8 #3
No contesté. Me observó en silencio para acabar esbozando una sonrisa llena de ternura que me desarmó por completo.
—No voy a hacerte sufrir más. He tenido una idea.
Saltó de su asiento muy resuelto y cogió unos botes de pintura que tenía amontonados en el suelo. Se acercó a la única pared libre que quedaba y me ofreció una brocha.
—Pinta, vamos.
—Pero yo… no sé…
—No hace falta saber. Solo pinta.
Accedí a regañadientes. Mojé el pincel en un rojo intenso y lo estampé contra la pared sin saber muy bien cómo continuar.
El corazón se me aceleró cuando noté su presencia encima de mí.
Dirigí mi mano hacia arriba con cierta inercia, observando el camino dibujado hasta que desapareció.
Volví a mojarlo de nuevo. Esta vez decidí cerrar los ojos para olvidarme de Gabriel.
Mi brazo empezó a deslizarse con energía hacia los lados, arriba y abajo.
Despojada de un sentido, el silencio que tanto me amenazaba se convirtió en una explosión de sensaciones.
El tacto de la madera en mis manos entumecidas por el ímpetu que desprendían mis gestos, el sonido de la pintura mojada en la superficie rugosa, las voces de una fiesta que parecía ajena a nosotros.
Supe que Gabriel se había unido a mí cuando me estrellé contra su mano y lo llené de pintura.
Se nos escapó la risa y abrí los ojos para mirarlo.
Ya habíamos iniciado el juego. Él se abalanzó sobre mí e intentó pintarme la cara y yo hice lo mismo hasta que Gabriel logró agarrarme de las dos manos y llevarse el triunfo.
Nos dejamos caer al suelo dominados por la risa.
—¿Qué has sentido? —me preguntó Gabriel, cuando volvimos a la calma.
—Libertad.
Gabriel sonrió como si aprobara mi respuesta. Luego recordé sus palabras en el Atlanta, su necesidad de vaciarse a través del arte.
—Qué bonita palabra.
—No me siento casi nunca así —confesé.
—Yo tampoco. Solo cuando dibujo. ¿Verdad que ahora me entiendes?
—Pues debería ser más fácil —reivindiqué indignada—. Deberíamos hacer lo que deseamos, Gabriel. Huir de lo que nos hace daño.
—¿Qué es lo que te hace daño?
—No importa…, solo prométeme que intentarás ser libre, como cuando dibujas.
—Solo si tú haces lo mismo.
—Eso no vale —me quejé.
—Es mi condición y no es negociable.
Asentí y nos dimos la mano, aunque yo aún no fuera consciente entonces del peso que conllevaría aquella promesa en nuestra relación.
Las promesas eran, como cualquier buen propósito, intenciones que crecían con fuerza en nuestro interior para irse desgastando con el tiempo, para acabar calcinadas en el fondo de la memoria como fracasos insalvables.
Palabras echadas al aire que nunca eran acogidas con agrado por nadie.
Y, sin embargo, en aquella fiesta que ya empezaba a decaer, me ligué sin quererlo a Gabriel con la esperanza de que al menos él si fuera capaz de cumplirlo.
La música había cambiado hacia una melodía más relajada dominada por unos acordes de guitarra y una voz masculina. Cristina preparaba un juego de cartas sentada encima de la alfombra deshilachada del comedor.
—Estábamos especulando con la posibilidad de que la estuvieras dibujando desnuda —bromeó Roy.
—No tenemos tanta confianza —contestó Gabriel.
—Y aunque la tuviéramos, tampoco —maticé.
Gabriel mostró su decepción exagerando sus gestos.
—Pues yo me dejaría —me picó Roy.
—Va a ser verdad que está enamorado de ti —añadí mirando a Gabriel. Él soltó una carcajada.
—Me habéis pillado. —Se abalanzó sobre él para darle un beso, pero Gabriel lo apartó y lo empujó con fuerza.
Yo me senté en el sofá y saqué el tabaco para liar un cigarrillo.
Las manos de Cristina bailaban encima de la baraja con soltura, como si las hubiera sometido a su voluntad.
Observé el extraño comportamiento de las dos amigas, que apenas necesitaban de palabras para entenderse.
En aquel íntimo espacio pactado, los gestos y las complicidades decían más de lo que querían expresar. Empecé a sentirme una intrusa.
—Voy a por un par de cervezas —dijo Gabriel.
Fui a encenderme el cigarro, pero Mireia me miró como si fuera a cometer una locura.
—Gabi no deja fumar en su casa —me dijo en un tono demasiado autoritario.
Era la primera vez que su voz sonaba alta y firme, que rompía la presunta apacibilidad de su carácter. Así que no quise contradecirla, aunque mi mirada debía de traslucir lo poco amigable que me sentía en ese momento. Fui a la entrada a por la chaqueta, pero Gabriel me interceptó por el camino.
—¿Necesitas algo?
—Me han dicho que tenía que salir a fumar fuera.
—Sigue diluviando. Te abriré la ventana de la cocina, pero no se lo digas a nadie. —Me guiñó el ojo.
Nos sentamos encima de la encimera pegados a la ventana. El aire olía a lluvia y se colaba a ráfagas, moviendo la cortina con violencia. El humo no tardó en inundar la habitación.
—¿Te molesta? —le pregunté mientras él luchaba con la marea grisácea que amenazaba con impregnarse en su flequillo.
—Tendré que conformarme.
—¿Como haces con todo lo demás?
Ladeó la cabeza, divertido. Tenía una expresión infantil que lo llenaba de ternura.
Los ojos se le entornaban ligeramente y en sus labios se dibujaban unos pequeños surcos que apenas podían disimularse por la ausencia de barba.
Me imaginé revolviéndole el pelo como a un niño, inocente y frágil.
Y en cambio, sus ojos, me miraban con una sabiduría que no podían haber adquirido sin vivir muchos años.
—Pintar es una afición, Leire. Uno no puede vivir de sueños. Es muy bonito, utópico, y suena muy inspirador cuando lo dicen otros, pero la realidad es mucho más compleja.
—Pero ¿qué es la vida sino un sueño? Nos pasamos la mitad del tiempo esbozando lo que será nuestro futuro y lo que nos mantiene cuerdos es creer que algún día todo será mejor. Así que la vida, Gabriel, es eso. Tú lo dijiste: esperanza.
—Me da miedo decepcionar a mis padres.
—Ellos ya tuvieron su momento. No deberían suponernos un lastre.
Pensé en mi familia y en el dolor que también habían hecho mío. En todas las cosas que estaban mal y que, por una misteriosa razón, se me olvidaban en presencia de Gabriel, que regurgitaba esa imperiosa necesidad de hacerle entender que estaba perdiendo el tiempo.
Roy interrumpió la conversación antes de que pudiera contestarme.
—Nos vamos. Esto se ha convertido en una fiesta íntima.
—Yo también debería irme —le dije. Me asoló de repente un terrible dolor de cabeza.
—Roy te lleva.
—¡Sí, claro! —exclamó él con sarcasmo—. ¿Dónde tengo que dejar a la princesa?
—Vivo cerca de aquí.
—Adiós, pelirroja. Me ha gustado mucho que vinieras.
Yo le sonreí y acepté resignada el apodo que ya había hecho tan suyo. De nuevo, algo me empujaba a huir desesperadamente. Me lanzaba hacia la puerta repelida por los excesivos encantos de Gabriel, por esa sinceridad tan natural y tan embaucadora.
—Podrías haberte quedado un poco más —apuntó Roy.
—Cállate —mascullé entre dientes.
Después de darle las indicaciones para llegar hasta mi casa, permanecimos en silencio.
Los dos fumábamos con la ventanilla ligeramente abierta, sin preocuparnos por el agua que salpicaba la tapicería de su coche.
No era habitual verlo tan ausente, ensimismado en sus propios pensamientos.
Yo intentaba llevarlo hacia nuestras cotidianas afrentas.
—¿No irás borracho? —le pregunté cuando estuvo a punto de saltarse un semáforo.
—Hasta borracho conduciría mejor que tú.
Pero volvía a disiparse el Roy sarcástico y puntilloso.
—Déjame aquí —le dije cuando no pude soportar más la situación.
—¿Seguro?
—Sí, estoy a dos calles. Gracias.
Me despedí con la mano y subí la pequeña cuesta que, resbaladiza por la lluvia, parecía querer devolverme al paso anterior.
Luego el aguacero se intensificó y a la extraña luz de las farolas, las gotas de lluvia caían como bolas encendidas dispuestas a estrellarse contra las aceras.
Era un espectáculo sublime ver a la gente correr en desbandada a refugiarse en los pocos bares que seguían abiertos.
La ropa se me pegaba a la piel, y dejé de ser obstáculo para formar parte del recorrido del agua.
Empecé a ser invisible, como todas las cosas que quedaban a la intemperie.
Y, sin embargo, aquel paisaje inundado y desértico tenía cierta belleza.
Una paz ahogada por el rumor de lluvia que auguraba un nuevo comienzo.
Así debía de ser la sensación después de luchar contra una tormenta.
Libertad. Esa libertad de la que carecía y que le acababa de prometer a Gabriel.