La libertad de los seres efímeros 9 #3
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Gabriel aún se reía cuando le serví un ron con cola.

El turno de cenas había acabado y ya habíamos bajado las luces para propiciar un ambiente más íntimo y festivo.

Yo estaba eligiendo una lista de canciones a sabiendas que la mayoría de las personas que ocupaban el local no aprobaría mi decisión.

Luego lo miré a él, atento y risueño; y contradiciendo mi intención de alejarlo de mí, le dediqué la canción que estaba a punto de sonar.

— Stand by me , de Oasis. A ver si te gusta la letra.

Me sonrió con curiosidad y volvió con sus amigos. El estribillo repetía varias veces la misma frase: «Quédate conmigo, nadie sabe cómo va a ser». Lo observé mientras procesaba la información y me devolvía una mirada profunda, de renovada esperanza. Ay, Gabriel.

Adam se acercó a mí e hizo un amago de ponerme la mano en la cintura. Me aparté a tiempo.

—Ni se te ocurra poner la mano donde no debes —le advertí.

Señaló con la cabeza a Gabriel con desdén.

—¿Te lo follas?

—Si lo hago, no te importa.

Soltó un bufido y volvió a la cocina. Me pareció un mal augurio que se hubiera sosegado tan pronto. La rabia de Adam podía convertirse en un torrente implacable en el momento menos esperado.

José volvió a aparecer rato después cuando recogía algunas mesas.

Su presencia me transmitió algo de paz. Me notaba inquieta y empezaba a desesperarme la idea de tener a todo el mundo observándome en un espacio que era ajeno a la universidad.

Algunos amigos de Roy eran como él, estridentes, y yo no me sentía en casa.

José me saludó con un breve abrazo y me mantuvo rodeada del cuello mientras me preguntaba cómo iba la noche.

—Me ha dicho un pajarito que está por aquí el chico de los retratos…

—¡Ay, ¡qué pesados!

—Vamos, quiero conocerlo… —me insistió.

Antes de sucumbir a sus ruegos quise recordarle que solo era un amigo, y tras pronunciar la palabra parecía que los ojos de Gabriel quisieran atravesarme, mientras José seguía aprisionándome para que no huyera de mis confesiones.

Le pedí que no se le ocurriera mediar entre nosotros, se lo repetí en tono amenazador y, luego, como no conseguía arrancarle una promesa creíble, le supliqué varias veces hasta que me di cuenta de que aquello no era propio de mí.

Ya era demasiado tarde. José me miraba entre incrédulo y asombrado y yo me deshice de sus brazos para recobrar la compostura y comprobar de reojo que seguía mirándome.

Ay, Gabriel, en mal momento tuvieron que cruzarse nuestros caminos.

Ya estaba siempre al acecho de cualquier circunstancia que se prestara, buscando indicios de un afán mucho más que amistoso.

Yo, que no esperaba del amor más que me dejara en paz, como hasta ahora.

—Gabriel, él es José, la pareja de Sonia —los presenté—. Roy es su amigo, y además hoy cumple años —me regodeé.

Aunque Roy no cayó esta vez en mi provocación.

Se acercó a José con seriedad, sin apenas dedicarle una palabra.

Cuando se dieron la mano recordé cómo Roy había mirado a Sonia, tal vez atraído por su carácter arrollador mezclado con cierta inocencia, por su belleza imperfecta o esa aparente vulnerabilidad que rompía con sus descaros, porque ante todo era una mujer fuerte y valiente.

Quizá Roy ya la había visto como José la vio un día, diferente entre todas las demás.

Sin embargo, yo no quise decirles nada a ninguno de los dos.

Me sentía una mera espectadora que, escondida tras la escena, acogía cada nuevo detalle con una emoción sobrecogedora.

Roy se marchó poco antes de que cerráramos.

José y Gabriel se sentaron en el ventanal mientras recogíamos, hablando animadamente, a veces en tono de confidencia, como si recelaran de compartir sus opiniones entre los pocos que alcanzábamos a oírlos.

Aquello me generó una terrible ansiedad.

Anhelaba colarme como un fantasma en el pequeño hueco que quedaba entre sus cabezas, robarles sus secretos, sus intimidades y adueñarme de la parte más inconfesable de Gabriel.

Pero seguí envuelta en un aura de inverosimilitud, donde la luz del local caía sobre mí como un muro que me separaba de la libertad de la calle.

Eran las doce pasadas cuando el frío de la madrugada me devolvió a la realidad. Gabriel era el único que esperaba conmigo a que Adam sacara la basura para poder cerrar el Atlanta.

—Tírala tú, tengo prisa —me dijo lanzándomela a los pies, aunque me miró desafiante con la esperanza de que le contestara.

Yo sabía que se trataba de una sutil venganza, que debería haber callado para no sucumbir a aquella facilidad con la que manejaba mis emociones, pero Gabriel nos miraba apoyado en la pared, con su aparente calma, y me sentía aún más humillada.

—Te toca a ti. Que tengas prisa no es mi problema.

—¿Vas de chulita porque está tu novio?

—No soy su novio —contestó Gabriel.

—No te hagas el duro, chaval, te va a joder igual.

—Te noto resentido —le soltó y se acercó un poco con las manos en los bolsillos.

Yo intenté disimular una sonrisa de triunfo. Adam me cogió de la barbilla para que lo mirara.

—Lo que quería de ti ya lo he conseguido y no era para tanto.

—Lo mismo digo. —Le propiné un manotazo para que me soltara.

Cuando se fue, Gabriel me dedicó una mirada de incomprensión.

—Sí, lo sé, es un imbécil con el que me he acostado.

—No te juzgo, es que parece muy cabreado para ser solo una noche.

—Debe de tener problemas de autoestima.

—A lo mejor se ha enamorado de ti. —Lo dijo muy convencido.

—Adam no se enamora de nadie —bufé.

Puse las cerraduras en la verja de la entrada y comprobé a conciencia que no se abrían. Una imperiosa necesidad que me aseguraba el trabajo bien hecho, aunque algunas veces se me mancharan las manos de grasa.

—¿Lista? Te acompaño a casa.

—No hace falta.

—Vamos, Leire, no voy a dejarte caminar sola por aquí.

—Pues lo hago todos los días —repliqué.

Nos desafiamos con la mirada durante unos segundos. No soportaba la idea de que pudiera ver mi casa —la materialización de mi caos, el recuerdo latente de mi madre pululando por las esquinas— y que ese detalle empañara lo bonito que pudiera haberse construido de mí.

—Voy a acompañarte —me dijo con determinación—. No me sentiría bien si te dejo marchar sola.

—Tú mismo.

Empecé a andar con cierta indecisión, fijando la mirada en la calle empedrada, en la imagen de aquel camino silencioso que recorría a diario y que hoy tenía un color diferente.

Un aspecto grisáceo y expectante, como una escena estática donde los únicos que se movían éramos nosotros.

Solo el rechinar de una puerta, como una voz agonizante en la noche, nos sobresaltó a los dos.

Yo tropecé con algún obstáculo invisible y Gabriel me agarró del brazo, como lo hacía en el autobús cuando pretendía lanzarme hacia delante.

Sentí el brazo dolorido, llevaba cinco minutos agarrada con fuerza al asa de mi bandolera cuando divisé los pequeños balcones dormidos a la luz de las farolas.

Me acerqué al portal y miré a Gabriel para despedirme antes de entrar.

Tenía los ojos encendidos y se le traslucía la sombra de su pequeño triunfo.

—¿No me invitas a entrar? —Yo no contesté—. ¡Venga ya, Leire! Has estado en mi casa. Yo también quiero conocer la tuya.

Por primera vez, detesté aquella sonrisa traviesa que no entendía nada de lo que estaba ocurriendo, que no leía el miedo en mis ojos.

—No hago ruido, te lo prometo. —Sus susurros recorrieron el rellano mientras abría despacio la puerta.

La casa estaba en penumbra, aunque la luz de la calle se colaba por las persianas abiertas. Recogí un pantalón sucio antes de encender la luz.

—¿Tu padre duerme?

—No, aún no ha llegado.

—¿Puedo ver tu cuarto?

Asentí intentando recordar el estado en el que lo había dejado horas antes.

Ya era demasiado tarde, Gabriel recorría emocionado cada rincón de mi espacio, quizá esperando encontrar algo de mí que se le escapaba, que no sabía interpretar.

Luego escuché la puerta abriéndose, unas llaves trastabillando en el suelo frío del salón y una maldición de mi padre.

Salí a su encuentro con un nudo en el pecho.

Él me miró curioso, casi parecía sorprendido de que fuera a recibirle.

—¿Es tu novio o es otro amigo? —se burló.

Gabriel estaba detrás de mí, esperando las respectivas presentaciones. Mi padre se quitó los zapatos sujetándose en la pared con verdadera dificultad, con esa desidia que impregnaba todas sus noches.

—Qué más da —contesté en un tono desdeñoso. No quería mirarlo. No quería mirar a nadie.

—Ay, chiqui… —Luego se dirigió a Gabriel como si le conociera—: Tiene los ojos de su madre. Esos ojos… te romperán el corazón.

Empujé a Gabriel hacia la puerta, permanecía impertérrito en mi salón.

Tal vez seguía esperando una presentación, una explicación que justificara aquella escena tan grotesca.

De nuevo, la oscuridad del rellano acogió nuestras figuras.

Sonaron golpes, más maldiciones. Gabriel buscó desesperadamente la luz de la escalera.

—Ya conoces más cosas de mí —logré decir—. Adiós, Gabriel.

—Leire…

—¿Qué? —exclamé exasperada. Solo tenía ganas de llorar.

—Nada. Solo buenas noches.

Su voz serena retumbó en mis oídos. Aún lo escuchaba cuando se fue. Aún pensaba en él cuando me metí en la cama, recordando aquella expresión indescifrable que nunca le había visto.