La libertad de los seres efímeros 12 #3
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Llevábamos unas semanas sin prestarnos más atención que la que nos dedicábamos en clase.

Pasábamos unas cuantas horas juntas, pero ya no venía al Atlanta y había hecho nuevos amigos a los que yo solo conocía de vista.

No me gustaba calificar nuestra relación de algo extraño, sin embargo, nunca nos habíamos buscado por verdadero interés (nuestra amistad fue una casualidad forzosa, idea de nuestro tutor que le gustaba mezclar a los alumnos más opuestos como si aquello formara parte de un experimento social).

A mí siempre me había parecido demasiado superficial y yo era para ella la antipática de la clase.

La quería y la odiaba a partes iguales, porque detrás de su fachada de niña mimada había una mujer inconformista y persistente.

Porque no se rendía, aunque estuviera todo perdido, porque me hacía partícipe en ese camino agotador.

Porque me dejaba con la boca abierta con sus descaros y me reía a carcajada limpia de su desparpajo.

Laura era así, y le importaba poco que el mundo no la comprendiera.

Ni que Roy, por ahora, no cayera bajo su influjo.

Y aquí estábamos ella y yo años después, resistiendo a las diferencias que, se suponía, tenían que separarnos.

Gabriel me había enviado varios mensajes durante el día, me decía que me echaba de menos y que sentía que había elegido mal.

No pude evitar sentir una rabia inmensa hacia Mireia.

¿Por qué demonios le había hecho elegir?

Yo jamás lo hubiera puesto en ese aprieto.

Lo aceptaba a él con todo lo que le rodeaba, incluidas a las personas que quería a su lado.

También me envió un vídeo donde se veía a Roy intentando encender la chimenea, aunque solo consiguió llenar el comedor de humo.

Pasaban la noche en Camprodon, un pueblo de montaña muy bonito a una hora de la ciudad.

Un lugar para perderse y dibujar paisajes, eso me contaba observando el horizonte mientras el aire le levantaba el flequillo.

Me vestí y me puse una camiseta con escote en pico que me marcaba los pechos e insinuaba lo justo, que en mi caso era más bien poco. Hacía días que me moría de ganas de que me viera con ella Gabriel, con lo que me gustaba provocarle últimamente. Y se me ocurrió hacerle otro vídeo.

—Gabriel, estoy esperando a que venga Laura a buscarme y en tres horas veremos a Leiva en directo —le conté—.

Estoy superilusionada. Ella apenas se sabe las canciones y no comparte esas emociones que son solo nuestras, pero te aseguro que lo disfrutaré y el próximo iremos juntos.

—Me mordí el labio y dejé ir un suspiro—.

Yo también te echo de menos, es curioso lo importante que te has vuelto para mí…

En ese momento el móvil resbaló y se estampó contra la mesa. Me incorporé para volver a ponerlo en posición correcta.

—Perdón, mi móvil ha intentado suicidarse. Te enviaré un vídeo cuando esté allí —le envié un beso con la mano.

Lo revisé después de enviarlo sin darme cuenta de que justo cuando rescataba el móvil había puesto el escote en plena cámara.

—¡Joder! —grité histérica dejándome caer en la cama.

Me entró la risa tonta, muerta de vergüenza, de excitación y de aquella sensación burbujeante que hacía días que me atacaba el estómago. Le escribí un mensaje para intentar arreglarlo:

Vale, acabo de descubrir que te he hecho un vídeo subido de tono. No era mi intención. Ni se te ocurra tocarte.

Gabriel tardó dos minutos en leerme y cinco más en contestarme.

Menudo escotazo, pelirroja. No he podido evitar congelar la imagen. Ni siquiera recuerdo lo que me has dicho, suerte que puedo verlo tantas veces como quiera…

Me meaba de la risa.

Ya lo he visto otra vez. Tú también eres muy importante para mí, pásatelo bien. Por cierto, vas muy guapa y no puedo prometer que me porte bien…

Las malditas burbujas me acompañaron toda la noche.

Cogimos el tren hacia Barcelona y después del concierto nos fuimos a dormir a casa de mi madre.

Nos fue bien para recordar viejos tiempos.

Las noches que salíamos de fiesta y acabábamos durmiendo apretujadas en mi cama.

En alguna ocasión nos había pillado mi padre en plena borrachera, golpeándonos con los muebles del comedor incapaces de llegar a mi habitación.

—¿Es que no sabéis divertiros sin beber? El alcohol es una droga blanda, tenedlo en cuenta.

Se me escapa una sonrisa sardónica solo de pensarlo. Qué de vueltas que da la vida.

Fue un buen concierto, nos mezclamos en el ambiente enloquecido de los adolescentes —a los que nos sumamos encantadas— saltando y cantando las canciones que en directo me sonaban más emotivas y escuchaba en enormes ecos en mi corazón.

Mi padre me había enseñado desde niña a escuchar la música así, dejando que entrara con fuerza para fundirte con el sonido.

Laura también había disfrutado de nuestra escapada y la corta visita que le hicimos a mi madre. Ella la adoraba, creo que la veía igual que yo, éramos personajes peculiares a los que resultaba divertido analizar de cerca.

Solo que mi vida a veces no tenía nada de divertido.