6
Recuerdo que, cuando íbamos al instituto, Laura tenía una extraña fijación por las relaciones de los demás.
Nos sentábamos en las gradas, resguardadas tras la cancha de baloncesto, y allí observábamos los primeros acercamientos torpes y ridículos de los soberbios adolescentes dispuestos a reivindicar su lugar en el mundo que aún era, tan solo, un reflejo de la dura realidad que los aguardaba.
—Se están mirando —me advertía ella.
Después presenciábamos el ritual: la indecisión, el atrevimiento y la posterior explosión de júbilo.
Les atisbaba un impulso incontrolable difícil de sobrellevar que les robaba el entendimiento.
Laura lo atribuía a las mariposas que, según ella, nacían en el estómago, y a mí, incapaz de comprenderlo, me parecían lerdos que sucumbían a la necesidad del cuerpo con el único fin de copular.
—No durarán —sentenciaba yo siempre.
Ella se enfadaba conmigo y se iniciaba un debate que me teñía de amargura.
A la edad de dieciocho años, todavía no me había enamorado.
Y ya no sabía si era yo la que estaba mal o, como todo en la vida, lo veía demasiado susceptible de perecer.
Tal vez por ello fui tan reacia de contarle a Laura mi amistad con Gabriel.
Ella ya lo había vivido en sus carnes multitud de veces.
En mi madurez, aún conservaba esa curiosidad que heredé de mi amiga, y me interesaba por las personas que se sentaban tras la barra del Atlanta y dejaban entrever sus miedos, sus inseguridades y su entusiasmo.
¿Qué era el amor? Quería que alguien me lo mostrara, encontrármelo de frente, preguntarle por qué se apoderaba de todo el mundo menos de mí.
Y al mismo tiempo, me aterrorizaba que estallara en mis entrañas y me arrebatara el alma.
Quería verlo impregnado en mis actos como lo veía en el de los demás.
Como lo vi aquella mañana en los ojos de la mujer que salió del dormitorio de mi padre.
Era rubia, con los ojos grandes y los labios carnosos, y la mirada llena de determinación por arreglar lo que estaba roto en él.
Lo que había intentado yo cientos de veces antes de que se me marchitaran las ganas y comprendiera, al fin, que debía salvarse solo.
Después mi padre la despidió sin demasiada ceremonia y mientras yo me bebía el café de un trago para no llegar tarde, dejé escapar la esperada pregunta:
—¿Eso es amor?
—Yo qué sé, chiqui. Ya no me importa nada.
A veces envidiaba la desidia con la que obviaba los temas importantes.
Yo no me di por vencida y seguí cavilando desesperadamente, perdiendo el hilo de mis pensamientos hacia otras cuestiones más profundas.
Casi no me di cuenta de lo que estaba por llegar.
Ya no sabía si deseaba volver a encontrarme con la mirada de sobrada perspicacia de Gabriel, que parecía conocer de antemano todo lo que pretendía ocultar.
Pero ya no podía escapar de él, ni siquiera adoptando una actitud dispersa me libré del peso de su presencia.
—Casi lo tengo terminado —me anunció—, pero quiero hacer algunos retoques. Estoy experimentando con nuevos materiales y me está costando un poco.
—¿Eres autodidacta? —exclamé realmente sorprendida.
—A veces no sé muy bien lo que hago. —Se rio.
—Tienes mucho talento.
Y estaba tan convencida, que me enfadé de veras por sus palabras.
Mi seriedad ensombreció el ambiente y Gabriel se refugió en su música para no darme la razón.
Quise hacer lo mismo, más por conservar la dignidad de ese momento que yo misma había estropeado, que por las ganas de sumergirme en mi propio mundo.
No obstante, una vibración me recordó la recarga fallida de mi batería y me dejé caer hacia atrás dispuesta a soportar el duro silencio.
—Si quieres lo compartimos —me dijo Gabriel ofreciéndome uno de sus auriculares.
Me giré hacia él y sonreí, arrastrándome a su lado con curiosidad.
¿Qué música escucharía Gabriel? Nuestras piernas se tocaron y nos separamos súbitamente, como si hubiéramos sobrepasado un límite establecido.
Me coloqué el auricular. Unas guitarras eléctricas rugieron en mi oreja y el ritmo me obligó a mover los pies.
Una voz nasal cantaba en inglés sobre una venganza que venía en forma de onda explosiva y permitía contagiarme de aquella liberación, de aquella sensación de gozo.
—Liam Gallagher. —Sonrió con orgullo.
—¿Te gusta el pop rock ?
—Me considero bastante ecléctico. En realidad, me rindo ante cualquier canción que me haga vibrar, de esas que son capaces de dar sentido a algún momento de tu vida.
Yo le miré con cierto asombro, casi con la misma curiosidad con la que me buscaban sus ojos continuamente, pero él no estaba preparado para soportar aquella invasión y me apartó la mirada.
Mi vida también podía resumirse en canciones, rugir con la misma intensidad para luego desaparecer y dejarme un vacío en el estómago.
—Ya hemos llegado.
—Qué pena —susurré.
—Siempre podemos repetirlo.
Me preguntaba qué podía llevar a Gabriel a arrinconar su verdadera vocación por un futuro vacío e incompleto.
Tal vez la respuesta se hallase en ese aparente estado de desamparo en el que se encontraba, él no recibía apoyo de nadie y tampoco estaba dispuesto a reivindicar su talento.
Después de haber descubierto su vulnerabilidad, sabía reconocer también una resignación que resultaba más llevadera que una lucha encarnizada contra todo lo impuesto.
Aquella mañana decidí ir a buscarlo al bar y Laura me siguió conducida por la imparable curiosidad que le provocaban mis arrebatos.
Ella me miraba como fascinada, intentando descifrar todo lo que se traslucía de mi comportamiento.
Yo era incapaz de explicar la ansiedad que me empujaba.
Me resultaba más fácil callar y que mis actos hablaran por sí mismos.
—¿Qué tiene ese chico que te provoca tanto interés? —me preguntaba Laura.
Pero yo no sabía responder. ¿Qué tenía Gabriel? ¿Era solo la exaltación de la novedad?
El bar estaba abarrotado de estudiantes.
Una oleada de calor sofocante me golpeó en la cara.
El olor a café y queso fundido me distrajo un momento de mi cometido.
Pero él no estaba. Lo sabía porque a través de las ventanas lo había visto sentarse a una mesa cercana a la barra, donde tenía espacio suficiente para desparramar sus lápices y ponerse a dibujar.
Hoy aquel lugar lo ocupaba un grupo de chicos donde reconocí a Roy, que se acercó a mí en cuanto me vio.
—¿A quién buscas?
—A nadie —respondí sin mirarlo.
—Está enfermo —luego sonrió malicioso—, pero se recuperará pronto. Si quieres llamarlo puedo darte su teléfono, así podéis quedar otro día para que te dibuje. Gabi es todo un artista, no es porque sea mi amigo…, pero tiene talento, ¿sabes? Entre muchas otras cosas.
—Quién eres, ¿la Celestina?
Empecé a ahogarme. Las personas que estaban detrás de mí en la cola me empujaban.
Me envolvían con sus voces estridentes e impacientes.
Laura me rozó la mano con la intención de atraerme hacia ella, pero Roy seguía allí, mirándome con aquellos ojos que pretendían atravesarme.
Salí del bar cogiendo aire y busqué mi paquete de cigarrillos.
Al abrir la cajetilla me cayó uno al suelo.
—Me invitas, ¿verdad? —De nuevo Roy.
Se lo colocó en la boca. Sus labios eran finos, demasiado rojos, como si se los hubiera mordido con rabia.
—¡Déjame en paz! —le grité frustrada—. ¡No quiero que me sigas vendiendo a tu amigo!
—He salido a fumar un cigarro, nada más. Y oye…, lo de antes, pues sí, se me ha ido un poco la cabeza, pero no te cabrees con Gabi, ¿eh? Que lo que te he dicho son tonterías mías.
A partir de entonces, Roy se convertiría en un continuo en mi vida, aunque no llegara a comprenderlo del todo.
Como no entendí nunca la relación que se había originado con Sonia, ni la extraña confianza que poco a poco se fue acrecentando hasta el punto de que llegó a conocerlo mejor que yo y se enteró de detalles que concernían a Gabriel.
—¿Tú sabes que vive solo en una casa de su propiedad? —me contó asombrada.
Por supuesto que no lo sabía, y me molestaba que fuera ella quien me lo dijera y me quitara el privilegio de descubrirlo por mí misma.
—¿Quién te ha dicho eso?
Ahí no tuvo más remedio que confesármelo.
—Roy viene a verme a veces…
Le reconocía un orgullo infantil, de sentirse complacida por acaparar el interés de otro chico que no era su novio.
Yo no entendía de relaciones, de llamas que se apagan, de monotonía, de tomar consciencia de que aquella estabilidad era un camino ininterrumpido hacia la vejez.
Tampoco de los conflictos interiores que nos llevaban a preguntarnos si un amor viejo seguía siendo amor o simple comodidad.
Aquel día, cuando observé a Roy fumarse el cigarrillo que me había robado con esa mirada condescendiente, no sabía lo que iba a dar de sí nuestra relación.
Solo me sorprendía estar pensando en Gabriel, en si estaría bien, o si volvería a verlo al día siguiente.
No advertí que aquellas preocupaciones que ocupaban el centro de mi atención me mantenían absorta y me distraían de aquel entorno hostil que intentaba engullirme sin remedio.
—¿Ya tienes novio, sobrina?
Valen estaba demasiado cerca de mí. Olía a tabaco.
Su pelo enmarañado estaba salpicado de polvo y la barba le atribuía una seriedad que no acompañaba a su sonrisa amigable.
Ainhoa seguía trajinando en la cocina y el peso del silencio había caído sobre mí como una losa, mientras él parecía percatarse de mi nerviosismo.
—No —le contesté secamente.
—No me lo creo. A mí puedes decirme la verdad, no se lo voy a contar a tu tía.
Su cara de supuesta complicidad me pareció una emboscada.
—Bueno, mejor así. Eres muy niña.