13 #2
—El sábado vamos a tatuarnos —le contestó Gabriel.
Ya me había soltado y, aunque agradecía que volviera a correr la sangre, me sentí huérfana.
—¡Oh, qué monos! ¿Vais a poneros el nombre del otro? —preguntó Laura dando palmaditas en el aire.
A Gabriel siempre le hacían mucha gracia sus tonterías. Los demás seguían atónitos y preferían guardar silencio.
—No, es un dibujo que simboliza una promesa que nos hicimos al conocernos.
Roy no dijo nada, pero su mirada me lo dijo todo: me había convertido en una traidora, en la única responsable de la perdición de su amigo.
Todo era un cúmulo de situaciones que se iban encadenando, se atraían como si se alimentaran unas de otras. De mi relación con Gabriel había nacido la relación de Roy y Sonia, y un juego que aspiraba a convertirse en la razón de peso para romperlo todo.
El viernes, Roy nos convenció para salir de copas.
Algo que entraba dentro de la normalidad si no fuera porque Sonia también venía y lo habían planeado juntos.
No me molestaba en absoluto, pero era evidente que aquello se asemejaba más a una quedada entre parejas.
Yo confiaba lo suficiente en ella como para no ponerla en duda.
Otro caso aparte era Roy. No vino a desayunar con nosotros y a la salida evitó a Gabriel.
—¿Os habéis enfadado?
—Bah, ya se le pasará —le restó importancia—. A la gente le gusta que seas sincero, pero les jode que les digas las verdades a la cara.
El principal problema era que Roy se había metido en un juego que ya estaba empezado y tenía todas las de perder. Y José era paciente, pero no imbécil, empezaba a olerse que algo no iba bien.
—Roy me hace sentir como una adolescente —me dijo Sonia aquella noche—. De repente, siento nostalgia de lo que fui con José y me entristece pensar en qué nos hemos convertido. Ya no hay fuego.
Yo pensaba que el fuego solo estaba en las novelas, pero así debía de ser el amor al principio. Puro fuego. Sin embargo, hasta yo me imaginaba que el incendio inicial no podía durar eternamente.
—A veces me siento como si no estuviera —siguió.
—Quizá deberías recordar por qué te quedaste. Por qué, entre todas las opciones posibles, solo pudo ser él.
Sonia me miró con sorna y se le escapó una risita.
—Tú sientes mariposas por Gabriel…
Puse los ojos en blanco y me bebí el chupito que acababa de servirme. No bebía mientras trabajaba, pero esa noche estaba especialmente inquieta.
—No, burbujas —contesté dejando el vaso en la barra con fuerza.
—¿Burbujas?
—Sí, como si tuviera gases en el estómago. Se me suben a la garganta y me provocan acidez. Debe de ser la maldita Coca-Cola, hace tiempo que no me sienta bien.
—Eres idiota.
Solté una carcajada —producida por los dos chupitos anteriores— y logré que Sonia me dejara en paz. La verdad ya se reflejaba por sí sola. Me sentía como una botella de champán, burbujeando a toda presión, esperando estallar en cualquier momento.
Llegaron a buscarnos a tiempo de recogerlo todo y cerrar. Gabriel y Roy se habían peinado de la misma manera, con el tupé medio rizado hacia arriba, me parecieron hermanos. Aquella semejanza me provocó una ternura inexplicable y abracé a Roy ante la extrañeza de todos.
—Qué cariñosa estás hoy —murmuró Gabriel cuando me abrazó también.
Desde que nos habíamos besado sin querer siempre esperábamos atentos a los movimientos del otro para no volver a equivocarnos. A mí me daba la sensación de que nuestras muestras de afecto eran forzadas y habían perdido su encanto.
Fuimos a un local de moda a diez minutos a pie.
En la calle no había ni un alma y corría una brisa que me recordaba el frío fantasmal del interior de la Catedral.
Me arrebujé en mi chaqueta y le di una calada al cigarro, había fumado tanto que mis pulmones se alegraban de aspirar el aire fresco de la noche.
Sonia estaba feliz, llevaba un vestido negro muy corto y se había enfundado unas botas con tacón de aguja.
El camino empedrado se le hacía una trampa mortal y Roy le ofrecía el brazo para que se sujetara.
A su lado yo parecía una cualquiera. Hoy no me había apetecido arreglarme y llevaba unos simples tejanos negros con mis Martens y un jersey abierto por la espalda.
—¿Tienes dudas? —me preguntó Gabriel, hablándome bajito.
Había estado pensando mucho en el dichoso tatuaje y después de haberlo anunciado a nuestros amigos, preferí no decírselo a nadie más. No quería que me contaminaran con sus prejuicios.
—Ni una sola, ¿y tú?
—Tampoco. —Me sonrió aliviado—. Es que estás distante.
Me mordí el labio tragándome la respuesta.
Es que habíamos cambiado, y aquel «solo amigos» me parecía una broma de mal gusto.
Quizá esa rebeldía interna me ayudó para lo que vino después.
Bebí y fumé más de la cuenta. Acabé mi tabaco y Roy me miraba mal cada vez que metía la mano en su bolsillo para robarle un cigarro.
—¿Qué tendrá este sitio que no tenga el Atlanta? —me pregunté en voz alta, asqueada de la música.
—Buena música y gente decente —me contestó Roy.
Torcí el gesto y Sonia soltó una carcajada bailando demasiado cerca de él. Hoy se comportaba como si no fuera ella.
—¿Quieres que pida una canción? —me sugirió Gabriel.
—Dudo que te hagan caso…
—Entonces vamos a bailar.
—No puedo con el reguetón…
—Conmigo sí, vamos. —Me arrastró de la mano hacia la pista.
Se puso detrás de mí, pegado a mi espalda, y me agarró de la cintura. Sentí su aliento en mi oreja. El corazón palpitando en mi garganta me impedía respirar.
—Mueve el culo, pelirroja. —Se balanceó obligándome a seguirle en sus movimientos.
Puse mis manos encima de las suyas y me concentré en el ritmo de la música.
La letra me decía que debía hacerlo con calma, pero me aceleraba con cada movimiento.
Entrelazamos los dedos, todo su cuerpo me acariciaba cuando bajábamos y subíamos a la vez.
Un sinuoso vaivén que pretendía fundirnos en uno solo.
Yo seguía preguntándome por qué ardía cuando me tocaba y si él también lo sentiría.
Me di la vuelta tambaleándome un poco y le rodeé el cuello con las dos manos.
Frente a frente sus ojos parecían más vivos y brillantes, sin rasgos de inocencia alguna.
Era esa misma sensación densa y pegajosa del otro día que hoy reconocía como un deseo salvaje y sexual.
—Necesito beber algo —me gritó cerca de la oreja.
—¿Ahora que me estaba viniendo arriba?
—Me estoy poniendo tonto.
Me reí y la cabeza me dio vueltas. Cogí su brazo para no perderlo entre la gente, y tenía un miedo real a que aquello ocurriera. De nuevo la teoría del espejismo no me parecía tan disparatada.
—Mejor no te pido nada para ti, pelirroja —me dijo besándome el pelo.
—¡Eres tan guapo! —exclamé abrazándome de nuevo a él—. ¡Cómo te quiero!
Él se reía súbitamente feliz por mi despliegue de cariño. Sonia y Roy se acercaron a nosotros. Iban cogidos de la mano, embriagados por nuestra misma ilusión.
—Leire, ¡menuda cogorza llevas! —gritó Roy riéndose de mí.
—Aún tengo reflejos para darte un tortazo.
Pero no los tenía, empezaba a ver borroso y solo deseaba dejarme caer en una cama. Entonces hubo una escena de la que no me percaté hasta que ya estaba muy avanzada, como si alguien hubiera rebobinado hacia delante a toda velocidad.
—… Con lo borracha que va, seguro que le arrancas un beso… —me pareció oír de la boca de Roy.
—… No te pases, hoy no tengo ganas de gilipolleces de las tuyas.
Roy cogió a Gabriel de la cabeza para acercarlo a él, en una muestra de afecto que pretendía tranquilizarlo.
—Llévatela a casa, Gabi. —Sentí la voz de Sonia y un beso me alcanzó en la mejilla.
El frío y el silencio repentino me golpearon y me sacaron del trance. Gabriel me arrastraba de la mano por la calle.
—¿Os habéis peleado? —le pregunté sin entender nada.
—No, solo le he dicho que no se metiera contigo. ¿Tienes frío? Estás tiritando.
—Tendremos que entrar en calor.
Lo estampé contra el portal de mi casa y me agarré a su cintura. Llevaba una bomber que le abultaba demasiado para notarlo contra mi cuerpo.
—Leire, por Dios…
Recorrí su cuello con la nariz, olisqueando cada centímetro de su piel, de ese perímetro que había marcado como prohibido y que, como tal, me atraía más que a nada en el mundo.
Lo besé allí donde su corazón bombeaba con más fuerza.
Era caliente y apetecible y lo lamí hasta llegar al lóbulo de su oreja.
—Leire, para. —Cogió aire con brusquedad—. ¿Dónde coño tienes las llaves?
Me manoseó los bolsillos, desesperado, mientras se me escapaba la risa tonta. Acaricié sus labios envolviéndome de nuevo en aquel frenesí. Era mi yo desatada, corriendo libremente, agitada por un oscuro deseo que no podía detener.
—Párame —le susurré.
—Ojalá pudiera.
—Quiero arreglar lo del otro día —balbuceé.
—¿El qué? —Sonrió de medio lado.
—El beso, fue una mierda.
—No suelo besar así.
—Yo tampoco.
Me acerqué a sus labios, tragándome su aliento, sus dudas, sus miedos y sus deseos, lugares donde su sinceridad no llegaba.
Tenía la férrea convicción de devolverme la felicidad inocente que se me había escapado demasiado pronto, que aquella noche creía encontrar en su boca y que estampé contra ella mis ansias más feroces.
Gabriel me recibió con la misma voracidad, acoplándose a mis formas y presionando mi cabeza, impregnándose de mí.
Respiramos los dos de sopetón, como si el aire hubiera entrado de improviso entre los labios entreabiertos y magullados, preguntándonos si lo que estaba bien correspondía siempre a lo que debía ser.
—¿Entramos? —le pregunté con cierto titubeo.
—No, ya está bien así. No vamos a estropearlo otra vez.