La libertad de los seres efímeros 5
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La echaba de menos. Al igual que Ainhoa, la sufría lejos de la mirada de los demás. A veces me despertaba demasiado temprano y la ausencia de la abuela se hacía tan pesada, que lo único que me quitaba aquel revuelo emocional era deambular por las calles.

Evocaba su envejecida figura apoltronada en el sillón; solía acomodarse cerca de la ventana a observar el trajín del barrio.

Conocía cada rencilla de sus vecinos y enseguida me hacía saber cualquier novedad.

Ambas opinábamos de las vidas ajenas como si se tratara de las nuestras, como si dentro de nosotras pudieran convivir multitud de vidas e historias y fuéramos cómplices de todas ellas.

Lo que más llamaba mi atención eran sus recuerdos de juventud.

Me parecía que, al cerrar los ojos para detallarme con más claridad su época, se rejuvenecía y ya no le pesaban las piernas, ni le achacaban los dolores de la edad.

El pasado siempre hubo de ser mejor en aquella calle que apodaban «de los festejos» , donde tenían la vieja costumbre de reunirse en las puertas a tomar el fresco y comentar las banalidades del día.

Los niños corrían dispersos de la mano de su imaginación, dando lecciones de vida, sorprendiéndose ante cada nuevo descubrimiento.

Y el tiempo discurría con rapidez, bastaba observarlos con atención para darse cuenta de lo mucho que crecían.

Allí era donde, con el transcurrir de los años, uno se daba cuenta que bastaban pequeños gestos para sentirse satisfecho y en paz.

Esos paseos matutinos me ayudaban a refrescar la memoria, aunque siempre me quedaba con el triste convencimiento de que su imagen se me aparecía cada vez más maltrecha, desdibujada, una fotografía cuyo color se iba desgastando a fuerza de enterrarla en el olvido.

El tiempo parecía querer girar lento y tedioso y tan solo me ofrecía sobresaltos en aquellas extrañas situaciones que, sin atisbarlo todavía, me presentaban un camino distinto.

Nuestro encuentro no cambió demasiado la forma de relacionarnos.

Así, las pocas palabras que le dirigí al chico del autobús me parecieron un ensueño más que la voluntad de avanzar en aquel acercamiento.

Había conseguido captar otros detalles de los que no fui consciente en un primer momento y que, en la lucidez de la memoria, me aparecían con repentina clarividencia: un ademán disimulado a tiempo, un gesto innecesario que delataba el deseo de romper con la distancia y reclamar un espacio.

Pero después, la realidad nos obligaba a ser cautos, como si ninguno de los dos estuviera dispuesto a finalizar el misterio.

Seguíamos perdidos en los dominios de nuestra soledad, aunque él no parecía muy cómodo con ese papel, como si interpretara una parte de sí mismo con la que se sentía insatisfecho.

Mireia se limitaba a ser un espectro en medio de nuestro juego.

A veces la escuchaba hablar, casi siempre de sus estudios, de planes a corto plazo o de obligaciones.

El futuro se le presentaba abstracto y las ilusiones quedaban relegadas al simple convencimiento de estar haciendo lo correcto.

Debía de ser realmente insulsa una vida con tan pocas aspiraciones, aunque yo tampoco es que tuviera una meta fijada.

Menos aún se interesaba por la música, ni por los dibujos de su amigo.

No había nada en ella que llamara la atención.

Solo era una pasajera más, una autómata que, a pesar de conocer el recorrido, permanecía atenta esperando el instante para bajar del autobús y seguir con el itinerario marcado.

Esa mañana se respiraba tensión, quizá debido a la expectativa que ambos teníamos de cada uno.

El chico del autobús no dibujaba y yo esperaba impaciente a que sacara papel y lápiz y me deleitara con su destreza.

Pero yacía inmóvil, salvo por los bamboleos que nos daba el autobús.

Me miraba de reojo, con una insistencia que le impedía mantener el disimulo.

A veces nuestras miradas tropezaban y estallaba algo dentro de mí.

El bombardeo de sensaciones me enardecía las mejillas y giraba la cabeza hacia la ventanilla con toda la dignidad de la que era capaz; respiraba tres veces y vuelta a empezar.

Ya no me hacía falta mirarlo para constatar que no se daba por vencido.

Esa situación de alerta en la que me encontré todo el tiempo me provocó un terrible dolor de cabeza y, tras apearme del vehículo, sentí una gran necesidad de fumar, como si mis males pudieran consumirse con la misma facilidad.

No obstante, andaba escasa de dinero y me había visto obligada a robarle a mi padre algún billete de la cartera, en aquellas noches en que su embriaguez le cegaba el entendimiento.

Estuve buscando desesperadamente el encendedor, con el cigarro ya en la boca y mis pertenencias desparramadas en el primer banco que se había prestado para la ocasión, cuando de repente una voz conocida me procuró la ayuda que buscaba.

—¿Quieres esto?

En la mano sostenía mi mechero y su expresión guardaba cierta satisfacción triunfante, pero como seguía empecinada en no entrar en el juego, lo recuperé disimulando mi asombro.

—Hoy no has dibujado —le dije antes de que se fuera.

—¿Querías que lo hiciera?

Yo me encogí de hombros. Se acercó despacio hasta mí y me entregó un folio de su carpeta.

—No te enfades conmigo.

Lo miré tan pronto como lo tuve en mis manos.

Él no detuvo sus pasos, que parecían escapar de una crítica no deseada.

Era yo, retratada a carboncillo. Con la mirada perdida, absorta en la música y alejada de la realidad que compartimos desde el inicio sin darnos cuenta, con la misma vocación de desastre.

Luego nos preguntaríamos, acuciados por la intriga, qué debió de ocurrirnos aquellos primeros días para evitar el irremediable momento de hablarnos.

Pero él había inmortalizado una parte de aquel sentimiento casi olvidado, y me lo presentaba con una fidelidad asombrosa.

Lo alcancé cuando entraba en la clase y tuve que colarme ante la atenta mirada de sus compañeros de cuarto curso. No reparó en mí hasta que se sentó en el pupitre, al lado de Roy, que consultaba el móvil distraído.

—¿Así me ves? —le pregunté recobrando el aliento.

—Solo es un recuerdo estático en el tiempo, un reflejo de lo que fuiste ese día.

Roy nos dedicó una mirada inquisitiva. Parecía estar disfrutando del espectáculo.

—¿Por qué estudias económicas si te gusta tanto pintar?

—Mis padres creen que no se puede vivir del arte.

—¿Y tú les haces caso?

—A veces tienes que elegir entre lo que te gusta o lo que te conviene. —Se encogió de hombros.

—Yo a eso lo llamo ser valiente o ser cobarde.

—Los valientes tienen un punto de locura insana. —Me sonrió, prestándose a aquella batalla dialéctica.

—Pero no tienen cadenas y vuelan libres.

Arqueó las cejas en un gesto de incomprensión. Entonces saqué el papel arrugado, del que me había apoderado el primer día, y lo alisé con la mano encima de la mesa, junto con mi retrato. Se echó a reír negando con la cabeza. Tenía una risa bonita, aunque sonara algo nostálgica.

—La vida es complicada —dijo mirando su dibujo.

—Ya lo sé, pero eso no te excusa de intentarlo.

Miré el reloj, eran las nueve en punto y casi todos los alumnos habían ocupado su silla.

—Por cierto, me llamo Leire.

—Yo soy Gabi.

—¿No te gusta tu nombre?

Él miró a Roy, desconcertado.

—Todo el mundo me llama así, pero tú llámame como quieras.

—¿Puedo quedármelos? —le pregunté recuperando mis dibujos.

—Ya eran tuyos.

—Venga, Leire —intervino Roy—, no vayas a llegar tarde a tu clase.

—No eres mi madre —le repliqué y después suavicé el tono—. Adiós, Gabriel.

El profesor entró en el aula al tiempo que me dirigía hacia la puerta.

—Se nos ha colado una de primero —dijo un chico cuando pasé por su lado.

—Se puede sentar a mi lado —añadió otro.

Algunos se echaron a reír y yo seguí andando sin perder la compostura.

—Muy valiente, señorita —intervino el profesor—, pero me temo que aún no está preparada para tanto nivel.

—Algún día lo estaré —susurré.

Antes de salir miré a Gabriel por última vez. Tenía una sonrisa en la cara.

Ahora que conocía su nombre, las conversaciones imaginarias sucedían con más frecuencia y me proporcionaban cierto consuelo.

El Atlanta se había convertido en un sitio de conflictos continuos; ni Adam ni yo estábamos preparados aún para olvidar.

«Mira, Gabriel —le decía en mi cabeza— ahora me observa como quien no ve a nadie, como si fuera invisible, pero por dentro se revuelve inquieto.

Se lo noto. Pretende convertirme en culpable.

Y lo soy. Yo acepté. Quise mirar dentro de él y no vi nada.

Me toca acarrear con las consecuencias».

Adam se molestaba más cuando yo me mostraba indiferente, aunque me enardecía en secreto con su sola presencia.

Le hablaba para lo estrictamente necesario.

—Pásame un trapo —le pedía con intención de secar las copas.

Y de golpe, de tanto contenernos, explotábamos. Adam me tiraba el trapo a la cara y la rabia me dominaba enseguida.

—¡¿Eres gilipollas o qué te pasa?! —le gritaba.

—Ha sido sin querer —contestaba imperturbable.

Y volvíamos a rebajar la tensión antes de que Sonia se percatara del alboroto.