13
A la vuelta empezó a gestarse el desastre.
Los dos volvimos el domingo por la mañana y quedamos en vernos después de comer.
Llegué a su casa encabritada aún por todas las emociones del día anterior.
Cuando me abrió la puerta nos abrazamos y noté esa misma tensión en él.
Éramos dos cuerpos reencontrados en pleno éxtasis.
No supimos entendernos entre tanto alboroto sentimental y nos besamos sin querer.
Fue un beso que pretendía rozar su mejilla y acabó aterrizando en su boca.
Los dos nos miramos atónitos, como si acabáramos de pisar una zona prohibida.
—Perdona…, yo no… —balbuceé nerviosa.
—He sido yo, lo siento.
—No, es que yo pensaba…
Gabriel se echó a reír y yo hice lo mismo.
—Pasa, anda, cualquiera que nos vea…
Entré cerrando la puerta detrás de mí.
—¿Cómo ha ido? —le pregunté zanjando el tema del beso.
—Se me ha hecho un poco largo.
—¿No se supone que era un cumpleaños?
—Tenía ganas de verte. —Sonrió.
Aparté la vista un poco agitada, me parecía que sus labios se movían más lentos e insinuantes desde que los había besado. Lo seguí hasta la cocina.
—Tenemos pendiente un concierto, pelirroja, te lo debo.
—Liam Gallagher.
—Ese no me lo pierdo por nada del mundo.
Me lie un cigarro mientras él preparaba unos cafés. Los rayos de sol entraban por la cristalera de la puerta del jardín y daban un calor muy placentero. Me senté en el suelo, dejando que me dieran en la cara, y me encendí el cigarrillo. Gabriel arqueó una ceja y se acercó a mí muy decidido.
—¿Puedo dibujarte?
—¿Desde cuándo me pides permiso? —Me reí.
—Se me acaba de ocurrir una idea… —Se puso en cuclillas delante de mí y esbozó una sonrisa traviesa—. Me gustaría dibujarte de espaldas, sin nada.
—¿Desnuda? —Alcé la voz a la vez que me sonrojaba un poco.
Él se rio burlón.
—Escúchame antes de enviarme a la mierda. Solo necesito que te quites el jersey y te dibujaré de espaldas. No se verá nada, te lo juro.
Me cogió de la mano y me movió hacia un lado para que no me cegara la luz.
—Sujeta el cigarro con la mano derecha hacia arriba —me indicó—, y rodéate las rodillas con el otro brazo.
Me coloqué siguiendo sus indicaciones y le miré buscando su aprobación.
—Así. Pero sin la parte de arriba. Solo si quieres, claro… —Asentí un poco anonadada—. Voy a por mis cosas.
Lo oí subir las escaleras a toda prisa, tropezándose por el camino con un escalón.
Me levanté para darle un sorbo a mi café, olvidando que ya estaba colocada para que me dibujara.
Me maldije a mí misma y volví al suelo intentando recordar todo lo que me había dicho.
Gabriel llegó minutos más tarde con el caballete y todo su arsenal de pinturas.
Me corrigió otra vez y me pidió que me desordenara el pelo para darle un toque más salvaje.
—Vale, ya está —dijo satisfecho.
Empecé a desnudarme quitándome el jersey, iba a hacer lo mismo con la camiseta de tirantes cuando me di cuenta de que no se movía.
—¿Vas a quedarte ahí pasmado mirando?
—Perdón. —Tragó saliva y oí cómo se sentaba en la silla, detrás de mí.
Tiré la ropa a un lado e hice lo mismo con el sujetador, tapándome con las manos para que no se viera nada.
Le di una calada honda al cigarro y adopté la posición correcta.
Había una sensación extraña flotando en el aire, no era la complicidad de siempre.
Era algo nuevo mucho más denso, que costaba de tragar y se unía a aquellas burbujas tan molestas de mi estómago.
—Qué espalda más bonita y tan cubierta de pecas —dijo con ironía.
Sonreí sin poder deshacer el nudo de mi garganta.
—Eres preciosa, Leire.
Yo sentí la necesidad de sacarlo de su equívoco, de evitar que siguiera por aquel camino que había escogido y que lo llevaba a estrellarse contra el muro de piedra que era mi corazón.
—Soy un desastre —solté para zanjar sus halagos.
Me giré un poco para ver cómo sus labios se curvaban en una sonrisa contenida, frunció las cejas como siempre hacía cuando mis respuestas le confirmaban que lo estaba alejando de mí.
—Pues eres un desastre muy bonito.
Y luego me miró, no sé por qué, como si aquella vez me hubiera ganado.
Gabriel se sentía atraído por mi desorden, pero aún no era capaz de entender la complejidad que lo envolvía.
La farragosa percepción de estar contribuyendo en tu propio caos.
Él se había convertido en mi refugio. A veces me daba la sensación de que solo éramos libres en esos instantes de paz, mientras él me dibujaba y yo me empapaba de su magia.
Ya había aprendido a ser paciente en sus silencios, cuando la concentración le impedía hablarme, como si necesitara de toda su atención para captar la belleza de cada detalle.
No era nada fotogénica y, en cambio, en sus retratos me veía espléndida, como si no fuera yo realmente.
—Yo te veo así, perfecta —me había dicho un día Gabriel—. La belleza es subjetiva.
De repente, sentimos ruidos en la entrada y él se puso en alerta.
—Mierda, mi madre.
Se me cayó el cigarro al suelo con el sobresalto, llenando el suelo de ceniza. Cogí mi ropa y me escondí detrás de la barra americana. Gabriel fue a su encuentro.
—Eh, ¿qué haces? No estoy solo. —Sentí cómo le daba un beso.
—Te traía la cena. ¿Quién hay?
—Leire.
Hubo un silencio expectante.
—Últimamente dibujas mucho. —Se habían acercado a la puerta de la cocina. Ya no sabía qué era mejor, seguir escondida o salir a saludarla.
—Me han propuesto que haga una exposición en el Atlanta, será en febrero.
—¿De tus cuadros? ¿Pero quién…?
Otro silencio.
—Me preocupa que esa chica te esté metiendo pájaros en la cabeza —susurró, aunque la seguía escuchando perfectamente.
—¿Qué dices? —le contestó con desdén.
—Estás a punto de acabar la carrera, tienes que preparar el trabajo y estudiar para los exámenes…
—Empiezo a estar harto de que me organices la vida.
No me parecía que le hablara así por costumbre. Su madre soltó una exclamación de incredulidad.
—Solo piensa que algún día se cansará de ti y todo esto que ahora parece tan emocionante no te habrá aportado nada. Piensa en tu futuro, hijo.
Gabriel no contestó y mientras su madre se marchaba tan de repente como había venido, pensé que aquella señora que apenas me conocía había augurado lo que yo temía: que pudiera hacer daño a Gabriel.
Que aquella historia que nos tenía absorbidos pudiera acabar algún día.
Yo me llevaría mucho, porque con él había aprendido a mirar la vida con otros ojos y a apreciar su sinceridad como mi propia filosofía.
Y, a pesar de todo, que pudiera terminar aquello nuestro algún día me asustaba muchísimo, aunque esto último no se lo dije.
Había palabras que ya empezaban a trabarse en mi pecho.
—Gabriel… —susurré saliendo de mi escondite, ya vestida—. Si alguna vez nos separamos…
Frunció los labios con rabia y negó con la cabeza.
—Eso no va a pasar —contestó tirante.
Dulcifiqué mi expresión y le sonreí con ternura. Estaba enfadado con su madre, sin embargo, yo le reconocía parte de razón.
—Si alguna vez nos separamos —repetí—, prométeme que seguirás siendo fiel a nuestra promesa. Que serás libre.
—¿Y tú?
—Yo no la cumplo nunca —confesé.
—Lo sé, pero lo acabarás haciendo. Grábatela aquí dentro para no olvidarla —dijo señalando la cabeza con el dedo.
Se acercó al lienzo y observó el trabajo a medio hacer. Yo fui hacia él sigilosa, notando la crispación que aún pululaba por su cuerpo. Le rodeé el cuello con el brazo y me sentó en su regazo, relajándose al instante. Tenía una idea muy descabellada rondándome por la cabeza y la solté sin miedo.
—¿Y si nos tatuamos nuestra promesa?
Gabriel me miró con desconcierto durante unos segundos, evaluando quizá el nivel de locura que sufría.
Me sorprendió su pronta respuesta:
—Colibrís alzando el vuelo, sin cadenas.
Había cometido desvaríos de adolescente muchas veces.
La gran mayoría eran estupideces que prefería olvidar y que encajaban a la perfección con el espíritu de una quinceañera convencida de que el mundo le pertenecía.
Sin embargo, aquello era diferente. Nunca había corrido desesperada y ciega de la mano de nadie para estampar una cicatriz que me acompañaría siempre.
Y aun así me sentía ilusionada y bobamente hipnotizada por el cariño enorme que estaba acuñando hacia él.
Lo miraba como si se tratara de un espejismo que tarde o temprano fuera a desvanecerse.
Pasé una semana ausente. Me dedicaba a analizar cada emoción como si fuera a encontrar en ella una respuesta reveladora.
Gabriel no me insistía demasiado, porque sabía que necesitaba mi espacio de reflexión, que a veces las personas no nos entendíamos lo suficiente y eso nos provocaba malestar.
No habíamos dicho una palabra de lo que pretendíamos hacer y yo esperaba el momento con unas ganas arrolladoras por ver la reacción de cada uno.
—¿Estás bien? —susurró Gabriel en el desayuno.
Me daba lástima probar el café y desbaratar el acto de creatividad que había tenido el camarero dibujando una flor con la espuma.
Su mano rozó la mía y sonreí. Le acaricié el dorso de la mano con suavidad y enrollé los dedos entre los suyos.
Me imaginé así, en un futuro lejano, observando la misma mano en otros escenarios, en otras circunstancias.
Recordando la juventud y la inocencia que la envolvió un día y sonriendo —quizá más nostálgica que ahora— por lo que el tiempo pudiera haber cambiado en ella.
—Te quiero —se me escapó sin querer.
Gabriel me apretó la mano con fuerza, casi haciéndome daño.
Había una emoción extraña en él, como si hubiera recibido algo que esperaba con anhelo y la sorpresa le hubiera golpeado en la cara.
Como si se hubiera limitado a desearlo sin plantearse realmente lo que aquello significaba y ahora el miedo le rasgara las entrañas.
—Yo también te quiero.
—¿Qué nos hemos perdido? —irrumpió Roy con su tono impertinente.