5 #2
Aquellas disputas me dejaban trastornada y ausente, como si hubieran absorbido mi energía.
Me sentaba tras la barra, encima de la nevera que me hacía las veces de mesa para estudiar, y como mi mente no podía distraerse con los libros, entre las páginas manoseadas aparecía mi retrato —que se había convertido en el suceso más importante de mi vida— y lo observaba durante largo rato.
Los detalles que descubría en cada nueva contemplación me parecían un enigma por resolver.
Tal era mi fascinación, que Sonia acabó por darse cuenta y tuve que mostrárselo.
Me dio la sensación de que en ese momento profanaba parte de mi intimidad.
—Pues para hacerte un retrato tan fiel, debe de haberte observado con mucho interés…
Esa insinuación me provocó cierto rechazo.
En ningún momento me había fijado en su atractivo, no lo tenía.
Pero había un no sé qué que destacaba por encima del resto y le infería un aspecto particular.
Vestía con criterio propio, sin acogerse a modas, y parecía haberse amoldado al mundo sin problemas a pesar de no estar totalmente de acuerdo con él.
Su pelo se desparramaba por la frente queriendo personificar aquella rebeldía contenida y sus ojos, cuando no se oscurecían tras las gafas de pasta, mostraban una transparencia apabullante, como si deseara confesar media vida.
La actitud de Adam y un cliente impertinente me remataron la tarde.
Estaba tan agotada que iba sumida en una especie de sopor de camino a casa.
No reparé en que era una noche completamente cerrada, no había luna y las luces que iluminaban la Catedral estaban empañadas por una neblina muy fina.
Fumaba sin consuelo y solté un gemido cuando apuré demasiado el cigarro y me quemé los labios.
Los ojos se me inundaron de lágrimas. Y así me llegó la imagen que me encontré de sopetón cuando pisé mi calle: borrosa.
Me acerqué lenta y sigilosa para comprobar que, sin ninguna duda, mi padre se estaba besando con una mujer en el portal.
Él la tenía agarrada de la cintura y empezaba a deslizar la mano por debajo de su falda.
Ella debía de tener poco más de cuarenta años.
A pesar de que mi padre ya rondaba los sesenta, siempre había sido un hombre apuesto: alto, corpulento, ojos azules, pelo cano y barba bien cuidada.
Nunca me enteré por mis padres, pero dentro de una casa donde nadie se esforzaba por esconder secretos, el rumor de una infidelidad me puso sobre aviso años atrás.
Fue el primer detonante para el desastroso final.
Al verlos entrar en el piso, la situación se tornó surrealista. Debía elegir entre seguirlos —y abordar la incomodidad que suponía interrumpirlos— o buscar una alternativa. No me costó demasiado cambiar mis pasos y pedirle asilo a Sonia.
Me acordé de aquellos primeros meses nefastos tras la marcha de mi madre en que me sobrevenía la melancolía, y me inventaba cualquier excusa que la obligaba a ofrecerme su casa y yo, a riesgo de parecer una triste alma desamparada, me dejaba acoger en sus brazos, y corría al nuevo hogar deseosa de encontrar un resquicio que me recordara lo que era una familia.
Mucho les debía por las noches que, como hoy, nos estirábamos los tres en el sofá-cama antes de irnos a dormir, y José nos deleitaba con alguna tontería que rompía la tensión del momento.
Así olvidábamos lo poco común que resultaría a los ojos de los demás la extraña complicidad que nos gobernaba y nos envolvía en una pequeña burbuja.
Yo les solía contar sin demasiada dificultad lo que me afligía y José era el especialista en convertir mi dramatismo en una mera anécdota.
Con ellos todo era más fácil. Aunque mi casa fuera ahora el escenario de dos amantes que ponía el fin definitivo al retorno de mi madre.
Mantuve la vana esperanza siempre —tras un año en que mi inadaptación era evidente— más por el deseo de volver a la vieja normalidad, que de reavivar la llama que se había apagado.
Era egoísta y mezquino desearles a mis padres una vida sin ánimos de mejorar por mi propia conveniencia, pero la conocida rutina, cuando se rompía, daba un miedo atroz.
En eso cavilaba sin cesar hasta que el agotamiento del día dio lugar a sueños agitados y confusos.
Se mezclaron imágenes con otras que ya no podían ser y evidenciaban aún más su inexistencia.
El mundo del subconsciente era todo un misterio, allí iban a parar los recuerdos que se resistían a desaparecer, reivindicando su inmortalidad hasta que el olvido se los llevaba del todo.
José insistió mucho en llevarme a la universidad a la mañana siguiente, y yo me resistí hasta que no tuve más remedio que ceder y perder mi viaje matutino junto a Gabriel.
Al mediodía, el autobús iba tan lleno que tuvimos que hacer el viaje a pie, agarrados a la barandilla, sin posibilidad de intercambiar palabra.
En un impulso bajé tras ellos, antes de que se cerraran las puertas.
Me superaba la curiosidad, el descubrimiento de algo nuevo que llamaba mi atención por ser diferente a todo lo demás y a las sensaciones que me provocaba.
Con Gabriel, mi única expectativa era el ansia de saber y conocer, como si se tratara de un trabajo de investigación.
Los seguí manteniendo las distancias. Despidió a Mireia antes de que tomara un desvío hacia una calle interior.
Subió por una cuesta que bordeaba el exterior de la muralla, luego ascendió por unas escaleras estrechas y empinadas para adentrarse en ella.
Esperé unos minutos apoyada a la pared, sintiendo como sus pasos se iban apagando.
Entonces reanudé la marcha y, al llegar arriba, me sobresalté al encontrármelo de frente.
—¿Te has perdido?
Recuperé el aliento antes de contestarle.
Llevaba tiempo sin ver mi ciudad desde esa perspectiva.
Había un silencio sepulcral que me sobrecogió.
A aquellas horas no estaba demasiado transitado.
Los muros de piedra dibujaban un camino empedrado que reseguían parte de la ciudad y daban acceso a las torres convertidas en espléndidos miradores.
—También me gusta este sitio.
—¿Sí? Yo suelo venir mucho por aquí.
—¿A pintar?
Gabriel asintió esbozando una media sonrisa.
—¿Quieres acompañarme?
Caminamos por el sendero de piedra bajo el sol, uno detrás de otro, resguardados por los muros que se levantaban a cada lado y que disponían de aspilleras separadas a ciertos metros, aberturas verticales con suficiente profundidad para colocar un arma y disparar.
Lo seguí como un centinela cuando entró en la gruta que llevaba a la torre; pareció querer subir por una escalera de caracol, pero se bifurcó hacia la izquierda con cierto ademán dudoso.
Yo callaba y, de vez en cuando, acercaba mi cuerpo a la fría piedra para aliviarme del calor.
La luz volvió a mis ojos, cegándome durante un instante, y me llegó una imagen de repente, ya casi olvidada en el fondo de mi memoria.
Un remanso de paz en el interior de un jardín amplio y espléndido rodeado de árboles que respetaban la luz y protegían la intimidad.
Había algún rincón más sombrío, acongojado por el maltrato de los años y engullido por las plantas trepadoras, convertido en los restos de una casa ruinosa que conoció tiempos mejores.
Los bancos de madera pintados de azul y bien distribuidos en el espacio interrumpían con su modernidad en aquel lugar invadido por la naturaleza.
Yo recordaba este jardín de mi niñez y la sensación de formar parte del equilibrio del mundo.
—¿Verdad que esto también es arte? —preguntó Gabriel.
—Por supuesto, el arte para mí es capturar la belleza.
—Eternizar aquello que es efímero —añadió él.
—Todo es efímero…
—¿Tú crees?
—Sí, se crea arte a partir de las emociones y estas son perecederas.
—Pero florecen otras en las personas que lo contemplan. Mueren y vuelven a revivir. Es un flujo constante.
—Aunque el fin por el que fueron creadas desaparece o se reinterpreta —añadí—. De una forma u otra, llega a su final.
—Me temo que tienes un concepto de las cosas un tanto apocalíptico.
Nos miramos unos segundos sin ánimo de rebatirnos nada más, y en esa pequeña tregua, el estrépito de nuestras risas provocó la desbandada de los pájaros. Luego me dejé caer en un banco, como si aquel éxtasis compartido hubiera acabado conmigo.
—¿Te importa que te dibuje?
—La última vez no me pediste permiso —le contesté con una media sonrisa.
—Sí, tienes razón. Pero esta vez me apetece hacerlo con más libertad, sin esconderme.
No supe muy bien cómo acomodarme. Apoyé la espalda en el banco, con las rodillas contra el pecho, protegiéndome de una amenaza externa, una coraza inexpugnable para esos ojos que me interrogaban sin cesar.
Sacó sus lápices y sus folios, los desparramó por el suelo y, sentándose justo delante de mí, inició su tarea.
Para ser un artista, no era nada metódico.
Cambiaba de instrumento sin cesar. Cuando a un lápiz se le acababa la punta lo tiraba con desdén y cogía otro, como si no pudiera parar.
Como si temiera que la interrupción pudiera llevarse aquel arrebato de inspiración.
Luego, tras los primeros esbozos frenéticos, lo invadió cierta calma.
La quietud le devolvió la magia al ambiente.
Nos convertimos en espectros, figuras extrañas que se confundían con el paisaje y permitían a las palomas acercarse más de lo necesario.
La mano de Gabriel parecía moverse con el aire, el sonido de sus trazos era una lenta melodía que se fundía con el vaivén de los árboles, mi pelo también se mecía y de repente imaginé mi retrato con aquel movimiento, borroso, luchando por permanecer estático.
—Mírame, Leire.
Apenas emitió un susurro, pero bastó para romper el hechizo y ya todo volvió a la normalidad.
Yo empotrada en el banco, tomé consciencia de la madera que se me clavaba en la espalda y empecé a sentirme incómoda.
El aire cesó y el calor nos revistió de impaciencia.
Gabriel cambió de postura y se sacudió el polvo de los pantalones.
De tanto en cuanto las gafas se le deslizaban hacia abajo a causa del sudor y, para no abandonar la faena, las devolvía a su lugar con un golpe de mejilla.
Ese movimiento era como una explosión en la serenidad de sus gestos.
Entonces eran las moscas, y él las ahuyentaba con aspavientos; o de nuevo la ligera brisa levantando el papel.
Me aguantaba la risa al verlo luchar contra las inclemencias del lugar, que parecía querer castigarnos por estorbar la tranquilidad que lo acompañaba por costumbre.
Lo observé tanto, que comprendí que no me había fijado de verdad en él hasta ese momento.
Nunca lo había visto tan transparente, tan vulnerable como yo.
No sé cuánto tiempo más estuvimos así, tenía muchísima hambre cuando Gabriel decidió que ya era suficiente. A pesar de levantarme entumecida, me entristecía tener que marcharme. Me hubiera dejado enamorar por un atardecer de otoño.
Caminamos callados, siguiendo el camino hacia los Jardines de la Francesa desde donde se podía observar toda la parte trasera de la Catedral, incluido el foso, de una altura considerable.
—¿Eres creyente? —me preguntó Gabriel, al verme parada frente a la puerta de los apóstoles.
—Soy atea y, aunque digan que esto es la casa de Dios, es una maravilla que construyeron los hombres y que contiene un pedazo de nuestra historia. Un lugar sagrado que me transmite sensaciones muy distintas a la devoción religiosa.
—¿Como cuáles?
—Su belleza, la paz que se respira en su interior…, es capaz de agitarme por dentro.
—¿Entramos? —Sonrió—. Me gustaría recorrerla contigo.
Nos hubiera ido bien para recuperarnos del calor, allí siempre era invierno. Pero rechacé el ofrecimiento.
—¿Me lo enseñarás cuando esté acabado? —le dije señalando su carpeta de dibujo.
—Sí, claro. Déjame que te invite a un café.
—No puedo —le corté, tajante—, pero puedes venir a verme algún día al Atlanta, si quieres.
Asintió y sentí sus ojos encima de mí, hasta que desaparecí en la primera esquina. Fue entonces cuando me di cuenta de que el hambre que me devoraba no era más que una súbita alegría que no pude identificar.