La libertad de los seres efímeros 14
56%

14

El alcohol no nubló mi mente como para borrarme la memoria.

Tenía el recuerdo latente de aquel beso húmedo y esperanzado palpitándome en el pecho.

La ilusión del momento fue pasajera, convirtiéndose después en un tremendo desaliento.

Lo que me provocaba esa especie de congoja eran las preguntas que me habían sobrevenido con ese nuevo acercamiento y una duda enorme que se iluminaba en mi cabeza como un cartel de neón. ¿Estaba enamorada de Gabriel?

Mi padre se levantó muy dispuesto aquella mañana.

Estaba abstraída por completo del mundo, mirando mi café y la espuma que se iba desinflando cuando recibí un abrazo por la espalda que me tensó los músculos.

Sonrió como si le hubiera hecho gracia cogerme desprevenida, hacía tiempo que nuestras muestras de afecto se limitaban a los dos besos de rigor cuando cumplíamos años.

Yo le notaba falsamente alegre, como si proyectara una parte de él que no era la que le correspondía.

Quizá llevaba tanto tiempo enterrado que ya no lo reconocía y su entusiasmo me parecía demasiado exagerado.

—¿Cómo va la universidad, chiqui? —me preguntó.

—Creo que bien.

Mi padre arqueó las cejas en una señal de incomprensión.

—Estudia, Leire, si yo hubiera estudiado… ¡qué diferente sería mi vida!

A mí me fastidiaba que me dijera aquello porque sabía que había abandonado los estudios cuando mi madre se quedó embarazada, para poder hacer frente a todo lo que se les venía encima.

No podía evitar sentirme culpable. Quizá me tuvieron demasiado jóvenes, sin esperarlo ni quererlo, y por mucho que me amaran después, no dejaba de ser una piedra en el camino.

Así me veía yo a veces, aunque me considerara una persona fuerte y me educaron para serlo, también tenía mis debilidades.

—¿Qué vas a hacer hoy? —me interesé a sabiendas de que era su día de fiesta.

—Voy a ver a Ainhoa.

Me atraganté con mi propia saliva y lo miré con los ojos fuera de las órbitas.

—Voy a tomar las riendas de esta familia antes de que nos caigamos todos por la borda.

Algo me decía que aquel día iba a acabar muy mal, y me daba un miedo atroz. Yo sabía que la vida de mi padre se iba degradando tras cada fracaso.

La mirada insistente de Gabriel caía encima de mí como un peso que me aplastaba el pecho. Iba muy callada a su lado, de camino al estudio de tatuajes. El día era gris y amenazaba lluvia, la fría humedad se remolineaba en mi pelo y me sentía un tanto desaliñada.

—¿Te arrepientes? —me preguntó de repente Gabriel.

Suspiré antes de contestar. Su voz me había liberado de mi propio silencio y querían salirme las palabras a borbotones.

—No, no me arrepiento de nada. Sería mucho más fácil que me arrepintiera, ¿sabes? Te pediría perdón y olvidaríamos esa noche. Pero no puedo, aunque no entiendo por qué.

—Vale.

Lo miré extrañada. Había un amago de confesión bailando en sus labios.

—¿Solo vale?

—Solo pensaba si no estaremos a punto de hacer una estupidez…

Sonrió y me cogió de la mano, dejando la conversación así, suspendida en el aire. Antes de entrar me volvió a preguntar si estaba segura de hacerlo y yo me reafirmé en mi decisión.

No me separé de él ni un segundo hasta que estuvimos tatuados.

Su mano, que me transmitía paz, se mantuvo pegada a la mía.

Fue extraño que en aquella habitación tan aséptica, desprovista de decoración, Gabriel y yo nos mirásemos como si no nos hubiéramos mirado antes.

Con curiosidad infinita, como si nuestro beso hubiera abierto la puerta de un lado oculto mucho más atrayente.

Sonaba una melodía muy bonita de fondo, una canción de Día Sexto con la que me sentí plenamente identificada.

Gabriel también había aparecido en mi vida «como si nada, cuando no creía en nadie, conquistando mi parte cobarde y mis días tristes» .

Esas palabras martilleaban en mi pecho como verdades absolutas.

Mientras, una aguja inyectaba tinta en mi antebrazo.

Un colibrí con las alas abiertas, rodeado de flores, cobraba vida.

La adrenalina corría por mi piel como descargas eléctricas.

Mi sangre ardía de emoción y me sentía exultante, en plena ebullición.

Nos habíamos reído a carcajadas por no saber qué decirnos y ahora iba mirándome toda yo, como si tuviera un cuerpo nuevo.

En dos horas entraba a trabajar y me había despedido de Gabriel porque antes quería enseñarle el tatuaje a Ainhoa.

Ella me abrió la puerta sin demasiado ánimo. Casi había olvidado la visita de mi padre y las consecuencias que habría podido tener. Me sacó de dudas enseguida.

—Tu padre ha venido como un loco, insultando a Valen y tratándome de imbécil.

—Pero… ¿qué te ha dicho?

—Que tenía una venda puesta en los ojos, que estaba tirando mi vida por la borda y que era la culpable de que los dos fueseis desgraciados.

Después la ha tomado con Valen, suerte ha tenido que él se contuviera.

—Hizo un gesto que entendí como un sentimiento de orgullo hacia su novio—.

Lo ha hecho porque es mi hermano y en el fondo le quiero.

Pero me va a costar perdonarlo, Leire. No son maneras.

No eran maneras, aunque tuviera parte de razón. Me preocupaba cómo habría reaccionado luego, pero deseché mis temores intentando alegrarla dejando al descubierto mi obra de arte. La expresión de Ainhoa pasó de la decepción a la sorpresa en cuestión de segundos.

—¡Ay, Dios! ¡Te has tatuado!

—Y Gabriel también. —Sonreí orgullosa, casi con el mismo gesto que ella—. En el mismo sitio y con el mismo dibujo.

—¿De verdad? ¿Qué demonios te ha hecho ese chico? Estás muy cambiada.

—Me siento más viva gracias a él.

Con ella no podía fingir, me conocía demasiado.

—Estoy feliz por ti, Leire. —Estiró el brazo para acariciarme la mano.

En ese movimiento el jersey de lana se le remangó lo justo para dejar entrever una marca amoratada en la muñeca.

El color ya era amarillento y se disimulaba ligeramente con el moreno de su piel, pero yo sabía reconocer aquello que siempre había estado buscando.

Me asaltó un escalofrío. «No la toca», pensé.

Y en mi mente la voz se me volvió suplicante, desesperada.

«No…». Ainhoa se tapó de inmediato al darse cuenta dónde se habían posado mis ojos.

De pronto era como si todo encajara, una justificación cargada de angustia.

Y recordé cómo me había expresado su preocupación por que su carácter se había ido oscureciendo.

Contaba que estaba más iracundo, demasiado silencioso, y le bastaba una palabra mal dicha para que se revolviera en su prisión y culpabilizara al mundo de sus desgracias.

A ella también la metía dentro del mismo saco, aunque lo disculpara continuamente porque solo estaba triste.

No era tristeza aquello, sino una oposición violenta a que cualquiera pasara por encima de su hombría.

Pero Ainhoa tenía una visión distorsionada, era como un animal herido al que debía rescatar como fuera.

Quería hablarle a mi padre de ello. Nunca lo habíamos hecho abiertamente, él por miedo a preocuparme demasiado; yo por no querer estropearlo más y empeorar su relación.

Quería decirle que Ainhoa necesitaba nuestro apoyo a pesar de su negativa, que alejarse no era la mejor solución.

Tenía una sensación de desamparo, de soledad aplastante que se fue convirtiendo en una ira incontrolable hacia Valentín.

Entré en mi casa, las persianas estaban bajadas y reinaba la oscuridad.

Abrí la luz, la mesa del comedor estaba cubierta por una cantidad ingente de cervezas, muchas de ellas vacías.

Mi padre tenía una expresión decadente en el rostro.

Las ganas de expresarme se disolvieron y en su lugar se me instaló una calma inusual.

—Cada vez que me hago ilusiones, me las quitas de un plumazo… —le dije con desprecio.

Antes solía ser más compasiva, pero la paciencia era demasiado agotadora y su imagen demacrada se me pegaba a las retinas y se me aparecía en sueños.

Quizá fue ese cambio repentino en mi forma de tratarle que desató la tormenta.

Mi padre se levantó de la silla, no sin dificultad, haciendo tintinear los botellines que se agolpaban encima de la mesa.

Uno de ellos se derramó y le manchó los pantalones.

Yo me embobé observando el líquido espumoso que se esparcía por el suelo hasta que sus gritos desesperados me sacaron de mi ensueño.

—¿Quién coño te crees que eres? ¡Una mala hija! ¡Eso eres! ¡Ves a tu padre en problemas y solo se te ocurre hacerme sentir más patético!

Yo no decía nada. Por primera vez sus palabras resbalaban de él para morir en el aire, antes de herirme.

—¿Crees que me gusta esto? —seguía gritando—. ¡No me soporto!

—¡Pues cambia! —le solté contagiada de su locura.

—¡No puedo! ¡Joder!

Se giró hacia el mueble que tenía detrás de su espalda y arremetió contra todo lo que había encima.

Jamás lo había visto tan encolerizado. Todo cayó al suelo en un estruendo horrible de llaves, libros y marcos de fotos.

Me acerqué temblorosa una vez se hubo calmado.

Los sonidos de los cristales rotos bajo mis pies me recordaron el crepitar del fuego de aquellas tardes de invierno en casa de la abuela, sentados cerca de la chimenea.

Crujían como lo hacían mis recuerdos amontonados en mi cabeza.

Quise rescatar la única foto que quedaba de los tres y que yacía en el suelo maltratada.

Me corté el dedo al cogerla y dejé una gota de sangre en el suelo.

Mi padre no tenía nada en la mirada, estaba vacía.

Observé la foto, me parecieron desconocidos que me evocaban sentimientos lejanos, enterrados bajo capas de frustración. Así se lo dije a mi padre.

—Es lo único bueno que me queda de ti.

No hubo una sola reacción que me diera a entender que le dolía. Se había vaciado de vida.