8 #2
Acabado mi turno, me cambié en los aseos y me esforcé en mi aspecto; algo a lo que no prestaba demasiada atención.
Me pinté los labios y me recogí la melena esperando aparentar un poco de orden, mientras el espejo me devolvía la imagen de una niña un tanto indefensa que no se parecía a mí, pero que había usurpado mi identidad por alguna razón desconocida.
A Adam no le pasó desapercibido el cambio.
—¿Vas a ver a tu amigo el Friqui?
—Solo es inteligencia, Adam. Eso que a ti te falta.
—Deja de hacerte la dura conmigo. El otro día te pusiste celosa. —Se acercó a mí y me susurró en el oído—: ¿Por qué no dejamos de fingir que no nos gustamos?
Lo aparté de un manotazo y se puso a reír.
—A ver si te enteras de una vez: ya no me interesas.
—¡Joder! —gritó Sonia—. ¡Sois más insoportables que antes!
—¿No lo dirás por mí? —se defendió Adam.
Sonia levantó las manos haciendo aspavientos y desapareció en su pequeña oficina de repente, como si aquel espacio la hubiera engullido junto con sus preocupaciones, que le poblaban el ceño de arrugas y la mostraban irreconocible.
Había empezado a llover con sigilo. Tan solo las luces de las farolas dejaban entrever las finas gotas de agua.
Salí a la calle con una extraña ilusión.
La lluvia se había encargado de disipar mis dudas y, aunque andaba distraída, mis sentidos recogían cada detalle de mi entorno.
El pavimento mojado tenía un color grisáceo que brillaba con el reflejo de las luces, las sombras que se plasmaban en las paredes empedradas parecían espectros que se deslizaban lentamente para fundirse en los rincones más oscuros.
Solo el cielo, completamente negro, tenía aquel discurrir continuo del agua, aquel movimiento rítmico e incesante.
Después, las luces de la plaza me deslumbraron y los coches aparecieron emborronados en el paisaje.
Empecé a correr y me refugié bajo los árboles que engalanaban la subida que llevaba hasta la muralla.
Me desvié justo donde había despedido a Mireia y encontré su casa en una calle paralela, adosada a un pequeño jardín que compartía con la vivienda de al lado.
La puerta estaba abierta y entré sin picar al telefonillo.
Se sentía el zumbido de las voces y la música de fondo.
—La que faltaba —me saludó Roy—. ¡Gabi! ¡Tu amiga ha llegado! —gritó recalcando la palabra amiga .
Me estiró del brazo obligándome a entrar. Había un mueble sencillo con un espejo y un par de zapatos tirados por el suelo al lado de un perchero lleno de chaquetas. Lo seguí hasta un amplio salón. El suelo era de cerámica antigua, no demasiado acorde con los muebles de estilo moderno.
—¡Estás empapada! —exclamó, y se apartó de mí con aquella sonrisa que invitaba a ofenderme.
Cristina y Mireia me saludaron sentadas a una mesa llena de cartones de pizza y bebidas vacías.
Otros dos chicos jugaban a la Play tirados en el sofá.
Los saludé mientras me desprendía de la chaqueta.
Noté un escalofrío y me encogí en medio de aquel extraño escenario.
Aquel lugar no tenía nada que me recordara a Gabriel.
Era frío, deprimente, sin personalidad. Tan solo una enredadera, como nacida del mismísimo desierto, pintaba de color la pared blanca.
Me acerqué a ella una vez que Roy me abandonó y observé cómo los tallos se habían agarrado a la superficie, escalando, intentando buscar una salida.
—Leire, ¡has venido!
Gabriel me dio dos besos. Sus mejillas rozaron mi pelo encrespado y húmedo. Se detuvo unos segundos, dubitativo, prestándome su calor, y luego pareció recordar algo.
—Ven, te daré una toalla.
Me acompañó hasta un pequeño lavabo encastado en el hueco de la escalera. Estaba totalmente reformado y parecía bastante nuevo. Me acordé de lo que me había contado Sonia.
—¿Vives aquí solo?
—Sí —contestó escueto.
—¿De alquiler?
—No, soy el propietario.
Me mordí el labio, sopesando la oportunidad de descubrir aquello de lo que no quería hablar. Le reconocí un atisbo de impaciencia, como si en el fondo deseara que avanzara un poco más.
—¿Cómo has conseguido comprar una casa a los… veinte años?
—Veintiuno —me corrigió.
Le devolví la toalla y lo seguí en silencio hasta la cocina. La ventana estaba cubierta por una pequeña cortina blanca que daba al jardín. Seguía lloviendo. Puso unas cervezas encima de la mesa y me ofreció una.
—La casa era de mi abuelo. Me la dejó en herencia cuando murió hace un año.
Gabriel me había mirado a los ojos cuando pronunció esas palabras.
Me había mostrado su dolor, su abatimiento.
Sus ojos vidriosos sopesaron rendirse por unos segundos, pero después se habían mantenido firmes, expectantes.
Yo quise contagiarme de su entereza y luché contra el instinto de apartar la mirada, de no sobrepasar los límites impuestos que nos obligaban a no hurgar en la intimidad de los demás.
—Siento mucho que lo perdieras. Mi abuela también murió hace unos años —le susurré.
—¿Estabas muy unida a ella?
Suspiré y quebré ese extraño encantamiento que me empujaba a sincerarme.
—Tú pareces muy unido a tus amigos.
—Nos sentimos cómodos todos juntos. —Se encogió de hombros.
La risa de Roy nos llegó desde el salón, estrépita y dominante sobre todas las demás.
Me acerqué a la puerta y observé al pequeño grupo con disimulo mientras jugaban a las cartas.
Mireia hablaba poco, pero cuando lo hacía su voz parecía apagarse, como si sucumbiera lentamente a un devenir irremediable.
A mí me recordaba a las velas agonizantes que tiritaban en las iglesias, resistiéndose a morir consumidas por el silencio.
De repente, me asaltó la curiosidad. Una evidencia que había avivado las ganas de acercarme a ellos, de saber más.
Aunque ahora, infiltrada en su mundo, temía que el conocimiento me arrebatara la emoción palpitante que se apoderaba de mí.
—¿Hay algo más que amistad entre alguno de vosotros?
Lancé la pregunta sin mirarlo, pero cuando el silencio se hizo demasiado pesado me di la vuelta. Gabriel esbozó una sonrisa irónica.
—Creo que Roy empieza a sentir algo por mí, pero no se atreve a decírmelo.
Nos reímos los dos, aunque su respuesta no bastó para apaciguarme.
—A Mireia le gustas.
—Qué va, ya me ha olvidado. —Bebió un trago de cerveza y se sentó encima de la mesa con aparente pasividad.
—¿Estabais juntos?
—No, nunca quise estar con ella. Pero le hice daño.
—Bajó la vista hacia sus manos, que jugueteaban con el botellín de cerveza—.
Nos besamos en una fiesta. Fue… una tontería, ni siquiera sé por qué lo hice.
Al día siguiente, quise aclarar las cosas y montó un drama. Yo no sabía que estaba enamorada de mí.
—Aún lo está. Me mira como si quisiera quitarle algo suyo.
Gabriel soltó aquella risa melódica que tanto me gustaba.
—¿En serio? Nos conocemos desde que éramos unos críos, sería muy raro. Es como una prima.
—Pues yo creo que sería muy bonito.
—¡Bah! No me vengas con romanticismos, pelirroja.
Se levantó de un salto, muy pagado de sí mismo.
Esa faceta no encajaba demasiado con él.
Por un momento, me dio la sensación de que intentaba interpretar un papel.
Luego se atrevió a cogerme de la mano para que lo siguiera al piso de arriba.
Había dos habitaciones vacías, cajas apiladas y pocos muebles, pero todo estaba en perfecto orden.
En su habitación reinaba una cama de matrimonio y un pequeño escritorio.
Seguía sin ver nada reconocible, ni un resquicio de su carácter impregnado en esa vivienda.
—Y aquí es donde paso la mayor parte del tiempo —dijo abriendo otra puerta.
Entré en una estancia muy amplia, carente de muebles, salvo por una mesa larga montada sobre unos caballetes donde tenía desperdigados materiales de pintura diversos: pinceles, lápices, acuarelas, un Ipad…
De las paredes colgaban dibujos y había un gran lienzo en blanco colocado en un caballete.
Las dos ventanas que daban a la calle dejaban pasar mucha luz. Era un sitio idóneo para pintar.
—Sí, esto es más tú.
Anduve sin esperar su permiso, observando aquella parte de Gabriel más auténtica.
Me encontré a mí misma retratada en varios lienzos, a sus amigos, a personas desconocidas cuya alma había plasmado sin que lo supieran, con el mismo sigilo que le permitía mirar dentro de ellas.
Adoraba su arte porque era capaz de expresar las emociones que a mí se me quedaban atoradas en la garganta, incapaz de ponerles nombre.
Ciertamente, el lenguaje era ineficaz en muchas ocasiones y yo me sentía frustrada y confusa conmigo misma.
Necesitaba deshacerme de lo que más me pesaba.
—¿Qué es esto? —pregunté cogiendo un cesto lleno de papeles arrugados.
—Errores. —Sonrió—. Deja de cotillear. Eres peor que mi madre.
Se acercó a la ventana y señaló la casa de la izquierda.
—Mis padres viven en la casa de al lado y ella se pasa el día controlándome.
—Seguro que no es para tanto.
—No la conoces. —Se rio—. Pero se lo perdono porque aún me hace la comida y me lava la ropa.
—Qué vergüenza. —Negué con la cabeza.
Gabriel se echó a reír de nuevo.
—Dame tiempo, solo hace un año que me independicé.
Volví a acercarme a la mesa y hojeé algunos bocetos más, notando el tacto seco de la pintura en mis manos.
—¿Quieres estarte quieta?
—¿Qué escondes?
—¿Y tú? Vamos a ver…, ahora me toca preguntar a mí.
Se dejó caer en una butaca zarrapastrosa que no podía disimular sus años mientras yo intentaba deshacer el nudo de mi garganta.
—¿Qué pasó con Adam?
Esbocé un gesto de fastidio. Bajé la mirada e intenté resumirlo todo en pocas palabras:
—Me dejé llevar una noche. Fin.
—¿Te acostaste con él?
Sus ojos se clavaron en mí, impacientes.
—Sí.
—No me pareció algo tan simple cuando te vi con él aquella noche.