8
Tenía frío. Palpé mi cama buscando el nórdico.
Primero con las manos y luego con los pies, mientras me resistía a los sonidos de la casa que empezaban a llamar mi atención.
Tardé en darme cuenta de que había alguien en mi habitación hasta que me arropó, y una ligera brisa acabó por llevarse el sueño.
Sentí cómo intentaba llegar a la cabecera de mi cama golpeándose con la silla del escritorio.
Su voz pastosa y torpe profirió una maldición, creando un eco intrigante en la estancia.
Por un momento pensé que estaba en otro lugar, resguardada en los brazos de Ainhoa mientras mis padres discutían en mitad de la noche y sus voces me llegaban tan amortiguadas que parecían un producto de mi imaginación.
Yo no decidí hablarle hasta que el peso de su cuerpo hundió mi colchón y me sobrevino la curiosidad.
—¿Qué ocurre, papá? —Me pareció que aquella pregunta repetía un ciclo que estaba muy lejos de terminar.
La luz del pasillo estaba encendida y entraba suficiente luz para poder ver su cara. Tenía los ojos vidriosos y un aspecto acongojado. Pero nunca había dejado de vestirse de manera elegante, con su camisa y su jersey de punto.
—Quería hablar contigo.
—Podrías haber esperado a mañana.
—Es que… tengo la sensación de que también te estás alejando y…
—No soy yo la que me alejo —le interrumpí—. Quizá deberías preguntarte por qué huyes tú de la que se supone que es tu familia.
—¡Ella lo eligió a él! —exclamó ofuscado.
—Todos hemos tomado decisiones equivocadas. Pero a mí no se me ocurriría abandonarla por eso.
—¿Esto es por Ainhoa?
Me incorporé en la cama y me aparté de él, no soportaba mirarlo tan cerca.
—No todo es Ainhoa. Hay muchas cosas que están mal…
—¿Crees que soy un cobarde? ¿Un mal padre?
—Un padre ausente. —Tragué saliva para calmar el ardor que me azoraba la garganta.
—Pues quiero arreglarlo, pero necesito que me ayudes…
—Eso ya lo he oído antes.
—¡Podrías confiar un poco en mí!
—¿Qué esperabas?
—¡Un poco de comprensión por tu parte!
Esa súplica se quedó suspendida en la habitación a la espera de una respuesta, pero no la hubo.
Supo que la conversación había terminado y no volvió a alzar la voz más que para desearme buenas noches, cabizbajo.
Su figura tambaleante dibujó extrañas sombras en el pasillo hasta que se lo tragó la oscuridad.
Todo me pareció un mal sueño. El cansancio me mantuvo en un trance, debatiéndome entre permanecer en la vigilia o abandonarme al ajetreo de mi subconsciente.
No era nada nuevo todo aquello. Él ya había cambiado con la muerte de sus padres, como si hubiera desaparecido un poco con ellos.
Yo de mi abuelo no recordaba demasiado, solo aquel fatídico día en el que fui a verlo dispuesta a escuchar uno de sus cuentecillos y fue incapaz de reconocerme.
Como aún no entendía de enfermedades que se llevaban la memoria, lo sentí como una ofensa y nuestra relación se enfrió por completo.
Luego le tocó a mi abuela, pero a ella la muerte se la llevó de repente.
Las pérdidas eran cicatrices difíciles de sanar, el mero recuerdo las mantenía abiertas y el paso del tiempo solo constataba el carácter perecedero del ser humano.
De buena mañana me despertarían sus pasos irreverentes, como si la noche anterior hubiera enfurecido a aquella parte de su alma que empezaba a odiar.
Me asustaba ese ligero rechazo que afloraba y hacía palpitar mi desesperanza.
Entonces el discurso de Adam cobraba sentido.
Eran tan verdaderas sus palabras como hirientes.
Pero yo no se lo reconocía a nadie. Sin haber hablado nunca de esa situación, llegué a un extraño pacto con las personas más cercanas que sabían de mis cosas.
Ni a Sonia, ni a José, ni a Ainhoa o incluso ni a Laura se les ocurriría preguntar por el vicio que no le permitía llevar una existencia digna a mi padre.
Me parecía a veces que solo para mí estaba mal aquello y era algo normal o pasajero para el resto.
Por primera vez, Gabriel se mezcló entre aquellos pensamientos y me invadió una terrible vergüenza.
Por la mañana lo encontré sentado en la zona ajardinada que había camino del bar, dibujando sobre su carpeta y rodeado de apuntes. Me senté a su lado, tan cerca como me permitió mi atrevimiento. Esbozó una sonrisa preciosa cuando notó el roce de mi pierna.
—Hola, Gabriel.
—Hola, Leire.
—¿Y tus amigos?
—Los viernes no tenemos clase, pero yo estudio mejor en la biblioteca. —Me miró fijamente frunciendo el ceño—. ¿Estás bien?
—Más o menos.
Dejó su tarea a un lado y me observó como la noche en la que hui de Adam y del mundo, pero él me encontró dispuesto a traspasarme con aquellos ojos.
—¿No desayunas?
—No me apetece.
Alcanzó su café y me lo dio, ignorando mi respuesta. Aún estaba caliente. Por un momento, pensé que beber del mismo vaso era como rozarnos de nuevo, y se me escapó una estúpida sonrisa.
—¿Hoy no me dibujas? —le pregunté aprovechando ese golpe de humor.
—No, estás… gris.
Alcé las cejas, sorprendida. Aparté la mirada para que no viera mi desconcierto, tal vez porque su sinceridad me había herido ligeramente. Me pareció un tanto agresiva esa forma de comunicarse, como si estuviera sujetando algo en su interior dispuesto a devorar aquello que estaba mal en mí.
—Dijiste que solo era un reflejo de lo que fui —me defendí.
—Somos un cambio constante. —Me dedicó una leve sonrisa—. Lo que sientas ahora no va a condenarte de por vida. Lo entiendes, ¿verdad?
Solo dije una palabra:
—Esperanza.
—Eso es. Los malos momentos no pueden hundirte.
«¿Lo ves, papá? ¿Tan difícil era llegar a esa conclusión?».
—Me comprendes demasiado para lo poco que me conoces.
—No veo dónde está el problema.
Que traspasaba mi coraza y en ningún momento había decidido quitármela. Con Gabriel, simplemente no existía. Y no sabía si eso era bueno.
—Me asustas.
—¿Porque soy capaz de entenderte?
—Porque me entiendes mejor que yo.
—No te escuchas lo suficiente. A mí me pareces muy interesante.
Sonreí. Le cogí el auricular que tenía libre y me lo puse en la oreja. Sonaba un chelo acompañado del piano tocando la melodía de In the end de Linkin Park en su versión más moderada.
—Gabriel, voy a ir a tu fiesta —decidí en un impulso.
Frunció el ceño como si hubiera afirmado algo incomprensible y volvió a centrarse en su trabajo, ofreciéndome un espacio para que lo observara.
El paisaje parecía real: una foto en blanco y negro, trazos que al tocarlos parecían cobrar vida.
Yo lo hice con disimulo, aprovechando uno de sus descuidos, y con la esperanza estúpida de ser engullida por aquel cuadro.
Aunque había retratado el campus de la universidad, la gracia de sus manos me devolvía otra imagen, otro mundo.
Tal vez menos amenazador que este. A través de los dibujos de Gabriel podía escapar de mi propia realidad, fundirme con ese color grisáceo que también teñía mi existencia.
Y esa era la razón por la que me dejaba arrastrar tras sus pasos.
Yo sabía, muy a mi pesar, que haberle confesado lo que esperaba de nuestra relación no nos iba a ayudar demasiado.
Aunque Gabriel se siguiera comportando de la misma forma, como si esa revelación le hubiera añadido un aliciente mayor.
A mí me parecía que estaba hecho para romper reglas y por eso no encontraba sentido en aquella pasividad que demostraba en otros aspectos de su vida.
Mi repentina decisión me acarreó una ansiedad incontrolable que poco podía disimular ante los demás.
La tarde del sábado se me presentó lenta y farragosa, como si las horas hubieran decidido doblegarse ante una supuesta inmutabilidad del tiempo.
El cielo amenazaba lluvia y la inminente descarga había instalado cierta irritabilidad en el ambiente.
Sonia deseaba arrancarme mis pensamientos a base de certezas que me lanzaba sin ningún miramiento.
—Con Adam no tuviste tantas manías —decía sin importarle que estuviera delante.
—Será que ya he quedado escarmentada.
Y tanto uno como otro me dedicaban miradas insatisfechas.
—¿Entonces qué esperas encontrar en esa fiesta?
Sin quererlo, las palabras de Adam cobraron un nuevo sentido en mis recuerdos. Quizá tuviera razón. Quizá estuviera completamente perdida.
Luego Roy, que era una presencia que implicaba a Gabriel aunque no estuviera, me mantuvo en alerta el resto de la jornada.
Cada vez veía más razonable su amistad con Sonia.
Ambos tenían la necesidad de reivindicarse todo el tiempo, como si su personalidad no estuviera hecha para pasar desapercibida.
Roy me miraba fijamente. No de la misma manera que Gabriel, no con esa ternura que parecía pedirme permiso.
Lo hacía con la misma agresividad que Adam, como si quisieran rasgar mi coraza y hacerme más vulnerable.
Por ello nuestros inicios fueron un tanto convulsos.
Yo le sentía invadir mi espacio continuamente, sin que le hubiera dado muestras de confianza.
Tenía esa costumbre de hablar, que hasta sus palabras invadían tu intimidad, se acercaban sigilosas, rozando la piel.
Después él mismo te tocaba, tal vez el brazo, la pierna, sin que resultara premeditado.
Como si deseara reafirmar su presencia y sin dar opción a la huida para dejarlo con la conversación a medias.
—¡Qué exagerada eres! —me reprocharía Sonia tiempo después, defendiéndolo con fiereza—. Lo que pasa es que él es muy cariñoso, y tú siempre has sido muy arisca.
Su amistad tuvo algo turbio desde el principio.