La libertad de los seres efímeros 15
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El corazón me latía desesperado en el pecho, como si quisiera salirse y seguir él mismo su ritmo frenético.

Era la expectación continua del inicio del enamoramiento —lo que yo confundía por la simple satisfacción de estar con alguien a quien apreciaba— que luego quedaba ensombrecido por el caos que gobernaba mi vida.

Tenía dos mundos paralelos chocando entre sí que parecían incompatibles.

Se me agotó el último resquicio de paciencia y me vi llamando a mi madre.

Lo tomé como una rendición, aunque en realidad fuera lo más adecuado y lo que tendría que haber hecho hacía tiempo.

Nunca me correspondió cargarme ese problema a la espalda.

Ahora lo sabía y admitirlo me liberaba en cierto modo.

Mi padre dejaba de ser así, mi fracaso personal.

Llegaba el momento en que debía soltar aquello que me dolía para seguir con mi vida.

Unas veces se hacía por valentía y otras, como en mi caso, por desgaste.

Mi madre me conocía lo suficiente para saber que si le estaba pidiendo ayuda era porque estaba desbordada.

—Vente conmigo a Barcelona —me dijo en un arrebato.

En el fondo siempre me había dolido que no me lo pidiera.

Sentía que había huido de mi padre y de mí.

En la misma conversación, me habló del fin de su romance, de las decisiones que se tomaban por despecho y que te volvían más desquiciada.

Por un momento creí que había una mínima posibilidad de que volviera.

Sin embargo, intentar resucitar una relación tan maltrecha hubiera sido traicionar algo que en su día fue bonito.

Se corría el riesgo de estropearlo más y empañar el recuerdo.

Yo no podía llegar a imaginar que el simple hecho de plantear mi marcha generaría tanto revuelo. Aquella solución drástica que todos habían creído improbable hasta ahora iba a cambiar mucho las cosas.

Lo dejé ir en el Atlanta con mucha indiferencia y sin mostrar verdadero interés en esa posibilidad.

Llevaba dos días imaginando mi rutina en la gran ciudad, rodeada de edificios altísimos y carreteras infinitas apelotonadas de coches.

Los cien kilómetros que me separaban de allí me abrían un nuevo horizonte repleto de emociones.

Allí, donde la diversidad de la gente te obligaba a ser más abierto y tolerante, podría sentirme más libre, sin que mis recuerdos me persiguieran al doblar la esquina.

Sin embargo, ¿qué sería de aquellos paseos rodeada de la magia de mi ciudad?

De las caras conocidas que odiaba encontrarme todos los días, pero que sin ellas el mundo tendría un tinte incierto, casi melancólico.

De las personas a las que quería, que me proporcionaban la poca estabilidad que tenía.

Así de contrariada estaba, en un vaivén incontrolable de idas y venidas.

—Pero ¿cómo te vas a ir con el curso sin terminar? —me preguntó Sonia con los ojos como platos.

José tenía la misma expresión. Habían acogido la noticia como algo inminente, cuando el simple hecho de cuestionarlo en voz alta me provocaba náuseas.

—Sería al acabar el curso, claro. Aunque solo lo estoy planteando.

—¿Y Ainhoa? —volvió a preguntar Sonia.

—¿Y Gabi? —la siguió José.

Yo me puse a la defensiva.

—¿Qué pasa con él?

—Conmigo no tienes que fingir, niña…

—Aún no se lo he dicho. De todas formas, no me voy a la otra punta del mundo.

—Pero hay una distancia, y las relaciones así…

—No somos pareja. Somos amigos. Ya no sé cómo decirlo.

—Leire… —me reprendió Sonia en tono condescendiente.

Que le hubiera contado nuestro beso y la noche que pasamos juntos, no sumaba nada bueno a mi favor.

—Sigo teniendo dudas. No tengo claro si lo que siento es lo que él espera de mí. No quiero hacerle daño. Gabriel no es Adam.

—Pues ahí tienes la diferencia —me contestó José—. Con él sientes.

—¿Eso es amor?

Los dos se rieron.

—Eso solo lo sabes tú, pequeña. A mí me lo parece.

Fue a partir de entonces —aunque quisiera negármelo— cuando entendí que el cambio que había notado en su casa al día siguiente de despertarme a su lado era precisamente que a Gabriel lo nuestro le empezaba a parecer amor.

Y lo supe también tras su reacción a la hora del desayuno, una vez les conté que valoraba trasladarme a Barcelona.

—¿Te has vuelto loca? ¿Qué vas a hacer allí? —gritó Roy.

—¿Qué vamos a hacer aquí sin ti? —lloriqueó Laura.

Gabriel se había quedado lívido. Sostenía el carboncillo con el que había estado dibujando en el aire, a la espera que dijera, quizá, una fecha o alguna otra palabra que diera margen a la duda.

Seguía sin comprender por qué lo daban por hecho.

Mi cabeza era un hervidero de preguntas.

Y si aquí no había hallado respuestas, ¿acaso las iba a encontrar allí?

Pero para ellos ese «puede» era un sí definitivo que me condenaba a merced de cualquier reproche.

—No puedes irte —dijo Gabriel con un hilo de voz.

Todos nos quedamos en silencio. Habíamos estado esperando hasta que se pronunció.

—Solo me lo estoy pensando. No seáis tan dramáticos.

—Te quiero demasiado para tenerte tan lejos, pelirroja.

Me miraba como si estuviéramos solos, como aquellas veces en que todo desaparecía y creíamos volvernos invisibles a los ojos de los demás.

—Pero si está a una hora y media, por Dios. —Sonreí nerviosa—. Podría pasar los fines de semana aquí.

—No se trata de tiempo o distancia. Puede que te necesite algún día y no estés. Y una llamada no es lo mismo que un abrazo. Aunque ahora quieras alejarte de tu padre, podría ser peor no tener cerca a las personas que te importan.

No me sentó bien que sacara el tema de mi padre tan abiertamente. Roy y Laura me miraron compasivos, ellos ya lo sabían, aunque no dijeran nada. Cristina y Mireia parecían haber descubierto un enigma.

Estaba cohibida y no me atrevía ni a mirarlos a la cara. No soportaba sacar a la luz mis temas personales con personas a las que no tenía una confianza ciega. Era como exponer en público mis debilidades.

—Leire… —Laura me cogió de la mano por encima de la mesa. Mi humillación iba en aumento—. Solo queremos cuidar de ti.

—Gracias, pero sé cuidarme sola.

Me fui, convencida de que haberles hecho partícipes de mis dudas había sido una idea estúpida que solo sirvió para empeorar las cosas. Gabriel no volvió a sacar el tema, y aquello me asustaba. La sinceridad reprimida no tardaría en manifestarse de un momento a otro.

A mí se me quitaron las ganas de compartir nada cuando llegué a casa.

Lo que había empezado como una expectativa lejana pero factible, lo veía convertido ahora en un motivo más de preocupación.

Mi padre estaba en el comedor con el móvil en la mano y una expresión huraña en el rostro.

Yo recordaba ese gesto de arrugar el entrecejo como la señal de hablarle o dejar pasar el tiempo hasta que volviera a la calma.

Hoy todos sus rasgos me avisaban que pasara desapercibida.

No obstante, mi actitud pasiva no me hubiera librado de su carácter ni de acabar confesando lo que me ocupaba desde hacía días.

—Esto no es un hotel, chiqui. Necesito saber dónde estás —me dijo de repente.

—Podría decir lo mismo de ti —le escupí sin ningún miramiento.

—Por Dios, Leire…, ¿tan complicado es que hablemos como personas normales?

—Me has hecho mucho daño.

—El otro día me trataste como a uno cualquiera —se defendió.

—Será que ya no soporto esta situación.

—Pues no nos queda otra que aprender a convivir.

Le miré apenada mientras se pasaba la mano por el pelo.

Lo llevaba demasiado largo, demasiado enredado.

Mi madre siempre se lo había cortado. Veía cómo sus finos dedos recogían cada mechón.

Lo acariciaba desde la raíz para luego cortarlo de un tijeretazo, brutalmente, dejándolo caer al suelo.

Me recordaba a los árboles despojándose de sus hojas en pleno otoño.

A esas hojas secas y amarillas que crujían al pisarlas.

Mi padre se había secado como ellas y me obligaba a salir huyendo.

—Mamá quiere que me vaya a vivir a Barcelona —dije con torpeza, así lo creía de improbable.

—¿Es lo que quieres?

—No, pero no veo otra salida.

Me refugié en mi cuarto antes de que las lágrimas me consumieran y me colmaran de esa culpabilidad maldita que afloraba cerca de mi padre.

El Atlanta parecía una olla a presión con nuestros conflictos.

Yo sabía que José empezaba a estar muy preocupado respecto a Sonia.

Ella me contó muy afligida que esa noche la había convencido para que abandonara el Atlanta antes de lo previsto y se fueran a cenar juntos a su restaurante favorito.

José creía que estaba dolida por discusiones pasadas que pudieran haberle dejado cierto resquemor.

Y Sonia no dejaba de preguntarse cómo dos personas destinadas a entenderse habían perdido su camino.

Uno no quería malograr nada, a veces era la vida que nos enredaba demasiado.

—¿A qué viene tanto teatro? —se había quejado ella, malhumorada.

José era más bien escueto cuando se trataba de hablar de sus propios sentimientos, pero se había visto obligado a ceder.

—¿Recuerdas que hace unos meses hablamos de ser padres?

Sonia lo recordaba. Ahí empezó a notar que su relación se estancaba, creía que la solución era seguir hacia delante y centrarse en una nueva ilusión. Él dijo que era demasiado pronto.

—Creo que… —había proseguido él—, con todo lo que hemos vivido y con la seguridad que tengo de que eres la mujer de mi vida, es suficiente para decirte que ya estoy preparado.