La libertad de los seres efímeros 4 #2
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Quizá no existiera la casualidad. No dejaba de sorprenderme como esta maldita ciudad nos aprisionaba a todos en el mismo lugar y a la misma hora para cumplir un posible fin divino.

Tuve que sujetar a Sonia para impedir que saliera corriendo hacia ellos y estropeara mi fachada apática y antisocial.

No obstante, fue otra circunstancia la que nos dejó impertérritas en nuestro asiento.

De una callejuela oscura, poco concurrida, apareció la silueta de Adam.

Andaba algo distraído, mirando a un lado y a otro; y luego, de repente, se detenía unos segundos como si quisiera recobrar su determinación.

Cuando nos vio ya no le quedaba ni rastro de duda.

—¿Nos dejas solos un momento? —le pidió a Sonia.

Ella se levantó y aprovechó para ir al lavabo.

—¿Qué quieres? —le pregunté con verdadera curiosidad.

—Una explicación, tal vez, de cómo empecé en tu cama y acabé por ser la última persona a la que desearías encontrarte.

—¿De verdad no lo sabes?

Me dedicó una sonrisa de suficiencia, mientras le daba un sorbo a la copa de Sonia.

—No va a cambiar y tú eres una idiota por seguir creyendo en él.

—Ojalá no te hubiera metido en mi vida —escupí llena de rabia.

—Pues te lo hubieras pensado mejor, bonita.

Quise levantarme, pero él me agarró de la mano y me volvió a sentar en la silla con brusquedad. Vi por el rabillo del ojo como el chico del autobús hacía un amago para levantarse y venir hacia nosotros.

—¿Qué buscas, Leire?

—Alguien a quien no le haga falta preguntar para entenderme.

—No hay nadie aquí, ni siquiera ella —dijo aludiendo a Sonia—, que se preste a tus tonterías. No te creas tan especial, no lo eres.

—Entonces prefiero estar sola.

Me zafé de su mano y rebotaron las copas en la mesa.

Casi me pareció que la agresividad de Valen se apoderaba de mí aplastándome igual que la mirada de Adam, llena de triunfo, mientras observaba mi huida como si yo hubiera perdido una batalla.

Tal vez quien andaba realmente perdido era él y lo único que le sedujo fue la esperanza de encontrar en mí el reflejo de sí mismo. Otra alma torturada por la pérdida.

Anduve sin dirección para refugiarme. Por aquellas fechas era complicado encontrar un rinconcito de paz.

Las calles seguían ataviadas de turistas, y una vez había anochecido, me arriesgaba a que algún borracho reclamara su esquina.

Adam se convertiría en un error más, como otros antes que él.

Yo los odiaba profundamente, no podía evitarlo.

Me recordaban esa parte de mi historia que no me había perdonado.

Eran como fracasos andantes dispuestos a sacar lo peor de mí en los momentos más inesperados.

Los reconocía a todos ellos desde la distancia, con cierta dificultad, por mi propio esfuerzo de enterrarlos bajo capas de olvido y lamentaciones, de preguntas que me llevaban a reconocer el deseo imperante de sentirme imprescindible para alguien.

A Sonia le parecía todo muy cómico, pero yo no dejaba de preguntarme si todo en mi vida debía ser así.

De nuevo me torturaba aquella afirmación que repetía como una letanía: todo se diluye, nada permanece.

Por mucho que lograra alcanzar la estabilidad, ¿cuánto podría durar?

—¿Estás bien?

Me sobresalté por la intromisión. El chico del autobús me miraba preocupado, su angustia me traspasaba con una dureza apabullante.

—El tiempo lo devora todo —susurré sin querer.

Levantó las cejas y casi se le escapó una sonrisa a la vez que intentaba buscar una buena respuesta, como si le hubiera lanzado un acertijo.

—Pues no te pares.

Sus ojos de sabio me desnudaron, sabían que escondía algo más. Quizá fuera un hombre encerrado en un cuerpo de niño.

—¿Y eso no es huir?

—No, si así logras superar lo que te hace daño.

Yo le miré y no dije nada. Le miré demasiado tiempo sin hablar, sin suspirar siquiera. Como si la mudez me hubiera robado el aliento.

—Aunque a mí me gustaría… volver a encontrarte en el mismo asiento del mismo autobús todos los días —dijo sin evitar que sus palabras se atropellaran unas con las otras.

Me entristecía saber que ni dándose las mismas condiciones, en el lugar exacto, ocurriría lo mismo de ayer.

Él, por aquel entonces, desconocía mi terrible obsesión por el tiempo.

La desdicha que me provocaba condenar los recuerdos al olvido sin posibilidad de revivirlos.

Cómo la memoria se encargaba de tergiversar la realidad para convertirla en otra versión de lo sucedido.

Me parecía a veces que había vivido dos vidas distintas, que cuando miraba hacia atrás, la Leire de entonces era un personaje desconocido, novelesco, un producto de mi imaginación que me obligaba a preguntarme si aquello había ocurrido o solo era parte de mis sueños.

Después, callados otra vez, los dos nos encomendamos a los sonidos de la noche, aunque en nuestro pequeño espacio pareciese gobernar un silencio propio que engullía todo lo demás.

Ese día supe que el chico del autobús entraba en mi vida para quedarse.

Aproveché mi domingo de fiesta para recuperar el sueño y convencer a Ainhoa para dar una vuelta por el centro de la ciudad.

Encontrábamos un placer malsano en aquellos paseos que emprendíamos de improviso.

Nuestros pasos discurrían por las calles más concurridas, buscando los escaparates de las inmobiliarias y admirando, a sabiendas de estar observando una meta inalcanzable, las casas y los pisos más lujosos de la zona.

Luego permanecíamos en una especie de silencio pactado, presas de aquella miseria compartida.

Soñando, tal vez, en un futuro donde al fin y al cabo nos hubiera bastado prosperar hacia un porvenir un tanto mejor.

Pero Ainhoa iba más allá. Traspasaba el concepto de vivienda y se enrolaba en los entresijos de la arquitectura.

Dibujaba planos, entendía de escalas, medidas y cuentas matemáticas.

Ella siempre decía que no había tenido suerte en la vida para estudiar y hacer lo que realmente le apasionaba.

—Yo a tu edad solo pensaba en trabajar para ayudar a la abuela.

Y si echaba la vista atrás, la recordaba trabajando desde muy jovencita en una tienda del barrio, sin contrato y a horas convenidas, y luego de cajera en un supermercado, en una tienda de ropa e incluso de teleoperadora en una empresa de telefonía. Era desolador ver tanta vocación desperdiciada.

Yo no quise contarle a mi tía nada sobre Adam.

Ella era muy tradicional, siempre se sonrojaba cuando hablábamos de sexo y perdía la mirada en las palmas de las manos.

En casa de la abuela nunca se habló de ello, fruto de las costumbres morales de antaño.

Todo lo que aprendió mientras crecía se lo debía a las novelas y a la televisión.

Los hombres eran los que tomaban la iniciativa y buscaban en ella su propio placer.

No encontró nunca a nadie que contemplara su suave piel de terciopelo, que la tocara con gracia y paciencia, que juntara sus manos con las suyas para acariciar sus delicados dedos y la sujetara mientras su cuerpo se deshacía en un éxtasis delicioso.

Quizá Ainhoa desconociera que un orgasmo también podía ser cosa de dos.

Por todo ello, evitaba hablarle de mis relaciones esporádicas para ahorrarme un sermón.

Esta actitud de madre protectora y antigua se había acrecentado con Valen.

Su machismo chocaba frontalmente con la idea que yo tenía de libertad.

Pero como él aprovechaba cualquier oportunidad para reprobarme y ponerme en contra de Ainhoa, yo cedía en ese aspecto y me mantenía como una santa delante de mi tía.

Le hubiera bastado insistir un poco para saber la verdad y apelar a aquella promesa que nos hicimos hacía unos años, cuando la inocencia nos permitió creer que la fidelidad nunca se resquebrajaría.

Sin embargo, sabíamos que cada vez era más difícil de cumplir.

Los secretos se acumulaban tras la madurez que otorgaba el tiempo.

Las dos buscábamos aparentar fortaleza y, por ende, escondíamos ciertos sentimientos.

Resultaba absurdo pensar que por intentar ser mejores nos alejábamos la una de la otra, nos diluíamos en soledad convencidas de que hacerse mayor se trataba de eso: no flaquear jamás.