7 #2
Se sorprendió de que le confesara algo tan íntimo. Tal vez lo tomara como un pequeño triunfo, una tregua que anunciaba los progresos que conseguiría aquella tarde.
—¿Quieres tomar algo?
—Un café con leche extragrande. —Me sonrió.
—Entonces eres de los míos. Te acompañaré, tengo unos minutos de descanso.
Me deslicé tras la barra con una profesionalidad premeditada.
De la misma manera que lo hice aquel primer fatídico día en que entré a trabajar en el Atlanta, mientras Adam me observaba con sus ojos profundos y enigmáticos y Sonia analizaba cada paso que daba, convenciéndose a cada rato de que no valía para aquella tarea.
Como ese primer día, rompí una taza que estalló en cuatro pedazos perfectos y me facilitó el trabajo de recogerla sin montar demasiado espectáculo.
Pero Adam ya se había dado cuenta de que algo ocurría.
—Menudo bailoteo tienes, Leire. ¡Ah! No me digas más…, te gusta, ¿eh?
—Cállate, Adam.
—Pues no sé qué le ves, porque guapo no es que sea el chaval. Tiene más nariz que cara.
—Claro, es que tú eres perfecto, ¿no?
—Mejor que él, seguro. Has caído muy bajo. Siento decírtelo.
Me mordí los labios y volví junto a Gabriel.
Había sacado un folio en blanco de la carpeta y me esperaba impaciente aparentando cierta normalidad.
Apenas había dibujado cuatro líneas que marcaban los límites del espacio y no parecía tener la intención de abstraerse lo suficiente para seguir con su esbozo.
—¿Puedo verlos? —le dije señalando la carpeta.
—Nunca se los enseño a nadie.
—¿Y por qué los haces?
—Porque si no dibujo, reviento. —Me sonrió—. No estoy acostumbrado a tanto interés…
Le di un sorbo al café y aparté la taza de los labios lo suficiente para observarlo.
No sé por qué nos solía sobrevenir ese silencio, esa terrible expectación que nos mantenía estáticos en el tiempo.
Gabriel pareció revolverse, como si luchara contra la inactividad, y luego, en un gesto vago pero lleno de intención, levantó la mano.
La mantuvo suspendida en el aire, a medio camino, como si sopesara la situación para, finalmente, acercarla con suma delicadeza hacia mí, coger un mechón de pelo y recogerlo detrás de mi oreja.
Después la retiró con la misma lentitud con la que había empezado y dejó una leve caricia en mi rostro.
Noté un fulgor repentino concentrado en mis mejillas que dejó en evidencia mi turbación.
—Ibas a mojarlo en el café —se excusó.
—Gracias.
En ese instante sus ojos me parecieron demasiado transparentes. Eran como pedazos de su alma entregándome algo que no había pedido y que, sin embargo, me ofrecía con total sinceridad. La ternura me embriagó por un instante hasta que logré recomponer mi fortaleza.
—¿Me los enseñas? —le insistí de nuevo, esperando poder cambiar de tema.
Él seguía reticente, pero accedió deleitándome con aquella creación que le había quedado a medias la última vez.
—¡Lo has terminado! —exclamé sorprendida.
Era precioso. Muy realista, como mi primer retrato, pero a este le había añadido un toque de color con acuarela para realzar algunos detalles: mi pelo rojizo y algunas flores que me rodeaban y parecían una explosión de vida.
Acerqué mis dedos a aquellas manchas de pintura que, al secarse, habían dejado pequeños surcos rugosos y noté aún el tacto ligeramente húmedo y frío, como si de ella también pudiera sacarse una muestra de la soledad que representaba mi figura paralizada en aquel banco.
—No la toques —me regañó Gabriel con el ceño fruncido—. Las obras de arte no se tocan.
—Pero a mí me gusta, así puedo sentirlas.
—No creo que sea necesario tocarlas para eso. Además, puedes estropearlas.
—¿No necesitamos todos nuestros sentidos para captar lo que tenemos a nuestro alrededor?
—No me vas a convencer… —Luego se envolvió de un aura enigmática y me miró de nuevo con la misma transparencia de antes—. Oye, Leire…, ¿haces algo el sábado por la noche?
—Sí, trabajo hasta las dos —contesté secamente.
—Pues si te apetece, cuando salgas, hago una pequeña fiesta en mi casa. No habrá mucha gente, mis amigos y algún que otro compañero de clase. Puedes invitar a Laura si quieres.
—Me lo pensaré.
—Eso suele decirse cuando es que no —dijo pasándose la mano por el pelo—. Te enviaré la dirección por si acabas pensando a mi favor.
Me eché a reír y le devolví el dibujo.
—Vale.
Gabriel le dio un sorbo al café y vació su taza.
Después, la música invadió el hueco que había dejado nuestro silencio y, sumidos en nuestros propios pensamientos, la imagen que veíamos a través del ventanal se convirtió en un espectáculo.
Los días eran más cortos y empezaba a refrescar.
La ciudad se cubría de marrón y amarillo, y tenía un aspecto cada vez más otoñal.
Los árboles se mecían con el viento que llevaba días desnudándolos, aunque aún conservaban alguna hoja verde, vestigio del verano que ya había quedado atrás y parecía demasiado lejano, salvo por el calor húmedo que gobernaba los mediodías.
Por aquellas fechas, las calles tenían un aspecto más apagado y sombrío.
Laberintos de piedra por los que yo jugaba a perderme, como hacía desde que era una niña.
A pesar de que ahora nadie viniera a buscarme, me sorprendía esperando escuchar el mismo sermón de siempre de la boca de mi padre, su preocupación grabada en el rostro ante un hecho que podía conducir hacia una fatalidad.
«¿No ves que se te puede llevar alguien?
¿Qué te dije de salir sin avisar?». Había recorrido los caminos, palpado las imperfecciones de las paredes, sus recovecos, sus grietas; soñándome en un mundo más antiguo, diferente a este.
Me evadía de la misma forma que cuando tocaba aquellas pinceladas hechas a conciencia por la mano de Gabriel.
Y a su lado, la nostalgia que solía acompañarme parecía menos amenazante.
Quizá aquella fuera la razón que nos llevaba continuamente a buscar a otros.
Que nadie concebía la vida en soledad. Que Sonia se viera convencida de mis sentimientos hacia Gabriel y me empujara hacia él olvidando el desastre que había supuesto acercarme a Adam.
Ese error era la confirmación de que no todos estaban preparados para comprender mi vida y aceptarla con respeto.
Pero supe que nuestro final le seguiría pareciendo una ofensa, aunque los dos intentáramos conocer a otras personas.
Una chica entró en el local después del turno de cenas interesándose por Adam. Le pregunté amablemente quién era para poder ir a avisarlo y su respuesta me despertó del letargo en el que me sumía después de una tarde ajetreada.
—Soy su novia.
Alcé la ceja sorprendida. Antes de entrar en la cocina ya había conseguido borrar esa expresión y mostrarme completamente impasible.
—Una chica pregunta por ti, dice que es tu novia.
Adam se estaba comiendo un bocadillo. Esbozó una sonrisa chulesca y se acabó la Coca-Cola de un trago.
—¿Eso dice? —preguntó divertido.
—¿Piensas salir o no?
—Sí, me apetece mucho verla.
Siguió sonriendo con aire triunfante y salió él mismo a buscarla.
El corazón me latía fieramente, dispuesto a salir disparado de mi pecho para abofetear a Adam con toda su ira.
No le odiaba por haberme sustituido tan pronto, por despreciar mi recuerdo.
Le odiaba por burlarse de mis sentimientos, aunque estos no hubieran sido lo suficiente sinceros como para dolerme con intensidad.
Me había intercambiado para hacerme daño y no sentirse humillado ante la presencia de Gabriel aquella tarde.
Yo los miraba tras el mismo ventanal que nos había resguardado horas antes y no eran de verdad.
Él nunca sería capaz de mirarme como lo había hecho Gabriel, con la misma franqueza.
Y sin embargo…, ¡qué rabia consumía mis venas!
Esperé y esperé durante varios minutos hasta que inventé una excusa para interrumpirlos y, entonces, crucé la puerta como un torrente lleno de venganza, con el mismo peligro que tiene un animal herido, y le grité ante sus ojos azules bien abiertos:
—¿Vas a ayudarme a recoger? ¡Te recuerdo que estás trabajando!
Su sonrisa solo me confirmó que mi reacción era justo lo que esperaba. Besó a su novia por última vez y entró acercándose demasiado a mí.
—Me encanta cuando te cabreas —me susurró.
Sonia seguía sin entender cómo le había permitido entrar en mi vida, aunque fuera por poco tiempo. Y tras esa escena lo único que se le ocurrió decir es que habíamos convertido el Atlanta en el centro de nuestros problemas.
—El Atlanta es nuestra casa —me defendí.
—Ante todo es vuestro trabajo, ¡joder! Es que así no se puede…, ¡esto es de locos!
Luego me dejó sola y confusa. Me sentía como una niña perdida intentando averiguar el sentido de la vida.
Por qué me había molestado tanto el comportamiento de Adam no lo sabía.
Puro egoísmo, quizá. O tal vez la necesidad de verme solicitada de vez en cuando, aunque fuera de parte de un manipulador egocéntrico como él.
Ya solo faltó Roy para rematar la noche y sumarme más incertezas.
Entró muy decidido y se sentó a la barra como si pretendiera iniciar una conversación conmigo y cumplir ese fin estúpido que le había encomendado Sonia el primer día.
Sin embargo, enseguida se olvidó de mí cuando la vio aparecer.
Había algo en ellos que no me permitía apartar la mirada, ni alejarme lo suficiente para respetar su intimidad.
Sentí desde el primer momento que malinterpretaba esa afinidad que compartían, que mi curiosidad estaba corrompiendo la amistad de dos personas que empezaban a conocerse.
Pero entonces escuchaba a Roy y sus continuas adulaciones:
—¡Qué guapa estás hoy, Sonia! —le decía.
Y le sonreía. Pero no como a mí. No con aquella sonrisa socarrona que esperaba una reprimenda, un estímulo a ese juego que tanto disfrutaba.
Sonia era diferente. Ella le respondía coqueta, se movía lentamente haciendo saltar sus rizos.
Después hacía un gesto premeditado, implacable, capaz de dejar embobado a su admirador que la seguía con los ojos hasta que se plantaba delante de él y, restándole importancia a sus comentarios, exclamaba aquello de «¡Ay, yogurín…
!» y hacía un aspaviento con la mano, se atrevía a tocarle.
Primero fue una caricia apenas imperceptible, luego un pellizco en los mofletes.
Y yo los miraba desde la distancia como única testigo de su complicidad.