La libertad de los seres efímeros 9 #2
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Mi madre se marchó con el convencimiento de que mi padre se esforzaría por cambiar.

Una de sus virtudes —o defectos— era creer en las personas, aunque no le dieran motivos para hacerlo, porque para ser mejor, decía, tienes que equivocarte mil veces.

Nos pasamos la vida intentando entendernos y muchos no lo lograremos nunca.

Y esa era una filosofía que le permitía tener una paciencia infinita con los demás.

No volví a ver a Gabriel hasta el día siguiente, cuando me acompañó en el autobús al mediodía, a pesar de que podría haber prescindido de él gracias al padre de Mireia.

Sospechaba que su expresión risueña se debía a la información que había descubierto sobre mí.

Seguramente, Laura les hubiera contado cómo mi madre se coló en nuestras primeras experiencias nocturnas, y ahora tendría una impresión de ella muy diferente a la que correspondía.

«Yo quiero una madre como la tuya», había dicho nada más sentarnos y después se imaginó su adolescencia bajo la influencia de una madre que, por supuesto, lo hubiera llevado por caminos muy distintos, quizá más interesantes, más especiales, porque con una madre así seguro que estábamos muy unidas y no solo podía contar con ella como madre, sino también como amiga…

—Tu madre está a dos pasos de ti, Gabriel —lo interrumpí—. La mía vive a cien kilómetros, ajena a lo que pasa a mi alrededor e incapaz de preguntarme si estoy bien porque le da demasiado miedo que le conteste lo contrario y darse cuenta de que está siendo una egoísta.

El autobús frenó y él me cogió del brazo para amortiguar la sacudida. Después me deshice de él y me levanté para bajarme en aquella parada que no me correspondía, por el placer de caminar y ahogar esa furia contenida que me carcomía por dentro.

No quería estar enfadada con ella, no quería odiarla.

Y, sin embargo, tras ver el agujero en el que se había metido mi padre, no podía evitar concederle parte de culpa.

E inmediatamente me fustigaba por no dejarla ser valiente, luchar por una vida distinta, arriesgarse a romperlo todo y recomponerlo de otra forma con el simple objetivo de intentar ser feliz.

Aunque fuera lejos de aquí. Aunque fuera lejos de mí.

Minutos más tarde llegué a aquel lugar tan maravilloso que me robaba el aliento.

Y la vi ajena e imponente. Nada podría romperla porque la voluntad de los hombres se había encargado de hacerla inmarcesible.

Tan armoniosa e inalcanzable. La envidia dejó paso a la admiración y me quedé prendada de su imagen sin darme cuenta de quién tenía al lado.

—¿Qué tienes con este sitio?

—¿Me has seguido? —le respondí sin apartar la vista de la fachada de la Catedral.

—Sí. A ver si creías que eras la única que podía hacerlo.

—Yo no te he seguido nunca.

Gabriel se rio y me rodeó el cuello con el brazo con la intención de darme un achuchón amistoso.

—No creo que mi madre sea egoísta —le dije mirándolo a los ojos. Necesitaba justificar mi arrebato—. Es que me duele que esté tan lejos…

—Te entiendo. Quieres que siga con su vida, pero te da miedo que te excluya del todo. Pues déjame decirte que eso es imposible, Leire. Eres su hija y eso es lo que prevalecerá siempre.

Yo me acomodé en mi silencio y volví a perder la mirada en el imponente monumento, pero por primera vez su presencia me crispó ligeramente.

—Mañana es el cumpleaños de Roy. —Pareció entender mi malestar y buscó una alternativa para cambiarme el humor—. Lo digo por si quieres tocarle la moral. Odia los cumpleaños, siempre hacemos una nocelebración —me explicó.

—¿Y eso qué significa?

—Nos comportamos como si fuera un día normal, sin felicitaciones ni fiestas escandalosas. Nos reunimos para darle un regalo que nos acepta a regañadientes y como mucho nos tomamos unas cervezas.

—Eso no le pega nada.

A Roy le encantaba ser el centro de atención. Eso era lo que me molestaba de él, su constante lucha por destacar y hacerse notar por encima de los demás.

—Lo sé. No intentes entenderlo…

—¿Por qué no venís al Atlanta por la noche a nocelebrarlo ? —se me ocurrió.

—Se lo diré.

Arqueé una ceja extrañada por la ambigüedad de su respuesta.

—Si él no quiere también puedes venir solo.

Sonrió travieso y me miró fijamente.

—Me lo pensaré —contestó con la misma evasiva que yo había utilizado con él.

—Supongo que me lo merezco…

—Estoy de broma. —Chocó su hombro contra el mío—. Si me apetece te lo digo y si no, también. Soy así de simple.

—Yo diría que eres extremadamente sincero.

—Eso también —se rio—, pero sin ser doliente.

Luego cada uno siguió su camino como si la conversación inicial no hubiera abierto un hueco hacia mis sentimientos más profundos.

Laura no dejaba de hablar del próximo fin de semana.

Se celebraba la fiesta mayor de la ciudad, había ferias, conciertos y barracas, donde era tradición comprarse un bocadillo y beber hasta altas horas de la noche.

En el Atlanta solíamos tener bastante ajetreo.

Además, era Halloween, decorábamos el local con telarañas de colores y objetos fúnebres, y nos disfrazábamos para la ocasión.

Ese año Sonia había decidido que seríamos brujas y se había comprado hasta una escoba.

Yo solo tenía ganas de arrear a Adam con ella, que no dejaba de quejarse del supuesto ridículo que íbamos a hacer.

—¿Cómo me voy a disfrazar yo de bruja? —dijo al ver nuestros disfraces.

Sonia me había comprado una camiseta negra de lentejuelas y una falda que era más parecida a un tutú con unas medias a rayas y un gorro puntiagudo.

—Puedes vestirte de Harry Potter —le contestó ella.

Aún no sabíamos cómo iba a aparecer.

—¿De qué vas a disfrazarte tú, Gabriel? —le pregunté al día siguiente.

Había sido una mañana muy larga. No nos habíamos encontrado en el desayuno, convirtiéndolo todo en pura monotonía, sin ninguna emoción que despertara mi interés.

—No me van esas cosas, pero vendré a verte.

Sonrió levemente y volvió a concentrarse en la música sin quitarme el ojo de encima.

Estaba extraño, demasiado ausente. Y a pesar de ello, ese silencio no me supo tan amargo.

Nos metimos en una atmósfera donde solo estábamos los dos y el traqueteo del autobús, un ligero vaivén que nos llevaba a hipnotizarnos mutuamente.

—Me gusta que me llames Gabriel —me dijo flojito.

—¿Te gusta? —Mi voz tenía un tono demasiado sugerente.

—Por cómo suena en tu boca.

Su mirada bajó hacia mis labios y ahí se quedó durante unos segundos eternos hasta que tragó saliva y volvió a toparse con mis ojos. Me mordí el labio inferior, fascinada por aquella sinceridad que me dejaba atónita.

Silencio.

—Tienes unos ojos… impresionantes —dijo sin aliento—. Un día los dibujaré.

¿Cómo una promesa podía destilar tanta sensualidad?

El autobús paró en seco y salimos despedidos hacia delante.

Esta vez ninguno de los dos estaba atento.

Me golpeé con el asiento y solté una maldición.

Se levantó de un salto, turbado, como si por un momento hubiera olvidado dónde estaba, y antes de que saliera por el pasillo le cogí de la mano.

—Te espero esta noche.

—Sí. —Me dio un suave apretón.

Miré sus dedos siempre manchados de carboncillo.

—No me falles —susurré.

—Claro que no.

José corregía exámenes en una de las mesas del Atlanta. Me gustaba verlo concentrado, leyendo entre susurros las respuestas que, de vez en cuando, le arrancaban alguna exclamación de sentido pesar.

—¡Qué pena, Leire! El mundo se va a pique…

Su trabajo de profesor en un centro de primaria le había servido para constatar el estado decadente de la cultura del país.

En algunos de nuestros acalorados debates habíamos mostrado nuestras diversas opiniones sobre el tema.

Él aún tenía alguna esperanza, y desde su posición tenía recursos, aunque pocos, para evitar que siguiera el desastre. Yo no era tan optimista.

José era todo un hombre, con la cabeza bien amueblada y ni una pizca de locura o de inmadurez.

Todo lo contrario, al descarado y socarrón de Roy.

Aunque parecía más humano cuando Sonia le ponía voz.

Creo que aprendí a apreciarlo a través de sus confidencias y acabé por construir dos personas completamente opuestas en mi mente.

Aún me parecía una estupidez que ella se hubiera fijado en él.

De hecho, eso era lo más alocado que había hecho desde hacía tiempo.

Así de aburrida era su vida y así de desmotivada se sentía.

Yo no se lo había dicho nunca, pero tal vez echara de menos lo que habían sido al principio, la emoción estrepitosa de los primeros acercamientos, los planes de futuro, la rápida idealización a la que sometió a una persona tan común como el resto.

Sonia no sabía que había abierto una puerta y que empezaba un juego que aparentaba ser inocente, pero que no lo era, creándose una especie de amor prohibido que le prestaba un poco de aquella emoción irrecuperable.

Roy entró hacia las diez en el local acompañado de Gabriel.

Iba tan sonriente que no pudo disimular el susto que se llevó cuando Sonia lo felicitó a voz en grito delante de todo el mundo.

No le había explicado nada de su aversión a las celebraciones para no restarle intensidad a ese mal momento que estaba pasando.

Le puse la canción del cumpleaños feliz y disfruté viendo cómo Sonia le tiraba de las orejas. Su cara de horror mereció la pena.

—¡Vale ya! —me vociferaba haciendo aspavientos con las manos para que parara la música—. Ya te has divertido bastante, ¡ahora déjame en paz!