

—Sí. —Me sonrojé, porque en el fondo no me estaba preguntando eso.

Gabriel estaba fluyendo con total naturalidad, como sabía ser él.

—Yo empiezo a quererte más de la cuenta.

Me asustaba esa manera que tenía de decirme las cosas.

Había pasado de no despedirse nunca, a vivir como si nuestro final fuera inminente, como si fuéramos a morir mañana mismo.

Parte de la culpa la tenía yo, por el placer soberbio que encontraba al ver a los demás pendientes de mí.

De repente me di cuenta que forzar la situación hasta el punto de estallar, me daba una visión más amplia de la vida.

Quizá pecaba de indulgencia y creía que empezaba a tener el control de lo que me rodeaba. Pero la incertidumbre volvía a imponerse con cada desastre.

A la mañana siguiente fue Laura la que me puso en alerta. Íbamos hacia el bar, cada una ensimismada en lo suyo, cuando dejó ir una exclamación y se paró en medio del camino. De la emoción inicial que se le traducía emergió una mueca que expresaba la decepción más absoluta.

—¿Qué te pasa?

Me enseñó la pantalla del móvil. Era el Instagram de Gabriel. Había publicado el último dibujo que me hizo en su casa, sin camiseta.

—¡Te ha dibujado desnuda!

—¿Qué dices?

Lo observé de cerca. Estaba hecho a carboncillo, aunque a mi cabello le había dado un toque rojizo. En la escena real estaba de espaldas, pero aquí me había inclinado ligeramente para que se viera un pecho.

—Lo mato —susurré para mí.

Empecé a sonrojarme, a mirar a las personas que tenía al lado, buscando algún indicio de reconocimiento. Gabriel ya tenía muchos seguidores en la universidad. Me sentía como si hubiera puesto un foco encima de mí.

—¿Por qué no me cuentas nada? —se lamentó Laura—.

Te pasas todo el tiempo huyendo para no implicarte demasiado, para no sufrir.

¿No ves que no sirve? —Parecía poseída por una inspiración divina.

Seguía—: Ya sé que no me tienes como tu confidente, pero yo te conozco desde hace años, puedo llegar a comprenderte.

Sé que te gustaría que todos fueran felices y, sin embargo, te olvidas de ti…

Ya no la escuchaba porque, por más que le pusiera interés, aquel dibujo acaparaba toda mi atención.

No era mi esencia la que se traslucía de esa imagen, era un anhelo distinto, algo que no podía darle y él deseaba con todas sus fuerzas.

Me enfadé mucho entonces. Mis pies corrían dominados por una ira injustificable.

Yo quería dárselo, pero no podía. Esa dependencia absurda que yo pretendía evitar a toda costa no dejaba de acecharme.

Lo encontré rodeado de un grupo de aduladoras del que parecía disfrutar.

—¡Has colgado mi dibujo! —le grité.

Gabriel me cogió del brazo rápidamente y me empujó hacia un lado.

—No montes una escena, pelirroja —me dijo con condescendencia.

—¡Me has subido a Instagram desnuda!

—Es un dibujo, Leire. —Miró de reojo a la gente que observaba con curiosidad.

—¡Podrías haberme pedido permiso!

—Te recuerdo que fuiste tú —me señaló con el dedo, enfurruñado—, quien me sugirió que mostrara mi arte al mundo. Pues eso mismo estoy haciendo.

Yo cada vez me iba poniendo más enardecida y él parecía haberle robado esa actitud socarrona a Roy.

—¡Pero no a subir algo tan íntimo, maldita sea!

—¡No creo que tengas que ponerte así porque se te vea una teta que, además, tuve que inventarme!

Había cierto reproche en su voz, una sombra de orgullo herido que no entendía y me hacía sentir enferma. Solo tenía ganas de llorar.

—Vale, Gabi… —dije derrotada—. Pues la próxima vez se lo pides a una de tus admiradoras.

—No me llames Gabi para marcar distancia.

—Es que no te reconozco.

Salí del bar acompañada por Laura, que no había dicho nada en medio de la discusión. Fue la primera vez que me vio derramar una lágrima.

Llovía muchísimo. El Atlanta era un barcucho sobreviviendo a la tormenta.

Me estremecía a cada trueno que hacía vibrar los cristales, encogida como una frágil muñeca.

Nunca me había parecido tan triste el invierno.

Ni los días grises ni los amaneceres cubiertos de niebla, ni esas calles adornadas de árboles desnudos que yacían solitarias la mayor parte del tiempo.

Y hoy querían atravesarme con su melancolía.

Y ya no sabía si era yo la que no encajaba en el mundo, o era el mundo el que no quería encajar conmigo.

A cada minuto que pasaba y Gabriel no aparecía, la ofensa era mayor.

No dejaba de reprocharme que el amor —ya sin ánimos de ser romántico— no podía ser eso.

Dejar que el orgullo redujera el resto de los sentimientos a un mero cosquilleo interno.

De pronto, Gabriel actuaba guiado por unos instintos que engullían todo su encanto.

Se le había ensombrecido el alma por el miedo y los celos, y yo parecía una cría con mis pataletas.

José era hoy el reflejo de mis diálogos interiores.

Sentía que mi vida y la de mis amigos estaban abocadas a un terrible vacío.

Todos acabábamos ahogándonos en el mismo pozo.

Quizá el error más común fuera creer que el amor era la respuesta a todos los males, y no un ingrediente más que añadir al caos.

Una contradicción en sí misma que nos removía tan intensamente que, una vez tocados por su gracia, ya no volvíamos a ser los mismos.

—Hay algo que está mal y no sé qué es… —decía José sin levantar la vista de la barra.

Ya había reseguido diez veces las vetas de la madera con la yema de los dedos.

Una manía que le aparecía cuando estaba preocupado y que yo disfrutaba como un elegante baile de sus manos.

Sonia lo había saludado con la misma sonrisa de siempre.

Ese era el problema, que la tenía tan bien ensayada que ya no era creíble.

—Trabaja demasiado, el Atlanta la consume —respondía yo, con la esperanza de quitarle ese pensamiento.

Los dos esperábamos comprensión, sin entendernos en absoluto, y entre tanta confusión sabíamos que había algo que nos unía: la cobardía.