La libertad de los seres efímeros 11 #2
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Recordé nuestro pacto y, a pesar de que a mí me costaba mantenerlo en pie, continué insistiendo:

—Nada lo es, pero lucharás por lo que quieres y te sentirás libre.

Se nos hizo tarde sin querer. Nos habíamos tumbado en la hierba, mirando el cielo y las nubes en constante cambio.

Se había levantado un aire molesto que me erizaba la piel y me despojó de la placentera sensación de dejarme en suspenso, un paréntesis en mi vida sin preocupaciones ni obligaciones.

Gabriel me puso su chaqueta encima sin decir nada, resultaba incómodo romper el silencio tan acogedor del que nos habíamos cubierto.

Yo adivinaba sus intenciones de quedarnos allí hasta el atardecer, sin más conversación que nuestros propios pensamientos que de tanto en tanto colisionaban para hacerse uno.

Nos mirábamos felices de poder sentirnos con tanta facilidad, como otras tantas veces había deseado con Laura sin poder conseguirlo.

Había personas que temían el silencio por lo que pudiera decirles, pero yo conocía todos mis rincones y me abrazaba a ellos a veces con tristeza y otras con suma complacencia.

Ainhoa había vuelto de sus vacaciones y quería verla antes de irme al Atlanta, pero eso no me hizo sentir menos culpable por poner fin a nuestro encuentro.

—He quedado con mi tía, la hermana de mi padre —le expliqué—. Nos llevamos pocos años y estamos muy unidas.

—¿Puedo conocerla?

Debí de poner cara de horror porque Gabriel se quedó petrificado mientras se levantaba del suelo y me miraba interrogante.

—Si quieres, claro…

—Es que… hay cosas de mi vida que aún no sabes.

—¿Y si me las cuentas?

—Tengo una vida un tanto caótica.

—Eso me lo intuyo. —Sonrió con cariño—. Te envuelve un aura de misterio que te hace muy interesante, pero no puede albergar nada bueno.

—Vaya, gracias —me enfurruñé.

—No me refiero a ti. A las circunstancias que te rodean. Quiero saberlo, Leire.

Suspiré dispuesta a contárselo. La pena compartida era menos pena.

—El novio de mi tía es… Bueno, no me gusta cómo la trata —solté a bocajarro—. Su relación es complicada.

Yo quería explicarle que en aquella casa había algo que me espantaba.

Algo a lo que no quería ponerle nombre, aunque en el fondo de mi consciencia resonaran las temibles palabras que siempre me perseguían.

¿Tan poderoso era el influjo de Valen que estaba logrando confundirme a mí también?

¿Acaso era el miedo, la pérdida de esa compañera de vida que poco a poco se desvanecía en brazos de un extraño?

Gabriel no pestañeó durante varios segundos.

—¿Te refieres a que la maltrata?

Como ocurrió con mi padre, escucharlo en voz alta me estremeció. Y casi dudé de mis propias sospechas y me sentí una exagerada.

—No lo sé. Y si lo hace, ella nunca lo reconocerá. Pero veo cómo la desprecia y cómo se comporta… —Conmigo, quería decir. Pero omití contarle el último incidente donde Valen se había acercado demasiado a mí—. No digas nada, ¿vale? Ni se te ocurra mencionar algo así. No puedo perderla.

Mi voz sonaba demasiado tajante, ansiosa.

Por un momento tuve la sensación de que la desesperación se apoderaba de mí y me pintaba un halo de locura en el rostro.

Gabriel respiró hondo antes de asentir. No entendía cómo seguía a mi lado, avanzando por el tortuoso camino por el que lo llevaba, sin ni siquiera prometerle nada a cambio.

—¿Y ella?

—Ella está ciega.

Volvió a asentir con seriedad y caminamos hacia la salida de los jardines.

—Mi abuela jamás hubiera aprobado esta relación. Sabía verle las intenciones a la gente mucho antes de conocerla y nunca se equivocaba.

Y esa afirmación me salió de repente, como un torrente incontrolable. Gabriel no pudo disimular su asombro, era la primera vez que le hablaba de mi abuela con total sinceridad, sin que tuviera que sonsacármelo.

—¿Qué hubiera dicho de mí?

—¿De ti? Tú eres bueno, Gabriel… —Luego torcí el gesto—. Ojalá Ainhoa me escuchara como la escuchaba a ella.

—Cuando estás enamorado no escuchas a nadie.

—Eso es una tontería.

—¡Bah, pelirroja! No me dirás que nunca…

—Pues no, nunca. Y por lo que cuentan del amor lo quiero bien lejos de mí. ¿Para qué enamorarme? ¿Para volverme lerda? ¿Para hacer estupideces?

No contestó y di por hecho que mis argumentos eran irrefutables. Empezaba a sentir una especie de angustia, la misma expectación que me asoló cuando le abrí la puerta de mi casa. La misma frustración por no ser tan perfecta como él se había imaginado.

—¿No lo habéis denunciado? —preguntó al cabo del rato.

Reflexioné la manera de hacerle entender algo que podía parecer obvio. Nadie estaría dispuesto a vivir sometido al miedo y las amenazas, pero yo también había visto la cara romántica de Valen y su fachada teñida de falsa bondad.

—Es complicado. Ella le quiere, nunca lo denunciaría, y no serviría de nada que yo lo hiciera si luego lo niega.

A veces tengo miedo de hacer algo que pueda molestarla, si me alejara de su lado…

no podría asegurarme de que está bien. —Me paré en seco y me mordí el labio.

Necesitaba escupir ese nudo enorme que no paraba de crecer—.

Estoy llena de impotencia. Todo lo que puedo hacer por ella y mi padre depende de que acepten que necesitan ayuda.

Están encerrados en ellos mismos y yo espero paciente, pero a veces me siento frágil.

—Si puedo hacer algo por ti, Leire, lo que sea, te juro que lo haré.

—Solo una cosa. —Él me miró atento—. Que sigas siendo mi amigo. Que me sonrías con ese cariño que parece que me tienes y que hace menos sobrecogedor mi mundo. Que sigas llenando ese espacio que me falta y me devuelve un poco de paz.

—Eso no hace falta que me lo pidas, pelirroja.

Se acercó a mí y me acarició la mejilla.

Después me envolvió en sus brazos, otra vez, y me apretó con delicadeza; era alguien susceptible de romperme.

A pesar de ser delgado, me cubrió como una manta enorme, me sentí pequeña y protegida, su calidez me invadió por dentro y por fuera.

Sentí que la fortaleza que se me escapaba podría encontrarla allí, cobijada en su pecho.

Noté que iba cediendo la presión que sujetaba mi espalda, deshaciendo el abrazo y, temerosa de que no volviera a repetirse, le impedí la marcha.

Así estuvimos varios minutos más hasta que comprendimos que la vida no podía seguirse de aquella manera.

Después continuamos como si nada hacia la casa de Ainhoa.

Abrió ella la puerta. Se había cortado el pelo y me pareció despojada de juventud, como si su vitalidad se hubiera fugado y solo quedara el peso de la responsabilidad.

Valen, en cambio, estaba renovado, junto con su carácter desafiante.

De pronto nos miramos todos con curiosidad pasmosa, Gabriel era la pieza que rompía la normalidad en aquella casa.

—¿No vas a presentarlo? —soltó Valen con su voz grave.

—Es Gabriel, mi amigo. Podéis llamarlo Gabi.

Valen se adelantó para darle la mano. Ainhoa le dio dos besos con una sonrisa simpática. La tensión era latente, como siempre, y me movía con torpeza como si la intrusa fuera yo.

Ainhoa nos contó los días en Madrid como si hubiera sido un viaje a otro mundo.

Nuestras vacaciones se habían limitado al pueblo de la abuela y todo lo demás resultaba una aventura.

La ciudad enorme, las aglomeraciones de gente, las larguísimas carreteras, la Puerta del Sol, el parque del Retiro; todo incitaba en ella una emoción infantil.

—¿Queréis una cerveza? —preguntó Valen abriendo la nevera.

—Las acabo de poner, estarán calientes —contestó Ainhoa.

Él apretó los labios, escuché el rechinar de dientes, conteniendo las ganas de ponerse a gritar. Cerró la puerta de la nevera descargando su rabia.

—¿Cuántas veces te he dicho que pongas una en el congelador antes de que venga?

—No me he acordado, lo siento. ¿Y si le pones hielo?

—¿Eres tonta? —soltó con desdén—. Cerveza con hielo, donde se ha visto…

Hablaba con voz queda, temeroso de llamar la atención, y aun así seguía teniendo esa actitud amenazante.

—Pues yo quiero una, Ainhoa —dijo Gabriel de repente—. Prefiero ponerle hielo que beberla caliente.

—Menudo sacrilegio —bufó Valen.

—Soy de los que le ponen gaseosa al vino. —Se encogió de hombros.

Ainhoa parecía muy relajada y no paraba de sonreír a Gabriel, que había decidido adoptar una actitud defensiva, inducido seguramente por todo lo que le había contado.

—Es muy majo —me susurró mi tía aprovechando que se había alejado un momento de nosotras.

—Es mucho más que una cara bonita, es especial.

Fue una visita corta. La incomodidad se hizo más evidente cuando Valen se interesó demasiado en nuestra relación. Me ponía enferma que pudiera intoxicar todo lo bonito que teníamos con sus sandeces. Nos despedimos de Ainhoa con un beso y quedamos en ir a verla pronto.

—¿No le das un beso a tu tío? —se quejó Valen.

—Tú no eres nada mío.

Salimos del edificio con rapidez, como si huyéramos de algo. Yo siempre tenía la esperanza de que la pena se me quedara presa allí, pero la llevaba cargada a la espalda.

—Me ha parecido muy normal —comentó Gabriel aparentando tranquilidad—. Eso me lleva a pensar… ¿Cuántas personas con las que me cruzo a lo largo del día deben de hacer daño a otras?

—Prefiero no mirar a la gente así, no quiero perder la fe en la humanidad.

—Sí, tienes razón. —Se quedó callado y volvió a hablar minutos después—. Todo el mundo lo sabe.

Asentí. Los vecinos tenían que estar al tanto, las discusiones se oían con facilidad de una casa a otra.

—¿Cómo pueden normalizar algo así?

—Mirando hacia otro lado.

Yo también sentía que no hacía nada en absoluto.

Y no hacer nada era parte del problema. Era cómplice, sin querer serlo, de la infelicidad de Ainhoa.

Pensaba en ello continuamente y siempre llegaba a la misma conclusión: el conformismo que me había impuesto no me evitaba sufrir.

Vendarme los ojos me impedía ver, pero no sentir.

Y la impotencia de quedarme quieta me estaba desgastando.

Todo el conjunto de artimañas que había creado para protegerme se basaba en el inmovilismo. Y me estaba matando con lentitud.

—No dejes de intentarlo —me dijo Gabriel cogiéndome de la mano.

Ese gesto tan simple me recordó que ya no estaba sola.

Era la primera vez en muchos meses que mi padre me preparaba la cena. Se había quedado fría esperando en el salón junto con un gran vaso de leche. Había perdido esa costumbre hacía años, pero que la hubiera rescatado para recordarla era un claro guiño a lo que fuimos en un pasado.

—Dime que no has cenado.

—No —le mentí y bebí un trago de leche.

—He pensado que los días que no trabajes podríamos cenar juntos.

—Vale.

Yo intentaba estar contenta, pero mi padre seguía con la nostalgia pegada a los ojos.

—Parecemos dos desconocidos —me dijo.

Mi madre se había llevado una parte de nosotros con ella.

Reconocí entonces una verdad que me acechaba desde hacía tiempo y que espantaba con recelo: ¿era posible que hubiera utilizado a mi madre de soporte como habían hecho ellos con mi abuela?

Sentía su ausencia como algo irreparable, casi como si estuviera muerta.

Me acordaba de las primeras noches después de su marcha, sin escuchar sus pasos enérgicos a primeras horas de la mañana, el sonido de su cafetera estropeada, el juego de llaves estampándose en el suelo del rellano.

Sentía la cruda soledad buscando sitio para instalarse.

Yo también era un ser dependiente de otro.

—Tendremos que aprender a ser alguien sin ella —le contesté, ya sin ánimo alguno.

Yo había encontrado su sustituto en Gabriel.