10 #2
Era una tarde especialmente calurosa. El otoño no parecía haberse asentado y estábamos a punto de estrenar el mes de noviembre, muchos ya pensaban en las Navidades.
Encontré la misma puerta por la que había entrado la primera vez cerrada y, tras picar varias veces, tuve la tentación de irme como si nunca hubiera existido aquel deseo ferviente de escuchar de nuevo su voz complaciente y apaciguadora.
Sentí ruidos que venían de la parte trasera de la casa, desde allí podía verse una parte del jardín, aunque se conservaba la intimidad gracias a un cerezo enorme.
—¿Gabriel? —lo llamé a viva voz.
Apareció segundos después. Cuando me vio esbozó una sonrisa espléndida.
—¡Pelirroja! —exclamó—. ¿Qué haces por aquí?
—No podía dormir y… pensé en hacerte una visita.
—Ven, no tengo la llave —me dijo indicándome que saltara la valla.
Coloqué un pie en la verja y me agarré a la mano que me tendía. Me empujó hacia él de improviso y me cogió en volandas por la cintura, dando una vuelta sobre sí mismo y besándome en la mejilla antes de dejarme en el suelo. Digno de una novela.
—La próxima vez exijo entrar por la puerta —le dije un poco ruborizada.
Él se echó a reír y me invitó a pasar.
Había dos personas más allí. Era un jardín muy grande, compartido con la que era la casa de sus padres.
A pesar de haber hecho esfuerzos por diferenciar lo que era de cada uno, apenas lo habían conseguido.
Gabriel tenía el césped descuidado y una cantidad de hojas parduscas se apilaban en un rincón, cerca de la barbacoa.
En una mesa cuadrada de mármol estaba Mireia, frente a un portátil.
Me miraba como siempre, desconfiada y celosa, sin lograr disimular lo poco que le gustaba mi presencia.
La saludé con cordialidad y Gabriel me ofreció una silla a su lado.
—Estábamos liados con el trabajo final…, ya te llegará.
—Espera a ver cuántas apruebo.
—¿Quieres clases particulares? —bromeó coqueto.
Le sonreí y volví a fijarme en la persona que barría con fiereza la otra parte del jardín, parecía querer arrancar las baldosas del suelo, como si la suciedad que la invadía fuera la culpable de todos los males del mundo.
Era una mujer de unos cincuenta años con el pelo castaño muy corto; algunos mechones se le rizaban por la parte del flequillo, justo donde Gabriel tenía su remolino.
Tenía su misma expresión sincera, aunque había algo en ella que desprendía cierta hostilidad, un escudo impenetrable que le otorgaba una dureza excesiva.
Saqué mi bolsa de tabaco y empecé a liarme un cigarro. La mujer se paró en seco para observarme. Gabriel soltó una risita.
—Mamá, relájate, que te va a dar un ictus. Solo es un cigarro.
—¿No se supone que estabas estudiando? —le reprochó acercándose a nosotros.
—Seguiré otro día. ¿Te importa, Mireia?
—Como quieras —contestó ella inexpresiva.
—¿Tanto te cuesta ser constante? La niña ha venido expresamente a ayudarte.
—No te preocupes, Consuelo —la tranquilizó Mireia—. No me importa venir otra vez.
—A mí no me importa esperar —solté de repente, sintiéndome culpable de la discusión—. ¿Puedo sentarme en el balancín?
Me levanté sin esperar la aprobación de Gabriel, que me miró como si acabara de quitarle su juguete favorito.
Ellos volvieron a enzarzarse en una conversación donde la voz de Mireia dominaba por encima de la suya, aunque esperaba alguna respuesta de Gabriel —siempre más enérgica, imperiosa— para continuar con la explicación, que me llegaba amortiguada por el chasquido que hacía el columpio al balancearme.
Me recosté en la almohada y observé a mi alrededor mientras aquellos pensamientos que había querido aplacar volvían a mi mente.
De nuevo, la imagen de mi padre ante Gabriel me presentaba nuevos detalles de los que no me había percatado, y la decepción y la vergüenza se engrandecían en mis recuerdos.
Me sentía igual que esos tréboles que gobernaban el jardín, marchitos y paralizados por la fuerza de la naturaleza.
El pasado me degollaba a cada intento de resurrección.
Zas, zas. Mi padre levantándome en volandas y girándome por el aire.
Zas, zas. Su mano grandota y fuerte acunando las mías para hacerlas entrar en calor.
Zas, zas. Su melodía favorita colándose por la puerta de mi habitación mientras hacía los deberes.
Ahora esas tardes restaban olvidadas, cogiendo polvo, como todo en esa casa.
A merced del tiempo que nos devoraba, que nos hacía cada día más insignificantes, que me separaba irremediablemente del que en otro tiempo había sido mi héroe.
—Eh, pelirroja. —Gabriel me palmeó la pierna con suavidad y me sobresalté—. Estás a punto de quedarte dormida. Ven conmigo.
Cogí su mano y me ayudó a levantarme. Mireia ya salía por la puerta del jardín. Me condujo hasta el sofá del comedor y lo preparó para que pudiera acomodarme.
—Aquí podrás descansar tranquila, tengo que acabar unas cosas —dijo frotándose la frente.
Yo creí que iba a dejarme sola otra vez y sentí un vacío enorme, aunque no quería volver a mi casa fría y oscura; pero Gabriel se acomodó en el otro extremo para que tuviera suficiente espacio y sacó unos apuntes de una carpeta.
Yo me tumbé de tal manera que pudiera observarlo mientras trabajaba.
Se había puesto las gafas de pasta y jugaba a girar un lápiz entre sus dedos mientras leía abstraído por completo.
Tenía unos dedos largos y delgados, acorde a su figura esbelta y desgarbada.
No era como Adam. No era realmente guapo, no estaba musculado, tampoco parecía preocuparse demasiado por su aspecto.
Ni por su pelo revuelto, ni por los pantalones que le caían ligeramente y dejaban entrever sus calzoncillos.
No sé por qué lo miré con una repentina ternura que me hizo sonreír.
Ni por qué me empeciné en recordar la suavidad de sus manos y cómo me había cogido antes, con una delicadeza tan espontánea que apenas me dejó reaccionar.
Antes de rendirme al cansancio, pensé que el entendimiento mutuo que habíamos compartido desde nuestros inicios no podía ser fruto de una casualidad.
Mis sueños fueron confusos y extraños, llenos de imágenes que se iban hilando con otras hasta formar un cuadro demasiado surrealista, un teatro en el que como actriz me atrevía a improvisar sin el miedo de equivocarme e iniciar una fatalidad.
Pero luego se me hizo espeso y se fue transformando hasta convertirse en un reguero de voces que se mezclaban entre sí, que al principio formaban parte de mis evocaciones hasta que me supe metida ligeramente en la realidad y presté atención a las voces masculinas que dominaban la escena.
—¡Vaya paliza te estoy dando!
Se oía una musiquita de fondo, similar a la de un videojuego.
—Deja de gritar, capullo, vas a despertarla.
—Oye, Gabi…, ¿no te estarás enamorando?
Aquella pregunta me sobresaltó tanto que me revolví por dentro a la vez que me percataba del lugar donde estaba: durmiendo en el sofá de Gabriel.
Recordé que me tocaba turno de tarde en el Atlanta y vi un reloj que marcaban las seis.
Seguía metida en mi sueño plenamente consciente de que estaba a punto de despertarme.
Salté del sofá sin abrir los ojos y aterricé contra el suelo sin que me diera tiempo a poner las manos.
El golpe sonó seco y fue terrible. Gabriel y Roy vinieron corriendo enseguida.
—¡Leire! —exclamó Gabriel alarmado—. ¿Estás bien?
Me notaba la frente palpitar, como si el corazón se me hubiera subido a la cabeza.
—¡Joder! —dijo Roy asustado—. Trae hielo.
El dolor se estaba volviendo cada vez más intenso. Me toqué allí donde notaba la quemazón y descubrí un bulto.
—Ay, Dios… —lloriqueé.
Gabriel me indicó que me tumbara de nuevo en el sofá, llevaba un paquete de guisantes en la mano. Los dos se inclinaron hacia mí, expectantes, como si esperasen que el bulto desapareciera en cuestión de segundos a causa del frío.
—Te ha salido un cuerno —sonrió Roy.
—Cállate —mascullé entre dientes—. Ahora mismo solo tengo ganas de golpear algo y tu cara está muy cerca.
—¿Quieres que te lleve al médico? —preguntó Gabriel con verdadera preocupación, debía de tener un aspecto horrible.
—No es para tanto, pero tengo que irme ya o llegaré tarde. Tengo que pasar por mi casa para arreglar este desastre —dije tocándome la frente—. ¿Qué hora es?
—Las cinco y media.
—Joder…
—Te llevaré con la moto, ya te dará tiempo.
—¿Tienes una moto? —me sorprendí—. ¿Por qué coges entonces el autobús?
Vi cómo Roy disimulaba una sonrisa y se rascaba la ceja derecha con un gesto distraído.
—La estampé en verano y no tenía dinero para arreglarla…
Eso no explicaba nada. Entendí que no quería contestarme y su sinceridad le impedía mentirme.
—Y necesita verte todas las mañanas —soltó Roy sin poder contenerse.
—¿Por qué no te callas de una vez? —bramó Gabriel.
—Se te está enganchando su mala leche…
Yo tragué saliva y me ruboricé un poco. Me parecía estar volviendo al mismo momento de semanas atrás, cuando aquel mensaje fatídico frenó una relación que se empeñaba en ir por un camino que no quería.
Me llevó a mi casa en una Honda 125 en escrupuloso silencio.
Esta vez, la que parecía asustada y abatida era yo.
Me estaba dando cuenta de que no quería perderlo, que Gabriel me aportaba aquel sosiego que necesitaba, pero, por otro lado, no estaba dispuesta a cederle terreno en otros aspectos y aceptar que estábamos condenados a ser algo más que amigos.
Disimulé el chichón lo mejor que pude poniéndome un pañuelo a modo de diadema.
El invento no me quedó mal a pesar de no casar con mi estilo, pero no me evitó la tanda de justificaciones.
Sonia no se sorprendió de que Gabriel se quedara en el Atlanta, ni de que fuera a su casa y compartiéramos la mayor parte de nuestro tiempo.
Ella pensaba como los demás, que era inevitable, y volvió a lanzarme los mismos reproches de siempre, mis reticencias, mis estúpidos miedos, mi desliz con Adam y ese aparente escudo con el que me protegía y que no era más que la cobardía de mostrar mis debilidades y mis sentimientos.
Luego apareció Roy cuando colocábamos la decoración para Halloween.
Teníamos unas calabacitas portavelas que adornaban todas las mesas, telarañas en las ventanas y un esqueleto al que alguien le había arrancado un brazo en una noche de borrachera.
Todo ello contribuyó a darle un aspecto más tétrico sin restarle encanto.
Yo estaba arreglando mi atuendo de bruja e intentando disimular el golpe con el gorro puntiagudo —que había empezado a adquirir una tonalidad morada muy propia para la ocasión— cuando Roy se acercó despacio a mí, como si dudara de sus intenciones.
Sus palabras parecían un susurro ahogado, confidente, y de vez en cuando miraba a Gabriel, que pintaba distraído en su mesa predilecta.
—Oye, Leire… —La voz masculina que había escuchado en mi sueño ya no me pareció tan lejana—. ¿A ti te gusta Gabi?
—¿A qué viene eso? Es mi amigo.
—Mira, vamos a ser sinceros. Tú eres guapa, muy guapa. —No pude evitar ponerme colorada—. Y él, pues, por muy inteligente que parezca, no deja de ser un tío, ¿entiendes?
—Pues no.
—Joder, Leire. Que va a perder el culo por ti. —Acompañaba sus palabras con gestos contundentes, como si intentara meterme las ideas en la cabeza a la fuerza—. Que como te apliques más lo vas a convertir en tu marioneta. Va a caer, lo sé. Gabi es demasiado bueno…
Para mí, parecía querer decir. Demasiado para alguien tan inestable como yo.
Y, aunque Roy acabara de dejarme como la bruja mala del cuento, como alguien sin escrúpulos, no podía evitar otorgarle parte de razón.
Yo me estaba aprovechando de Gabriel porque era bueno, porque quería ayudarme, porque había descubierto parte de mis males y no se había ido corriendo, porque no había juzgado a mi padre.
Lo retenía a mi lado por puro egoísmo, porque era mi amigo a sabiendas que él, quizá, me veía de otra manera.
Y, a pesar de que lo intenté, de que aquella noche en el Atlanta aparenté mantenerme impasible ante sus reclamos, yo no podía ignorar a ese chico que me miraba con el ceño fruncido y una sonrisa bailando en los labios.
—A ti te pasa algo, Leire, estás rara…
—No, estoy cansada y algo apática.
—¿Quieres explicármelo?
—No busques, Gabriel, no hay nada…
Él se encaramó a la barra para acercarse más a mí.
—Eres transparente para mí, pelirroja, no puedes mentirme.
En eso tenía razón. Me ponía demasiado nerviosa, me sonrojaba y, si a mi interlocutor se le daba por insistir, se me escapaba la risa floja y me sentía de lo más absurda.
—Sabes que tú y yo somos amigos, ¿verdad? —empecé un tanto insegura.
—Claro, por eso me preocupo por ti.
—No lo digo por eso. Creo que ya me entiendes…
—No, no te entiendo. No entiendo por qué te empeñas en recordármelo siempre.
Lo vi derrumbarse lentamente, como si el tiempo se hubiera detenido un instante para dejarme esa palidez y esa expresión de derrota clavada en la retina.
—Yo…, es que Roy vino a hablarme y… —confesé justificando mi conducta, como si hacer culpable a otro fuera a aliviarme aquel malestar—. No quiero hacerte daño, Gabriel. No me lo perdonaría nunca. Porque yo, bueno, en este poquito tiempo, pues, te aprecio mucho.
Gabriel abrió los ojos de repente, como si le hubiera insuflado vida de nuevo.
Entró en la barra veloz y me estrechó entre sus brazos.
Apenas pude hacer nada para evitarlo. Gabriel me estaba abrazando muy fuerte contra su pecho.
Y ya no pude seguir hablando. Tenía una emoción similar a una inminente explosión, a algo que estaba a punto de arrollarme.