La libertad de los seres efímeros 12 #2
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Llegué a la hora del desayuno. Estaban todos sentados junto a la ventana, los reconocí entre la gente como parte de algo mío que había aprendido a apreciar.

Roy y su socarronería dando toques alegres a las conversaciones; Laura y sus disparates personales que acababan por convertirse en la anécdota cómica de la jornada; Cristina y Mireia inseparables, siempre atentas y dispuestas a ayudarte.

Aunque entre Mireia y yo existía una frialdad evidente, la esquivábamos como buenas amigas que éramos de Gabriel.

Ella creyendo que tan solo buscaba una simple amistad y yo segura de que ya lo había olvidado.

Gabriel tenía una expresión ausente que se le borró de inmediato al verme entrar por la puerta.

—¡Pelirroja! ¿Dónde estabas? ¡Te he llamado un montón de veces!

—Me he quedado dormida. —Suspiré al tiempo que mi barriga se quejaba del enorme vacío que la devoraba—. Necesito un café.

—¿Quieres sentarte?

Gabriel se dispuso a cederme el asiento, pero antes de que se levantara me acomodé en su regazo.

Laura ahogó una risita y vi por el rabillo del ojo cómo Mireia se había quedado boquiabierta.

Hasta ahora nuestras muestras de cariño quedaban relegadas a la más estricta intimidad, lejos de juicios impertinentes que pudieran contaminar nuestra peculiar relación.

Gabriel me cogió de las piernas y me colocó en una posición más cómoda para sujetar mi peso.

—Te estás recreando —le susurré, me había rozado el culo sin ningún tipo de disimulo.

—Y me lo dice la que me está usando de silla.

Le di un manotazo en el hombro con suavidad y él movió la pierna con brusquedad para hacerme perder el equilibrio.

—¡Que me tiras! —me quejé.

—Nunca te dejaría caer.

Y esas palabras me sonaron a promesa.

No sé cómo el concierto de Leiva pudo desencadenar los acontecimientos siguientes.

Todo se aceleró en cuestión de días y aquella rutina que habíamos instalado en nuestras vidas se nos hizo demasiado incómoda.

Yo sentía que bailaba entre la amistad desmesurada que nos profesábamos y el roce consentido que se nos escapaba de las manos.

Quería que viniera conmigo, no concebía mejor compañero que él.

Y achacaba la ansiedad irrefrenable a la curiosidad por lo nuevo, a la atracción natural hacia lo distinto.

—Es este fin de semana en Barcelona —le dije—. Podemos coger el tren.

—Vale, pero tendremos que hacer maratón de canciones.

A mí la música me ayudaba a coleccionar momentos y, a partir de entonces, Leiva sonó diferente al lado de Gabriel. Todas las letras que me habían marcado cobraron un significado más intenso. Lo escuchábamos a todas horas, nos volvimos obsesivos y acabamos por sacar de quicio al resto.

—Joder, ¿pero esto qué es? —se quejaba Roy mientras sonaba la canción de Pólvora en el Atlanta—. ¡Me tenéis harto!

Sabía que el verso que venía a continuación era la respuesta perfecta.

—«Me resbala tu actitud…» —canté a la vez con Gabriel.

Nos sorprendimos de haber tenido la misma idea y nos echamos a reír como dos locos.

—Estáis fatal —sentenció Roy negando con la cabeza.

Sonia se unió a nosotros transformando el local en un coro improvisado de risas. No podíamos parar. Esos instantes de felicidad que se contagiaban de uno a otro y que te liberaban de todo lo malo eran simplemente perfectos.

—Pelirroja, estás muy guapa cuando te ríes —me dijo Gabriel con los ojos brillantes.

—Ay, no te pongas tierno… —Hice un aspaviento con la mano, me abrumaba la intensidad de su mirada porque sabía que estaría viéndome por dentro.

—Empezáis a dar asquete, de verdad… —murmuró Roy.

Duró poco nuestra alegría. La semana siguiente, la del concierto, todos estaban inquietos a la hora del desayuno. Era la primera vez que Gabriel me miraba con incomodidad, como si mi presencia fuera demasiado pesada de soportar y le supusiera un agravio.

—Joder, Leire, me vas a matar… —lloriqueó con las manos en la cabeza.

Miré inquisitiva a Roy y luego a Cristina y a Mireia, que parecían sorprendidas por su reacción.

—¿Qué pasa?

—Que se me ha ido la cabeza. Cada año celebramos el cumpleaños de Mireia alquilando una casa rural y es justo este fin de semana.

Disimulé mi tormenta interior como pude, aunque la decepción se me hizo tan evidente que no pasó desapercibida a nadie.

—Soy un desastre, perdóname…

—No pasa nada, Laura vendrá conmigo. ¿A que sí? —Le di un manotazo por debajo de la mesa que la hizo saltar de la silla, golpeándose en la pierna.

—¡Sí! —chilló con voz estridente—. Claro que sí.

—Te daré mi entrada, Laura. —Me miró suplicante, como un cachorro herido, aunque la herida fuera yo—. Lo siento mucho…

—Ya está solucionado.

Le sonreí con esfuerzo e intenté mantener la compostura.

Me cabreaba que tuviera ese efecto en mí.

Al final ya no recordaba por qué me resistía a Gabriel, si por mi orgullo, por no dar la razón o porque tenía miedo de no darle el amor que se merecía.

O porque en el fondo de toda esa basura sentimental había un miedo real a enamorarme y acabar necesitándolo demasiado.

Sonia no tardó en darse cuenta del revoltijo emocional. Delante de ella me mostraba sin filtros y sin capas de fortaleza mal fingida.

—¿Estás triste por qué no va contigo al concierto?

—También tiene que estar con sus amigos y yo con los míos.

Y lo dije convencida. Ella sabía mejor que yo de lo que hablaba, y cómo una relación podía acabar siendo tóxica.

—¿Entonces ya sois una pareja? —preguntó José con una sonrisa traviesa.

—No me agobies con el tema, por favor.

—Te estás fallando a ti misma —insistió.

—¿Cómo?

—Gabi me habló de un pacto que tú ya has roto.

Lo miré con cierto asombro. No pensaba que sus encuentros dieran tanto de sí.

—Te gusta, pero no te lo permites —siguió.

—No es el momento.

—Oye, Leire, que los que te rodean estén mal no debe afectarte tanto como para no vivir tu vida.

—No quiero depender de él, no quiero ser como mi padre… —dije con un hilo de voz.

—Pero ¿qué dices, niña? ¿Qué tendrá que ver tu padre en todo esto?

Sonia pareció enervarse de pronto, molesta por sus comentarios y su insistencia.

—¿Quieres dejarla en paz? —le gritó—. ¡Siempre te estás metiendo en la vida de la gente!

José y yo nos miramos sin entender nada, ella se marchó airada hacia la oficina sin poder controlar esa animadversión que sentía de repente hacia su novio.

No era la primera vez que le contestaba a la defensiva ni sería la última.

Desde hacía unas semanas se había instalado en ella un sentimiento de repulsa que menguaba o crecía por momentos.

Un tira y afloja con ella misma donde la parte dominante se vería igualmente afectada al final.

Roy llegó hacia las siete de la tarde y se encerró con ella.

Le dejaba fumar a escondidas en el despacho mientras hacía las cuentas y archivaba las facturas.

Allí le contaba las anécdotas del día, que no dejaban de ser las rutinas de cualquier estudiante exageradas para darle su toque interesante y ese punto cómico que hacía tan especial a Roy.

Pero ese día Sonia no tenía ganas de reír, se sentía derrotada e indecisa con todo lo que le rodeaba.

—¿Qué te pasa? —le había preguntado él cansado de llamar su atención.

—¿No te ocurre a veces que te gustaría enviarlo todo a la mierda por el simple placer de volver a empezar?

—No.

Esa contestación tan escueta y su cara de desconcierto la volvieron a agitar.

—¡Qué vas a saber tú de eso! —le había gritado—. ¡Eres muy niño!

—Y tú hablas como mi abuela.

—Pues así me siento, una vieja.

—Pues para ser tan mayor, señora —se había burlado Roy—, no está usted nada mal.

Y la había mirado con tanta picardía que estuvo a punto de ruborizarla. Así me lo había contado Sonia, traspuesta tras aquella conversación. Después, me transmitió su asombro al descubrir que era el hijo de un empresario local.

—Ahora sé de dónde viene su prepotencia —sentencié.

Sin embargo, ella parecía absorbida por una especie de curiosidad injustificada.

No dejaba de ser un crío a sus ojos. Mi sorpresa llegó cuando me confesó que se había sentado con él a tomar una cerveza.

Sonia jamás abandonaba su trabajo, ni siquiera con José cuando venía a visitarla.

Por un momento me pareció que a las dos nos embriagaba el mismo sentimiento de lucha, de no querer dejarnos llevar por sentimientos que no entendíamos.

Se marcharon el sábado por la mañana. Para poder asistir al concierto cambié el turno y Gabriel pasó a despedirse.

Iban en el coche de Roy con un compañero de la universidad y una amiga de Mireia.

No quería darle más importancia de la necesaria, pero el hecho de que no me invitara al cumpleaños me escoció un poco.

No éramos amigas íntimas ni pretendíamos serlo —la sola manera de mirarme ya dejaba entrever lo poco que le gustaba que me hubiera unido al grupo—, aunque dejarme aislada era un rechazo en toda regla.

Me sentía como si nos hubieran separado a la fuerza, y lo peor es que Gabriel participaba en ese dramatismo y su abrazo me supo a despedida final.

Parecíamos dos idiotas, así que decidí acabar con todo el teatro y cogerme con ilusión el concierto acompañada de Laura.