La libertad de los seres efímeros 7
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Mi padre solía hacerme la comida todos los días.

Era una de las pocas cosas que habían permanecido inalterables en aquella casa, quizá consciente de mi poca habilidad en la cocina.

Me gustaba mucho observarle, aunque yo nunca había sido capaz de hacer bien una tortilla por muy acostumbrada que estuviera a ver esas manos de mecánico ennegrecidas manipulando la comida con cierta parsimonia, como si de ellas también pudiera extraerse el secreto de su complejidad.

A todo le dedicaba un tiempo, un esfuerzo, una oportunidad para entender cuál era la mejor manera de hacerlo funcionar.

Me llenaba de ternura esa concentración que a mi madre la exasperaba y la obligaba a maldecir cada vez que lo encontraba demasiado ocupado para escucharla.

Él se lo tomaba con humor porque en sus buenos tiempos fue un hombre alegre y enemigo de las discusiones.

Ella solía ser muy autoritaria, pero a mi padre le gustaba.

Iba muy perdido en la vida como para preguntarse continuamente hacia dónde tirar.

Aun así, nunca tuvo problemas para conseguir lo que quería.

Su habilidad y su destreza siempre le habían asegurado un trabajo digno.

Renegaba de aquellos jóvenes que tras años sumergidos entre libros eran incapaces de coger bien una herramienta.

Su sosiego chocaba con el carácter de mi madre, con el torrente sin pausa que me engullía y me zarandeaba.

Sin embargo, ni siquiera en mi agitada adolescencia tuve necesidad de contradecirla.

Compartíamos gustos y aficiones e incluso la incertidumbre del porvenir.

Porque desde que tuve buen uso de razón, yo ya me recordaba cavilando sobre mi futuro.

De la memoria y del olvido me preocupé tiempo después, tal vez alentada por los buenos recuerdos de mi infancia que se me iban quedando atrás sin remedio.

Y Ainhoa también se iba detrás de ellos.

Estaba más taciturna, más pensativa. Ni siquiera se había molestado en fingir cuando me tuvo delante.

Le había preguntado si estaba bien esperando su evasiva de siempre, pero había preferido permanecer en silencio.

La cogí de la mano y le sonreí, como ella hacía a veces conmigo.

Su mano apretó la mía y durante unos segundos me pareció que me pedía ayuda.

—No es nada. Valen está un poco nervioso estos días…

—¿Ha pasado algo?

—No, no…, ya sabes cómo es, a veces se pone a gritar como un loco por cualquier tontería…

—Sí, lo sé. No sería la primera vez que te falta al respeto.

—Leire…, no empieces. Solo estoy algo más cansada de lo normal. Pero no voy a rendirme porque me haga creer que no puedo ayudarlo.

—Empiezo a pensar que lo que quieres hacer con él es cambiar su forma de ser y eso es imposible. —Quiso interrumpirme, pero levanté la mano para callarla—. Y no, tampoco es amor.

—¿Qué vas a saber tú del amor? Siempre huyes de él.

No contesté. Ainhoa no sabía nada de Gabriel. Ni de Adam. Pero las pocas personas que habían llegado a su conocimiento no lograron nunca la consideración suficiente para que se los presentara en persona.

Después de haber frenado a Gabriel nada había cambiado demasiado.

Ahora íbamos juntos hasta la universidad y algunos días me acompañaba hasta la puerta.

Ya no me despedía de él con un adiós cargado de final trágico.

Lo había sustituido por un «hasta luego», aunque no le pareciera suficiente.

Él nunca se despedía, me sonreía y soltaba unas palabras que dejaban entrever sus intenciones de seguir viéndome.

Un «mañana más» cargado de promesas, un «te espero en la puerta» que no admitía réplica, un «no trabajes demasiado» que parecía buscar la confirmación de que podía venir a verme.

Me gustaba esa forma de ver la vida, sin puntos ni finales.

Eran continuaciones, un cambio de párrafo, un salto de línea.

Me parecía que todo se había alineado para que Gabriel apareciera en cada rincón, cuando lo más fácil hubiera sido reconocer que era yo la que se interesaba por encontrarlo y estaba atenta a sus movimientos.

Aquella mañana sí había tenido la suerte de coincidir con él en el bar a la hora del desayuno.

Estaba sentado en una mesa con la cabeza hacia abajo, completamente absorbido por su trabajo, poseído por un afán creador mucho más poderoso que el mundo que lo rodeaba.

Sus amigos respetaban el propio espacio que se había generado a su alrededor, del que apenas levantaba los ojos.

Me acerqué con seguridad hacia él mientras las voces de sus acompañantes se iban silenciando con mi llegada.

—Hola, Gabriel —le sonreí.

Los segundos se fueron agolpando sobre mí mientras él permanecía inmutable en su burbuja.

Me atreví a mirar a Roy que intentaba esconder una sonrisa socarrona con la mano delante de la boca.

Después le arrancó los auriculares de la oreja de un tirón.

Gabriel le miró enfurecido hasta que captó mi presencia.

—Ahora puedes hablarle, ya ha salido del trance —me dijo Roy orgulloso de su gesto.

—¡Leire! Lo siento, estaba… —exclamó sorprendido.

—En tu mundo, como siempre —le recriminó Roy.

—Solo quería saludarte. Estábamos buscando mesa, pero esto está abarrotado. —Miré a Laura, que esperaba cerca de la entrada.

—Os podéis sentar aquí. —Gabriel se levantó y pidió dos sillas que estaban libres en la mesa de al lado.

—No quiero molestar…

—No disimules, mujer, si lo estás deseando —se rio Roy.

—¿Siempre eres así de idiota?

—Ignóralo. Tiene afán de protagonismo —lo excusó Gabriel, y me indicó que me sentara a su lado.

Avisé a Laura con un gesto para que se acercara.

—Laura, él es Gabriel —se lo presenté.

—Gabi —me corrigió—. Encantado, ellas son Mireia, Cristina y Roy —dijo señalándolos.

Nos saludamos cordialmente y Laura se sentó al lado de Roy, demasiado cerca para lo que correspondía a dos personas que acababan de conocerse. Como mi amiga era más sociable que yo, decidió tomar las riendas de la conversación.

—¿Así que estáis todos en cuarto? —les preguntó mirando más a Roy que a los demás.

—Sí —le respondió Gabriel—, pero Cristina es la más lista, se está sacando una doble titulación.

Esta le dedicó una sonrisa cariñosa y nos preguntó qué hacíamos nosotras.

—Primero de Contabilidad y Finanzas —contestó Laura muy resuelta.

—¿Y por qué lo elegiste? —me preguntó Gabriel.

—No lo sé. —Me encogí de hombros.

Me hubiera gustado decirle que los números eran precisos e inequívocos, que me proporcionaban cierto orden, estadísticas, datos y resultados a los que atenerme. Pero preferí no confesarle que dentro de una vida llena de vaivenes aquella ciencia exacta era mi única certeza.

—Algo habrá que quieras hacer —me insistió.

—¿Con mi vida?

—Con tu futuro.

—¡Qué va! Bastante tengo con el presente…

Gabriel ya veía que intentaba escurrirme de sus preguntas. Sin embargo, no se dio por vencido.

—Entonces bien podrías haber elegido Letras.

—Y tú Arte —le dije con brusquedad.

Él se irguió en su asiento, aquello nos sucedería muy a menudo. Él fingiría mostrarse impasible ante mi costumbre de alejarme a la mínima oportunidad, entonces yo recularía, como reconociendo el fallo, y le sonreiría con complicidad esbozando una silenciosa disculpa.

—Los números me relajan. Me aportan el orden y el equilibrio que necesito —le dije más calmada.

—Desde luego que lo necesitas… —soltó Roy bromeando.

Quizá esa manera de empezar fue la que no me dejó ver a Roy de una forma más benévola, sin que me sacara de quicio a cada momento. Aunque a ojos de los demás tenía otros encantos.

—¡Qué guapo es! —exclamó Laura de vuelta a clase—. ¿Por qué no me dijiste que tenía un amigo?

—Porque no le tengo en cuenta.

—Es muy gracioso y… ¡simpático! —seguía ella—. ¿Crees que estará con alguna de sus amigas?

—Pues no sé.

Luego pareció acordarse de Gabriel.

—Oye, es muy diferente a Adam, pero… ¿por qué no?

Yo no quise discutirle nada. Era evidente que la atención no estaba centrada en mí y que poco le importaba lo que yo pensara de Gabriel en aquel momento.

Pero me sorprendía la envidia que comenzaba a dominarme al verla tan ilusionada como yo en los primeros días, antes de que las dudas y los miedos me consumieran.

Lo que quería, aunque ni yo misma me entendiera del todo, era alguien con quien poder olvidar lo que no iba bien en mí sin el riesgo que suponía tener que exponer los aspectos más sórdidos de mi vida.

Me avergonzaba de mi situación familiar, de mi propia casa, de mi propia indisposición a encontrar una solución que me permitiera vivir mi juventud desde preocupaciones menos intensas.

Pero Gabriel avanzaba a buen paso y ya no podía impedir aquella curiosidad que sentíamos el uno por el otro.

Adam vino a buscarme al almacén mientras trasteaba unas cajas y me dijo que alguien preguntaba por mí.

Llevaba el pelo recién cortado y de su flequillo se escapaban destellos rubios.

Cuando le miraba aún recordaba el dragón enfurecido y me parecía que él también estaba siempre preparado para quemarlo todo ante cualquier ofensa.

Por eso, al ver a Gabriel esperando en la barra, supe que lo usaría para atacarme.

Gabriel estaba nervioso, como si de repente se hubiera arrepentido de estar allí.

Lo saludé con amabilidad y con alegría contenida y le indiqué mi mesa favorita para que pudiera contemplar la calle desde el ventanal.

Nunca se me había ocurrido observar el mundo desde la perspectiva de un artista, donde todo era susceptible a significar más de lo que en realidad era.

Sin embargo, desde que él me había descubierto el arte, cualquier rincón bonito era un buen candidato para poder reproducirlo.

—No querría buscarte problemas con tu novio… —me dijo mientras se sentaba.

—Adam no es mi novio —lo tranquilicé—. Solo fue un error de una noche con alguien que detesto la mayor parte del tiempo.