14 #2
El Juan antes de Lola se había marchado de nuevo. Tan solo quedaba de él un resquicio de humanidad que le permitió arrepentirse cuando abandoné la casa.
Estaba tan cansada que llegué al Atlanta sin darme cuenta de que Adam me acechaba con su mirada desafiante y esa sonrisilla de superioridad que tanto odiaba. El caos atraía más caos y no estaba dispuesta a ponerle freno.
—¡Eh, Leire! —llamó mi atención—. He visto a tu padre en el supermercado. Con las cervezas que llevaba se va a montar una buena fiesta.
Una oleada de calor me invadió por dentro y se me subió la bilis a la garganta.
Apenas había comido por culpa de los nervios y tenía el estómago vacío.
Ni siquiera le contesté, me bastó oír su carcajada maliciosa para que me lanzara a él con todas mis fuerzas.
Nos estampamos contra la encimera de la barra.
Oí tintinear las tazas de café y tiramos una botella de leche en el impacto.
No tenía suficiente espacio para darme impulso y pegarle un puñetazo —tampoco le había pegado a nadie en la vida, me hubiera roto yo en el intento—, así que alargué la mano hacia su cara y le arañé, poseída de la rabia que consumía la poca cordura que me quedaba.
—¡Suéltame! ¡Mierda, Leire!
Me empujó y salí disparada hacia el lado contrario, golpeándome con la barra de madera. Sentí crujir los huesos y un dolor agudo me invadió las costillas. Me quedé sin respiración unos segundos y me encogí escondiendo la cara entre las rodillas.
—¡Estás como una puta regadera! —gritaba Adam, y después casi arrepentido—: ¿Estás bien, Leire? ¿Te he hecho daño?
Gemí a modo de contestación. Me incorporé lo justo para poder mirarlo a la cara. Tenía una expresión extraña, jadeaba, no parecía él.
—No vuelvas a hacer eso, joder. Y ahora vete a casa. Tienes un aspecto patético.
Caminé hacia la casa de Gabriel con los ojos anegados en lágrimas.
Yo creía que moría de la rabia, la frustración de haberme quedado con la misma sensación que antes de pegarle a Adam y un dolor que eran como cien agujas pinchándome las costillas a cada paso que daba.
Recuperé el aliento en la puerta. Estuve a punto de darme media vuelta, pero él ya me había visto por la ventana.
—Pelirroja, estaba a punto de ir a verte —me dijo muy alegre—. Tendrías que haber visto la cara de mi madre cuando le he enseñado el tatuaje…
Se paró en seco y me miró extrañado, dándose cuenta, al fin, de que mi visita no era normal.
—¿Por qué no estás en el Atlanta?
Me mordí el labio y fui hasta él decidida, sin acordarme del dolor que me hizo cerrar los ojos de golpe.
—¿Por qué cojeas? ¿Qué te ha pasado?
—Me he peleado con Adam —dije con voz pastosa—. Le arañé la cara y me empujó. Me di un golpe en las costillas con la barra.
—Déjame ver.
Cogió mi mano y entramos en la casa. Me estiré en el sofá y me hundí junto con mi cansancio, en la piel mullida y dada de sí que ya conocía mis formas. Gabriel me subió el jersey con sus manos calientes sin ningún tipo de pudor, allí no había nada de sensual.
—¿Pero tú has visto qué te ha hecho? ¡Jodido animal! —gritó enfurecido.
—Empecé yo, Gabriel…
Miré mi costado de reojo, un gran círculo rojo empezaba a extenderse por la piel.
—¡Eso no es excusa! Sé cómo eres, Leire, tuvo que provocarte.
De nuevo, una bolsa de guisantes me sirvió de antiinflamatorio, la debía de tener reservada para mí. Me sorbí los mocos, aguantándome las lágrimas.
—Puedes llorar, pelirroja, no quiero que te quedes nada dentro.
Me sentía muy deprimente allí a su lado, incapaz de vivir la vida como cualquier otra persona a mi edad, sin que todo fuera decayendo a mi paso.
Sin que tuviera que insistirme, empecé a relatar la sarta de infortunios que me habían ocurrido desde que nos despedimos en el estudio.
Gabriel me miraba atónito, incapaz de creer en la suerte que me había tocado.
Yo no creía ni en la suerte ni en las casualidades.
La vida parecía más un entresijo de circunstancias puestas a conciencia para llevarnos a algún tipo de crecimiento personal. Y yo intentaba sobreponerme como podía.
—Ojalá pudiera irme de esa casa —susurré sin mirarlo.
—Pues no vuelvas, quédate aquí conmigo.
Últimamente nos poníamos muy intensos y, pasado el momento, volvíamos a tratarnos con normalidad, así que no tomé en serio sus palabras hasta que llegó la noche y ninguno de los dos quiso ponerle fin.
Llamé a Sonia cuando me hube calmado un poco.
Para entonces, ya era hora de cenar y Gabriel intentaba hacer una tortilla sin morir en el intento.
Adam le había contado a Sonia a grandes rasgos lo que había ocurrido.
Me hubiera cabreado bastante escuchar de su boca lo que le dijo, pero esta vez no podía negarle nada, tenía toda la razón.
—No puedes ponerte tan loca —me reprendió Sonia.
Sucumbir a las provocaciones de Adam me dejaba en mal lugar.
Aunque él también se hubiera llevado una buena bronca.
Lo que más me angustiaba es que Ainhoa siguiera sometida a su particular infierno y que mi padre no buscara otra solución que ahogarse en sus penas.
Adam era el menor de mis problemas. Y, a pesar de ello, había acaparado el cauce de las cosas y me había empujado a compartir un momento íntimo con Gabriel.
Me sentía parte de su familia ahora. Aunque ya fuera hogar, estar los dos sentados en pijama —Gabriel me había dejado unos pantalones horribles y desgastados y una camiseta que me iba tres tallas grandes— lo hacía más creíble.
La tortilla había acabado tostada por fuera y algo cruda por dentro, pero nos la comimos con placer por el simple hecho de compartirla.
—Siempre ceno con mis padres —me explicó Gabriel.
—¿Y hoy qué excusa has puesto?
—Pues la verdad, que te quedabas a dormir.
Me imaginaba a Consuelo, la madre de Gabriel, al borde de un infarto. Exactamente igual que el día que me conoció, torciendo la boca en una mueca de desagrado, con los ojos pequeños y asustados.
—Tu madre me odia —dije evocando aquella imagen en mi mente.
—No se lo tengas en cuenta, cree que me has vuelto loco. —Se rio con la boca llena, era adorable—. Yo era un chico muy formal, sin tatuajes ni aspiraciones disparatadas. Mi futuro estaba abocado a heredar la asesoría de mi padre.
—Nunca has querido eso —afirmé muy convencida.
Asintió con aquella sonrisa cómplice que tanto nos desbordaba.
—Tú me comprendes porque me conoces mejor que nadie.
¿Cómo no iba a comprenderlo yo, si éramos iguales?
Dos almas contenidas esperando soltarse bajo la mirada reprobatoria de los demás.
En nuestro mundo y en nuestra manera de hacer, todo iba bien, hasta que entraban en juego los sentimientos y Gabriel decidía ser sincero y yo callaba porque era mucho más fácil ser cobarde.
No sabía si me estaba enamorando o eran más las ganas de que fuera él lo que había estado esperando.
Gabriel tenía una habitación de invitados, pero ninguno de los dos quisimos acordarnos de ella. Era la primera vez que lo veía nervioso y decidí tomar las riendas.
—¿Cuál es tu lado? —le dije antes de acomodarme.
—Me muevo por toda la cama.
—Soy peor que tú, seguro.
—Pues tenemos un problema —contestó comidiéndose la risa.
—He venido a invadirte la cama —declaré muy pagada de mí misma.
—Tú has venido a invadirme la vida, pelirroja. —Se rio.
Me tumbé cerca de la puerta, a veces me daba por pasear por el pasillo cuando no podía conciliar el sueño.
Él lo hizo al lado de la pared, tan pegado a mí que nos rozamos y, una vez tapados con el nórdico, solo fuimos dos respiraciones demasiado aceleradas para poder dormirse.
Su olor y su cercanía me trajeron de vuelta las ganas de tocarlo y sentir el calor abrasándome.
—Leire…, ¿y si te abrazo?
—Eso entra dentro del término amigo.
Me rodeó la espalda con el brazo desde detrás y me acoplé a las formas de su cuerpo. Sentí cómo crecía debajo del pantalón. Me pilló desprevenida y apenas pude articular palabra.
—Gabriel…
—Perdón, va por libre…
Se apartó de mí mientras me daba la risa tonta. Él se contagió y la habitación se inundó de nuestras carcajadas.
—Te quiero —dijimos a la vez; ahora siempre nos despedíamos así.
Le cogí de la mano y le besé los nudillos.
No sabía qué era el amor y, sin saberlo, lo estaba tocando con los dedos.
Desperté entre sueños agitados. Quizá hablé y solté palabras inventadas, grité nombres de personas que habían dejado su pisada el día anterior y puede que confesara cosas inconfesables, de las que no me atrevía a decir en voz alta. La cara de Gabriel lo corroboraba, tenía una sonrisa espléndida.
—Qué guapa eres, pelirroja.
—Ay, Dios…
—Solo diré que he dormido muy bien. —Me besó en la mejilla y se levantó de la cama—. Las chicas y Roy van a venir a desayunar. Duerme un poco más, si quieres.
Escondí la cabeza debajo del nórdico y no salí hasta que oí voces en el comedor y el olor a café me despertó el hambre. Fui al baño y me lavé la cara. El rímel me había ensombrecido los ojos y parecían dos cuencas vacías. Los desastres no los curaba con una buena noche.
Cuando entré en la cocina, hubo algo que cambió en mí.
Mireia se movía con total confianza por la casa, la conocía bien.
Había estado con Gabriel en todas las etapas de su vida, crecieron juntos.
Y a pesar de todo, él la miraba como a las demás.
¿Por qué el amor era tan cruel? Aquellos ojos se llenaban de admiración al cruzarse con los míos, y yo no podía más que sonreírle con cierta tristeza, odiándome a mí misma por ser tan complicada y tener un corazón tan inaccesible.
¿Qué iba a encontrar Gabriel en mí, si no me había enamorado nunca?
Yo le quería de un modo que aún no entendía y empezaba a sentirme muy confusa.
—¿Quieres un café, Leire? —me preguntó Mireia.
—No, gracias.
Me extrañé de que me preguntara, eran pocas las veces que me hablaba.
Empezaba a odiarla. Ella tenía lo que yo quería: una vida normal, apacible, tranquila.
Y Gabriel parecía abocarme a la inestabilidad del amor, a la pasión desaforada.
¿Por qué no podía darme esa amistad segura, sin sobresaltos, que le daba a ella?
¿Por qué todo parecía conducirme al desastre?
Me encendí un cigarro y Roy soltó un bufido indignado.
—Gabi, ¿la prohibición de fumar se levanta para todo el mundo?
—No, solo para ella.
—¿Por qué? —se quejó.
—Porque es ella.
Roy esbozó una sonrisa burlona hacia su amigo y me miró, quizá esperando que dijera algo bonito. Yo no quería entrar en el juego, me sentía interpretando un papel que no me correspondía.
—Tú fumas como un carretero —le solté.
—Igual que tú cuando vas borracha.
Ni siquiera pude defenderme en condiciones. Roy se rio de su propia broma y, cansado de provocarme, cambió de víctima. Cogió un churro y le preguntó a Cristina, con su habitual descaro:
—Oye, ¿tú eres más de porras?
Le metí una colleja desde atrás y se estampó el churro en la frente, llenándose la cara de azúcar. Todos se echaron a reír, aunque no fue suficiente para aligerar el peso implacable que me oprimía el pecho.
—Te odio —masculló girándose hacia mí.
Me refugié en Gabriel y lo abracé por la espalda, mientras seguía trasteando con tazas y cucharas.
—¿Quieres que te prepare un café de los tuyos, cielo?
Nunca me había hablado con esa dulzura impregnada en la voz.
No sé por qué pensé en Ainhoa y en su forma de acariciarme el pelo.
En la ternura que solo encontraba en ella y que ahora me evocaba Gabriel, llenándome de sensaciones contradictorias.
De repente me sentí muy cansada, me parecía que todos esperaban algo que no tenía ni fuerza ni ánimo para darles.
—Es mejor que me vaya, no me encuentro bien —le contesté.
No mentía, el cigarrillo me había girado el estómago. Y tenía el terrible presentimiento de que algo había cambiado entre nosotros.
—Desayuna, luego te acompañaré a casa.
Negué con la cabeza y me puse la chaqueta. Me despedí ante la mirada inquisitiva de los demás. Gabriel salió detrás de mí. La calle olía a cloaca y se había levantado aire de lluvia.
—¿Qué pasa, Leire?
—Necesito estar sola. A veces me sobrepasas.
Él sonrió, aunque lo dijera con desdén.
—Vale, pero no pienses mucho. Hay cosas que simplemente tienen que fluir.
Yo no fluía. Yo hervía por dentro y podía afirmar que no iba a ser capaz de contener mis burbujas.
Acabarían explotándome en la cara.