La libertad de los seres efímeros 4
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Éramos los únicos universitarios que cogíamos la línea de ese autobús.

Ocupábamos la parte trasera del vehículo; seis asientos que nos permitían tener suficiente amplitud para no molestarnos.

Daba la impresión de que Mireia conocía a aquel chico desde hacía muchísimo tiempo, tanto que él parecía inmune a sus encantos.

Era guapa, casi tan alta como él, lucía el pelo corto y un bronceado espléndido.

Delicada en sus formas y en su manera de actuar.

El chico hablaba poco y solía pasarse todo el trayecto dibujando.

Debido a mi poca disposición por interactuar, Mireia había desistido de su buena educación y ya no me saludaba.

Él, en cambio, lo intentaba cada mañana.

Yo fingía estar absorta en la música; sin embargo, lo veía esperar paciente durante unos segundos, y luego esbozaba una media sonrisa, como si le resultara divertida mi actitud.

Su aspecto no llamaba la atención, tal vez siguiendo los estándares de belleza nadie le hubiera atribuido atractivo alguno, pero tenía cierta singularidad.

En ocasiones, lo había visto usar unas gafas de pasta que le hacían parecer más concentrado y atento en su tarea.

Le gustaba llevar los bajos de los tejanos arremangados, enseñando los tobillos.

Siempre tan pulcro y bien vestido. Me asombraba que alguien tan presumido llevara camisetas de rock , era una contradicción.

Viéndome a su lado, con mis Converse viejas y desgastadas, y la poca predisposición por aparentar un poco de orden, me sentía desastrada.

Tal vez por eso y lo hermética que estaba desde el incidente de Adam, seguía sin querer hablarle.

No obstante, la curiosidad me devoraba. Deseaba saber más, interesarme por los dibujos que trazaba a carboncillo para luego emborronarlo de sombras y otorgarle ese tono grisáceo, antiguo, como de tiempos pasados.

A veces olvidaba que sus manos se tiznaban de negro y se revolvía el pelo rebelde que se le rizaba en el flequillo.

Se dejaba un manchurrón en la frente o en las mejillas y yo, encogida en el asiento, contenía las ganas de acercarme antes de que Mireia lo limpiara con el pañuelo.

A ella se le distinguía un amor plácido y paciente que lentamente se preparaba para aceptar su derrota.

Solo les unía una complicidad que de vez en cuando se les hacía difícil de mantener.

Ese chico parecía estallar en pequeños gestos que dejaban en evidencia su tozudez, su disconformidad para seguir por el camino que le trazaban los demás.

Mireia era buena, pero se limitaba a cumplir con un destino, que seguro, había elegido sin convencimiento.

Tanto me obsesioné con el chico del autobús, que empecé a proyectar situaciones imaginarias, sucesos donde olvidaba mis reticencias y lo convertía en cómplice de mis miedos.

Lo fui incluyendo casi sin querer en mis diálogos interiores.

Aquellos colibrís cobraron un sentido menos abstracto y comencé a percibir como mío ese deseo de libertad.

La necesidad de escapar de las cosas que querían agarrarse a mí con demasiado ahínco.

Una de ellas era Adam. El Atlanta se había convertido en un lugar donde ya no quería estar.

Nos mirábamos con un claro resentimiento, que no era más que el síntoma de la enfermedad que sufría nuestra relación.

Aunque yo nunca lo había sentido nada cercano.

Tan solo un recurso que, agotadas las posibilidades, dejaba de interesarme.

El amor, para mí, siempre había sido mero provecho propio.

El agotamiento me devoraba antes de que ese afán se convirtiera en la causa de mis actos.

Todo acababa antes de que pensara en quedarse.

Y, sin embargo, Adam se resistía a cumplir ese fin.

Se acercaba a mí acechándome, con la mirada encendida y un silencio que decía más de lo que callaba.

Fue por la tarde cuando tuve la certeza de que aquello debía terminar.

Aparecieron dos chicos jóvenes, como caídos por casualidad, atraídos por la novedad de un lugar que hasta ahora ignoraban.

El bar estaba vacío, a esas horas la luz natural bañaba las mesas cercanas al ventanal.

De entre todas ellas, había una en concreto que disponía de un banco cubierto de cojines con mucha historia y carga sentimental.

En esa mesa, Sonia me había hecho la entrevista que me permitió empezar a trabajar.

Ahí nos conocimos y casi sin querer entablamos una amistad que aliviaría parte de mis frustraciones.

Ella era un gran apoyo junto con José y sus conversaciones profundas.

Me acerqué a ellos muy resuelta, acompañada de mi pequeña libreta.

—Pide, Roy —le instó un chico al otro.

—¿Roy? ¿Es tu apellido? —le pregunté.

—Es mi nombre. —Y levantó la mano como si quisiera detenerme—. Antes de que digas algo, te advierto de que mi sentido del humor no tolera chistes sobre ello.

—No suelo reírme de la gente.

Después me miró durante unos segundos, muy atento, como si intentara entrelazar la memoria con el presente.

—¿Tú no estás en la Facultad de Económicas?

—En el primer año.

—Ajá, yo estoy en cuarto.

Me pidieron unas cervezas y un aperitivo, y mientras apuntaba atisbé de reojo cómo Roy llamaba la atención del otro chico sobre mí con un codazo muy poco disimulado.

—¿Va contigo a la universidad? ¡Qué casualidad! ¿Verdad? —exclamó Sonia.

Yo me fui a la barra a preparar el pedido, no más de cinco minutos, suficientes para que ella ya me hubiera incluido en la conversación. A veces me recordaba a los tentáculos propios de una madre, capaces de llegar a cada rincón de mi intimidad.

—Pues yo le decía a Roy que, ya que compartís facultad, te ayude si lo necesitas. Leire es muy suya, pero te lo agradecerá.

Luego se marchó como si hubiera hecho la mayor obra de su vida. Miré a Roy, medio encarnada, y negué con la cabeza con lentitud.

—Ni se te ocurra —le susurré.

—Bah, no te preocupes. No me duran demasiado los buenos propósitos.

Desde aquel episodio se nos comenzó a nublar la tarde y a Adam se le envenenaron los pensamientos.

Yo intuía que los celos no le dejaban responder.

El incidente de nuestro último encuentro también era un obstáculo y ninguno de los dos pensaba ceder.

A mí me hubiera valido una disculpa, una excusa que, por muy mal elaborada que estuviera, me ayudara a verlo como mejor persona.

«Es ruin, lo sé —pensaba—, solo pretendía manipularme».

Tal vez los sucesos nos hacían evolucionar por caminos contrarios.

Para Adam el sentirse como mi protector formaba parte de la terrible experiencia de perder a una madre.

Los años que nos separaban me añadían esa apariencia de niña ingenua e indefensa.

Sentía su presencia sobre mí como un lastre, esperando ser correspondido de la misma manera.

El dibujo del chico del autobús palpitaba en mi bolsillo, dando sentido a todo mi razonamiento.

«Tú y yo no somos tan diferentes —le decía volviendo a mirarlo de cerca—.

Yo huyo, aún no sé muy bien por qué, hacia una libertad que pueda enseñarme un lado más amable de la vida.

O puede que solo pretenda que el peso que me arrastra desaparezca sin tanto esfuerzo».

Estaba ya cansada de sujetar algo que iba a acabar muriendo.

—¿Y tus nuevos amigos? ¿Ya se han marchado?

Adam estaba tenso, como acongojado, y me miró con un ligero gesto de desafío. A mí me parecía que le disgustaba de verdad, a pesar de haber sido lo nuestro un mero desliz, y que ahora no sabíamos volver a la conducta de antes.

—Déjame en paz. No soy nada tuyo.

—No espero que lo seas.

Luego volvió a la cocina y nos evitamos hasta la hora de cerrar. Seguíamos posponiendo el final definitivo.

Pero Sonia estaba feliz. Los acontecimientos habían puesto en evidencia a Adam y yo me alejaba de él sin que tuviera que volver a convencerme.

Tal era su alivio, que quiso invitarme a una copa para celebrarlo.

Me llevó a un local cercano que disponía de una terraza muy bien situada.

En los límites del casco antiguo, donde el tránsito de las carreteras amenazaba con engullir aquel lugar envejecido, ajeno a la celeridad del tiempo.

Rodeado de muros de piedra y seres mitológicos, miradas de un pasado tan lejano que nada podía quitarles la melancolía.

A pesar del calor, sentía aquel paisaje frío y adusto.

Parecían recrudecerse mis sentimientos; yo también me fortificaba y permanecía estática e imperturbable a los acontecimientos, como una espectadora ante el teatro de la vida.

Sentada a una mesa, ni siquiera me había dado cuenta de la gente que me rodeaba.

Tuvo que ser Sonia la que, entre susurros llenos de complicidad, me puso en alerta.

—Ese chico no deja de mirarte.

Yo me giré sin ningún tipo de disimulo. Vi al chico del autobús, al lado de Mireia y otra pareja sentada de espaldas. Cuando nuestros ojos se encontraron, esbozó una ligera sonrisa que no quise corresponder.

—¿Lo conoces? —me insistió Sonia.

—De la universidad, vamos juntos en el autobús.

—Es majo.

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. No me he fijado.

Delgado, blanco de piel, ojos marrones, labios gruesos.

Tenía una cara infantil, pero de sus ojos se desprendía cierta sabiduría.

Yo intentaba mantenerme indiferente mientras me preguntaba si el destino había sido capaz de juntar al chico del Atlanta y al chico del autobús y sentarlos a dos mesas de distancia de la nuestra.

—Pero… ¿qué ven mis ojos? ¿Ese no es Roy? ¡Qué casualidad! —exclamó Sonia.