10
Con Adam no me había importado. Le abrí las puertas de mi intimidad casi con la misma desidia que embargaba a mi padre, con esa pizca de dejadez que nos convencía de ser inmarcesibles, aunque fuéramos todo lo contrario.
Y, sin embargo, me embargaba una extraña sensación: la certeza de que cuanto más se acercara, más se apartaría de mí.
Era inevitable. Aquella mancha que marcaba mi existencia no podría haberse escondido por más tiempo.
Mi único consuelo residía en la satisfacción que debía de invadir a Gabriel al descifrar parte del enigma, aunque lo peor estaba por llegar.
La mirada que no había comprendido la noche anterior era simple compasión, y no soportaba verla en sus ojos. Él representaba lo que había estado necesitando desde que mi madre se marchó y Ainhoa empezó a desvanecerse en los brazos de Valen: alguien en quien poder agarrarme para no caer.
Me desperté antes de lo habitual con la esperanza de caminar un poco y quitarme esos pensamientos de la cabeza.
Mi casa me ahogaba. Había perdido luz y la apariencia de un hogar.
Solo el aire frío de la mañana logró recobrarme el ánimo y me vi frente a las escaleras solitarias de la Catedral.
Las calles olían a café y los más madrugadores se dejaban embargar por la prisa, como si el tiempo hubiera amanecido con la intención de robarles sus propósitos.
Poco a poco se iría despejando el día de esa neblina traicionera que persistía en las horas tempranas y desdibujaba el paisaje más cercano al río.
Volví sobre mis pasos empujada por la misma marea rutinaria que movía a la gente hasta que, en un pequeño callejón que me internaba en una plazoleta oscura y deprimente, me pareció ver una figura conocida.
Los edificios altos apenas dejaban espacio para que entrara luz en el espacio minúsculo, asfixiado por su propia construcción.
—Nunca entenderé el sentido de esta plaza.
La voz de Gabriel permaneció en ligero suspenso, cortando el silencio con la misma inocencia que le había permitido volver y sonreírme como si no hubiera ocurrido nada.
—José me contó que antes se construía sin orden ni planificación. Además, las calles tortuosas y estrechas dificultaban la entrada del enemigo en tiempos de guerra.
Yo no entendía cómo podía saber tanto sobre historia.
Quizá porque se dejaba embargar por la curiosidad e indagaba hasta saciar su sed de conocimiento y verse engullido por todos los libros que decoraban su pequeño despacho.
José siempre me decía que en la literatura se encontraba la esencia del hombre y los hombres eran historia.
Gabriel me miró arqueando las cejas.
—¿Cuánto hace que os conocéis?
—Algo más de un año.
Después se quedó callado. Tenía las manos metidas en los bolsillos y aquel lugar ensombrecido le otorgaba una seriedad extraña que lo alejaba de mí. Casi me parecía estar al lado de un desconocido.
—Creo que ayer me metí en tu vida de una manera un poco brusca. —Luego me miró a los ojos—. Solo quería pedirte perdón.
—Vale. No importa.
—Pero aún estás ofendida, ¿no?
—Dejémoslo. No quiero hablar de esto.
—Pues a lo mejor deberías.
—¿En serio, Gabriel? ¿Qué más quieres de mí?
Caminé a paso ligero hacia la parada del autobús.
Él me seguía de cerca. A veces nuestros brazos llegaban a tocarse cuando la calle nos obligaba a compartir el espacio y nos sorprendíamos de repente, como si volviéramos a tomar consciencia el uno del otro.
Aquel paseo compartido se había vuelto incómodo y pesado, como las verdades que asomaban impacientes esperando liberarse; pero yo no quería asumir mis desastres.
Tenía la sensación de que, afirmándolos en voz alta, los haría más grandes, más reales.
Lo que no se hablaba no existía, pero Gabriel estaba allí para ponerle nombre.
—¿Desde cuándo es alcohólico?
Miré a un lado y a otro, cohibida por la conversación y el momento bochornoso que se me venía encima.
—Desde que mi madre se fue —solté en un hilo de voz—. Un año y medio.
—Debería buscar ayuda. ¿Has hablado con él sobre esto?
—Es más complicado de lo que parece. No somos personas demasiado… comunicativas.
—Pero te duele, ¿verdad? ¿A eso te referías en mi casa?
Gabriel parecía estar dominado por un torrente de emociones.
Me hablaba con la misma pasión que les dedicaba a sus dibujos, con el mismo empeño que le ponía mi padre a todos aquellos objetos que estaban rotos y pretendía arreglar.
Con la misma ingenuidad que me había acompañado a mí años atrás, antes de que la vida me obligara a crecer demasiado pronto.
—Estoy dolida, sí. Por eso no quiero hablar más con él. Tampoco creo que arreglase nada, así que prefiero olvidarme durante unas horas de que mi casa no es un lugar agradable.
—Eres fuerte, pelirroja. No dejes que los demás te hundan.
Me gustó que me atribuyera esa cualidad que tanto había caracterizado a mi abuela, aunque supiera la carga que eso conllevaba.
Ainhoa se había pasado toda la vida bajo un ala protectora.
Mi abuela cuidaba de ella y se acostumbró a tenerla cerca para aconsejarla en todo momento.
No es que dudara de ella, pero sus inseguridades la hacían ingenua y mi abuela, creyendo que la ayudaba, acababa decidiendo por ella.
Fue una mujer fuerte, independiente y muy dicharachera.
Fue la alegría de nuestra vida. No era casualidad que Ainhoa conociera a Valen seis meses después de su muerte.
Había que restituir la pieza que le faltaba.
Para alguien que había crecido sobreprotegida, no quedaba otra opción.
Viendo el error que había cometido con sus hijos y demasiado tarde para enmendarlo, mi abuela me educó a su imagen y semejanza.
Me instaba a no rendirme, a luchar por lo que creía justo.
Mi madre también era de la misma mentalidad —mi padre debió de ver en ella la vivacidad que siempre lo había acompañado, su pieza restituida— así que nunca me faltaron referentes donde reflejarme.
No obstante, con el paso del tiempo, comprendí que hay momentos que empañan nuestra existencia y que ser fuerte también me había llevado a convertirme en una persona demasiado exigente y menos tolerante al fracaso.
—No puedes dejar que los problemas de los demás dominen tu vida —seguía Gabriel, casi atropelladamente, dejándose embriagar por la misma ansia febril que sentía yo cuando quería ayudar a Ainhoa—. Lo de tu padre se arreglará, ya lo verás. Solo necesita un poco más de tiempo.
—A veces creo que es culpa mía.
—¿Por qué? Él es adulto, toma sus propias decisiones. —Ahora parecía indignado, como si mi confesión hubiera decepcionado a sus expectativas.
—Le recuerdo demasiado a ella. ¿Cómo va a olvidarla?
—Por Dios, Leire. Eres su hija. Ni siquiera tendríamos que estar hablando de esto. Sus problemas no deberían ser los tuyos.
Lo que no sabía era que ese asunto no era el único que enturbiaba mis días y desconocía cuánto tardaría en darse cuenta de lo lejos que estaba yo de ver resuelto mis conflictos.
En los días que vinieron, yo dejé que se forjara ciertas ilusiones, creyendo que ya había descubierto aquella parte que le faltaba para acabar de entender el sentido de mi existencia, mis vulnerabilidades, mis miedos, los entresijos de una cotidianeidad que, por muy semejante que fuera día tras día, iba enroscándose sobre sí misma y ahogándome sin remedio.
Y mientras yo solo aspiraba a ser un reflejo de mi propia verdad, Gabriel se abría más a mí y me prestaba parte de sus emociones para que lo conociera en toda su esencia.
Solo había un terreno más escarpado y tortuoso al que me costaba acceder: su pasión por el arte.
En ese aspecto se cerraba en banda, no admitía réplicas y, si yo insistía en su merecido talento, contestaba con evasivas o quitando mérito a un conocimiento que había adquirido por sí solo y casi sin esfuerzo.
Un día le pregunté a José por esa conversación tan trascendental que habían mantenido en el Atlanta, lejos de mi alcance, y en la que Gabriel le había expresado una preocupación de la que yo no era consciente.
—Hoy en día el talento ya no es suficiente —me explicó José—. Todo está destinado al consumo. Creamos productos y, por mucha calidad que tengan, si no gustan, si no venden, no valen nada. Así funciona ahora.
—¿Por eso no quiere ser artista?
—Ya es artista. Otra cosa es que pueda vivir de su vocación.
—Pero si no lo intenta…
—¡Claro, niña! Pero no hay nada peor que fracasar en lo que a uno más le gusta.
Así que Gabriel también tenía miedos. También huía, de alguna forma, de aquello que podía provocar su caída.
Dibujar en su intimidad era fácil, placentero, y lo resguardaba de las críticas feroces que podían sacarlo del convencimiento de que pintar sabía hacerlo bien.
No obstante, entrar en un mundo tan competitivo, donde el triunfo de los demás podía influenciar su destino o verse engullido por un sistema corrompido que suprimía cualquier intento de desviarse hacia un fin que no fuera exclusivamente comercial, no era, ni mucho menos, esperanzador.
No dejaba de darle vueltas a todo. De alguna manera me sentía en la obligación de encontrarle alguna debilidad a Gabriel para no verme en desigualdad de condiciones, como si me fuera indispensable guardarme una defensa en caso de verme asediada a preguntas y sermones intempestivos.
Aunque en el fondo reconocía el origen de aquel barullo interior: verlo sumergido de lleno en mi caos personal, porque muy a mi pesar temía que pudiera perderlo tan pronto como había aparecido en mi vida.
Y con ese pensamiento perturbador persiguiéndome sin descanso, no pude conciliar el sueño al mediodía y me vi recorriendo el camino que llevaba a la casa de Gabriel.