6 #2
Luego me acarició el pelo. Lo miré con la cara encendida mientras un escalofrío me recorría la espalda.
Yo estaba sentada. Él me observaba desde arriba, inmóvil.
Evaluaba mi reacción. El ambiente se volvió pesado, irrespirable.
Cogí aire y me levanté arrastrando la silla, llamando la atención de Ainhoa que permanecía en la cocina.
—No vuelvas a tocarme —le susurré entre dientes.
Valen me miró fijamente y sonrió sin que ese gesto le devolviera algo de cordura a su expresión.
—¿Se puede saber qué os pasa? —exclamó Ainhoa sacando la cabeza por la puerta.
—Tu sobrina, que es una borde.
—Anda, Leire, ayúdame un momento.
Ainhoa limpiaba los platos con las manos sumergidas en jabón.
Los fregaba a conciencia y después los dejaba en la pica vacía para aclararlos con agua.
De vez en cuando, se apartaba su larguísimo pelo con el brazo, cuidadosa de no mojarse la cara, y dejaba ir el aire de repente en un efectivo suspiro que le colocaba el flequillo en su sitio.
Yo me puse a su lado sin rechistar, dispuesta a participar en aquel ritual que nos servía para confesarnos sin llamar la atención.
—¿Te he explicado que hace poco me encontré con Eva? —empezó ella—. Aquella chica que había trabajado conmigo.
—¿Qué ha sido de ella?
—Nos hicimos mayores y nos fuimos distanciando. ¡Ay, qué tiempos! Cuando una mira hacia atrás se ve tan vieja…
Fruncí el ceño como siempre me ocurría ante aquella queja.
Para mí seguía siendo la misma, con sus sueños, sus desvaríos, esa sonrisa efímera que mudaba de la felicidad mundana a la seriedad trascendental frente a un recuerdo inesperado.
Sus mejillas se sonrojaban igual ante un halago sincero que no esperaba más respuesta que el convencimiento de ser bien recibido.
Pero meses atrás, quizá, había dejado de ser posible tal simplicidad.
Todo eran miradas de reojo, de pasar desapercibida para el mundo y aquellas palabras que se quedaban flotando en el aire, ya sin ánimo de ser recogidas por el temor de ser vista por su celoso compañero.
¡Ay, qué tiempos! Ainhoa recogiéndome del instituto con las prisas de ir a comer un helado a la Rambla.
Los juegos, las complicidades, los secretos de una adolescencia que compartí por entero con ella. ¿Qué había sido de aquella Ainhoa?
—¿No vas a contarme nada hoy? —me preguntó.
—Papá trajo una chica a casa —contesté de mala gana.
—¿Cuándo? —Y dejó su labor para mirarme con verdadera sorpresa.
—Ayer por la noche.
—¡Bah! No creo que vayan a durar mucho. Está desesperado y no sabe qué hacer.
Siguió la tarea de nuevo, aparentemente tranquila. Yo ya había vuelto a perderme en mí misma, divagando en los tiempos pasados en que ella y papá aún se hablaban y se comprendían, cuando volvió a interrumpirme:
—Se hace el duro, cielo. —La miré sin entender muy bien lo que me decía—. Valen, digo…, en realidad es muy sensible y también tiene sus propios fantasmas.
Mi expresión debió de advertirle de lo poco creíble que sonaban sus palabras, porque volvió a insistirme.
—Ya sabes que con sus padres nunca tuvo una buena relación y sus hermanos…, al final cada uno tiene su vida (alguno por un camino que no le conviene) y, Leire, somos la única familia que tiene. ¿Alguna vez has pensado qué harías si estuvieras sola en el mundo? Debe de ser tan duro…
Ya me había sentido sola alguna vez, sobre todo desde que mi mejor confidente se fue.
Y ahora temíamos el vacío existencial que había dejado mi abuela.
Su recuerdo era como un vértice que nos atraía al precipicio.
En mi gran esfuerzo por entender a mi tía, por comprender su obsesión por Valen y esa terrible dependencia, solo encontraba coherencia dentro de ese razonamiento.
Todos sufríamos del mismo mal: la soledad.
Y todos intentábamos salvar a los demás antes de salvarnos a nosotros mismos.
Otros pedían ayuda al borde del abismo, aunque lo hicieran de la forma equivocada.
—Chiqui, despierta. Vamos.
Mi padre me zarandeaba suavemente mientras su aliento caliente rozaba mi oreja. Lo aparté y entorné los ojos desconcertada por la luz que acababa de encenderse.
—¿Qué pasa? —susurré.
—Tenemos que arreglar esto. Ya no puedo más.
—¿Esto? ¿Qué es esto?
Él me miró impotente, se tambaleó con la suerte de encontrar un trozo de pared que supliera su falta de equilibrio.
—Esto…, esta… nuestra relación —dijo moviendo las manos como si quisiera unirnos a la vez que luchaba con una extraña fuerza invisible.
Lo último que quería era dejarme arrastrar a esa extraña penitencia a la que se había encomendado desde que mi madre había huido.
—Sea lo que sea lo que quieras arreglar, estas no son horas. Estoy cansada y no soportaría una conversación profunda…
—Es que no sé ni cómo empezar.
—Es que ya no eres tú. Quizá deberías empezar por buscarte.
—No sé si…, ya no sé.
Luego se irguió con dificultad y apagó la luz. Sola, en mi habitación, me sobrevino el convencimiento de que mi padre estaba desapareciendo. Aunque aquello no se lo dije al Gabriel de mi imaginación. Era mi secreto. Eran palabras que palpitaban dentro de mí y morían en el fondo de mi memoria.
La mujer no había vuelto a aparecer. Me costaba creer que se hubiera rendido tan pronto.
Mi padre tenía un aspecto aún más desquiciado que antes, como si hubiera acogido con resignación su papel de caso perdido.
Y yo parecía igual de desquiciada, aunque no me sintiera una víctima.
Era parte culpable de aquel cuerpo moribundo que suplicaba ayuda, pero yo no sabía cómo dársela.
Al levantarme, apenas pude tapar mis ojeras con el maquillaje. Cuando vi a Gabriel subirse al autobús estaba pálido y parecía somnoliento. Tampoco parecía su mejor versión.
—¿Ya estás recuperado? —le pregunté con la mejor de mis sonrisas.
—Sí, era una simple gastroenteritis —contestó sorprendido de que lo supiera—. ¿Tú estás bien?
—Mejor no preguntes…
Me mordí el labio y observé la imagen que me devolvía la ventana. Gabriel preparó los auriculares y me ofreció uno, dando por hecho que aquello iba a convertirse en una costumbre.
—Ayer tuve tiempo de buscar unas cuantas canciones que te gustarán. —Me sonrió—. Si llego a tener tu número te las digo…
—Si quieres mi número, te lo doy —le contesté muy resuelta.
—Vale.
Compartimos una sonrisa cómplice. Algo pareció cambiar de repente.
Me observó con una tranquilidad tan acogedora que quise entregarme a ella.
Me apetecía tocarlo y puse mi mano encima de la suya para acercar su teléfono.
Gabriel me miró atolondrado. Yo no quise detenerme en sus ojos, me daba miedo perderme en ellos, ver más de lo que quería ver y no poder volver.
Quizá si jugaba a ir más lejos se me acabaría la curiosidad, aquel fugaz instante de exaltación que llevaba padeciendo días enteros.
Así que tecleé los números con una lentitud desesperante, saboreando esa pequeña posibilidad que bailaba entre el espacio restante entre nosotros.
Si yo tropezara, si yo cayera víctima de mi torpeza, dos cuerpos se unirían desencadenando el desastre.
Me valdría un leve asentimiento para no ser yo la culpable de tomar la iniciativa.
Él me besaría, tal vez. Sus labios gruesos abrigarían los míos y los dos intentaríamos hipnotizar al tiempo.
Me gustaba pensar en estas cosas resguardada de las realidades que podían revestirlo todo de demasiada crudeza.
El autobús traqueteando incansable hacia un destino monótono.
Individuos infelices como nosotros, con la misma esperanza y determinación, prometiéndose ser algo mejor algún día.
Retiré la mano, al fin, concluyendo con resignación que el romanticismo había muerto para quedarse en los cuentos.
¿Qué esperaba de ese chico? A mí, que la ilusión me abandonaba en cuanto condenaba mis proyectos al aburrimiento.
Ese chico que me provocaba un interés desmesurado, a pesar de su pelo enmarañado, su nariz aguileña, sus manos tiznadas de carboncillo.
Por momentos, Gabriel me parecía demasiado bueno para ser verdad. Un oasis en medio de mi caos.
Entonces su pantalla se iluminó dejando a la vista un wasap de Roy: «¿Hoy vienes? Ayer estuve hablando con tu pelirroja».
—Tu pelirroja —susurré, como si quisiera confirmármelo a mí misma.
Y ese maldito mensaje empañó todo lo bonito que había construido en torno a él.
—¿Te ofendes?
Él: tan vulnerable, tan sincero, tan cercano…
, no era más que otro chico intentando traspasar la barrera de mi intimidad.
Otro más que, pasado el tiempo, me añadiría a su lista personal.
Estaba cansada de la nada, de esa sensación de hastío y de esa vuelta a empezar continua sin llegar a ningún sitio.
No, yo no quería eso. Yo necesitaba a Gabriel de otra manera.
—Oye… —le dije sin mirarlo—. Tú y yo solo somos amigos. Solo eso. Al menos por mi parte no espero nada más.
—Ya. Entiendo.
No podía ocultar su desconcierto por aquel giro tan brusco que había dado la situación. Nos levantamos para salir en cuanto se abrieron las puertas.
—Adiós, Gabriel —me despedí.
—Me da la sensación de que vas a desaparecer para siempre cuando dices eso.
—¿Por qué?
—No sé, odio las despedidas. —Luego pareció recobrar algo de humor—. ¿Entramos juntos? Vamos al mismo sitio.
Me encogí de hombros y caminamos en silencio sin poder disimular que algo se había roto.
Cuando llegué al Atlanta por la tarde, Sonia estaba tan ocupada en la oficina que me vi en la desesperación de contarle a José lo que había ocurrido con Gabriel. Y aquella indignación absurda que sentía hacia él por querer estropear una futura amistad.
—A ver, niña, ¿tú no eres consciente de lo que despiertas en los hombres?
—¡Pero tú y yo somos amigos!
—Porque estoy felizmente casado y he aprendido a pensar con el cerebro.
Yo me sentí más frustrada que antes. No quería alejarme de él. Me apetecía seguir descubriendo sus secretos, sus inquietudes.
Sin embargo, me sorprendí cuando recibí su primer mensaje.
El tono parecía reconciliador y había creado una lista en Spotify para que pudiéramos compartir canciones.
Además de Liam Gallagher, que ocupaba un sitio preferente, a Gabriel le gustaba Oasis, Greenday, The Verve, y parecía evitar toda la música comercial.
Me lo imaginaba por la mañana delante del espejo saltando y cantando a cada golpe de guitarra mientras intentaba poner un poco de orden en su pelo revuelto sin demasiado éxito.
Como yo cojeaba un poco del inglés, añadí a Fito y a Leiva, pero acabé aficionándome al ritmo rebelde e irreverente que Liam Gallagher impregnaba en sus letras.
Y ese descubrimiento compartido, la emoción de sentirse acompañado de la misma melodía y de cantarla en susurros en el autobús mientras Gabriel suplía aquellas palabras que escapaban a mi comprensión, lo hacía mucho más intenso.
Solo en esos instantes me permitía volver a imaginarme cerca de él, tocándole de nuevo mientras aquella voz peculiar parecía retratar otros segundos de inocente desliz: «When I'm with her, I feel like a fly, lost in her words and her smile… ».