9
Las fotografías eran la puerta hacia el pasado idealizado que tanto anhelaba mi padre.
Solía convencerse a sí mismo de que aquella distracción lo ayudaba a mantener su promesa de no abocarse a la resignación absoluta, pero aprovechaba la ocasión para regocijarse en la melancolía.
A veces, compartía conmigo recuerdos que no habían materializado las imágenes, hilaba asuntos con otros, recorría parte de mi infancia sin un fin claro; salvo el de intentar justificar los equívocos que habían predestinado el desastroso desenlace.
Yo le recordaba feliz entonces, aunque su felicidad fuera de esas certezas sutiles que se enmascaran en una aparente pasividad.
En todas las situaciones que habíamos realizado junto a mi madre se infería su carácter arrollador: las decisiones de última hora, los viajes improvisados, sus ideas extravagantes, hasta los muebles de la casa dejaban entrever ese ambiente caótico en el que se envolvía.
La abuela, que la entendía igual que la adoraba por ser capaz de encontrar orden en su locura, nos proporcionaba cierto equilibrio para soportar tal desafuero.
La abuela jamás le hubiera recriminado su actitud a sabiendas que ese era el secreto de su felicidad.
Jamás la hubiera empujado a desertar de la familia.
—¿Crees que ella murió feliz? —me había preguntado Ainhoa en una de esas ocasiones en las que el silencio nos llevaba a divagar más de lo que deseábamos.
Yo siempre me la había imaginado terriblemente cansada de tirar de todos nosotros, con sus arrugas de preocupación poblándole la frente y dejándose llevar por aquel halo de luz, ya sin ánimo de resistirse, hacia un supuesto infinito menos agotador.
Nunca había temido a la muerte porque la vida la había puesto a prueba tantas veces que, rendirse al descanso eterno, le debió de parecer la recompensa a tanto infortunio.
Mi madre nunca comprendió cómo alguien tan abnegado supo ver más allá de su egoísmo, porque Lola se conocía muy bien y no renegaba de sus defectos, más bien los aceptaba como aquella parte de su esencia que la convertía en un ser imperfecto.
Pero todos la queríamos a pesar de todo.
Incluso Ainhoa, que llegaba a comparar las presuntas imperfecciones de mi madre con las de Valen cuando intentaba defenderlo.
Otras veces, lo achacaba a una inmadurez persistente fruto de la falta de cariño y la ausencia de vínculos familiares.
Toda la retahíla de pretextos conformaba la defensa más férrea de Ainhoa.
Una defensa edificada para protegerse contra las pretensiones de los que, como yo, intentábamos persuadirla de seguir junto a él.
A mí me daba la sensación de que quería salvarlo de algo —aunque no sabía de qué— y por ello se lo perdonaba todo.
Se agarraba con fuerza a la esperanza de verlo cambiar algún día.
«¿Crees que alguien puede cambiar con el tiempo?
», le había preguntado a Gabriel a través de un wasap.
Llevaba horas tirada en la cama sin otro quehacer que analizar todos mis recuerdos.
«No», me había contestado él. «¿Quién esperas que cambie?
», y después se había pasado un minuto escribiendo, seguramente sopesando la posibilidad de enviar algo que pudiera ahondar demasiado en todo aquello que yo aún no quería contarle.
«¿Adam?». No contesté creyendo que, tal vez así, desistiría de conocerme un poco más.
«Hay cosas que se van para dar cabida a las que están por venir».
Ahí me hizo sonreír.
El lunes amaneció emborronado y lluvioso.
Las alcantarillas estaban incapacitadas para tragar tanta agua, las calles empezaron a inundarse y los ríos a subir.
En los puentes de la ciudad se apostaba la gente a admirar el espectáculo gratuito del poder de la naturaleza.
Entre los más jóvenes corría un rumor impaciente, casi eufórico, que nos obligaba a obviar los peligros y a disfrutar de aquel paisaje pintoresco, del rugido de los coches atascados, de la prisa de los transeúntes que veían amenazada su rutina, del colapso que nos recordaba el frágil equilibrio en el que vivíamos.
Yo llegué muy tarde a la universidad. El autobús no había respetado su rígido recorrido y tuve que caminar un trecho hasta alcanzarlo en otra parada.
Gabriel y Mireia no aparecieron y sentí una soledad extraña, como si conformaran el sentido de mi mundo.
Las horas de clase pasaron lentas y sin que pudiera sacar provecho de ellas.
Mi mente divagaba por otros lugares, escapaba de esa estancia que la tenía enclaustrada y recorría los pasillos vacíos y silenciosos en busca de algo que la ayudara a evadirse.
Después, Laura y yo nos enfrentamos a la odisea de llegar al bar atravesando un campus anegado.
Ella, con sus botas de agua hasta las rodillas, saltaba los charcos sin problemas y se divertía como una niña salpicándose la ropa.
Yo prefería tomarme mi tiempo y escogía el mejor camino para no empaparme los pies.
Estaba a punto de atreverme a dar un salto, pero tras coger impulso, alguien me levantó por la cintura y me llevó hasta el otro lado.
Miré a Gabriel y lo resguardé bajo mi paraguas.
Llevaba puesto el gorro del chubasquero que no le cubría del todo la cabeza y del flequillo le caían gotas de agua.
—Te he salvado, pelirroja.
—Estoy seguro de que se hubiera ahogado en ese charco —soltó Roy a mis espaldas.
Luego me empujó con el hombro al pasar por mi lado y me tiró el humo del cigarrillo.
—¡Vamos, chicos! —nos gritó Laura—. Está a punto de caer fuerte otra vez.
Gabriel me pasó el brazo por encima de los hombros y me arropó con su cuerpo hasta alcanzar el mango del paraguas y elevarlo a su altura.
—¿Dónde te has metido esta mañana? —le pregunté.
—El padre de Mireia nos ha traído hasta aquí. ¡No me digas que has cogido el autobús! ¡Todo era un caos!
—No tenía otros medios, pero ha sido divertido.
—Podrías haberme llamado.
—Ni siquiera lo pensé.
—Pues deberías pensarme más a menudo. —Me sonrió.
Le pasé la mano por la cara para secarlo. Estaba frío, pero tenía las mejillas coloradas como si acabara de hacer un gran esfuerzo y hoy sus ojos marrones parecían más claros. Ni siquiera me percaté de la mujer que se acercaba a nosotros desde lejos.
—Leire, esa no es… ¡Lola! —gritó emocionada Laura.
Mi madre se acercó a nosotros y se echó a mis brazos. Gabriel me tenía cogida del cuello y aprisionó su mano impidiéndole apartarse. Nos quedamos los tres agarrados de una forma tan cómica que a él no le quedó otra que echarse a reír, aunque yo me moría de la vergüenza.
—Mamá, nos estás ahogando…
—¿Es tu chico?
—Amigo, Lola —intervino Laura vocalizando como si fuera lerda—. A-mi-go.
Ahora era Roy el que reía. Menudo espectáculo. Mi madre también abrazó a Laura, que llevaba mucho tiempo sin verla.
—Pues es muy majo, ¿cómo te llamas? —Se centró de nuevo en Gabriel.
—Gracias, soy Gabi.
Se acercó a darle dos besos y le presenté a Roy.
No entendía por qué había aparecido así, sin avisar.
La sentía fuera de lugar y me invadió cierta incomodidad.
Laura la conocía de sobra —habíamos salido de fiesta juntas— pero ciertas cosas habían cambiado de contexto, como mi padre.
La miré de reojo esperando que se diera cuenta. Necesitaba quedarme a solas con ella.
—¿Has acabado las clases? —me preguntó.
—Me queda una, pero si me salvas de ella te querré más.
—No se lo digáis a nadie —susurró mirándolos con el dedo en los labios.
Mi madre había encontrado un trabajo de comercial que la llevaba de un sitio a otro y le permitía relacionarse con la gente.
«Es lo que más me apetece ahora», me contaba, y parecía tan alegre que me sentí ofendida de que hubiera encontrado la felicidad lejos de nosotros.
Adoraba el trato humano. A diferencia de mi padre y de mí, necesitaba comunicarse continuamente, aunque solo fuera para comentar el estado del tiempo, las noticias del día o el último cotilleo en la red.
Todas estas banalidades enmascaraban lo que no deseaba verbalizar: sus sentimientos.
Lola era aparentemente feliz, aunque aquella felicidad fuera la fachada que se había construido para poder hacer de ese deseo una realidad.
No obstante, todo acababa descubriéndose y su frustración se impuso por encima de nosotros.
Y ahora que nuestra vida era un caos, me daba vergüenza admitir que no habíamos sido capaces de seguir sin ella.
En su última visita, mi padre logró fingir su desazón, aún le quedaba orgullo por entonces.
—Hay cosas que están mucho peor que antes —le advertí.
—¿A qué te refieres?
El estado en el que lo encontramos respondía por sí solo.
—¿Va borracho? —me preguntó mi madre con evidente sorpresa.
Mi padre adoptó su actitud melodramática, quizá esperando hacerla sentir culpable.
—Es lo normal… —le contesté.
—¿Cómo? —volvió a preguntar alzando la voz.
—Ah, ¿que no te lo había dicho? —dije con sarcasmo—. Mi padre se emborracha día sí y día también.
—Pero… ¿por qué no me has llamado?
—¿Y qué habría cambiado? ¿Acaso hubieras vuelto?
No contestó. Cogió a mi padre por el brazo y se lo llevó al baño, donde lo obligó a darse una ducha y a cambiarse de ropa.
—¿A quién demonios he confiado a mi hija? —escuché que le decía.
—Sois las mujeres de mi vida —lloriqueaba él.
—No me sirven las palabras, ¡quiero hechos!
Me acerqué al quicio de la puerta. Mi padre estaba sentado en la taza del baño, enrollado con la toalla y las manos apoyadas en la cabeza. Me sonrió levemente cuando se percató de mi presencia.
—¿Me quieres, chiqui?
—Sí, pero estoy decepcionada.
—Me duele que me digas eso —dijo en tono lastimero.
—Tómatelo como una motivación.