La libertad de los seres efímeros 11
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Me obsesioné tanto con ese momento que estuve reviviéndolo en mi mente durante días.

Estaba tan acostumbrada a mi soledad que, en ocasiones, me sobrepasaba tenerlo ocupando mis pensamientos y mi realidad.

Me afanaba en analizar cada detalle: su olor, su calor envolviéndome por entero, esa energía arrolladora que había descompuesto mi mundo, mis certezas.

Y en esa exhaustiva revisión, me lamentaba al darme cuenta que apenas recordaba ya nada de lo que sentí en los primeros encuentros.

¿Qué había pensado cuando lo vi? ¿Cuándo escuché su voz justificándose frente a Mireia?

¿Tal era mi desidia entonces para haberlo olvidado tan pronto?

Y volvía a mis tribulaciones, a la constatación de que lo que más admiraba de él era su carácter y, por eso, lo había mirado como cualquier otro, porque en apariencia no era más que un ser insulso, sin ninguna gracia; pero su humildad y aquella alegría sencilla me habían atraído como una polilla hacia la luz.

Así que, sin tener en cuenta las palabras de Roy, me convencí de que no estaba haciendo nada malo por rodearme de personas que estimaba como verdaderos amigos.

Él era el que tenía que preocuparse, que andaba detrás de Sonia ignorando que ella ya tenía una vida compuesta y su presencia podía desbaratar el perfecto equilibrio que había conseguido con José.

Porque el día anterior, creyendo que estaban lejos de miradas indiscretas, los había visto cuchichear muy coquetos, como si Roy intentara ligar desprovisto ya de miramientos y ella se dejara hacer.

Y como si ese hecho rebatiera aún más mi decisión de no apartarme de Gabriel, no disimulaba mis ganas de estar con él y no me excusaba continuamente por ese mismo deseo, sin importarme qué pudieran pensar los demás.

El que opinaba con menos acierto era José, que se había empeñado en ver lo que no era y mostraba las dudas sobre nuestra amistad abiertamente y delante de todos.

A Gabriel siempre le daba la risa y yo se lo perdonaba porque era él y sus comentarios ingeniosos nos dejaban sin argumentos para defendernos.

Un día me hizo una de sus preguntas trampa, las que por su sencillez se contestan tan rápido que no da tiempo de medir la respuesta.

—¿Dónde acaba Gabi y empieza Gabriel?

—En la mirada que rompe todas mis barreras y logra colarse dentro.

Me sonrió conmocionado y yo no pude más que sonrojarme.

—Te odio —le solté enrabiada.

Él se echó a reír a carcajadas y, cuando volvió a la calma, suspiró y se quedó pensativo unos segundos.

—Milan Kundera dice que el amor empieza cuando una persona inscribe su primera palabra en nuestra memoria poética, que es el registro de todo aquello que hace de nuestra vida algo hermoso.

José era un gran aficionado a la lectura y solía mezclar sus consejos con frases célebres de sus autores favoritos.

A veces, por pura curiosidad, había trasteado en su biblioteca —que no era más que un cuartito con libros amontonados por la falta de espacio— y, viéndome tan interesada, se animaba a recomendarme lecturas y contarme las anécdotas que guardaba la adquisición de algún ejemplar.

En cuanto tenía una oportunidad me escabullía, temerosa de quedarme atrapada entre su pasión febril y aquellas páginas amarillentas.

—Te estás enamorando de Gabi —me aclaró al ver mi gesto de incomprensión.

—Vete a tomar viento.

Luego estaba Laura con sus salidas de tono, sus preguntas impertinentes y su empalagosa emoción que me sacaba de quicio.

Para el resto del mundo resultaba graciosa, pero yo conocía su obsesión y la llevaba sufriendo desde hacía años; convertirme en su pasatiempo me crispaba los nervios.

Lo peor no era aguantar sus planes maquiavélicos para juntarnos, sino la terrible lucha que mantenía con ella por no darle la razón.

Se me unía esa sensación desconocida que me embargaba por primera vez con el orgullo de no ceder ante mi amiga.

Y sería capaz de arrasar con todo antes que perder.

Me asusté mucho a la mañana siguiente al no ver a Gabriel sentado en el autobús.

Mireia no me dio explicaciones, tampoco pregunté.

Estuve tentada a enviarle un mensaje, pero entonces pensé que se trataba de una estratagema para no parecer tan dispuesto.

Quizá en mi intento de negar cualquier tipo de acercamiento le estaba hiriendo el orgullo.

Ese pensamiento me martirizó durante media mañana, me bastó una hora y media de clase para creerme que lo había perdido por mi cabezonería.

Fui a buscarlo antes de que empezara mi siguiente clase, ya conocíamos nuestros horarios y no fue difícil dar con él.

No esperaba encontrarme con esa imagen haciendo más realistas mis sospechas.

Gabriel estaba apoyado con la espalda contra la pared, delante de él había una chica que lo miraba demasiado cerca.

Los dos sonreían y hablaban en voz tan baja que no podía oírlos.

La chica lo cogió de la mano. Él la miró arqueando las cejas un poco incómodo.

—¿De dónde sales?

Di un respingo y pensé una excusa rápida que convenciera a Roy.

—Te buscaba. Dame un cigarro, se me ha acabado el tabaco.

—¿También fumas entre clases?

—Sí, venga. No seas rancio.

Quería irme de allí antes de que me viera Gabriel, antes de que grabara todos los detalles de la escena en mi mente.

—Joder, tía, eres como una chimenea.

Volví a clavar los ojos en esas dos personas que parecían ajenas al resto. Él se había retirado un poco de ella y le hablaba animadamente.

—Si fuera tú me metería en medio —dijo Roy acercándose más a mí.

—Eso es lo que dicen las personas que creen que algo les pertenece. Gabriel es libre de hacer lo que le plazca.

Roy me miró con condescendencia y me acarició el pelo.

—Pero te duele.

—Dame ese maldito cigarro.

Él me sonrió, no sin antes dedicarme una expresión de triunfo.

—Creo que empiezo a conocerte.

Antes de darme la vuelta, observé cómo la chica cogía el brazo de Gabriel, riéndose, y luego estiraba su moflete haciendo guasa. Tenía la misma sensación de incredulidad que me embargaba al observar a Roy y a Sonia. La sensación de estar presenciando un episodio demasiado íntimo.

Ni siquiera vino a desayunar, ni él ni sus amigos aparecieron por el bar.

Me sentía algo aturdida por el cúmulo de circunstancias; fui incapaz de probar un solo bocado.

Aquel mero intento de distanciamiento ya me estaba provocando arcadas.

¿Tan dentro se había metido para dejar un vacío tras su marcha?

No me gustaba el sentimiento de soledad que me golpeaba en las costillas.

Era un vago recuerdo de lo que fui meses atrás.

De la mirada melancólica de mi primer retrato.

Estaba tan enfadada con el mundo que ni siquiera lo veía a través de mis ojos.

No me percaté de que Gabriel vino a mi encuentro y que seguía sonriéndome con la misma complicidad de siempre.

—Hola —susurré tragándome ese malestar que no dejaba de revolverme el estómago.

—¿Me has echado de menos?

Suspiré olvidándome de todo lo demás. De aquella pesada carga que había estado sujetando desde su ausencia, de la toxicidad de mis pensamientos y de la poca gestión que tenía sobre mis propios sentidos, que me dominaban en situaciones desbordantes.

No, la culpa no era suya. Era mía y de ese miedo a que todo siguiera desmoronándose a mi alrededor.

—Sí, ¡podrías haberme avisado! —Hice un mohín—. Creía que habías desaparecido…

Él se echó a reír y me rodeó la espalda con el brazo.

—Lo siento, deja que te compense. He pensado que podríamos improvisar un pícnic en los jardines de la muralla. Hace un día estupendo.

Fuimos en moto cerca del lugar donde me dibujó por primera vez, cuando lo seguí hasta la muralla.

El calor ya no apretaba como entonces y las flores habían perdido sus colores vivos y llamativos para convertirse en pequeños espectros esperando morir por el frío.

Yo no me fijaba en nada, iba analizando con ojo crítico todas mis reacciones y me convencía de que era una chalada.

Sin embargo, había algo de coherente en mi lucha interior.

Me martirizaba imaginando a Laura pronunciando un «te lo dije» con sabor a triunfo.

A José y su «qué tozuda eres, niña» acompañado de una sonrisa condescendiente que me hacía temblar los músculos de pura rabia.

Y detrás de esa arrogancia que se me agarraba con fuerza, restaba olvidada la promesa de hacer lo que realmente deseaba.

Yo quería volar y olvidarme de los caminos trazados que no me llevaban a ningún sitio.

Me di cuenta de que Gabriel no traía consigo la carpeta y lo encontré casi desnudo, como si le faltara una pieza de ropa.

—¿No vas a dibujar nada? —le pregunté con extrañeza.

—Hoy solo me apetecía estar contigo. Dibujar es solo una afición —dijo sobrecogiéndose.

Gabriel debía de ser así cuando mentía. Tendría que haberme dolido que lo hiciera conmigo.

En cambio, fue como traspasar un espejo.

La transparencia de sus sentimientos tenía un lado opaco.

Era la confirmación de que la sinceridad más pura a veces también se corrompe, que la perfección era solo una capa de humo que desaparecía para hacerlo más humano.

—Tú no dibujas, Gabriel —le dije sin mirarlo—. Tú haces magia. Congelas momentos y emociones, los haces perdurar en el tiempo. Conviertes los sueños en algo tangible, cobran vida a través de tus manos.

—Nunca lo hubiera descrito tan bonito.

—Hablo desde la admiración que te tengo, deberías aprovechar tu don.

—Ni siquiera sabría por dónde empezar.

—Podrías compartir tus dibujos en Instagram.

—Seguro que hay cincuenta mil como yo. —Se rio sin ganas.

—Cómo tú no hay nadie, Gabriel. —Me sonrió—. Déjate llevar y crea algo único para llamar la atención.

—No creo que sea tan fácil…