La libertad de los seres efímeros 12
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Pasábamos mucho tiempo juntos. Gabriel me invitaba a veces a comer a su casa después de salir de la universidad.

Si no, me presentaba yo de improviso y pasaba la tarde haciendo tiempo antes de ir a trabajar.

Las siestas ya no me parecían necesarias.

Él era mi dosis de energía, una explosión de vida.

Hablábamos mucho, me pintaba, le observaba hacerlo cada vez con mayor interés.

Me interesaba por las diferentes técnicas que utilizaba.

Últimamente, experimentaba con óleo y me sorprendía cómo aquellos trazos sin forma ni coherencia aparente iban dibujándose, a ciegas, sin un boceto inicial con el que pudiera guiarse.

También escuchábamos mucha música. Liam Gallagher ocupaba gran parte de nuestro repertorio y a veces nos peleábamos cuando reivindicaba mi derecho de poner a Leiva.

Llevábamos unos días estirándonos en la alfombra del comedor, quizá esperando recrear la misma atmósfera de complicidad que habíamos tenido aquella tarde en los jardines.

—¿Qué colonia llevas hoy? Hueles diferente.

Se inclinó hacia mí. Su cuerpo me aprisionó con delicadeza mientras acercaba la nariz a mi cuello. Inspiró con suavidad y sentí cómo sonreía.

—¿No te gusta? —le pregunté.

—No huele a ti.

Se me puso la piel de gallina y Gabriel se dio cuenta. Me bufó el cuello y se rio, volviendo a su sitio.

—Es la colonia de Sonia. Qué olfato tienes.

—Contigo sí. Me hueles tan familiar que es aspirar tu aroma y sentirme en casa.

Esta vez fui yo la que me subí encima de él, pero a horcajadas. Gabriel abrió los ojos como platos y se humedeció los labios, nervioso.

—Tú también eres mi casa. Me gusta agarrarte del pelo. —Le pasé los dedos por sus mechones rebeldes—. Y acariciar tu barba de tres días.

Me lancé veloz hacia él para restregarle las mejillas con sorna, no pensé que pudiera tener cosquillas.

—¡Pelirroja! —chilló cogiéndome las manos—. ¡Para!

Nos echamos a reír mientras forcejeábamos. Acabé por rendirme dejándome caer encima de él. Me abrazó y me besó el pelo.

—Vas a llegar tarde al trabajo —susurró y me palmeó el culo para que me levantara.

—¡Gabriel! —me quejé—. ¿Qué ha sido eso?

—Confianza.

La confianza nos dominó por completo a partir de entonces.

Nos sentíamos tan cómodos estando juntos, que no nos abandonábamos ni en las tareas más cotidianas.

Sorteábamos los momentos más incómodos sin decirnos nada, usando el sentido común y dando por hecho que el otro necesitaba su espacio.

Si Gabriel salía de la ducha e iba a vestirse, no entraba en su cuarto.

A menos que me pidiera consejo con la ropa, lo que me había permitido verlo en calzoncillos.

Sonia decía que tarde o temprano uno de los dos sucumbiría a la tentación de la carne.

Yo le contestaba que se podía ser amiga sin necesidad de buscar nada más.

Sin embargo, cuando lo veía ligero de ropa solo deseaba tirarme encima de él.

Gabriel tenía un cuerpo bonito, poco esculpido y quizá un poco infantil, pero me atraía por encima de todos los demás por lo que era capaz de removerme por dentro.

Cuando lo tenía semidesnudo tan cerca de mí, ardía en deseos de tocarlo, acariciarlo, hacerle sentir mi presencia y obligarlo a mirarme mientras mi mano se deslizaba por su piel.

Comprobar si aquella emoción, la expresión risueña, latía también en su pecho.

Me había acercado una vez convencida de querer aplacar mis deseos.

Mi mano helada le había hecho estremecer.

Él andaba en ropa interior incapaz de decidirse por unos pantalones.

Se giró hacia mí con curiosidad, las cejas arqueadas y esa sonrisa siempre dispuesta a allanarme el camino.

Le recorrí el pecho caliente, su corazón me llamó apresurado y lo acogí entre mi mano derecha.

Le apreté fuerte unos segundos como si quisiera fundirme con él.

Yo sé que esperaba algo más de mí, algo que en mis sueños ya le había dado, aunque me diera vergüenza admitirlo.

En esa misma habitación nos habíamos besado durante mucho tiempo y después nos habíamos tocado y consumido de placer.

Yo llevaba la iniciativa y me lo imaginaba perfectamente esculpido delante de mí, como si sucumbiera a mis órdenes.

Pero no permitía que esas imágenes perturbadoras inundaran mi mente.

Tal era nuestra intimidad que ya habíamos rebasado la barrera escatológica, y llegó el primer pedo de Gabriel. Yo me escandalicé mucho, aunque fingía mi ofensa como parte del juego.

—Uy, ¡perdón! —Se meaba de risa.

—Joder, ¡qué asco de confianza!

—Todo el mundo se tira pedos, pelirroja.

Y tenía razón. Era una sensación de plena libertad cuando llegabas a ese punto de la relación donde no era necesario fingir, ni aparentar algo que no eras y se olvidaban los estúpidos ideales y las personas solo eran personas.

Con sus particularidades y su propia esencia, pero también con sus cuerpos y sus necesidades fisiológicas.

Eso sí era intimidad. Era hogar en mayúsculas.

Y a pesar de ello, me daba la sensación de que nuestro pacto era pura palabrería bonita.

Dentro de esa confianza, ni él ni yo nos atrevíamos a soltar el torbellino que estábamos conteniendo.

Tampoco hacíamos nada por volar un poco más alto, hasta que Gabriel me sorprendió y me dijo que se había abierto una cuenta en Instagram.

Había colgado seis de sus mejores dibujos; tres de ellos eran míos.

Apenas lo reconocía en la foto del perfil, salía con gafas de sol, simulando estar distraído mirando hacia arriba.

A mí las redes me parecían que estaban llenas de superficialidad.

Se mostraba solo la carátula de una vida, no el interior.

Lo bonito y llamativo, sin llegar a las profundidades.

A sus zonas destartaladas, a sus desastres.

Pero el mundo funcionaba así y a veces tenías que seguir las reglas.

Por eso me esforcé en correr la voz y sugerí a todos mis conocidos que lo siguieran.

Había miles de artistas pululando por internet con miles de seguidores y me mostraba optimista delante de él.

Sin embargo, era consciente de la dificultad de destacar y llegar a las personas adecuadas.

Fue entonces cuando se me ocurrió la idea.

Estaba sentada en el taburete de la barra observando los pósteres cinematográficos de Ana, mi jefa.

El Atlanta vacío tenía un tinte melancólico y deprimente que se agudizaba con la llegada del invierno.

Pensé en los nuevos colores que daban vida a los óleos de Gabriel y lo bonitos que quedarían decorando el local.

Las personas que amaban la música sabían apreciar el arte, y nuestra filosofía alternativa podría acoger a nuevos talentos.

Me levanté como un resorte y le conté mis intenciones a Sonia, que me acogió algo escéptica.

—¿Quieres hacer una exposición de arte?

—Atraerá público y le dará un toque renovado al local.

—¿Y lo sabe Gabi, o lo estás haciendo por tu cuenta?

Esperé a que viniera con Roy, como hacían cada tarde desde hacía meses, y le di la noticia dando por hecho que aceptaría. Estaba emocionada, era una oportunidad tan ineludible que no me percaté de lo incómodo que parecía ante la idea.

—¿A qué te refieres con exponer?

—Haremos una presentación de tu obra, un pequeño cóctel y expondremos tus dibujos durante un tiempo.

—¿Quieres que hable en público?

Roy soltó una risita e hizo un gesto de negación con la cabeza.

—Sufre pánico escénico. Lo pasa fatal, el pobre…

—Pero…

—No lo haré —me interrumpió rotundo.

—¿Vas a dejar escapar esta ocasión por ese miedo absurdo?

—Es superior a mí, Leire. Me bloqueo, me entran sudores fríos, tiemblo y… parezco un gilipollas.

Sonreí con ternura y me agarré de su brazo.

—¡Algún día tendrás que superarlo! Yo te ayudaré. Subiré al escenario contigo, diré algo bonito sobre ti y después dedicarás unas palabras de agradecimiento.

—No sé…

Roy me miró sorprendido, le estaba haciendo dudar.

—Todo está en tu cabeza, créeme. Vas a hacerlo genial.

—Ojalá confiara en mí tanto como tú lo haces.

Decidimos que la mejor fecha sería febrero.

Se acercaban las Navidades y enero venía cargado de exámenes y de las primeras evaluaciones; y Gabriel tenía que preparar la colección de cuadros que iba a exponer.

De la organización y la publicidad nos encargaríamos nosotros, para que solo tuviera que centrarse en dibujar.

La falta de sueño que iba arrastrando desde hacía semanas me dejó en estado catatónico.

Fue como si mi cuerpo se desconectara de cualquier estímulo del mundo exterior y cogiera las riendas de mi vida, después del maltrato al que lo había sometido.

Cuando cobré el sentido eran las diez de la mañana de un lunes.

Me había saltado la primera hora, tenía varios mensajes de Laura, y Gabriel me había llamado cinco veces.

Mi padre me había dejado una nota en la puerta de la entrada, a sabiendas de que saldría zumbando sin pensar en nada más: «Sigues durmiendo como la niña que fuiste.

Quizá aún podamos recuperarnos». Lo había oído entrar muy sigiloso para besarme en el pelo y luego se había quedado unos minutos inmóvil delante de mí.

Yo notaba sus ojos como dos pesos enormes, taladrándome a preguntas que nunca llegaría a formular.

Mi padre creía que las cosas empezaban a estar bien, pero no.

Todo seguía mal. Seguía buscando respuestas en el lugar equivocado.